VICTOR Y RAMIRO Cap. 5

(SI AUN NO LO HAS LEIDO, EMPIEZA POR EL PRINCIPIO: https://laurent-kosta.com/2022/10/02/victor-y-ramiro-cap-1/ )

Su teléfono sonó de madrugada. Víctor aún no se había acostado, aunque ya estaba en la cama con la última novela de Tatiana Tibuleac, algo que llevaba planeando hacer desde la mañana. La pantalla de su teléfono móvil se iluminó con el nombre de Ramiro. Contestó.

—¡Víctor! Como me alegra oír tu voz …

Supo que estaba borracho en cuanto lo escuchó. No le sorprendió, se había vuelto habitual que se presentara en su casa de madrugada, sin previo aviso, trasnochado y colocado.

—¿Qué puedo hacer por ti, Ramiro?

—Verás, sé que es tarde, pero… el caso es que me he quedado tirado, me preguntaba si estás por el centro y podías pasar a por mí…

Eso era nuevo… No le importaba que se presentara de esa forma imprevista en su vida, pues siempre que lo hacía acababa quedándose algunos días. Días en los que se repetía ese estaña cotidianeidad entre ellos, como si llevaran media vida conviviendo, y resultaba de lo más natural acostumbrarse a su presencia. Y, aunque volvía a escaparse al cabo de unos días, tenía la certeza de que volvería a aprecer.

—Está bien, dame unos veinte minutos y paso a por ti.

Víctor se vistió sin prisa, algo sencillo, unos tweed y un polo azul marino, sabía que él se burlaría de su aspecto, siempre que no vestía con traje lo hacía. Y salió de casa con las llaves de su BMV, y energía renovada.

            Encontró a Ramiro sentado en un banco en la esquina del teatro bellas artes, tal y como habían quedado, llevaba un abrigo negro largo, estaba sentado en el banco como un gánster, fumando un porro. Detuvo el coche frente a él, y bajó la ventanilla. —¿Necesitas que te ayude, o puedes subir solo?

Ramiro lo recibió con una de esas sonrisas sensuales suyas, —¡Víctor! —lo saludó, como si no fuese él quien lo había llamado y se hubieran encontrado por casualidad. Se levantó tambaleante, bajo el abrigo de cuero llevaba una camiseta negra traslucida, a través de la que se venía su torso dibujado a la perfección, y esos vaqueros ceñidos al cuerpo que tanto le gustaban. Era tan jodidamente sexy… Abrió la puerta de golpe y se dejó caer en el asiento del copiloto con cierta torpeza descoordinada. Y en cuanto estuvo dentro, se acercó y lo beso, pudo saborear en su boca esa mezcla de alcohol y tabaco que se había hecho tan familiar en sus besos. Bastó ese beso, con su lengua invadiéndolo, para que ya estuviera completamente duro. —Gracias por rescatarme— dijo entonces, y las palabras parecían resbalar de su boca.

            Ramiro tenía una capacidad bochornosa de sacarlo de su zona de confort. Cada vez que entraba en su vida lo descolocaba todo, siempre lo arrastraba a alguna aventura perversa de la que a menudo se arrepentía, aunque en sus ausencias acababa por convertirse en su fantasía sexual. En ocasiones le llegaba una oleada se sensatez y concluía que debía cortar de una vez, pero bastaba que él llamara a su puerta para que su cuerpo se encendiera y perdía todo control de su voluntad. Estaba enganchado a esos ojos azules y esa sonrisa torcida de malhechor.

            Habían pasado casi un mes de la última vez que se vieron. Veintitrés días para ser exactos. En esa ocasión fue Víctor quien lo llamó. Una camiseta de Ramiro había emergido entre su colada y agradeció la excusa para llamarlo sin parecer desesperado. “¿Qué haces?” preguntó él. “no mucho” admitió Víctor.

            —Vente —sugirió él —he quedado con un par de amigos, si vienes será una fiesta… —Y supo por la forma en la que lo dijo que no eran realmente amigos y que el propósito de ese encuentro era puramente sexual.

Estuvo a punto de rechazar la invitación, no tenía ningún interés en participar de su pequeña orgía. Lo que quería era a Ramiro en exclusiva. Pero, era la primera vez que Ramiro lo invitaba a su casa, y eso le gustó. Ya había estado ahí una vez, con Alfred, pasaron un momento por su casa, lo que no impidió que Ramiro aprovechara algún despiste del diseñador para meterle la lengua en la boca. A veces se convencía de que debía sincerarse acerca de la relación que mantenían. Le incomodaba terriblemente con sus clientes, por su experiencia los secretos siempre acababan por revelarse, y cuanto más tiempo dejara pasar, más difícil sería justificar su silencio. Sería más fácil si fuera efectivamente una relación, pero no tenía claro que era eso que había entre ellos. Y sin embargo, nunca confesaba. Si era sincero, el motivo era puramente egoísta, incluso cobarde. Sabía que a Ramiro le gustaba precisamente que fuera un secreto. Si dijera algo, el fotógrafo no solo se enfadaría, seguramente perdería también el interés.

            Aunque sabía que no debía, fue a su casa esa noche. Volvió a dudar antes de llamar al timbre. Se sentía forzado en situaciones como esa, se dijo, para su propia tranquilidad, que podía marcharse en cualquier momento… llamó a la puerta porque necesitaba ver a Ramiro, y saber que estaba tan cerca, era demasiada tentación.

            Ramiro lo recibió con el torso desnudo, descalzo y los ojos rojos. Llevaba únicamente un pantalón ceñido negro y un botellín de cerveza en la mano. No le besó. Pasó directamente a presentarle a sus amigos, uno era un chico alto y delgado que lucía una melena teñida de rubio platino, pómulos marcados en un rostro mortecino, ojos maquillados. Estaba ocupado preparando unas rayasde cocaen la pequeña mesa de cristal junto al sofá de cuero marrón, que era casi el único mobiliario del amplio salón en el que sabía que Ramiro planeaba hacer un estudio de fotografía. El otro calvo y con barba, un tipo grande, serio, sentado en el sofá. Yass y Sergi, los presentó, y tuvo la sospecha de que no eran sus verdaderos nombres. Pensó en marcharse, quiso hacerlo, no se sintió que encajara ahí, pero Ramiro insistió, —lo pasaremos bien… — El fotógrafo le sirvió una copa, luego se tomó una pastilla a su lado, y acto seguido se puso otra en la lengua y se la ofreció a Víctor. Quiso decirle que no, que no le gustaba drogarse, pero entonces él lo besó, y Víctor ya no supo detenerlo.

            Después de la pastilla y un par de copas empezó a relajarse. Sonaba música tecno que no conocía a un volumen no muy invasivo, entre la música se mezclaban algunos murmullos, el salón estaba iluminado solo por un par de lámparas de luz anaranjada, al fondo entraba la luz de las farolas de la calle por una ventana rectangular. Hacía frío, no excesivo, pero no invitaba a quitarse la ropa, aunque eso no había impedido que los otros tres estuvieran a medio vestir. El chico rubio, Yass, se había puesto a bailar por su cuenta, mientras fumaba echando el aire hacia el techo con un gesto de diva. Ramiro y el otro, Sergi, se besaban y se metían mano en el sofá. Víctor los observaba sentado en un butacón justo en frente. Era blando, casi te hundías hasta el fondo, lo que se convertía en una pequeña trampa, porque no tenía ganas de intentar escapar de su asiento. Estaba somnoliento y bastante ebrio. Ellos no tenían prisa. Ramiro se levantó del sofá y se acercó a Yass. Se besaron también, y el rubio se giró dándole la espalda, bailando y restregando su culo sobre la erección de Ramiro, que lo envolvió con sus brazos para ajustar los dos cuerpos, mientras se movían, le besaba el cuello y acariciaba su largo torso, que tenía algo de femenino, pálido, y delgado. Le desabrochó el pantalón, y el rubio ayudó para deshacerse de lo que le quedaba de ropa, quedándose completamente desnudo. Ramiro se agachó y empezó a morder sus glúteos, luego los abrió ligeramente con las manos para acceder con su lengua a su orificio, que comenzó a lamer con delicadeza, mientras el rubio gemía y se acariciaba la polla girando las caderas lentamente. Víctor se quedó hipnotizado mirando las pieles desnudas rozándose. Con la música repitiéndose de forma circular, y la oscuridad comenzó a sentirse muy pesado.

            Ramiro lo despertó con un beso. —Eh, ¿te has dormido? —se reía de él —¿te estamos aburriendo?

            —No… es solo. Estoy cansado, supongo…

            —¿Qué quieres hacer? —preguntó. La insinuación patente en su voz. Era tan guapo, estaba de rodillas entre sus piernas, inclinado sobre él. Hubiera deseado que se quedara ahí toda la noche, mirándolo, solo a él. Pero eso no iba a ocurrir. Se sentía tan… espeso. Demasiado cansado.

            —¿Puedo mirar…?

            Ramiro se mordió el labio inferior, y sonrió, como si aquella proposición fuera las más indecente de las propuestas —y ¿Qué te gustaría ver…? —y su voz sonó como un ronroneo.

            —¿Harás todo lo que te pida?

            —Obediente como un perrito.

            —¿Y ellos?

            —Ellos harán lo que diga.

            Y la idea de que le diera ordenes parecía funcionar para Ramiro. Víctor aún le hizo esperar, le acarició el rostro con una mano, pasó sus dedos por sus labios, y le metió el pulgar en la boca, y él lo lamió obediente.

            —Quiero ver como te follan los dos.

            —Eres perverso… y ¿vas a follarme tú luego?

            —Ya veremos… —y se acercó hasta su boca para besarlo una vez más.

            Luego lo dejó marchar, y se hundió un poco más en su butaca expectante. Ramiro se alejó sin perderlo de vista, se unió a los otros dos que estaban ya desnudos en el sofá haciéndose una mamada. Se quitó los pantalones, y quedó desnudo también. Ahora eran tres cuerpos masculinos que se enredaban, con sus tonos de piel diferentes, texturas diferentes, como una escultura moderna. Ramiro acabó a cuatro patas sobre el sillón, chupándole la polla al rubio, que estaba tumbado frente a él. No hizo falta que lo dijera, Sergi, a su espalada, comenzó a jugar con su orificio, metiendo sus dedos untados en vaselina, entrando y saliendo, cada vez con más profundidad, mientras que Yass gemía, apoyado sobre uno de sus codos, empujando la cabeza de Ramiro hacia su pene, observando como entraba y salía también de su boca, hasta desaparecer en su garganta. Y entonces Sergi empezó a penetrarlo, su polla era gruesa y grande, como todo en él, y le estaba costando meterla en su estrechez. Ramiro se apartó un momento de Yass, se giró hacia Sergi con una mueca de dolor, soltando un breve quejido. Sergi sacó su polla, la untó aún más en lubricante, y volvió a la carga. Ramiro ayudando con su mano, para abrirse más para él. Con cierta dificultad, la erección de Sergi fue desapareciendo en su interior, entre gemidos de placer y dolor. Cuando consiguió entrar del todo, comenzó a moverse rítmicamente, aunque con lentitud, saliendo, no del todo, para volver a embestir. El rubio entonces volvió a reclamar la atención de Ramiro, lo agarró del pelo y atrajo su boca de vuelta hacia su erección, y Ramiro comenzó a chupar una vez más esa polla, que no era ni tan grande ni tan gruesa, succionando y dejándola entrar en su boca hasta el fondo. Y ahí estaba ese cuadro ante él, esa fantasía escenificada para sus ojos, Los dos hombres fallándose a Ramiro. Y Sergi empezó entonces a embestirlo con fuerza, sacando su polla dura y firme del todo, y volviendo a entrar hasta el fondo, una y otra vez, cada vez acelerando más el ritmo. Hasta el punto que las embestidas cobraron tanto vigor que Ramiro tuvo que apartarse una vez más del rubio, mientras el otro, lo agarraba por las caderas como si fuese un juguete sexual a su disposición, trayéndolo hacia él para embestir con más celeridad, entrando con más brusquedad, hasta que Ramiro soltó un grito de dolor, y por un momento tuvo la impresión de que intentaba alejarlo, pero la máquina de Sergi ya era imparable, entrando y saliendo, buscando correrse sin que nada pudiese detenerlo ya. Hasta que se detuvo, con un gruñido agónico, su polla entera dentro de su culo, todo su cuerpo tenso, sus ojos cerrados y el rostro hacia arriba, soltándolo todo dentro de él. Luego le llegó el turno a Yass. Que se masturbaba delante del rostro de Ramiro, que abrió la boca para recibir el chorro de semen que salía disparado… Víctor estaba a punto de estallar.

            Ramiro se quedó dormido en el trayecto del coche. Condujo hasta el piso del fotógrafo por inercia, sin saber si eso era lo que él deseaba.

—Ramiro… —intentó despertarlo. Preguntarle qué quería hacer. Buscó la llave de su casa en los bolsillos de su abrigo negro y sus pantalones. El contacto de sus manos con el cuerpo del joven, consiguieron que espabilara un poco. Ramiro sonrió, y volvió a acercarse a su boca para besarlo, mientras mascullaba algo ininteligible, interpretando que lo que Víctor buscaba era otra cosa. Encontró su teléfono, pero nada más. Ni dinero, ni llaves, ni cartera. —¿Dónde están tus llaves?

—¿Por qué has parado…? —masculló él, y a Víctor el hizo gracia que incluso en ese estado tan lamentable siguiera buscando sexo.

Decidió que lo mejor era llevarlo a su casa y dejarlo dormir.

Media hora más tarde lo sacaba de su coche desde el aparcamiento de su edificio. Lo sujetó de un brazo sobre sus hombros para subirlo hasta su piso. Ramiro se dejaba guiar, pero apenas era capaz de coordinar sus pasos. No recordaba haberlo visto tan mal. Era cierto que desde aquella enigmática noche en la que se presentó a su puerta, había notado que cada vez bebía más, hasta el punto de que se había convencido de que existía una correlación entre las borracheras de Ramiro y que se presentara en su casa. Pero en ese momento se preguntó si su afición a los estupefacientes no se estaría convirtiendo en un problema.

Siguieron el camino, tropezando con puertas y paredes, hasta el ascensor. Cuando llegaron a la entrada de su casa, Ramiro quiso tumbarse en el suelo. —Déjame aquí… —dijo, no parecía encontrarse bien. Víctor volvió a incorporarlo y entraron en su piso.

—¿Vas a vomitar?… ¿Necesitas ir al baño…? —quiso saber. Lo llevó como pudo hasta el baño por si acaso, pero Ramiro solo quería tumbarse, donde fuese. Lo llevó finalmente hasta el dormitorio y el joven se dejó caer pesadamente sobre su cama, quedándose inconsciente casi de forma instantánea. Víctor permaneció de pie a su lado un instante, observándolo, recuperándose del esfuerzo. Estaba sudando. Era mejor quitarle esa ropa que olía a tabaco, sexo y discoteca. No tuvo problema con los zapatos y el abrigo, fue más complicado deshacerse de los pantalones estrechos. Ramiro nunca le había parecido tan grande.

Se hacía tarde. Cuando todo volvió a estar en orden, Víctor se tomó algo de tiempo para asearse, quitarse la ropa que se había puesto unas horas antes y se meterse en la cama junto al cuerpo inerte de Ramiro.

Con las luces apagadas, entre las sábanas sedosas, sin embargo, no conseguía dormirse, y su mente comenzó a navegar por fantasías. Volvió a aquella noche en el piso de Ramiro, la ultima noche que habían visto y que no conseguía quitarse de la cabeza…

Ramiro y sus invitados continuaron haciendo rayas aquella noche. El alcohol y las drogas circulaban sin freno: coca, Valium, benzodiacepina, ácido marihuana, popper… y mucho alcohol. Sumergidos en narcóticos volvía a haber sexo… Yass se había sentado encima de Sergi, con su polla dura clavada en su culo cuando Ramiro se colocó tras él y comenzó a estrechar aún más el orificio ya invadido, lubricando, introduciendo después uno de sus dedos, y luego dos… y entonces Víctor lo entendió, iba a penetrarlo también, se lo follarían los dos a la vez. Se perdió entre los gemidos del rubio, los gruñidos de Sergi, y la idea de presenciar esa doble penetración… y comenzó, Ramiro se unió a Sergi y se lo estaban follando, sus dos pollas unidas en un solo acto… y mientras los miraba entrelazados como un único organismo del que partían piernas y brazos, Víctor comenzó a masturbarse, y se corrió enseguida, sin que ellos lo supieran, demasiado enfrascados en su propia coordinación.

De vuelta en su habitación, junto a la otra versión de Ramiro traspuesto, no podía dejar de pensar en esa noche, en la visión de esos cuerpos entregados a su propio placer. Y mientras pensaba en ello, había comenzado a masturbarse. Se arrimó un poco más hacia el cuerpo de Ramiro, tan solo el roce más leve con su piel lo excitaba como nada. Estaba muy duro. Pero no quería correrse aún. Recorrió la espalda de Ramiro con su mano, por encima de la camiseta transparente, ese cuerpo joven y esbelto, duro, hasta alcanzar sus glúteos, firmes.

Le bajó la tela de los boxers ajustados ligeramente para poder acariciar su culo. —Eh… Ramiro… —le susurró al oído, intentando despertarlo. Lo deseaba tanto. No había dejado de pensar en hacer el amor con él desde aquella noche surrealista en su piso… le chupó el lóbulo de la oreja, y se quedó jugando con ella, pasando la punta de su lengua por el arco, mientras sus manos seguían amasando su culo. Se bajó el pantalón de pijama que acababa de ponerse, y dejo que su glande endurecido se acariciada ligeramente contra su cadera. —Ramiro… joder… necesito… —sí necesitaba tanto tenerlo…. Sentirlo… lo deseaba tanto que le nublaba la mente. Una parte de él sabía que era mejor parar, darse una ducha fría, irse a otra habitación… otra parte de él se decía: solo voy a acercarme un poco… solo jugar… no estoy haciendo nada…

Víctor se desnudó, y le bajó los calzoncillos un poco más a Ramiro, que seguía completamente inmóvil, sumido en la inconciencia de ese sueño narcotizado al que se había entregado. Lo abrazó con todo el cuerpo esta vez, su erección restregándose contra su cuerpo anestesiado… —hey… despierta, no me hagas esto…  —besaba su cuello, mientras le hablaba, sus manos y ya todo él acariciándose, restregándose contra el cuerpo dormido. Se movió un poco más y de pronto estaba encima de Ramiro, acabó por quitarle el calzoncillo del todo, separando un poco sus piernas de forma que su polla quedaba encajada sobre su raja. Pensó que solo se quedaría asi un momento, sintiendo el contacto con ese cuerpo que deseaba tanto. Quería cuidar de él. Era en lo único que pensaba siempre, proteger a Ramiro… pero sus caderas se movían sin remedio, un movimiento casi imperceptible, ondulante, sus jadeos silenciosos se hacían más intensos y contenidos junto al cuello de joven. Besó su espalda, su pelo, su cuello, su rostro. Lo amaba… no podía pensar en otro hombre que no fuera él… y, sin embargo, comenzaba a dejarse llevar por la necesidad de correrse. Se dijo que solo sería un poco más de contacto, que se separaría enseguida. Pero su cuerpo no se detenía. Su glande comenzó a empujar, amagando con entrar en su agujero, y la sensación del contacto de su polla con esa parte de su anatomía era demasiado. Su cuerpo clamaba por entrar, solo un poco más, sentir la estrechez, la profundidad, sentirse dentro, envuelto… solo un poco, solo… y la imagen de Yass y Sergi follándose a Ramiro lo contaminaba, aquella noche de lujuria volvía a su cabeza con insistencia… Jadeaba sobre su cuello sin cesar, un jadeo contenido e ilícito, mientras sus caderas se movían ahora en un movimiento circular y rítmico… no, se decía… no está pasando… esto no existe… cada vez más dentro, solo un poco… un poco más… su glande estaba dentro… pero no… no solo era… solo un poco más… y necesitaba correrse, ya nada podía detener la necesidad de su cuerpo de alcanzar el orgasmo… solo un poco más… más … más… hasta que notó como sus músculos se tensaban, como el orgasmo subía y se expandía por todo su cuerpo… consiguió salir justo a tiempo para correrse sobre su piel… los jadeos acompasados, coordinados con los espasmos de su semen, ¿Qué estaba haciendo? … ¿cómo podía…?

Tras el orgasmo recuperó la cordura. Y sobrevino la culpa. Se apartó de él, observó los restos de su pecado sobre su piel. No quiso despertarlo. Ya no. Era mejor que no lo supiera jamás…

Un relato de Laurent Kosta

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