VÍCTOR Y RAMIRO Cap. 4

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Ramiro quiso darse una ducha. Se tomó su tiempo, y Víctor aguardó preguntándose si sería correcto ocultarles esta información a sus amigos, quizás se lo debía como abogado, alertarles de que algo iba mal con el joven al que trataban como a un hijo. Aunque tampoco sabía qué había pasado exactamente. ¿Qué podría decirles?… Mientras preparaba una jarra de café, concluyó que Ramiro era mayor de edad, e independiente, y que no era asunto cómo gestionaba sus problemas. O tal vez estaba tomando la decisión más conveniente para sí mismo.

Ramiro salió del baño y entró en salón vestido únicamente con una toalla gris alrededor de su cadera. La humedad resaltaba el brillo de su piel desnuda. Víctor se fijó en una gota de agua que calló de su pelo mojado a su clavícula izquierda, resbalando luego por su pecho, en dirección a sus abdominales delineados por los músculos, para perderse finalmente en el borde de su toalla, despertando sus fantasías… Se odió por fijarse en su cuerpo semi desnudo cuando él estaba sufriendo.

—¿Puedes dejarme algo de ropa? —preguntó.

Víctor buscó un chándal que no usaba hace tiempo, que pensó sería de su talla. Ramiro se quitó la toalla ahí mismo y se vistió delante de él. Era evidente que el pudor ya no tenía sentido entre ellos, y aún así, le gustó la familiar intimidad del gesto.

—¿Tienes hambre?

— No—. Y tardó un rato en añadir, percatándose de la brusquedad de su respuesta: —Estoy bien, gracias.

Se acercó a la ventana, apartó la cortina gris y se quedó ahí en silencio observando la calle. Víctor se sentó en el sofá y se sirvió una taza de café negro, humeante. Eran cerca de las cuatro de la mañana y el sueño pesaba en sus ojos, aunque intuía que no dormirían esa noche.

—¿Puedo? —le consultó Ramiro antes de encender un cigarrillo.

—Claro.

Encendió el pitillo con un gesto rápido y ensayado, y pudo ver que aún le temblaban las manos. Luego se volvió una vez más hacia la ventana, alternando entre fumar y morderse las uñas. La camiseta blanca que le había dejado se le ceñía al cuerpo, era tan atractivo… siempre que se veían volvía a sorprenderlo, no dejaba de asombrarse de que lo escogiera a él.

—No hace falta que te quedes aquí —dijo, aun de espaldas a él —vete a dormir si quieres, yo solo… si no te importa… puedo…

—Sí, quédate el tiempo que quieras. ¿Puedo ayudarte de alguna forma? —él no contestó, tampoco se volvió hacia Víctor. Sabía que algo grave había pasado esa noche, no quería imaginarse las posibilidades, pero tal vez fuese el único que lo sabía. —Lo que sea que haya pasado esta noche, lo que te preocupa… tal vez haya una solución…

Ramiro se giró hacia él —No lo creo —susurró antes de bajar la mirada.

—Oye, si quieres hablar de lo ocurrido… como abogado… sabes que no podría contar nada de lo que me digas, estarías protegido…

—¿Crees que he cometido un delito? —preguntó él en tono de mofa.

—Has venido aquí porque no quieres que ellos lo sepan. No tienes que contármelo si ni quieres, solo… te ofrezco mi ayuda, si la quieres…

Ramiro lo observaba, el cigarrillo extinguiéndose entre sus dedos. —No hablar de eso…

De pie, en la penumbra de su casa, le pareció tan solitario, tan indefenso. Se levantó y se acercó hasta él. —Como prefieras —añadió, al tiempo que le hacia una caricia en el rostro. Ramiro se acercó un poco más, y apoyó la cabeza sobre su hombro. Víctor lo rodeó con los brazos y le dio beso casto en la frente. Quería reconfortarlo, protegerlo, del mundo, o incluso de sí mismo. Le acarició el pelo, bajó sus manos por su espalda, y sus rostros se unieron, y luego sus labios se buscaron. No fue un beso como los que se habían dado otras veces, no tenía nada sexual. Era un cobijo, un beso que decía bienvenido a casa, y por lo mismo fue el mejor.

          Entonces él se apartó ligeramente, el cuerpo tenso, la mirada esquiva. —Perdona, yo… esta noche no…

          —Lo sé. Durmamos un rato, ¿Te parece?

Y Ramiro, derrotado, se dejó guiar hasta el dormitorio.

          Llevaban un par de años acostándose, y, sin embargo, esa fue la primera noche que pasaron juntos. Al menos una parte de la noche. Víctor se despertó a las ocho, como hacía cada mañana, y salió del dormitorio sigiloso, dejando a Ramiro durmiendo en su cama. Canceló sus reuniones y avisó de que trabajaría desde casa, no quería dejarlo solo, no ese día.

Preparó el desayuno, se dio una ducha y aprovechó para recoger la ropa de Ramiro que aún estaba en el suelo de su cuarto de baño. Pensó en lavarla, y fue entonces cuando lo vio. Las manchas de sangre.

          No era algo excesivo, solo algunas gotas esparcidas, y sobre todo en el contorno de las mangas de su sudadera. Dudó sobre si debía lavarlo, al menos hasta saber si era una prueba que exculpara a Ramiro… o lo contrario. Decidió meter la ropa en una bolsa de plástico hasta saber algo más. Más tarde, mientras revisaba su correo buscó alguna pista en las noticias, pero no encontró ningún suceso que encajara.

          Ramiro se levantó pasado el mediodía, aunque su aspecto no había mejorado, a pesar del descanso parecía agotado. Encendió un cigarrillo para desayunar, y Víctor le sirvió un café aunque no lo había pedido, también le preparó unas tostadas que no llegó a tocar. Cuando volvió de la cocina lo encontró husmeando entre sus libros como había hecho en su despacho cuando apenas se conocían. Sacaba una novela, la hojeaba, y la cambiaba por otra.

—Tienes una buena biblioteca.

—Puedes llevarte el que quieras.

—Aún tengo que devolverte el otro.

—Bueno, ya se sabe, los libros que se prestan no se esperan de vuelta.

Él sonrió —En ese caso, —siguió tomando una novela de García Márquez entre las manos —recomiéndame algo…

—¿Qué libros te gustan?

Lo pensó un momento —los chicos salvajes… El perfume… Cualquier cosa de Stephen King… —admitió con una sonrisa —Aunque hoy necesito algo que acabe bien…

Víctor buscó a su lado entre los estantes de la librería, sacó un libro, no muy grande, Las Cenizas de Angela, de Frank McCourt. Pensó que era una buena elección. —¿Lo has leído?

—No. Hay una película ¿Verdad?

Ramiro tomó el libro, y se sentó con la taza de café a leer junto a la ventana. Víctor siguió con su trabajo, usando la mesa del comedor como despacho. Le gustó esa dinámica, los dos en silencio compartiendo el mismo espacio, aunque cada uno en su mundo. De vez en cuando levantaba la mirada y disfrutaba observándolo enfrascado en la novela mientras la tenue luz del sol tras las cortinas bañaba su silueta.

Pasaron así el día, y al caer la tarde salieron a cenar. Parecía estar más tranquilo y Víctor prefirió no sacar el tema al que aún le daba vueltas su cabeza. Pidieron una botella de vino, y luego Ramiro pidió un wiski que casi apuró de un trago, y luego uno más, y seguramente habría continuado si Víctor no hubiera insistido en volver a su casa.

En cuanto cruzaron el umbral de su puerta, Ramiro se lanzó a besarlo, sus bocas se unieron con ansia devorándose. Se separó solo un instante para quitarse la sudadera y su camiseta en un único movimiento, y regresó a invadirlo con su lengua una vez más. Víctor respondió con la misma urgencia, lo cierto es que llevaba todo el día deseando hacerlo, quitarle la ropa, tocar su precioso cuerpo, sentirlo, besar cada centímetro de su piel. Hubiera preferido ir despacio, deleitarse con el contacto maravilloso de su cuerpo, de tenerlo a él, Ramiro, entre sus brazos, porque cuando estaban juntos el mundo se detenía, nada más importaba, solo tenerlo un poco más. Y Ramiro solía ser de los que deseaban despacio. Pero no ese día. Había algo desesperado en la forma en la que buscaba correrse. Primero en su boca, luego quiso que lo follara, y más tarde fue Ramiro quien quiso embestirlo. Durante las siguientes horas follaron, una y otra vez, no parecía tener suficiente, buscando con desesperación ese momento efímero del orgasmo que tal vez conseguía que los fantasmas que lo atormentaban se desvanecieran por unos segundos.

Al final, agotado, sudado y aún algo ebrio, parecía estar preparado para conciliar el sueño. Aun con la respiración acelerada tras el esfuerzo, Ramiro se dejó caer sobre el colchón a su lado y cerró los ojos, dejándose llevar por el agotamiento. No hablaron, no habían hablado desde que salieron del restaurante, y tuvo la sensación de que cualquiera le hubiera valido para su propósito. Pero le dejó dormir. Le gustaba verlo en su cama, desnudo, su pecho descubierto subiendo y bajando con cada respiración, la tensión alejada de su rostro, aunque no llegaba a perder del todo ese gesto indómito que resultaba tan desconcertante y atractivo a la vez. Apagó las luces, y lo dejó a oscuras traspuesto en su cama mientras se daba una ducha y hacía el recorrido acostumbrado por su casa apagando luces, cerrando persianas, ordenando un poco los rastros de aquel largo día. Encontró la novela a medio leer, abierta y boca abajo sobre el sillón en el que había estado leyendo. Buscó un marcapáginas, lo cerró y lo dejó sobre una mesilla junto al sillón. Por alguna razón, el detalle de que fuera lector le gustaba especialmente. Era como si los libros les dijeran que estaban hechos el uno para el otro, aunque eso era presuntuoso. Tal vez era solo una señal de que podían entenderse, a pesar de las evidentes diferencias de personalidad. Se acostó a su lado con una sonrisa en los labios.

Tuvo la impresión de que acababa de cerrar los ojos cuando sonó el despertador con su estridente vocecilla. Le sorprendió encontrar a Ramiro levantado ya, leyendo una vez más en el salón, con una copa a su lado y una botella vacía de vino.

—Te he mangado una botella… —se apresuró en explicar en cuanto lo vio entrar en el salón —espero que no te importe.

—No, por supuesto. ¿A qué hora te has levantado?

—Ni idea… no dormí mucho.

—¿Café?

Ramiro miró su copa de vino y se lo pensó un momento —Sí, supongo que debería…

Víctor cruzó el salón de camino a la concina. Dejó la cafetera trabajando antes de dirigirse a la ducha. En el baño volvió a encontrar tirada en el suelo la ropa que la había dejado la noche anterior. No era muy ordenado, pensó. Víctor la recogió del suelo y la metió en la cesta de la ropa sucia, antes de meterse bajo el chorro de agua caliente.

Cuando salió de la habitación con su traje, Ramiro seguía igual de enfrascado con la novela de McCourt.

—¿Está bien el libro?

—Me perturba tu idea de una novela positiva. ¡Es una tragedia…!

—Pero a que te ha sacado más de una sonrisa.

Ramiro compartió una breve risa a modo de respuesta. La belleza del libro de McCourt era precisamente eso, narraba una infancia de miseria en Irlanda con tanto humor que no dejabas de sonreír.

— ¿Vas a trabajar? —preguntó, reparando de pronto en su traje.

—Tengo que pasar un rato por el despacho. Pero puedes quedarte…

—No. Yo… debería marcharme… —y se levantó del sillón consciente de pronto de que estaba usurpando una casa y un tiempo que no eran suyos.

Víctor se acercó hasta donde estaba, lo retuvo con firmeza, sujetando sus brazos con las dos manos, y lo besó —No te vayas, espérame y hacemos algo más tarde, lo que tú quieras.

Él dudó unos instantes, pero luego su cuerpo cedió y la tensión desapareció.

Se entretuvo en el bufete mucho más de lo que hubiera querido, aunque estaba de buen humor, y la idea de que él lo estuviera esperando en su casa lo llenaba de una esperanza renovada que había llegado a pensar que nunca más volvería a sentir. Era casi de noche cuando finalmente regresó, y temió por un momento que Ramiro se hubiese aburrido de esperar. Pero al entrar, el olor a carne y verduras de la cocina lo recibió con una calidez reconfortante. Al entrar en la cocina lo vio vestido con unos vaqueros y una camisa negra nuevos cocinando con un cigarrillo haciendo equilibrio entre sus labios. Había salido a comprar, dedujo, había repuesto la botella de vino, y tenía otra a medio beber. También había comprado algo para la cena. Le gustó la familiaridad de verlo en su cocina, que lo recibiera con un beso largo y una copa de vino. —¿Y todo esto? ¿a que viene? —se sorprendió, aunque tal vez había algo de ganas de oírselo decir.

—No quiero que pienses que soy un jeta.

Víctor lo dejó cocinando, se acercó a su habitación, dejó sus cosas y se aseo, otra de esas rutinas mecanizadas que formaban parte de su jornada cotidiana.

—Por cierto ¿Qué has hecho con mi ropa? —preguntó él cuando volvió a entrar en la cocina para ayudarlo a servir la cena.

—Pensé en lavarla, pero no sabía que querías hacer con ella. La metí en una bolsa.

Ramiro lo miró extrañado —¿Y eso…?

—No lo sé. Supongo que pensaba como abogado. No quería destruir pruebas que pudieran hacerte falta…

Ramiro se lo quedó mirando con gesto interrogante unos instantes, luego se volvió hacia la cena. No dijo nada más y se ocupó de servir los platos. —¿Puedes devolvérmela?

          —Claro… perdona, debí decirte algo.

          Se fue a la lavandería en busca de la bolsa con la sensación de que había metido la pata. Aunque durante la cena todo volvió a fluir como antes, sin roces. Hablaron del libro de McCourt y de la situación en Irlanda del norte que era uno de los temas de la novela. Hablaron también de sus respectivos trabajos, y aunque tenía un millón de preguntas que deseaba hacerle acerca de la noche que había llegado, ninguno de los dos lo mencionó. Ramiro insistió en recoger la cocina al terminar, y Víctor aprovechó para responder algunos emails que tenía pendientes. Y volvió a dejarse seducir por esa cotidianeidad que estaban fabricando a marchas forzadas, sin cuestionarse el porqué o hasta cuando, permitiéndose disfrutar del mero hecho de que estuviese ocurriendo.

          —Hay una exposición de Diane Arbus en el Reina Sofía, —anunció Víctor subiendo la voz desde el dormitorio cuando escuchó a Ramiro deambulando una vez más por el salón. —Estaba pensando que, si te apetece, podríamos pasar a verla mañana al mediodía, y comer algo por ahí… ¿Conoces la fotografía de Arbus? Es algo inquietante, pero muy adelantada para su época…

          No llegó a terminar la frase cuando el sonido de la puerta cerrándose interrumpió su chachara. Salió del dormitorio y se encontró el salón vacío. Siguió hasta la cocina. Nadie. La bolsa con su ropa tampoco estaba. Regresó al salón vacío, vio el libro de McCourt sobre la mesa, el marcapáginas asomando entre las páginas como una loncha de jamón en un bocadillo. Quizás volviera para terminarlo, pensó.

          Aguardó durante algo más de una hora. Pero él no regresó. Evitó comerse la cabeza con preguntas como: ¿era algo que había dicho? ¿tenía algún significado? ¿cambiaría algo entre ellos…? Era el tipo de preguntas que lo podían volver loco a uno. Miró a su alrededor, a los muebles de diseño distribuidos con sobriedad calculada… su casa le pareció más fría y solitaria que nunca sin un Ramiro que le infundiera vida. Había sido bonito, pensó, el rato que había durado la ilusión de que compartían algo más, de que podría quedarse un poco más…

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