“JUEGO DE MENTIRAS”

mangaAcababa de romper su tercera copa esa noche, se miró a las manos como si no fueran suyas y se hubieran confabulado aquella noche en su contra, y dejó escapar un suspiro largo de rendición antes de ir a buscar la escoba por enésima vez —¿Estás nervioso por algo, o es que estás colocado? —  pregunto Jana divertida mientras se estiraba para coger la botella de ron que estaba justo detrás de él.

—Sabes que no me coloco… Solo estoy cansado, supongo.

— ¿Examen?

—Como siempre… —dijo esta vez más para sí mismo, lamentándose por lo repetitiva que se había vuelto su vida entre la carrera y el trabajo.

Por el contrario, ella estaba llena de energía, en cuestión de segundos metió hielos en dos vasos de tubo, el gajito de limón, refresco y el licor que tenía en las manos y ya había servido y cobrado las dos bebidas antes de que él terminase con la escoba. Esteban se apresuró, —más le valía ponerse las pilas, pensó— e hizo malabares para servir las dos copas de vino que acababa de estropear antes de que el cliente se impacientara por su retraso.

Justo cuando estaba dejando las bebidas sobre la barra, se topó con los dos ojos verdes que venían torturándole desde hacía meses, y estuvo a punto de volver a hacer un estropicio con la cristalería de su jefa.

— Hola Esteban.

Y, cómo no, en cuanto le saludó el brazo de otro hombre ya estaba rodeándole el cuello y babeándole la oreja — ¿Qué quieres tomar guapo? —preguntó su ligue.

—  Esteban ya sabe lo que me gusta ¿verdad? —   y le guiñó un ojo desplegando esa sonrisa amplia que provocaba que se le cortara la respiración. Esteban hizo un esfuerzo por sonreír de vuelta. Sí, sabía lo que quería tomar Yuri, si es que ese era su verdadero nombre, con él era difícil saberlo. Fue así como le conoció, el día que se acercó a la barra y le pidió que nunca le pusiera alcohol en las bebidas “Tu finge que me pones una piña colada, le pones una sombrillita y todo el rollo, pero ni una gota de alcohol. Puedes cobrar la copa como si lo llevara, de todas formas, yo nunca pago”.

El cabrón tenía una seguridad apabullante que aderezaba un físico impactante, el pelo castaño y rizado le caía desorganizadamente por todas partes, lo que le obligaba constantemente a pasarse la mano por la cabeza para apartárselo, y le daba cierto aire de surfista. Sus camisetas ceñidas dejaban adivinar un cuerpazo de escándalo, un tórax largo y atlético, piel morena, labios gruesos, esos ojos de un verde intenso y cara de no haber roto un plato nunca. Bueno, eso es lo que pensabas antes de conocerlo un poco más, luego empezabas a darte cuenta de lo falso que era. Cada vez que entraba al bar lo hacía con un hombre diferente, incluso en ocasiones aparecía la misma noche dos veces con dos hombres diferentes. No tenía un criterio, le daba igual que fueran jovenes o mayores, pijos o bohemios, mucho tío estirado con traje caro y la cartera llena, extranjeros de razas y nacionalidades muy diversas, deportistas, empresarios, artistas o militares. Pero no eran solo sus parejas lo que mudaba con extremada facilidad, también lo hacía su personalidad, lo cual era aún más inquietante. Unas veces masculino, otras afeminado, unas el yonqui intenso y otras el rey de las bromas, entre el intelectual arrogante a la loca descerebrada, tenía todo un abanico de personalidades diferentes para ajustarse al gusto de cada uno de sus… ¿clientes? Aunque siempre tenía una sonrisa y un gesto de complicidad con Esteban que casi parecía auténtico. Lo que más le desconcertaba de Yuri, y lo que mas le cabreaba, es que parecía ser asombrosamente inteligente. Le había escuchado tener conversaciones sobre literatura francesa con un profesor universitario, discutir sobre economía bursátil con un economista, o de la influencia del teatro chino en Peter Brook con un crítico de arte. Le había visto defender a saco ideologías de izquierdas, y con la misma facilidad argumentar en favor de ideologías opuestas, y en los dos casos resultaba convincente y apasionado. Sabía absolutamente de todo, y eso le descolocaba por completo, por que no podía entender que un hombre tan inteligente, guapo y encantador pudiera dedicarse a la prostitución.

Le había dado muchas vueltas al tema, y, puede que fuera la puta más cara de Madrid, pero era lo único que encajaba con su comportamiento. Eso le atormentaba, por un lado, porque imaginaba que con su sueldo de mierda y todos los gastos que tenía con la carrera y su piso, jamás podría permitirse pagar los servicios de Yuri, pero sobre todo porque sabía que eso no era lo que quería. Se había pasado semanas fantaseando con lo que hacía Yuri con sus clientes al salir del bar. Se lo había imaginado atado y amordazado, chupando pollas, o dejándose dar por culo en las posturas más eróticas, había pasado semanas matándose a pajas pensando en él, a veces llegaba a creer que la razón por la que le sonreía y le guiñaba el ojo era porque Yuri adivinaba todas las guarradas que imaginaba luego en su cama. Pero hacía tiempo que no le gustaba visualizarlo así. Ahora en lo único que pensaba es que le gustaría sentarse un día a tomar un café con él en algún lugar tranquilo y preguntarle ¿por qué? Por qué alguien tan maravilloso se menospreciaba de esa forma.

Mientras pensaba en todo esto, Yuri estaba sentado en una mesa con aquel hombre, debía rondar los cuarenta, con entradas pronunciadas y barba de tres días, le hablaba al oído, demasiado cerca, sujetándole por el cuello con uno de sus brazos, su otra mano, exploraba la entrepierna de Yuri. Entonces el tipo metió uno de sus dedos en la bebida de Yuri, y se lo dio a probar al chico, su dedo entró en su boca, por un instante tuvo la impresión de que Yuri estaba incómodo con la forma en la que aquel tipo le tenía agarrado, entonces su cliente le metió la lengua en la boca, y pudo ver claramente como Yuri se echaba hacia atrás instintivamente, se apartaba un poco de él, y enseguida disimulaba con una de sus sonrisas encantadoras. Esteban no quería verlo, se estaba poniendo malo, así que se esforzó por ocuparse dejándolo lejos de su ángulo de visión.

Por eso le sobresaltó cuando se lo encontró delante de sus narices al volver hacia la barra, no le había visto llegar, porque se estaba esforzando en no mirar a ninguna parte. — ¡Mierda! —soltó al dar un bote al toparse con sus preciosos ojos apenas a un palmo de su cara.

— ¿Te he asustado? —  y otra vez esa endemoniada sonrisa.

—  Estaba distraído.

—  Escucha, necesito que me hagas un favor. ¿Ves a ese tío rubio con el traje impecable y cara de estreñido?

— ¿Puedes especificar un poco más? Hay unos diez tíos que encajan en esa descripción.

—  Uno rubio con gafas, bastante guapete, está cerca de la puerta inspeccionando el bar. —Ahora sí que lo vio, un hombre joven y atractivo miraba a su alrededor buscando algo con gesto de mal humor. Esteban le hizo un gesto afirmativo, y Yuri siguió explicando —Necesito esconderme de él un rato ¿te importa si me meto detrás de la barra? Seguro que se va enseguida.

—  No puedo esconderte aquí, mi jefa te verá.

—  Será solo un momento…

Esteban volvió a mirar en dirección al tipo rubio, también vio al hombre que hace unos instantes le metía mano a Yuri fumándose un cigarrillo en su mesa — Si prometes no tocar nada, puedo esconderte en el almacén.

—  Seré como un fantasma — prometió.

Yuri siguió a Esteban agazapado hasta la pequeña trastienda donde guardaban la mercancía para el bar, una habitación sin ventanas, cerrada con un candado, atestada de latas, botellas, servilletas, bolsas de patatas fritas, frutas y demás existencias de reserva para el día a día del negocio nocturno.

—  No irás a encerrarme con el candado ¿verdad? Podría considerarse un secuestro…

—  Has venido por tu voluntad.

—  Solo te tomo el pelo. Eres un cielo, ¿Me avisas cuando se haya ido?

—  Vale, no toques nada, y asegúrate de que nadie entra aquí, mi jefa me matará si se entera.

— ¿Jana? No lo creo, te adora.

Y por unos instantes su sonrisa y su cercanía lo desconcentraron por completo — Solo… no toques nada ¿vale?

—  Te debo una— y volvió a guiñarle un ojo ¿eso era una insinuación? se preguntó ¿estaba flirteando? ¿o era así con todo el mundo? Pensó que era mejor marcharse, ese hombre le desarmaba completamente.

Volvió a su puesto en la barra, ocupándose de su trabajo e intentando olvidar que había escondido al hombre con el que fantaseaba por las noches en el cuarto oscuro. Cuarenta minutos después, volvió al almacén con la excusa de reponer algunos refrescos. En cuanto le vio el joven de los ojos verdes se puso en pie de su salto. — Joder, empezaba a pensar que te habías olvidado de mí ¿Se ha ido al fin?

—  No, qué va. Se ha sentado a charlar con otro tío.

—  No me jodas…

—  Venía a avisarte… aunque no parece que este buscando a nadie, solo está tomando algo y charlando.

— ¿En serio? —  parecía extrañado — ¿No ha preguntado por mí?

—  Pues, no que yo sepa. El que sí ha estado preguntando por ti es tu cliente.

—  Mi ¿qué?

—  El tío con el que has venido hoy.

—  Ah, si Chema, o Chuste… mierda he olvidado su nombre… si le ves ¿te importa decirle que he tenido que irme?

—  Dime la verdad, ¿te estás escondiendo de él?

—  No, me escondo del tipo rubio.

— ¿Y por qué te escondes del rubio? ¿Una mala cita? ¿un cliente insatisfecho?

— ¿Perdona?

—  Deja de hacerte al tonto ¿crees que soy gilipollas? ¿que no me he dado cuenta de lo que haces? —  de golpe estaba cabreado y quería explicaciones — Y sabes, deberías andar con un poco mas de cuidado, Jana no necesita que le traigas tus problemas a su bar, y puedes agradecer que no le haya dicho nada, porque estoy seguro de que no le harían ninguna gracia que vengas a su bar a hacer negocios…

El gesto de Yuri se había vuelto serio de golpe — No se lo contarás ¿verdad?

Y allí estaba, la confirmación que había deseado que no llegara, quizás el motivo por el que le había puesto contra las cuerdas, necesitaba saberlo. —  Y ¿Quién es el que te sigue?

—  Un camello, le debo pasta, y no se lo suele tomar demasiado bien…

Esteban se quedó un momento reflexionando, y al fin se animó a hacer la pregunta que le rondaba — ¿Por qué haces esto?

— ¿A qué te refieres? ¿Al sexo? … Por dinero, claro.

— Pero, eres un tío inteligente, y no sé, de buen aspecto, seguro que puedes conseguir un trabajo mejor.

— ¿Uno como el tuyo? A ver, ¿Cuántas horas al día trabajas?

—  Seis horas al día seis veces por semana — se lamentó.

—  Y seguro que por una mierda de sueldo…

Esteban se encogió de hombros — Me da para vivir.

—  Exacto, lo justo para vivir, y todo tu tiempo libre invertido en un trabajo que ni siquiera te gusta. —  Y se acercó un poco más a Esteban antes de seguir hablando — En cambio yo solo trabajo tres noches a la semana, unas tres horas como mucho, con eso me da para vivir y pagar mis estudios, y el resto de mi tiempo, lo uso para estudiar. Si trabajara las horas que tu trabajas, en un par de meses me habría forrado. —  Estaba tan cerca que podía oler su colonia, fresca y ligera como él, esos ojos verdes y su media sonrisa de seguridad, solos en aquel cuarto a media luz, su polla empezó a darle avisos de peligro.

—  Y ¿Qué estudias? —  Preguntó haciendo un esfuerzo por controlarse.

Yuri se recostó otra vez sobre la pared, alejándose de él — medicina.

— ¿En serio? —  ahora estaba impresionado, era lo último que se hubiera imaginado — y cuando seas médico, ¿Qué pasará si te encuentras con alguno de tus antiguos clientes?

Yuri empezó a reírse — Esa es buena. Sería una consulta muy picante. —  Esteban no se reía — Oye, es mi tiempo y mi cuerpo, si fuera obrero, también estaría usando mi tiempo y mi cuerpo para ganar dinero ¿no es lo mismo?

—  Tengo que volver a trabajar…

— ¿Te importa si cojo una botella de agua? Hace mucho calor aquí dentro.

—  Sí, claro.

—  Eres un encanto…

— No te llamas Yuri ¿verdad? —  preguntó justo antes de salir. Yuri, negó con la cabeza y una sonrisa maliciosa — Puedo preguntar…

— Puedes llamarme como tu quieras…

Esteban se marchó.

Al volver al bar, vio a Jana charlando afablemente con el tipo rubio, el traficante de drogas, que estaba sentado en una mesa tomándose algo tranquilamente. Se fijó un poco más en él, llevaba un traje caro, era bastante joven, y sonreía amigablemente con Jana. Algo no cuadraba. Cuando Jana volvió hacia la barra con su bandeja apoyada en la cadera, se lo preguntó — ¿Quién es el tío rubio?

—  Que pasa ¿te gusta? Es guapo.

—  No, solo… — y bajó la voz un poco — alguien me ha dicho que es traficante… — y en cuanto lo dijo Jana estalló en una carcajada y Esteban quedó sumido en la confusión.

— ¿David Mendoza? ¡Qué dices! Es uno de estos niños pijos de clase alta, trabaja en el bufete de su papá, están mega forrados. ¿De dónde has sacado esa tontería?

Era ya de madrugada, quedaba poca gente por el bar — Jana, si te parece me voy un rato al almacén para adelantar el inventario.

— ¿Qué prisa hay?

—  Esto está muy tranquilo…

—  Vaaaale, vete un rato, te llamo si entra una despedida de solteros y necesito ayuda.

Cuando regresó al almacén se encontró a Yuri — o quien quiera que fuera— sentado en el suelo, apoyado contra la pared, mirando su teléfono móvil junto a la botella de agua.

—  ¡Me has soltado un montón de mierda, ese tío no es traficante…! —  El chico de ojos verdes le miró divertido y empezó a reírse.

—  Ni yo soy chapero…

— ¿Por qué me has mentido?

—  Parecía divertido… — y ante su gesto irritado, el joven contesto — ¡Empezaste tú! Yo solo te seguí el rollo…

Estuvo un momento debatiéndose entre enfadarse o echarse a reír, finalmente decidió reírse con él. — ¡Que gilipollas! —  se dijo, al tiempo que se sentaba en la pared opuesta — Sería mucho pedir que me dijeras tu nombre.

—  Cristian.

— ¿de verdad?

— ¿Quieres ver mi DNI?

—  Vale, tienes que explicarme una cosa, Cristian, ¿a qué viene eso de aparecer cada noche con un tío y una personalidad diferente?

—  Me gusta ligar ¿Qué tiene de malo?

— ¿Y no puedes ser tú mismo?

—  Así es más divertido.

— ¿Y lo de estudiar medicina…? —  Cristian negó con la cabeza — ¡Joder! —  Esteban se reía ahora de sí mismo, y de cómo había picado — Vale, ¿Y por qué huyes del tío rubio?

—  Bueno, esa es una historia más complicada. Por cierto, ¿aún no se ha ido?

—  No, y yo no tengo prisa, así que… —   Esteban fue quien sonrió de forma insinuante ahora, aguardando a su historia — dame una buena razón para que siga cubriéndote las espaldas…

—  Vaya, ¿ahora vas a hacerme chantaje…?

—  Pues sí, supongo que se podría llamar así.

Cristian volvió a quedar serio un instante, y luego empezó a hablar con gesto resignado. —  Es de un bufete de abogados, trabajan para mi padre. El caso es que a mi familia no le entusiasma la vida que llevo, piensan que soy una especie de pervertido, y mi padre es de esas personas que creen que pueden comprarlo todo…

— ¿Tu familia tiene pasta?

—  Pasta y poder, una mala combinación. Y yo soy un grano en el culo para ellos. En resumen, llevan un tiempo intentado demostrar que no estoy bien de la cabeza… para encerrarme en un psiquiátrico.

— ¡No jodas! No pueden hacer eso

—  La verdad es que es culpa mía. Debería haber roto el vínculo y pasar de ellos, pero… me gusta mucho la buena vida… — y una vez más esa sonrisa de chico malo — Verás, ni estudio ni trabajo porque no lo necesito, tengo suficiente con mi parte del pastel como para vivir de puta madre sin hacer nada, y eso… es muy tentador. Si tuviera huevos, me buscaría un trabajo y cortaría con el “flujo económico por la cara”, seguro que entonces les importaría una mierda lo que haga con mi vida. Pero no acabo de decidirme, así que, de momento, los esquivo como puedo.

— ¿Nunca has trabajado?

—  No lo necesito.

—  Ya no sé si me caes bien o no…

Cristian hizo una mueca de dolor. —  Vaya, lástima, pensaba que igual podríamos pasarlo bien. —  y después comenzó a cruzar la habitación a gatas muy lentamente, acercándose a Esteban, hasta colocarse entre sus piernas dobladas — ¿Crees que si lo hacemos aquí se enterarán? —  Esteban se había quedado mudo observando como se acercaba cada vez más, hasta que sus labios casi se rozaban.

—  Seguramente… — alcanzó a decir con un hilo de voz.

—  Pues ¿A qué hora termina tu turno? —  y tras la pregunta, pasó la punta de su lengua por el labio superior de Esteban. Hubiese querido besarle, pero Cristian le miraba con gesto interrogante, esperando una respuesta.

—  Cerramos dentro de poco… — respondió casi sin aliento.

—  Pues, te espero aquí — y entonces le besó. Sus labios se juntaron como una caricia, sus lenguas apenas se rozaron, un beso cálido y dulce, perfecto. Y luego Cristian se esfumó de golpe, volvió a su lugar de antes, sacó de nuevo su teléfono y siguió allí sentado haciendo tiempo. Al ver a Esteban congelado le miró divertido — Venga, vuelve al trabajo. No voy a moverme de aquí.

—  Claro, voy. —  Esteban se puso en pie, y se obligó a volver a su lugar en la barra, aunque su cuerpo le suplicaba que se quedara allí, estaba excitado, empalmado y aturdido, y todo eso solo con un beso. Un beso que había imaginado cientos de veces mientras le observaba en la distancia, o en la intimidad de su cama. La realidad no le había decepcionado en absoluto.

La última media hora de trabajo se le hizo eterna, estaba más distraído que nunca, miraba al reloj continuamente, y cada minuto se alargaba como un castigo. Cuando al fin Jana se libró de los últimos clientes, Esteban se le adelantó — Vete a casa Jana, ya recojo yo.

— ¿No estabas cansado?

—  Más bien distraído, lo justo es que te lo compense….

—  Vale, ¿qué vas a pedirme?

— ¡Nada!

—  Venga ya, suéltalo.

Conocía bien a Jana, y era de las que no les gusta deber un favor, si seguía insistiendo sospecharía algo, así que tuvo que inventarse algo — ¿Puedo llegar más tarde el domingo? Solo un par de horas.

— ¡Lo sabía! — soltó, junto con una carcajada de victoria — Esta bien, hora y media, y me dejas esto como nuevo ¿entendido?

—  Te debo una.

En cuanto ella se fue y cerró la puerta, Esteban se dirigió al almacén, donde encontró una vez más a Cristian sentado apaciblemente con su teléfono. Esta vez se quedó de pie en la puerta. —  Has vuelto a engañarme ¿verdad? —  y Cristian le dedicó una sonrisa sorprendida — tus zapatillas son de H&M, y te vi antes con ese tío, y no te gustó nada que te besara, así que ¿de qué va toda esta mierda? —  Como respuesta Cristian empezó a reírse dando a entender que le había vuelto a pillar— ¡Joder! ¿Qué eres? ¿una especie de mentiroso patológico?

—  Algo parecido… Soy escritor.

—  No, no, no, vas a tener que hacerlo mejor, ¿de qué va todo ese rollo de Yuri la puta? ¿De verdad te llamas Cristian?

—  En eso no te he mentido. —  Ahora Cristian se levanto y se acercó a Esteban — Vale, la verdad, lo juro — dijo poniéndose la mano en el pecho de forma dramática. —  Escribo un blog de historias eróticas, y, cuando estoy bloqueado, bajo al bar a por historias… eso es todo.

—  Esta vez vas a tener que demostrarlo.

—  Está bien — y Cristian ya estaba buscando su prueba en el teléfono, en cuanto la localizó se le mostró a Esteban, quien comprobó la veracidad del blog que incluso incluía una foto de Cristian Long.

—  El apellido es falso, es por seguridad… ¿qué? ¿decepcionado?

— ¿Por qué iba a estarlo?

—  Es bastante menos interesante que tener a un camello persiguiéndome para romperme las piernas. Lo que me lleva a otra cosa: tú también me has mentido, estoy seguro de que David se fue hace mucho del bar.

—  Un par de horas — Cristian volvió a reírse, no parecía enfadado — ¿Por qué te escondías de él?

—  Es mi ex. Le cabreaba mucho el juego de Yuri, así que no tenía ganas de que me soltara el rollo.

Ahora estaban bastante cerca el uno del otro, se fijó en los músculos de sus pectorales, ligeramente marcados tras la camiseta, sus ojos siguieron el recorrido hacia sus brazos y su cuello, hasta su mandíbula definida, era increíblemente sexy — así que hablas con ellos parar sacar historias ¿solo eso?

— No voy a negar que alguna vez me he acostado con alguno, pero por lo general, solo tonteo un rato hasta que se me ocurre algo que escribir… Y gracias a ti, tengo un par de buenas historias, así que creo que necesitaré a Yuri durante un tiempo —mientras lo decía se acercaba un poco más a Esteban, —¿Cuál debería escribir antes? La del barista que salva al chapero del camello vengativo, ¿o la del niño rico que conoce al estudiante soñador que se paga la carrera poniendo copas? Las historias de clases sociales siempre funcionan…

—Me gusta más la del escritor que se hace pasar por puta…— las manos de Cristian se apoyaron sutilmente en las caderas de Esteban, y las hebillas de sus vaqueros hicieron un ligero chasquido al chocarse — ¿y como acaba la historia?

— Mis historias siempre acaban con sexo — y al fin llegó el beso que estaba esperando, un beso largo, sensual, con lenguas que se exploran, dientes que chocan, y alientos que suplican por más. Cristian le apretaba contra su cuerpo y notó enseguida la dureza entre sus pantalones restregándose contra su polla que estaba a punto de estallar, y al fin sus manos pudieron recorrer aquel cuerpo que le había estado volviendo loco, tocar sus hombros, sus brazos, sus abdominales duros que se agitaban con su respiración. Y entre besos Cristian le susurraba —¿Sexo en la trastienda de un bar vacío? Es poco verosímil…

— Mientras haya sexo, a quien cojones le importa… —Y ya estaba desabrochando el pantalón de Cristian, que cerró los ojos, y dejó escapar su sonrisa cuando sintió la mano de Esteban colándose para acariciar su erección. Entonces acerco su boca y le mordió el labio inferior, sus rizos rebeldes se colaban entre sus bocas, tenía unos labios deliciosos. En un solo movimiento, Cristian le quitó la camiseta, Esteben le imitó, y se tomó un momento para contemplarle, su piel tostada, con algo de pelo negro revoloteando entre sus pectorales marcados, que aderezaban ese aspecto salvaje que le daban sus rizos alocado, con el pantalón abierto, invitándole a entrar, y esos ojos de un verde imposible. Cristian sonrió una vez más mientras tiraba de la hebilla del pantalón de Esteban, lo liberó de su cinturón, luego lo atrajo, y ahora fueron sus penes los que se besaron, y siguieron acariciándose mutuamente mientras Esteban seguía perdido en sus ojos.

—¿Quieres que te folle o quieres follarme?

Su voz vibró en su oído, y consiguió que se le cortara la respiración por unos segundos —Lo que tú quieras…

—No —Cristian se acercó hasta su oído, le lamió el contorno del lóbulo —esta noche estoy aquí por ti, dime qué quieres…

—¡Joder! ¡Fóllame ya!

Cristian ya solo se tomó un segundo para sonreír antes de girarlo y prácticamente lanzarlo contra la mesilla auxiliar en la que se amontonaban vasos de plástico, servilletas, y todo tipo de mercancía del bar. Le atrapó con sus fuertes brazos, lamiéndole la espalda, besándole el cuello con sus dos manos metidas en su pantalón, acariciándole la polla y deshaciéndose de sus vaqueros negros al mismo tiempo, obligando a Esteban a usar sus dos brazos para sujetarse a la mesa. Los vaqueros ya estaban en el suelo, y Cristian recorría sus glúteos con la lengua, mientras jugaba con sus testículos, el movimiento se desplazó de forma que ahora eran su lengua la que jugaba con sus testículos, y su mano le hacía una paja, Esteban gimió y se dejó caer sobre la mesa, intentando no chocar con todos los bártulos que estorbaban. Los dedos de Cristian exploraban ahora su orificio, entrado delicadamente y abriéndose camino, el preservativo y el lubricante habían aparecido como por arte de magia, y él se lo restregaba con generosidad. Con uno de sus brazos, Cristian arrojó al suelo de un impulso todo lo que se amontonaba sobre la mesa, dejando espacio para que Esteban se inclinase sobre la superficie ofreciéndole su culo. Los dedos daban paso a la punta de su polla que empezaba a amagar con entrar, y Cristian bajó el ritmo, se recostó sobre su espalda y le besó con ternura, mientras su dureza se abría paso dentro de su cuerpo. Su polla larga, firme, entraba con suavidad y delicadeza, entraba muy dentro hasta rozar su próstata, en un movimiento lento y circular que le acariciaba una y otra, y otra vez, en el punto justo que empezaba a volverle loco —¡Dios! ¡Joder! — exclamó Esteban, intentando controlar su respiración, porque pensó que se iba a correr, y ni siquiera había tocado su pene aún.

Cuando Esteban quiso masturbarse, Cristian le detuvo —Aun no— le ordenó.

— No, por favor — suplicó. Pero Cristian no le liberó de su agonía, siguió moviéndose lentamente, era una tortura que le mantuviera al borde del orgasmo. Entonces le abrazó con decisión, y los dos se irguieron juntos librándose de la mesa, aún entrelazados. Desde su espalda Cristian buscó su boca, y se besaron con los cuellos estirados, los cuerpos en tensión, y entonces sí, al fin, con su polla y su lengua explorándole, la mano de Cristian empezó a acariciarle, desde el tronco hasta su glande, lentamente, siguiendo el ritmo de sus embestidas, en un movimiento espectacular, con el orgasmo acechando discreto, acercándose con una lentitud agónica hasta que al fin, llegó, la explosión que recorrió todo su cuerpo, que le obligó a gemir con descaro, sin pudor, mientras todo su cuerpo temblaba estremecido por un orgasmo brutal.

Y luego, cuando se calmaron, siguieron besándose con ternura, bebiendo agua el uno de la boca del otro, bromeando un poco, riendo también, y esa sonrisa suya seguía dejándole sin palabras.

—¿Tomamos la última? — eran las tres de la madrugada cuando al fin salieron del bar.

— Le prometí a mi jefa que me encargaría de la limpieza.

— ¡Oh, mierda! Debería ayudarte.

— ¡No! Es mi trabajo — Cristian tenía su moto aparcada enfrente del bar de Jana. Esteban le acompañó mientras se ponía la chaqueta, cogía su casco y se preparaba para marcharse, y se dieron un último beso antes de que se pusiera el casco — ¿vendrás mañana?

— Creo que Yuri va a tener que buscarse otro bar. Sé por experiencia que no os gusta verme tontear con otros.

—No pasa nada, lo entiendo…

—Eso dices ahora…

—Entonces ¿Cuándo te veré…?

—Ya veremos —Cristian se puso el casco, arrancó la moto, y se levantó la visera para mirarle por última vez —Por cierto —dijo con una de sus sonrisas maliciosas —tampoco me llamo Cristian. —En cuanto dijo eso, la moto aceleró escandalosamente y dejó atrás a un Esteban que acababa de quedarse paralizado, comprendiendo de golpe y de forma cruel lo que acababa de decirle.

—¡Hijo de puta! — fue lo único que consiguió decir al comprender que no le volvería a ver, que solo quedaba escoger entre olvidarle o condenarse a vagar de bar en bar, como David el abogado, en busca del misterioso hombre con el que había echado el mejor polvo de su vida.

 

Autor: Laurent Kosta

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¿OTRO RELATO? sigue leyendo: https://laurent-kosta.com/2018/11/15/la-confesion/

 

 

 

 

 

 

19 comentarios sobre ““JUEGO DE MENTIRAS”

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