LA TENTACIÓN DE OLIVER

—Oliver, tienes audición en una hora—. Así lo anunció Marchena, la asistente de dirección, dando una voz desde la puerta del camerino del cuerpo de baile donde una veintena de jovenes se encontraban a medio vestir, entretenidos entre mallas, pantalones de algodón, camisetas sin mangas, zapatillas de ballet y toallas, tras el ensayo de cinco horas de la compañía nacional de danza contemporánea.

“Audición en una hora” no lo preguntó, ni se quedó a esperar una respuesta, así funcionaban las cosas en los grandes cuerpos de baile, cuando solo eras uno más del montón. Nadie esperaba que tuvieses vida propia, si tenías planes, suponían que los postergarías, pues una audición individual con los directores de la compañía no era algo que rechazarías. Las maneras no sorprendieron, pero el elegido si cayó como una piedra en mitad de un charco, provocando una cadena de minúsculas recciones en onda, entre miraditas y susurros. —¿Oliver? ¿En serio? —se escuchó a alguien rumorear por el fondo.

—Bueno, ya sabemos lo que buscan… —dijo algún otro provocando la complicidad de muchos entre risillas.

Ya sabían para qué era la audición. Se encontraban inmersos en los ensayos de la versión en danza de la Ópera de tres peniques de Bertol Brecht. Estaba resultando un montaje atrevido, para el que habían traído a Stefan Waas, un director de escena holandes que era conocido por sus extravagancias y por sus propuestas escénicas polémicas. La audición era para el personaje de Jenny Diver, la prostituta que tenía una relación pasada con Mackie Navaja, el personaje principal. El cuerpo de baile femenino había puesto el grito en el cielo cuando se enteraron de que Waas pretendía convertir a Jenny Diver en un travesti y que lo interpretara uno de los chicos del cuerpo de baile. Era un papel pequeño, pero interesante, y tenía un solo que todos codiciaban.

—No les hagas caso —le dijo Fer a su novio al oído—¿Te ayudo a prepararte?

—Vale.

Los dos se cambiaban juntos, como lo hacían todo: siempre juntos. Habían empezado a salir en su primer año en la escuela superior de baile, y desde entonces era difícil pensar en uno sin pensar en el otro. Eran un dúo carente de individualidad, Oli y Fer, incluso sus apodos abreviados sonaban a cuento romántico, o a serie de dibujos animados. Ahora vivían juntos, y nadie recordaba haber visto que discutieran o se enfadaran, eran una pareja feliz de esa forma cursi, empalagosa y envidiable que solo consiguen unos pocos afortunados. Y a pesar de llevar juntos tantos años, su relación seguía siendo un misterio para la mayoría. Principalmente por una diferencia que no pasaba inadvertida: Oliver era guapo, de esa forma llamativa y exótica que hace que la gente se gire a mirar. De madre argelina y padre francés, el mestizaje daba un resultado espectacular: con la piel color canela, labios carnosos, ojos verdes, había sacado lo mejor de cada raza. En cambio, Fer, Fernando… bueno, solían decir de él que era majo. Sí, era un tipo simpático, caía bien a todo el mundo y era sin duda mucho mejor bailarín que su novio, o que gran parte del elenco. Tenía presencia como bailarín, una técnica impecable y ese no-sé-qué que hacía destacar a un artista del montón, tener “ángel”, o “duende” lo llamaban. Solía estar en la primera fila de las coreografías, incluso sustituía a veces a los primeros bailarines de la compañía. Tenía muchas cualidades admirables, pero la belleza no era una de ellas. Nariz y orejas grandes, ojos demasiado juntos, sonrisa estrecha, y a pesar de su musculatura perfecta de bailarín tenía la piel lechosa de los ingleses, de esas que se ponen rosas con el sol. Y el gran misterio era como un chico tan indiscutiblemente guapo como Oliver había acabado enamorándose del poco agraciado Fer.

Entre bastidores, junto a la entrada al escenario, aguardaban los dos enamorados al momento de la audición.

—Quizás no debería hacerlo… — divagaba Oliver.

—No digas tonterías… tienes que presentarte.

—Todo el mundo va a saber por qué me escogen a mí… y a saber lo que se inventarán…—Y es que no era un secreto que Vladimir, el primer bailarín y estrella del ballet internacional estaba encaprichado de Oliver. Ni siquiera se molestaba en disimular, sobre todo después de comprobar que no tenía posibilidad alguna de doblegar al mestizo. Casi se había convertido en una pequeña broma entre el ruso y el novio de su objeto de deseo “¿Cómo ha hecho un tío como tú para ligarse a Oliver?”, a lo que Fer contestaba con humor: “¿Quieres que te enseñe mi arma secreta…?” y el ruso reía la broma, aunque no desperdiciaba ocasión de llevarse a Oliver a solas, invitarle a estrenos, a las cenas de los patrocinadores, a tomar un café y “hablar de su futuro”, por más que sus estratagemas cayeran en saco roto, pues el joven solo tenía ojos para su novio pailiducho, a quien no parecía molestarle el descaro del famoso bailarín. Y es que otra de las cualidades de Fer era la carencia de celos, algo que le costaba entender al resto. No a ellos, que sabían que estaban por encima de insinuaciones tontas. Su amor era sólido y fuerte, las críticas no les afectaban pues para ellos no había lugar para las dudas.

— Quieres el papel, ¿no? Cada uno usa las armas que le han tocado. Deja que digan lo que quieran, quedará muy bien en tu currículum.

—¿No te importa que Vald vaya a meterme mano?

—¡Eh! podrá tocarte, pero solo yo te meto mano… —y mientras lo decía, lo demostraba colando su mano por debajo de la camiseta holgada de Oli, besándolo como no habían cansado de besarse desde que se conocieron.

—Estate quieto… no quiero entrar empalmado…

—¿Por qué no? Seguro que así consigues el papel… —El gesto de Oliver se ensombreció al oírle —eh, que estoy de broma, lo sabes… eres un buen bailarín, no cualquiera entra en la compañía nacional ¿vale?

—Ya… bueno…

—Oli, si no estás cómodo, pasa…

—Es que… me jode un poco, pero, por otro lado… yo no soy como tú, sé que esto es lo máximo que voy a conseguir, y puede que esta sea la única oportunidad de conseguir un solo…

—Eso no lo sabes…

—Si, que lo sé, Fer…

—Pues entonces, a la mierda todo, haz lo que tengas que hacer para conseguirlo.

—¿Estás seguro?

—No voy a ser yo quien te detenga, lo sabes —y para dejarlo claro, volvió a besarlo, sin un ápice de duda, dejándole claro que pasara lo que pasara, estaría allí para apoyarle.

Justo entonces Marchena salió hacia el pasillo desde el escenario, cerró la puerta tras ella y buscó a Oliver con la mirada —te esperan dentro —anunció con su peculiar gesto áspero antes de dirigirse hacia los camerinos.

—¿Tú no te quedas? —preguntó Oliver extrañado al ver que se marchaba.

—Te quieren a solas —explicó sin ocultar su irritación antes de seguir su camino. Aunque Marchena siempre parecía estar de mal humor. El bailarín miró a su novio con preocupación.

—Solo es una audición, Oli… ¡A por ellos! —dijo con una sonrisa.

Oliver entro al escenario que no albergaba ya secretos para ellos. Hacía dos años que formaban parte del cuerpo de baile, y esta era su casa, el lugar en el que pasaban la mayor parte del día. Si bien pasaban la mayor parte de ese tiempo en la sala de ensayo de la segunda planta, ya habían estado en cinco montajes, bailando cada noche sobre aquella tarima de madera, algunos días, dos sesiones seguidas, aunque nunca antes lo había visto tan desangelado. El amplio escenario con sus múltiples telones, su olor a sudor, moho y polvo acumulado tras los años estaba ahora a media luz, el patio de butacas a oscuras, junto al viejo piano, solo tres figuras solitarias, Roth el coreógrafo, el director Waar, y Vlad, con una sonrisa lasciva en su estúpida cara de ruso.

Empezó haciendo la coreografía del solo de baile, una parte al menos, ya la conocía, Roth la había estado ensayando con ellos aquella mañana de cara a las posibles audiciones. Waar se había pasado por el ensayo con Vlad y había tomado notas. Así que no le costó nada repetir los movimientos, no era una coreografía especialmente complicada técnicamente, tenía algún salto, algunos giros, pero principalmente era una pieza sensual, y muy teatral en la que Oliver se sentía cómodo. La repitieron un par de veces y luego el director habló.

—Vale, gracias, Roth, con eso nos basta. —El coreógrafo estaba siendo despachado, pero no Oliver quien se quedó ahora a solas con el primer bailarín y con el polémico director —La verdad Oliver, cualquiera de vosotros puede hacer esta pieza sin mucho esfuerzo, pero lo que queremos ver es algo más. Eres nuestra primera opción, pero necesito ver si estás dispuesto ir a donde yo quiero llevar a este personaje… —el director se quedó en silencio observándole, y Oliver se preguntó si esperaban que dijese algo. Antes de que saliera de dudas, Waar siguió su charla con ese deje de arrogancia de quien disfruta escuchándose a si mismo —Jenny Diver es una puta, y quiero una puta en el escenario, no un bailarín ¿me sigues? —Otra pausa incómoda —Que tal si improvisas un poco con Vlad. Se supone que Mackie y Jenny fueron amantes, ahora él va a casarse con Polly, pero cuando los vemos juntos nos damos cuenta de que tienen un asunto no resuelto. Si te soy sincero, para mi tiene mucho más sentido que Jenny sea un hombre… Mackie va de mujer en mujer, les miente a todas, incluida a su prometida, pero es con Jenny con quien de verdad quiere estar, con quien siente que es él mismo, sin mentiras. Seguramente, porque es con un hombre con quien de verdad quiere estar… —Tras su pequeño discurso, puso la música de la escena de Mackie y Jenny, y antes de que empezaran a improvisar apagó la música de golpe y se volvió a dirigir a Oliver —No vas a llevar tanta ropa para este personaje. —Oliver tardó unos segundos en comprender lo que quería decir, y entonces, obedientemente, se quitó la camiseta blanca que llevaba, la dejó tirada en una esquina quedándose con el torso desnudo y volvió a acercarse al director que seguía mirándolo con semblante serio. —Menos — ordenó Waar clavándole la mirada —. Oliver los miró a uno y a otro un instante, Vlad parecía estar relamiéndose, y notó como el nudo de su estómago se tensaba. Se esforzó en no darle importancia, era solo ropa se dijo, era solo un cuerpo. Se quitó también el pantalón de chándal con el que solía ensayar, y se quedó con sus bóxeres de licra sobre el escenario como única pieza que le separaba de la desnudez. La música volvió a sonar por los parlantes, invadiendo el espacio con su potencia.

Vlad y Oliver improvisaron, bailando el uno con el otro, o uno en torno al otro, con movimientos sensuales, los cuerpos se unían, luego se separaban, Vlad quizás algo más interesado en el contacto físico, Oliver poniendo algo de distancia de forma instintiva, intentando a su vez dar lo mejor de sí como bailarín. No debió pasar más de cinco minutos cuando Waar volvió a detener la música bruscamente, y se acercó a un Oliver con la respiración agitada y el corazón acelerado por el esfuerzo del baile. Y se quedó frente a él con ese gesto de pesadumbre de quien se cree un genio en proceso de creación. Era la primera vez que el director extranjero le dedicaba su tiempo, de hecho, no habían hablado nunca. Oliver era solo uno más de los bailarines del montón, a los que el director hablaba en conjunto, como una unidad colectiva, carente de individualidades. Era así siempre, incluso le había sorprendido que supiera su nombre. El director suspiró varias veces antes de hablarle una vez más —Oliver, si quisiéramos a alguien que bailara no te habríamos llamado. —Y el director se quedó observando cómo le sentaba la puñalada al joven bailarín. —Hay dos o tres de tus compañeros que son muy buenos, para empezar tu novio… ¿Has pensado lo que vas a hacer cuando tu novio te deje atrás? Porque sabes que te dejará atrás ¿verdad? —Oliver no decía nada, estaba ahí de pie medio desnudo con la misma sensación que tenía cuando en el colegio lo mandaban al despacho del director, o su padre le echaba la bronca por jugar con la pelota en el salón. —Quiero sexo. Quiero que las mujeres se mojen en sus butacas y los hombres miren para otro lado incómodos ¿me sigues? —y como volvió a quedarse mirándolo fijamente, Oliver se sintió en la obligación de asentir. —Te propongo algo… —siguió el director dirigiéndose de vuelta junto al equipo de música —si consigues que Vlad se corra, el papel es tuyo…

—¿Qué? —los ojos de Oliver se abrieron con incredulidad, ¿había oído bien? Vlad sin embargo parecía estar pasándolo en grande.

—No es que espere que se corra en cada ensayo o función, no me malinterpretes… —siguió Waar volviéndose una vez más en su dirección —solo quiero saber que estás dispuesto a darme lo que te pida… —Oliver los miraba, a uno y a otro sin dar crédito.

—Pero… ¿qué es lo que quieres que haga…? —no sabía ni siquiera como formular la pregunta.

Waar empezaba a perder la paciencia —Venga, no te estoy pidiendo que se la comas ¿vale? Usa tu imaginación. Te aseguro que no te va a costar tanto… —y al decir eso director y primer bailarín se miraron como si recordaran una broma común. —Bueno… tú decides. Si no te interesa, ahí está la puerta.

Una parte de Oliver quería echarse a correr y salir de ahí. Pero la idea de que se rieran de su cobardía en cuanto se diese la vuelta le jodía aún más.

—Vale, pero no vais a joderme ¿verdad? No acabaréis dándole el papel a otro…

—¡Claro que no! Ya te lo he dicho, eres nuestra primera opción, y creo que no hace falta que aclare por qué… —y el director le sonrió con malicia —consigue que se moje los pantalones y el papel es todo tuyo.

La música volvió a sonar, estridente y repetitiva, con esa cadencia de las baladas de cabaret decadente de Kurt Weill, que vibraban con cinismo, insinuantes y sensuales. Esta vez Vlad no hizo nada, se quedó de pie sobre el escenario esperando a que el joven novato tomara la iniciativa. Oliver tardó unos instantes en armarse de valor. Sabía lo que querían, y esta no era la primera vez en la historia del arte que un director esperaba que sus intérpretes se dejaran la piel, o algo más, en una actuación. Quería estar a la altura, no quería ser un niño asustado, quería ser un artista capaz de arriesgarse, de darlo todo. Intentó pensar en Fer, la forma en la que a veces ellos jugaban a desnudarse bailando y convertían la danza, que era su pasión compartida, en un juego erótico. Se acercó al ruso como un felino, con la mirada atravesándole, con el gesto de quien está a punto de devorar a su presa. Muy despacio, con un sutil movimiento de caderas, sin contorsiones de baile, solo un caminar lento y sensual, su lengua jugando a recorrer sus propios labios muy despacio. Llevó sus manos hacía su torso desnudo, y comenzó a acariciarse, deslizándolas por su piel muy despacio hasta llegar a su polla, que empezó a restregar para provocar su dureza, y al hacerlo, dejó caer su cabeza hacia atrás, en un suspiro que se acercaba a un gemido. El ruso dejó de sonreír y sus labios se abrieron ante el espectáculo, con un suspiro contenido. El joven de piel oscura siguió acariciándose, con los ojos cerrados, jugando con sus manos, tocándose, bien la entrepierna, o rodeando sus glúteos de músculos perfectamente dibujados, acelerando los jadeos a la vez que seguía masturbándose bajo la mirada atenta de sus jueces.

Volvió a fijar la mirada en el ruso, intentando olvidar lo mucho que lo detestaba, intentado ignorar el hecho de que estaría disfrutando de la escenita, siguió caminando en su dirección hasta que los dos cuerpos quedaron separados a penas por un hilo de aire. Vlad seguía inmóvil, sin apartar los ojos del joven mestizo que hacía mucho que lo volvía loco. Oliver fue acercando ahora su boca lentamente hasta rozar sus labios, aunque sin llegar a tocarlos, luego siguió recorriendo el rostro del ruso acariciándolo con su aliento, con la punta de la lengua amenazando con unirse al festín. Fue bailando con sus labios hasta el lóbulo de su oreja, bajando luego por la línea de su cuello hasta la clavícula, y luego el resto de su cuerpo, dejándose caer hacia el suelo muy despacio hacia el suelo. Su boca recorriendo la camiseta de licra de su pareja de baile, con su cuerpo estilizado en tensión hasta apoyar las rodillas sobre el suelo, hasta que su boca quedó a pocos centímetros de la prominente erección que las finas mallas del ruso no conseguían disimular. Éste al fin se unió a la fiesta y comenzó a acariciarse la polla delante de los labios del chico que aún se resistía a tocarlo. El cuerpo de Oliver formaba un dos, y comenzó a serpentear con un movimiento sexual desde la pelvis, mientras sus labios seguían amagando con el contacto que no se producía.

—No voy a correrme si no me tocas— le advirtió el ruso con su fuerte acento eslavo —Vamos… no seas tan remilgado, solo estamos jugando…— Oliver tuvo ganas de marcharse, pero no iba a dejar que se burlaran o lo humillaran por no atreverse. Si ya había empezado, si les había seguido el juego hasta aquí, quería ese papel, no podían acabar dándoselo a otro solo porque fue demasiado cobarde. Así que lo hizo, se lanzó de pronto a restregar su boca, su cara, por la polla dura de Vlad. —¡Oh, si! ¡sigue así! — exclamó el otro.

La música se volvió más rápida entonces, eléctrica. Oliver se giró en el suelo, y estiró las piernas de forma que ahora era su culo el que continuaba el trabajo de masajear la dureza de su contrincante. Las finas telas de licra apenas dejaban nada para la imaginación, Oliver contorneando las caderas en ondas que serpenteaban restregándose contra del ruso, que había empezado a hablar en su lengua materna. Oliver empezaba a estar muy excitado también, se incorporó buscando el rostro del bailarín, con la espalda curvada, de forma que su culo seguía con el masaje mientras sus rostros se juntaron. Las bocas se buscaron casi al unísono, y Vlad no tardó en estar metiéndole la lengua, saboreando sus labios. Lo agarró con fuerza por la cintura, y ahora el ruso también se movía buscando el placer anhelado. Lo apretaba contra su cuerpo, se movía, le hablaba en una lengua que no entendía y lo besaba. Oliver estaba completamente empalmado, ya no era consciente de lo que pasaba, posiblemente su glande asomaba por encima de la goma de sus calzoncillos, posiblemente comenzaba a gotear, cuando el ruso empezó también a masturbarle con la mano, mientras seguía restregándose contra la raja de su culo.

Ya no había baile, la música había quedado olvidada, ahora solo se movían buscando el orgasmo que empezaba a escalar en los cuerpos. Oliver ya no pensaba en nada, ni en el papel que quería conseguir, ni en los ojos del director que lo observaban, ni en el ruso que seguramente había ideado la estrategia perfecta para satisfacer su deseo. Ahora solo seguía su instinto, era su cuerpo quien mandaba y solo se guiaba por los sentidos. Puede que la tensión de aquella situación absurda nublara su buen juicio, puede que se hubiese hiperventilado, y se sintiera algo ebrio. El caso es que ya nada le importaba, podrían haberse puesto a follar en ese instante y no lo habría frenado. Tal vez el ruso había metido su mano en sus bóxeres para masturbarle más enérgicamente, puede que estuviese gimiendo con fuera, ya no podía distinguirlo, apenas fue consciente del gruñido de placer que soltó Vlad mientras se corría sobre su espalda, y ya nada pudo hacer para evitar que el orgasmo lo sorprendiera a él también, dejando escapar el chorro de semen entre la mano del ruso y la tela de su ropa interior. 

Después, mientras recuperaba el ritmo de su respiración, la sangre volvía a correr con normalidad en sus venas, y el sentido común comenzaba su camino de vuelta, sintió que quería morirse.  No quería mirar a los otros dos, especialmente al ruso, a quien imaginaba sonriendo satisfecho. Se sintió ahora más desnudo que antes, ya ni siquiera sabía si quería ese papel de mierda. En lo único que podía pensar era en Fer, esperando junto a la puerta de salida.

—¡Joder! —exclamo el director con un entusiasmo inesperado. —No esperaba una sesión de porno…  Casi consigues que me corra yo, y eso que no me van los tíos. —el director se acercó hasta Oliver — ¿te has sentido incómodo? ¿violento?

—Un poco…—consiguió decir apenas.

—No mientas, no hace falta, te hemos hecho pasar un mal rato, y ha sentido muy violento… ¿verdad? —Ahora el chico asintió levemente, evitando la mirada del director—. Pero aun así lo has hecho, porque había algo que querías conseguir, algo que deseabas mucho… Quiero que recuerdes cómo te has sentido Oliver —el tono de Waar había cambiado, era más intenso ahora, y Oliver no pudo evitar la curiosidad de buscar su gesto — …no olvides esta sensación, porque así es como se siente una puta. No quiero ver un personaje estereotipado o acartonado, quiero ver su dolor. Y ahora ya lo entiendes. —Y luego le sonrió y le estrechó la mano— Enhorabuena, te has ganado el papel.

Ya no sabía si eso le alegraba, en ese momento lo único que quería era irse a casa —gracias…— consiguió decir al fin. Antes de alejarse de ellos en busca de su ropa.

—Oliver —le volvió a llamar Waar —si lo de la danza no va como esperas, plantéate dedicarte a la interpretación… y si lo haces, no olvides avisarme.

No sabía cómo sentirse en ese momento, estaba abrumado por una mezcla intensa de sentimientos enfrentados. Cogió su ropa, y se ocultó entre bastidores para volver a ponérsela, esperando que ocultara los rastros de semen que lo delataban. Y salió del escenario con un sentimiento agridulce.

Fer aguardaba al otro lado de la puerta, no sabía que decirle.

—¿Qué tal? —preguntó su chico con una sonrisa expectante. Oliver se acercó hasta él y apoyó la frente sobre su hombro.

—Lo siento— susurró.

—¿No te han dado el papel? —preguntó mientras lo rodeaba entre sus brazos.

—Si me lo han dado…

—¿Entonces…? ¿Cuál es el problema? —Y como Oliver no se movía, Fer buscó su mirada, para descubrir que sus ojos se habían llenado de lágrimas— eh ¿qué pasa…?

—No te enfades conmigo…

El chico de orejas grandes le sonrió, y lo besó —Sabes que yo no me enfado contigo, da igual lo que haya pasado, lo único que me importa es que tú estés contento…

Y al fin Oliver empezó a sentirse mejor. Y volverían a casa y él le contaría todo lo ocurrido en aquella extraña audición, porque ellos no se ocultaban nada, y aunque Fer se asombraría con lo ocurrido, no se enfadaría. Y eso era lo que gente como Vladimir no podían entender, que había otra forma de amar que nada tenía que ver con las estrategias de seducción o la competencia física. Eso era lo que tenía Fer y Oli, se amaban con una complicidad que estaba más allá de las críticas, las miradas de condena o la incomprensión de los demás, en un espacio propio e intocable, en el que los dos sabían que nada podría interponerse entre ellos jamás.

Autor: Laurent Kosta

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12 comentarios sobre “LA TENTACIÓN DE OLIVER

      1. No quiero publicar por editorial, publico en varas páginas, no es mi oficio, aunque sí tengo que ver con editoriales, pero no este género. Te lo decía porque al ser corta, la puedes leer en un rato y cuando te parezca bien, si te lo parece, echas algunas páginas tu face. Yo no tengo el face ni el WhatsApp, pero es un mal mío, no te preocupes.

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  1. Acabo de tropezarme con este blog en facebook y de verdad que me gustó mucho el relato… Me parece una buena propuesta, tanto así, que no requerí leer una segunda historia para subscribirne… Felicidades Laurent, prometo leerte de hoy en adelante.

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  2. Qué mierdas!!! Qué pasó después??? Cómo le fue en la obra???
    Vlad se quedará tranquilo después de ese abreboca??
    Tienen que darme una segunda parte!
    Oliver despertó un lado diferente de sí! Dónde está eso????
    Muy buenaa!!

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