CINCO SEMANAS

Primera semana

blog 22

El premio me tocó a mí, o eso pensaban mis compañeros, aunque a mí no me hacía tanta gracia. No era la primera vez que ingresaban a una estrella de rock en nuestro centro, de hecho, el centro Valle Victoria era conocido precisamente por el glamur de sus visitantes-pacientes. Un centro de rehabilitación en la costa mediterránea, con alta cocina y aparente lujo era el lugar ideal para que los ricos y famosos fueran a controlar sus adicciones y poner un poco de orden en sus eclécticas vidas. Aunque era la primera vez que venía alguien tan de moda y atractivo como Erik Winter, de ahí el revuelo que había generado su próximo ingreso entre enfermeros, auxiliares y todo el personal de Valle Victoria. Lo cierto es que hubiera preferido no ser yo, ya me habían tocado otras estrellas — puede que mi experiencia previa fuera precisamente el motivo de que me tocara a mí — y ya sabía lo difícil que era lidiar con ellas. Eran arrogantes, maleducados, te trataban como si fueras su sirviente —más que como a un enfermero a cargo de su salud—, y, a pesar de que ingresaban voluntariamente (o presionados por sus representantes), jamás seguían las instrucciones de los médicos, y parecía que solo intentaban aguantar las cinco semanas del programa para volver a salir y empezar de nuevo con sus viejas costumbres. Por eso optaban por la rehabilitación exprés de cinco semanas, no la de ocho o la de tres meses, que era lo habitual, porque lo único que les interesaba en realidad era limpiar su imagen si se habían metido en algún escándalo. Vamos, una pérdida de tiempo, y de su dinero, lo cual no parecía preocuparles en absoluto. Así que, si bien cualquiera de mis compañeros hubiese estado encantado de ocuparse de la estrella de rock, yo me dirigía hacia su habitación para darle la bienvenida sin mucho entusiasmo.

—Buenos días, Erik, soy Samuel, aunque puedes llamarme Sam si prefieres economizar, voy a ser tu domador de mono* las próximas cinco semanas…

—¿Se supone que eso es gracioso? — ¡oh, Dios! Y allí estaba, Erik Winter mirándome con sus ojazos verdes, su melena desordenada su altura desenfadada y esa posa chulesca de quien se sabe guapo y admirado por todos.

—No para ti, pero nosotros nos desternillamos con eso… — mi intento de resultar simpático fue un absoluto fracaso, y la estrella de rock seguía clavándome la mirada con desconfianza, así que seguí con mi tarea habitual y empecé a explicarle las normas y el funcionamiento del centro, cuál sería su programa diario, sus reuniones con el psicólogo, las terapias de grupo, horarios de comidas y demás actividades. Aunque dudo que él me estuviese prestando mucha atención.

—¿Dónde están mis cosas? —preguntó con arrogancia, era habitual, aún no sabía donde se había metido, pero estaba a punto de enterarse de que esto iba en serio.

—Las están revisando, te traerán lo que esté autorizado en cuanto hayan terminado de inspeccionarlas

—¿Qué? Yo no he autorizado a nadie para que husmeé entre mis cosas…

—Siento decirte que sí lo has hecho. Has firmado todos los papeles, así que en las próximas cinco semanas mandamos nosotros y tu tienes que seguir las reglas. Todas las reglas, te guste o no.

—Y una mierda, voy a llamar a mi representante… —y sacó su teléfono móvil. Menudo gilipollas, ni siquiera se había leído lo que había firmado.

—Tienes que darme el teléfono. No están permitidos.

—Ni de coña, no voy a darte mi teléfono, enfermero —y eso lo dijo como si fuese un insulto.

—Tienes dos opciones, o me lo das amablemente, o llamo a seguridad y te lo quitamos no tan amablemente.

Ahora soltó una carcajada llena de sarcasmo —y una mierda…—dijo, — no voy a permitir que nadie meta las narices en mi teléfono, si tocáis mis cosas os voy a demandar…

—Puedes apagarlo y quitarle la tarjeta si quieres, desmóntalo o romperlo, como prefieras, pero no puedes quedártelo y lo sabes.

Entonces cambio de actitud me observó detenidamente unos instantes —qué te parece si llegamos a un trato tú y yo, enfermero, puedo ser muy generoso si hacemos la vista gorda con algunas cosillas…

Y yo le contesté con la misma carga de sarcasmo y una enorme sonrisa —¿quieres comprarme? vaya, no se le había ocurrido a nadie antes ¿quieres que te explique por qué has pagado tanto por estar aquí? — Fue una satisfacción ver su gesto de desconcierto, era momento de rematar la faena —¡Oh, vaya! ¿Creías que estabas de vacaciones? ¿verdad? Que venías a una especie de retiro espiritual, o un spa donde te haríamos masajes y tratamientos de belleza. Pues no, siento decirte que esto es una clínica de rehabilitación, y estás aquí porque eres un yonqui, un alcohólico o las dos cosas, y como ya has firmado tu consentimiento en las próximas cinco semanas vamos a torturarte intentado curarte de tu adicción. Nada de comunicación con el exterior, mientras estés aquí permanecerás aislado del mundo, y créeme, a la larga nos lo agradecerás— y extendí el brazo con exigencia sin dejar de mirarle fijamente a los ojos, el músico se rindió y me entregó su teléfono celular con gesto amargo.

—Así que vas a ser un capullo —dijo dejándose caer sobre la cama de sábanas blancas e impolutas en las que dormiría las próximas cinco semanas.

—Ese es justamente mi apodo por aquí.

—¿Pues sabes qué? ¡Chúpame la polla! — Y pensé en marcharme, ya había aguantado suficientes estupideces por ahora, y ya le había dejado clara las reglas. Pero justo cuando pensaba ponerme en marcha, empezó a reírse a carcajadas —¡Me has mirado el paquete! —anunció divertido.

—¡No lo he hecho!

—Si que lo has hecho. En cuanto te he mencionado mi órgano reproductivo, has bajado los ojos y me la has fichado… no lo niegues.

—¡Qué dices!

— ¿Quieres chuparme la polla, enfermero? —y puede que en ese momento cometiera el error de dejar que se viera mi frustración, estaba preparado para su arrogancia y su rebeldía, pero no me había esperado que se cachondeara de mi sexualidad y el muy capullo siguió aprovechándose de haber conseguido descolocarme —te dije que podíamos llegar a un acuerdo, soy un tío muy abierto de mente… — y seguía su risotada estúpida.

Era mejor marcharse e intentar mantener algo de entereza —ríete todo lo que quieras, no vas a conseguir nada así… —. Aún después de salir de su habitación, y cerrar la puerta con llave, seguía escuchando sus burlas.

—No te vayas, puedo pensármelo ¿sabes?… tu tampoco estás nada mal, enfermero…

Iban a ser cinco semanas muy largas.

 

Segunda semana

Erik se había pasado los primeros seis días ignorando a todo el mundo. Nada que no esperara de él. Miraba a los otros internos con superioridad, como si él no estuviese allí por los mismos motivos, respondía a los auxiliares y médicos con arrogancia y gesto cansino, dejando claro en todo momento que no entendía qué hacía él en un lugar como ese. Discutía cada norma o exigencia del centro, y cuando finalmente se rendía, lo hacia resaltando su resignación y disgusto a tener que seguir unas normas que le parecían estúpidas e innecesarias para alguien como él, y por supuesto, burlándose de mí siempre que encontraba la ocasión. Pero, como también era de esperar, al final de la primera semana, su adicción empezó a tomar el control de su voluntad. Estaba cada vez más irritable y ansioso, no tenía hambre y le costaba concentrarse. El día que estallaron todas las alarmas, yo ya estaba aguardando a que lo hiciera.

Encontramos a Erik dando vueltas por la habitación, sudaba, le temblaban las manos y se agarraba el pecho con fuerza intentando respirar —me está pasando algo, tenéis que llamara a un médico… creo que me está dando un ataque al corazón…

—Tranquilo Erik, estás bien… —le medimos el pulso —solo se te ha acelerado el pulso, es normal, tienes que calmarte un poco…

—¡Qué no, joder! No puedo respirar, gilipollas ¡tienes que darme algo! ¡Joder! ¡Me estoy muriendo!

—No te estas muriendo, Erik… —mientras intentaba que se clamara, lo perseguíamos por la habitación y Erick intentaba darnos esquinazo y huir de allí.

—¡Tú qué sabrás, no eres médico! ¡Llama a un puto médico!

—Toma un poco de zumo, te sentará bien —le ofrecí un vaso, pero él lo lanzó de un manotazo hacia la pared.

—¡No necesito un puto zumo! ¡necesito algo más fuerte, joder!

Después de gritar e insultarnos un rato, Erik se hizo un ovillo en el suelo, hundiendo la cabeza entre las manos, gimiendo de dolor y buscando desesperádamente un alivio que no iba a llegar. Y éste era el momento en el que todos eran iguales. Daba lo mismo el dinero que tuviesen, la gloria o la fama, cuando se enfrentaban a la abstinencia todos eran iguales. Todos se retorcían con la misma desesperación y lloraban como niños perdidos, todos se mostraban igual de frágiles y vulnerables cuando abrían al fin los ojos a la realidad de su adicción. Y en ese momento, no importaba lo estúpidos o arrogantes que hubiesen sido hasta entonces, yo no podía evitar conmoverme. Me quedé a su lado aquella noche, y la siguiente, para acompañarlo, distraerlo, ayudarle a pasar ese momento en el que tocaba fondo.

 

Tercera semana

Entré en el comedor, y allí estaba Erik, solo ante su cena sin tocar, como un niño pequeño castigado, y Mario, el enrome camarero que podría pasar por luchador de sumo a su lado en actitud vigilante. —Gracias Mario, ya me hago cargo yo — le dije, y el tipo corpulento se retiró con buen humor hacia la cocina. Me senté en el banco enfrente al suyo, y Erik me lanzó una mirada asesina. —Así que no quieres comer —le dije.

—No tengo hambre.

—No has comido nada en todo el día, Erik, tienes que comer.

—He desayunado.

—No es suficiente.

—Tengo nauseas. Si como esto voy a vomitar.

—Es la ansiedad lo que te quita el apetito, pero tu cuerpo necesita alimentarse, recuperar un poco de grasa corporal, ponerse fuerte…

—¿Dónde está tu bata, enfermero? —dijo, fijándose en que llevaba ya mi ropa de calle.

—Estaba a punto de irme a casa…

—Pues no dejes que yo te entretenga, seguro que tienes mejores cosas que hacer que vigilar mi plato.

—No te creas, no tenía planes esta noche. Así que puedo quedarme a ver cómo te lo comes —. Y así empezaba nuestro pulso habitual entre su cabezonería y la mía, un pulso que solía ganar yo con facilidad pues Erik era demasiado ansioso.

—Estás más guapo así, el disfraz de enfermero no te sienta bien… —y esta era la otra parte del pulso en la que Erik solía jugar con ventaja, aunque no demasiada.

—No empieces…

—En serio ¿tu vida sexual es tan patética que prefieres quedarte a mirarme comer? No lo sé, pero se me ocurren algunas ideas para pasar mejor el rato… ya sabes… — me guiñó un ojo y me soltó una de esas sonrisas tan sexys suyas, pero no iba a dejarle que siguiera por ahí.

—Bueno, si no vas a comértelo, voy a tener que dártelo yo —cogí el tenedor de plástico y preparé un bocado de pescado con verduras —venga, se bueno y abre la boca… —le hablé como si fuera un niño pequeño y Erik empezó a reírse.

—Ni de coña, no vas a darme de comer…

—Vas a comerte esto, aunque te lo tenga que meter por la vena.

—Mmm… llevo días con ganas de meterme algo por la vena.

Le ataqué con el tenedor, y parecía divertirle —Venga… una por mamá…

—No, por mamá no… —dijo medio en broma, pero con alguna verdad dolorosa detrás.

—Está bien, ¿qué tal una por papá…?

—Peor aún… —se reía, aunque lo que decía era bastante triste.

—¿Quieres que hablemos de eso? —Erik me miró a los ojos, la risa desapareció, pero no dijo nada —se me da muy bien escuchar…

—No, da igual…

—Está bien. Pero sabes que estoy aquí si me necesitas ¿verdad?

No dijo nada, cogió el tenedor de mi mano, y empezó a comer con bocados pequeños, con esfuerzo, como si le costara tragar, pero sin protestar más. —Deja de hablar de sexo, enfermero, ¿Cómo esperas que me coma esto si no dejas de insinuarte descaradamente? —yo le respondí poniendo los ojos en blanco, que remedio, tenía que ganarme en algo.

 

Cuarta semana

Desperté a Erik a las nueve y media de la mañana. No era de los que les gusta madrugar, y seguramente por su trabajo no solía hacerlo. Pero el centro tenía sus horarios, y aunque al principio podíamos ser un poco flexibles, esta semana me había propuesto ponerle en forma. —Venga, dormilón, hora de despertarse—. Me llegó un gruñido indescifrable desde la cama, fui hacia la ventana y abrí las pesadas cortinas para dejar entrar la luz, el gruñido se intensificó en una protesta clara, y Erik lanzó la almohada en mi dirección, sin mucha puntería —Arriba, rock-star, nos vamos a correr.

—¡Vete a la mierda…!

Saqué de su armario un pantalón de chándal y una camiseta —hace un día estupendo para salir a correr…

—Yo no salgo a correr… joder…—dijo antes de enterrarse entre las sábanas.

—Toca hacer un poco de ejercicio para ponerte en forma y que tus fans se vuelvan locas cuando te vean…

—Mis fans ya se vuelven locas cuando me ven…

—Eso era antes, cuando estabas bueno, ¿te has visto últimamente?

—Me importa una mierda…

Me senté al borde de su cama —Vamos, Erik, si no te levantas, voy a tener que ir a buscar un cubo de agua…

Reaccionó al instante cuando recordó que, efectivamente, había usado esa estrategia unos días antes para conseguir que saliera de la cama —No, no, no, ya me levanto… —me aseguro al tiempo que se sentaba en la cama aún con los ojos cerrados y gesto resacoso. —¿Tienes que hacer esto todas las putas mañanas?

—Buenos días, Erik, yo también me alegro de verte…

—No me castigues con tu buen humor, por favor…

—Venga, vístete.

Erik se levantó despacio, solía dormir solo con unos boxers ajustados y una camiseta suelta, ya le había visto otras veces, sabía que si salía de la habitación volvería a meterse en la cama, así que solía esperar a que se cambiara para asegurarme que estaba despierto. Ya era bastante difícil verle en calzoncillos, pero aquella mañana estaba completamente empalmado y no se molestó en disimular su erección. Era una buena señal, volvía a recuperar las funciones básicas. Pero… ¡Joder! Y entonces lo hizo, debí haberlo imaginado, se empezó a desnudar como si yo no estuviese allí. Me giré para evitar el espectáculo de su pene a pleno rendimiento, y al instante me llegó el resuello de su risa arrastrada.

—No seas tímido, enfermero, ya sabes que no me importa que mires.

—En serio, no me pagan suficiente para aguantarte.

Y de golpe, su voz resonó al lado de mi oído —No mientas, si te encanta… soy tu yonqui favorito…— lo tenía pegado a mi espalda y la vibración de su voz me recorrió todo el cuerpo provocándome todo tipo de reacciones involuntarias. —Ya estoy listo, puedes mirar—. Y allí estaba él, con su sonrisa sexy y su aire de suficiencia — podemos irnos, a menos que quieras ayudarme con este problemilla que me ha surgido entre las piernas… — Tuve que luchar contra la tentación de dirigir mis ojos a su entrepierna, por unos instantes pensé que sería incapaz de hablar y tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para escapar de esta.

— Lávate los dientes, te apesta el aliento… —y me giré para marcharme del cuarto —te esperamos en la entrada — escapé lo más rápido que pude de su habitación, con el eco de su risa burlona a mi espalda. Joder, ese hombre iba a provocarme un ataque al corazón.

 

blog 22

Le quedaba una semana para irse, y debía admitir que la estrella de rock al final se había comportado mucho mejor de lo que había esperado. Después de su rebeldía inicial, se había resignado a seguir el programa y parecía progresar bastante bien. Quién sabe, quizás no volviéramos a verle por aquí. Me extrañó no encontrarle en la sala común jugando a las cartas con otros internos o tocando la guitarra como solía hacer por las tardes, y me acerqué a su habitación a buscarle. Una de mis tareas era mantenerle activo y distraído para evitar que cayera en una depresión.

Entré en su dormitorio con toda mi energía, dispuesto a levantarle el ánimo a sacarlo de allí como fuera.  —Vamos a hacer un concurso de talentos, rock-star, necesitamos un jurado, he pensado que serías perfecto…

—Hoy no, enfermero… hoy no pudo… — Y allí estaba, hundido en su cama, con las rodillas dobladas, la cabeza enterrada entre sus brazos, con el gesto descompuesto y los ojos enrojecidos. Desistí de mi entusiasmo habitual y me senté a su lado.

—¿Te ha tocado a ti hoy revolcarte en la mierda?

—¿Es así como lo llamáis?

—Sí, creo que ese es el término técnico—. En su última semana los psicólogos del centro organizaban una sesión para enfrentar a los pacientes a su pasado. Cuando estaban preparados, invitaban a algunos amigos o parientes más cercanos, las personas que formaban parte de su vida para hablar de cómo les había fallado por culpa de su adicción, enfrentarles al destrozo que habían dejado atrás, a las heridas que habían causado justamente a aquellos a los que más querían, a los que habían estado a su lado en los peores momentos. Que estuviese mal era una buena señal, quería decir que se estaba haciendo cargo del daño que había provocado, y ese era un buen comienzo para empezar a dejarlo atrás y cambiar de rumbo. Pero también era un momento amargo y duro. —Al doctor Miguelez se le da bastante bien…

—Ya te digo…

—¿Quién ha venido?

Se tomó un instante para dejar escapar un suspiro antes de contestar —mi exmujer, los chicos de la banda… mi hermano… —y ese último parecía doler más que los otros —joder, soy un capullo… no me extraña que me odien…

—No te odian, si no, no habrían venido… pero tendrás que esforzarte para que te perdonen.

—¿Cómo van a perdonarme…? —y una vez más las lágrimas se acumulaban en sus ojos.

—Recuerda esto que sientes ahora, Erik, recuérdalo bien. La próxima vez que tengas la tentación de meterte algo, recuerda bien el dolor que has visto hoy en las personas a las que quieres.

—Joder, no te haces una idea de la cantidad de gente que está deseando que te metas algo en mi mundo. Es constante, está en todas partes, no creo que nadie entienda lo difícil que es…

—Tendrás que buscar formas de evitarlo. Puedes justificarte si lo prefieres, pero al final es decisión tuya, y eres tú quien tiene el control—. No me lo discutió más, se quedó sentado mirando al infinito, intentando asimilar todo lo que había comprendido aquel día. —Lo harás bien, Erik, eres fuerte.

—¿Eso crees?

—Puedes hacerlo, confío en ti—. Y aún nos quedamos un rato más en silencio, meditando sobre el futuro próximo. — Está bien, te dejo tranquilo hoy. Intenta descansar un poco. —Me levanté y me dirigí hacia la puerta— pero si necesitas algo, lo que sea, avísame ¿vale?

—Gracias, Sam —. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre. Hacía tiempo que su “enfermero” había dejado de sonar a reproche y parecía cargar cierto afecto, por lo que no me molestaba. Él me llamaba enfermero, yo le llamaba rock-star, era un pequeño juego entre nosotros que en algún momento había dejado de ser un pulso. Pero que me llamara Sam justo en ese momento, joder, el cabrón casi consiguió que se me saltaran las lágrimas.

 

La última noche

La habitación de Erik seguía igual que siempre, con ropa dispersa sobre la cama y la silla, algunos libros y cuadernos revueltos en la mesa, y él recostado sobre la cama entre cojines y sábanas revueltas con lo que más le gustaba, su guitarra. La única pista de que esta era su última noche en el centro era la maleta aún vacía que se desplegaba abierta en medio de la pequeña habitación.

—¿Aún no has guardado tus cosas?

—No necesito mucho tiempo… —contestó sin interrumpir el punteo que tocaba con agilidad en la guitarra de madera oscura.

—Será que no tienes ganas de irte…

El punteo cesó y me miró con intensidad —te aseguro que mañana pienso irme de aquí… Solo necesito diez minutos para meter las cosas en la maleta.

—Vaya… a mí me toma horas…

Eso le hizo gracia —me lo creo…

No tenía nada que decirle realmente, tampoco tenía ganas de marcharme, había venido a despedirme, pero ahora que estaba ahí, no encontraba la forma de hacerlo. —¿Preparado para una vida de abstinencia? —Erik dejó la guitarra a un lado, dobló las rodillas sobre la cama para apoyar los brazos, tenía los pies descalzos, y estaba increíblemente sexy con esa actitud desenfadada.

—¡Qué remedio! —y su sonrisa dejó ver que bromeaba.

—Tómatelo en serio…

—Lo sé, lo haré, lo prometo…

—No quiero volver a verte por aquí…

—¿Nunca más…?

—No como interno, al menos…

Y entonces nos quedamos los dos mirándonos a los ojos en silencio, y juro que por un instante creí que había dejado de tocar el suelo. Y luego dejó asomar esa sonrisa maliciosa que invitaba a todo tipo de pensamientos pecaminosos. —Anda, ven aquí —dijo, palmeando sobre el colchón para que me sentara a su lado, y por unos instantes cada poro de mi cuerpo me gritaba que lo hiciera.

—No es buena idea —respondí, sin embargo, bajando la mirada. Entonces él se levantó, y caminó hacia mí, acercándose más de lo que podía soportar, descalzo, con sus vaqueros gastados y esa camiseta que dejaba a la vista los músculos marcados de sus brazos.

—Última oportunidad, enfermero… mañana me voy, y te aseguro que no tengo intención de volver…

—Esto está muy, muy prohibido… y hay una buena razón para que lo esté…

—No va a enterarse nadie… a ninguno de los dos le interesa que se sepa…

Para cuando terminó esa frase, nuestras pelvis estaban tan cerca, que bastó que se inclinara solo un milímetro para que el bulto tras su cremallera rozara mi dureza, y bastó ese leve contacto de nuestros genitales para que una oleada eléctrica se expandiera por cada rincón oculto mi cuerpo y me dejara sin respiración. Los labios de Erik acariciaban mi rostro, cerca de las cejas, pues él era ligeramente más alto que yo. Yo no quería mirarle, pero el levantó mi barbilla suavemente con una de sus manos, sus labios se acercaron peligrosamente a los míos, rozándome con su aliento, y en el momento que deslizó la punta de su lengua por encima de mis labios, todo mi cuero tembló. Hubiese bastado que me besara para que llegara al orgasmo, estaba seguro, y supe que tenía que frenarle.

—No puedo… —susurre con lo poco que me quedaba de voluntad —no lo hagas, por favor…

Se alejó ligeramente y me miró divertido —solo es un polvo, Sam, no hace falta que siempre sigas las reglas… pórtate mal alguna vez…

—No es eso… es solo que… mañana te irás, y lo olvidarás todo, y está bien ¿por qué no? Solo es un polvo… hace cinco semanas no me hubiera importado, ahora… —y sentí un nudo en el estómago antes de terminar la frase — creo que no podría superarlo…

El gesto de Erik cambió sutilmente, ligeramente sorprendido, con un toque de comprensión y una buena dosis de ternura. —Está bien… —y me dio un pequeño beso en la frente antes de alejarse y volver a dejarse caer sobre la cama junto a su guitarra. Por un instante me imaginé a mí mismo lanzándome encima de él, gritando “olvida lo que he dicho, ¡fóllame!”, pero estaba a punto de hacer una salida grandiosa del cuarto de la estrella de rock, y me convencí una vez más de que era lo mejor. —Vendrás a verme a algún concierto, espero…

—Y yo espero una invitación VIP…

Erik rio —Claro… más te vale venir con un novio…

—Cuídate mucho, Erik.

—Tú también, Sam.

Y dejé escapar el aire que llevaba reteniendo desde hacía un rato antes de salir por la puerta. No pasé a despedirme por la mañana, no quería ser uno más de los que le desearan un buen futuro. Cuando volvía al centro, ya no estaba. Entré en su habitación vacía, y me senté un momento en el especio de la cama en el que no me había sentado la noche anterior, cerré los ojos e intenté aspirar lo que quedaba de su olor en el cuarto abandonado, y que, seguramente, no tardaría en desvanecerse para siempre. Iba a costar olvidarse de Erik Winter.

 

 

Os dejo elegir ¿Hay segunda parte a esta historia? ¿o no?

 

LO QUE NUNCA TE DIJE

blog 19Volvía a hablar otra vez, sobre lo mismo, empezaba a arrepentirme de haber preguntado, había imaginado que a estas alturas estaríamos hablando de otra cosa. Estaba allí tumbado, semi desnudo, en aquella casa tan bonita y tan grande. Era hermoso, su piel morena, su olor intenso, tan largo, y esos ojos de mirada triste que languidecían sobre las cosas más que mirarlas. Ojalá me mirasen a mí, pero me esquivaba, añorando a otro que no era yo.

—Deberías pasar de él —le dije yo.

—Lo he intentado, pero es él quien me busca. No sé qué es lo que quiere…

—Lo quiere todo, tenerte ahí, siempre pendiente y luego a su novia, lo mejor de los dos mundos. —Estábamos tumbados sobre el sillón blanco, aunque habíamos tomado la precaución de poner una sábana debajo antes de follar. Él tumbado boca arriba, ocupaba la mayor parte del espacio, yo medio tumbado sobre él, encajonado entre su cuerpo fornido y el respaldo del sillón.

—Incluso me pide que hable con su novia cuando se enfadan…

—No lo harás ¿verdad?

—Pues sí… Es que yo la conocía de antes, era amiga mía.

—Pues menuda amiga…

—No creo que ella sepa nada…

—¡Qué dices! Las tías se enteran de todo, aunque se hagan a las tontas…

Mientras hablábamos acariciaba su torso suavemente con la yema de los dedos, yo estudiando su cuerpo con sigilo y él mirando al infinito con la vista perdida en sus cosas. Lo cierto es que el tema lo saqué yo, como para no decir nada. Carlos me había pedido que le acercara a la estación de tren, que estaba de camino, dijo, no pensé que fuera a ser un problema. Yo iba a quedarme el fin de semana a cuidar la casa de sus padres, porque él tenía que volver a la universidad. En cuanto vi la cara que puso él al ver a Carlos a mi lado, supe que algo no iba bien. Estaba claro que él no se esperaba que estuviese en el coche, y me quedó claro también que Carlos había querido estar allí para ver su gesto de sorpresa. Mientras el chico de ojos tristes miraba por la ventana hacia algún horizonte lejano, Carlos no dejaba de hacer preguntas e insinuaciones estúpidas, parecía divertirle la tensión que había generado su presencia. Incluso al bajar del coche se despidió con un “pasarlo bien” y una sonrisa que incluso a mí, que aún no sabía de qué iba todo esto, me entraron ganas de borrarle de una hostia. —Perdona —le dije en cuanto estuvimos los dos a solas —no sabía que tenías algo…

—No, si no tenemos nada…

Y así fue como empezó a contarme la historia de ese mejor amigo de adolescencia de quien se había enamorado. El amigo de campamento de verano que le traía chocolates a todas horas, con quien dormía abrazados en la oscuridad, el que dejaba que le acariciase el pecho o se hacía al dormido si le acariciaba un poco más abajo, con quien se tumbaba por las noches a mirar las estrellas y a hablar de cosas profundas hasta la madrugada. No era una historia nueva, aunque la diferencia en este caso era que el mejor amigo no jugaba limpio, pues cuando él se atrevió a confesar lo que sentía, Carlos se burló de él, y cuando quiso alejarse para superarlo, su amigo no se lo permitió, siguió buscándole, acosándolo con mensajes, pasando por su casa, jugando con sus sentimientos de forma cruel. —El día de mi cumpleaños me llama y me dice, “te he hecho una tarta”, y le digo, “no la quiero, no quiero verte”, porque el día antes nos habíamos peleado otra vez, y el venga a mandar mensajes para quedar conmigo: “cómo no voy a verte, es tu cumpleaños” y ese rollo. A las doce de la noche aparece en mi casa con un trozo de tarta, dime ¿quién hace eso?

—¿Una novia celosa?

—No me lo estoy inventando ¿verdad? Lo que hace no es normal, es como si fuese mi novio, solo que sin sexo.

¿Sexo? Bastó que lo mencionara para que volviera a endurecerme. Empecé a besar sus pezones, mientras él seguía contándome sus penas de amor, ya no le prestaba tanta atención, estaba distraído con sus pequeños pezones. Los rodeé primero con la lengua, luego le di un pequeño mordisco. Él se quejó, pero en seguida volvió a su monólogo, ya no me importaba, si necesitaba hablar, que lo hiciera.

—Tendría que haberle besado aquella noche… —contaba ahora, mientras mi lengua viajaba por su cuerpo en busca de nuevos rincones —nos habíamos emborrachado, no sé que hora sería… yo me había quedado dormido, y de pronto él me despierta, estaba enfadado, “estamos solos ¿qué vamos a hacer?” me preguntaba… creo que entonces no me di cuenta… pero tal vez aquella noche esperaba que yo hiciera algo más…

—Si… — le dije, más concentrado en lo mío — tendrías que habérsela comido, así le callabas la boca y acababas con el calentón… —mi comentario le hizo gracia, al fin una sonrisa, y aproveché su distracción para desabrocharle el pantalón, y buscar su erección. Dejó de hablar definitivamente cuando rodeé con mi boca su polla aún flácida, que no tardó en endurecerse. Ya no decía nada, estaba completamente entregado a la sensación placentera, escuchaba solo sus leves gemidos contenidos mientras yo disfrutaba del preámbulo de su semen en mi boca. Busqué el bote de lubricante sobre la mesa, me embadurné mi dedo central, el más largo, y, sin soltarle, lo introduje en su orificio hasta el fondo acelerando ligeramente el movimiento de mi boca, la recompensa me llegó con los gemidos que se intensificaban, ya no pensaba en Carlos y sus estupideces, no decía nada, solo jadeaba aceleradamente, con el cuerpo en tensión, dejándose llevar por completo. Entonces le solté para poder mirarle —quiero follarte otra vez— Su respuesta no tardó en llegar, se quitó los pantalones del todo, y giró para ofrecerse a mi en silencio. No me importó que no dijese nada, al menos estaba aquí, conmigo, aunque fueses solo físicamente. Me tomé un momento para contemplarle, luego, empecé a recorrer su espalda con pequeños besos, desde su culo que se ofrecía abierto hacia mí, subiendo por su columna hasta la base del cuello, al acercarme a su oreja izquierda noté como se le erizaba la piel. Tenía los ojos cerrados. —¿Estás pensando en él?

—No.

—No mientas.

Abrió los ojos, pero no me miró, a mi no, al menos, al infinito quizás o tal vez a algún espectro imaginario, y se tomó un instante antes de responder —en serio, no pensaba en él… —pero no le creí.

—Da igual. Piensa en él si quieres—. Intenté volver a centrarme, puede que su mente estuviese en otra parte, pero era yo quien iba a hacerle el amor por segunda vez esa noche, y no tardé en convencerme de que eso era suficiente. Me puse un condón rápidamente, y volví a lubricar con generosidad, aun así, cuando le penetré, él gritó. Puede que no estuviese del todo preparado, puede que le hiciese un poco de daño, una parte de mí quería que le doliese, que al irse a casa tardara en olvidarme, que se llevar a cuestas al menos algo de mí. —¿Estás bien?

—Sí… no pares… —o tal vez lo que se llevara no fuera el dolor, sino el recuerdo de un polvazo. Así que puse todo mi empeño para que fuese memorable. Pensé en hacerme un selfie y enviárselo a Carlos con un mensaje “si, lo estamos pasando bien en tu casa, capullo”. Los jadeos se intensificaron junto con el ritmo de mis embestidas, podía notar que él estaba a punto de estallar. Había vuelto a cerrar los ojos, y su mano se buscaba sí mismo para masturbarse ¿era a Carlos a quien imaginaba encima de él? Y le odié más aún por robarme el protagonismo de su deseo. Pero mi cuerpo tenía sus propios planes, y a pesar de mi cabreo, seguía su camino acercándose al orgasmo, y cuando le escuché a él gemir de placer con el semen escapando entre su mano y su cuerpo, no pude contenerme más y estallé, también con los ojos cerrados. Después me dejé caer encima de su espalda, los dos cuerpos perfectamente entrelazados, entre el sudor y el olor a sexo, y no quise aún abrir los ojos, quise sentirlo mío unos instantes. Le besé el hombro, luego la base de la nuca, y aspiré profundamente atrapando su olor en algún lugar entre su pelo negro y su piel morena.

Ya era noche cerrada fuera, y no había prisa. Fui a buscarle un vaso de agua y una toalla con agua tibia para que se limpiara, recogimos el salón un poco, asegurándonos de no dejar pruebas y preparamos algo de comer. Hablaba de sus planes de futuro, de viajar, de irse a hacer el servicio militar —solo quiero irme lejos de aquí… — dijo. Al fin quedamos los dos sentados juntos en el sillón, el sexo había conseguido que se relajara, al fin sonreía y parecía haberse olvidado del otro, nos besábamos y me miraba a los ojos, charlábamos de cualquier cosa, bromeábamos… podría haberme quedado allí el resto de la noche, el fin de semana incluso. Pero entonces su teléfono vibró. Él leyó el mensaje y su gesto se volvió gris al instante. Contestó algo rápido, y dejó el teléfono, que no volvió a tardar en vibrar con otro mensaje. Pareció dudar un momento, pero le venció la curiosidad y lo leyó.

—Espera —él se levantó y se alejó, con un gesto de preocupación.

—¿Es él? —me miró a los ojos, pero antes de que pudriera contestar, su teléfono empezó a sonar.

—Ahora vuelvo —salió hacia el jardín y cerró tras él, a través de la puerta de cristal pude verle contestar a la llamada, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado, parecía inmerso en algún tipo de discusión, y lo supe. Era Carlos. La llamada no duró mucho. Él colgó el teléfono, pero aun dudó unos instantes antes de entrar de nuevo a la casa. Entró despacio esquivándome con la mirada, y se acercó inquieto —era Carlos… — dijo aún sin levantar la mirada del suelo, completamente perdido —viene hacia aquí.

—¿Qué? —no podía creerlo —¿para qué? ¿no se había ido a la universidad?

—Ya… yo qué sé… viene a buscarme… —y al fin una mirada de suplica se posó en mis ojos.

—¿Estás de coña? Pero ¿de qué va? — Su teléfono volvió a vibrar y pude leer en sus ojos el mensaje. Carlos le esperaba en la puerta, ansioso y precipitado, presionándole como al parecer solía hacer. — No irás a irte con él ¿verdad?

Su mirada volvía a perderse en el infinito — no lo sé… quiere que hablemos…

—Sabes que va a volver a hacer lo mismo de siempre ¿verdad? Hablaréis durante horas, mirareis a las estrellas y luego volverá con ella…

—Ya… —Eso decían sus palabras, pero sus ojos buscaban ya la puerta de salida.

—No vayas, quédate conmigo… — él ya no me hablaba, no me miraba, miraba a un lugar al que quería ir, intentaba resistirse, pero se me escapaba. Me acerqué hasta él, busqué sus ojos esquivos, y la acaricié el brazo, hasta encontrar sus dedos —quédate conmigo…

Entonces me miró, con los ojos cansados y rendidos —Lo siento… No puedo.

Y se marchó. Detrás de su fantasma, de vuelta a su infierno particular, porque tenía esa capacidad para amar de forma sincera y fiel, con entrega absoluta y esperanza absurda. Y al marcharse, se convirtió en mi fantasma.

Para Jesús

Un relato de Laurent Kosta

LA CONFESIÓN

blog17

Había quedado con Andy en su habitación, él quiso que nos viéramos en la cafetería de la universidad, pero insistí en vernos en su residencia. — Tengo que hablar contigo — le había dicho.

—¿Pasa algo?

Una pregunta curiosa. Siempre pasa algo. ¿Cuándo puede no pasar algo? Aunque quisieras que no pasara nada, siempre pasa algo. No nos engañemos, ese “tenemos que hablar” y sus variantes suelen ser el preludio de algo más, algo relevante, algo que no se puede dejar pasar, y ese era el caso, aunque no quería asustarle. —No, nada. Prefiero pasarme por tu cuarto si no te importa… —Así que quedamos en la habitación de Andy, como tantas otras tardes, mañanas y noches, como cuando mi habitación estaba pasillo abajo de la suya. Pero yo ya no vivía en el colegio mayor, y no nos habíamos visto desde antes del verano. Habíamos hablado casi a diario, sin embargo, y yo había pasado una semana en San Sebastián con su familia al terminar el curso, tras conducir siete horas para llevarle a casa.  Sus padres son majos, algo mayores, pero gente relajada, simpática, igual que sus dos hermanos, también mayores, uno de ellos ya casado, todos encantadores, algo sobre protectores, pero majos. Estaban agradecidos de que hubiese traído a Andy a casa, de que me hubiese ocupado tanto de él en su primer curso en la universidad, en su primer año lejos de casa… —No ha sido nada, en serio, ha sido genial venir…

—Nos alegra tanto saber que ha encontrado un amigo tan bueno en Zaragoza…

      Tenemos que hablar.

Al entrar en el colegio mayor pasé junto al piano negro de semicola que decoraba el hall de entrada, el mismo junto al que había conocido a Andy hace exactamente un año. Un chico rubio, de pelo desorganizado estaba sentado tocando, improvisando unas escalas de jazz, me quedé un rato detrás de él escuchando, era inusual, casi nadie se sentaba a tocar el viejo piano, que tenía el mi y el sol de la penúltima escala algo fuera de tono. Y ¿jazz? Eso si que era una novedad. Me animé, y me puse a tocar con él, en las escalas de arriba, siguiéndole con una sola mano, de pie detrás de él. Por un instante pareció sobresaltarse y se detuvo, a penas un par de segundos, pero luego siguió tocando, de forma más repetitiva, dejándome espacio para jugar. Después de un rato, me dirigí a las escalas bajas, y usurpé su lugar con un nuevo compás, sentándome a su lado en la butaca del piano. El chico rubio me dejó sitio y empezó a jugar en las escalas latas, buscando los huecos que le dejaba mi melodía. No tardamos en crear un diálogo entre notas que subían y bajaban por el piano, yo preguntando en las escalas medias, el contestando en las escalas agudas. Lo estaba pasando en grande, y podría haberme pasado el resto de la tarde allí tocando, pero había que terminar, antes de que mi pareja musical se cansara, o antes de que el resto de habitantes del edificio protestara. Y clavamos el final, sin necesidad de decirnos nada, o mirarnos siquiera, en ese entendimiento que se alcanza cuando dos músicos conectan y se coordinan a la perfección sin necesidad de artificios.

—¡Joder, eso ha molado! hacía mucho que no lo pasaba tan bien tocando —exclamé en cuanto dejamos escapar la última nota. —Tocas bien, tío

—Tú sí que tocas bien… casi no podía seguirte.

—Eso es porque me obligaban a tocar tres horas al día de pequeño… Israel — me presenté.

—Andrés, aunque todos me llaman Andy.

Y entonces el rubio me miró sin mirarme, como quien mira con otra parte del cuerpo, mirando con el oído o la frente, y su cabeza hacía un ligero movimiento que parecía buscar el sonido de mis palabras, más que mi imagen, haciendo una mueca poco sociable al igual que el gesto en sus labios, y sus ojos claros, casi transparentes, parecían desorganizados como su pelo —¡Ostia, eres ciego!

—Si, ya me he dado cuenta.

Y no pude evitar reírme—¿No se supone que los ciegos sois unos músicos de la ostia?

—¿Tan mal lo he hecho?

—Para nada, ha estado guay.

—Y eso que a mí no me obligaban a practicar tres horas al día…

Y seguimos así el resto de la tarde, bromeando y riendo. Yo nunca había conocido a un ciego. Lo confieso, al principio lo que me atrajo fue la curiosidad, me divertía tener un amigo ciego, era casi como una mascota. Yo estaba empezando mi segundo curso universitario, así que ya conocía bien el campus, podía prever los problemas que le surgirían el primer año, conocía a mucha gente y sabía dónde se comía más barato, donde se juntaba la gente que más molaba y donde se organizaban las mejores fiestas. Tenía mucho que ofrecerle a Andy, y él a cambio, satisfacía mi curiosidad. Fue durante esos primeros meses cuando me contó por qué había decidido irse lejos de casa, lejos de una familia sobre protectora que se preocupaba demasiado, de una vida en exceso controlada y organizada. Él mismo había hecho la matricula en la Universidad de Zaragoza, había hecho la reserva de su habitación, y finalmente a sus padres no les quedó más remedio que ceder y dejar que el niño atrofiado volara del nido y se independizara. Y fue en esos primeros meses cuando Andy me confesó el verdadero motivo de su huida…

—¡Tengo que echar un polvo!

Estábamos como tantas otras noches colocados y algo ebrios en su habitación, pues esa es otra de las cosas que no tardé en enseñarle, a fumar porros y beber hasta caer rodando. No nos cansábamos de reír de la misma broma cada vez —¡Tío!¡ qué ciego llevo! — nos desternillábamos de risa cada vez que cualquiera de los dos hacía variaciones sobre el chiste de estar ciegos por beber. Y fue en una de esas noches de risa fácil cuando surgió el tema de las mujeres.

—Es imposible que me ligue a una tía si tengo a mi familia supervisando todo lo que hago veinticuatro horas al día. Me voy a dislocar la muñeca de tanto pajearme.

Así que, entre horas de estudio, tardes al piano y juergas nocturnas, nuestro objetivo principal era conseguir que Andy perdiera la virginidad. Lo que no resultó ser una tarea fácil. A las chicas les caía bien Andy, pero de ahí a querer salir con él… sobre todo porque Andy tampoco era muy hábil con las estrategias sociales, en cuanto conocía una chica que le caí bien, la invitaba a salir, resultaba demasiado ansioso. —No te precipites, tienes que crear un poco más de misterio…

—Y eso ¿cómo se hace?

Y las que si estaban dispuestas a salir con él eran del tipo monjil, chicas piadosas y de buen corazón que, por supuesto, esperaban perder la virginidad en el matrimonio. Tras un par de citas completamente decepcionantes, empezaba a volverse loco.

—Lo que pasa es que las asusto —explicaba —creen que van a tener que ocuparse de mí, y a las chicas buscan a alguien que cuide de ellas. Pero yo sé cuidar de mí mismo, no necesito que me supervisen.

—Claro, por eso siempre llevas los calcetines al revés.

—¿Qué dices? No llevo los calcetines al revés.

—Vale, si tú lo dices.

—Los calcetines son iguales, da igual como te los pongas.

—¿Eso es lo que te han contado?

—No me jodas. ¿Qué le pasa a mis calcetines?

—No es grave, pero llevas el calcetín derecho en el pie izquierdo.

—Eso no existe… ¿Por qué nadie me lo ha dicho antes?

—No te preocupes, ya te enseño yo…—Vale, ya lo sé, es cruel, pero era en el tiempo en el que Andy aún era solo un pasatiempo, ahora no le haría eso… Mentira, sí que lo haría, es demasiado divertido. A veces me metía en su habitación sin que me escuchara, y me quedaba en silencio un rato hasta que en algún momento le quitaba algo de las manos o le movía un libro de sitio para confundirle. Al final siempre me descubría —¿Eres tú Isra? … Deja de hacer eso, tío, da muy mal rollo. —Me gustaba ese contraste entre su ingenuidad y su inteligencia, por un lado, sacaba mejores notas que la mayoría de sus compañeros a pesar de los obstáculos, por otro, era como un niño de once años al que hubiesen arrojado al mundo de golpe. Aunque puede que ya entonces no fuera solo un pasatiempo.

—Es por mis ojos ¿verdad? Los ciegos tenemos los ojos raros, se sincero ¿es por mis ojos?

—Bueno, parecen un poco desorientados.

—Joder, lo sabía… debería ponerme unas gafas de sol ¿verdad?

Sí, Andy tenía esa mirada extraviada de los ojos que pierden su musculatura por la falta de uso, pero tenía unos ojos de un gris claro, casi blanco, enmarcado por sus pestañas cobrizas, que te hacían pensar que podías mirarle directamente al alma. —Tienes unos ojos preciosos, no te los tapes.

     Joder, tenemos que hablar…

Pasado el hall de entrada, me dirigí hacia las escaleras de la que había sido mi residencia durante dos años, y no dejaba de encontrarme con gente a la que saludar por el camino. Puede que yo también intentar postergar el momento de nuestro reencuentro, pues sabía que no podía seguir ignorando esta conversación.

Fue también hablando de cualquier cosa cuando empezó todo, los dos a solas tirados en su cama compartiendo un porro y con un colocón de narices. Yo intentaba ver una película en el ordenador, Andy se aburría y se dedicaba a interrumpir. —¿Están follando?

—Sí, tío, cállate.

—Descríbelo… —y como pasaba de él, insistía —joder, nunca he visto como lo hacen… tienes que darme detalles, si no seguro que la fastidio — y una vez más se rallaba con el mismo tema como hacía cada vez que estaba colocado —Voy a morir virgen… — se lamentaba. —…solo quiero que alguien me toque alguna vez…

Entonces fue cuando la película dejó de importarme una mierda. —¿Sabes? No tienes por qué esperar a que sea con una chica… a veces, los colegas nos echamos una mano… literalmente.

Silencio.

—Mis hermanos no me han dicho nada de eso.

—Bueno, no es algo que se suela contar. Pero ocurre con mucha más frecuencia de que crees.

—¿En serio? —la confusión era un gesto curioso en Andy — ¿no te importa?

Era bueno que no pudiese verme, porque casi me hecho a reír cuando dijo eso —¡Nah! Para nada.

—Vale — y entonces se bajó los pantalones dejando escapar su polla larga que empezaba a endurecerse y a desafiar la gravedad, pues el pudor es otra de esas cosas que resultan absurdas para alguien que nunca ha visto su propia desnudez. —Joder, me he puesto cachondo y todo.

Me acomodé a su lado, disfrutando de la vista de su cuerpo semi desnudo y expuesto. Pasé mi mano por sus abdominales, el primer contacto con su piel provocó que se estremeciera levemente y se le erizara la piel. Mi mano bajó hasta rodear sus testículos, un gemido se le escapó y su respiración comenzó a acelerarse cuando empecé a acariciar su erección, estaba completamente duro, entregado a la sensación novedosa. Me moría por besarle, sus labios semi abiertos en un gesto de sorpresa contenido, su respiración entrecortada y sus ojos perdidos. Era mejor no hacerlo. Levanté su camiseta un poco más con mi mano libre, sin dejar de masturbarle, le di un pequeño beso sobre las costillas, y noté que temblaba ligeramente. Seguí acariciando su polla, de abajo arriba, el recorrido largo del tronco hasta la punta, mis dedos jugaron suavemente con su glande mientras sus brazos se tensaban estrujando la colcha de la cama y su respiración parecía atascarse acompasada con el movimiento de mi mano. Un gemido largo, agónico, anunció el orgasmo que tensó todos los músculos de su cuerpo justo en el momento en que su semen se desparramaba encloquecido sobre su piel. Yo permanecía a su lado observando como se apaciguaba su respiración poco a poco. —Joder —dijo —es mucho mejor cuando te lo hace alguien. —Me lo habría comido a besos allí mismo, pero no dije nada. —¿Te lo hago yo a ti ahora?

—La próxima vez —Y una risa tonta se le escapó ante la perspectiva de que volvería a ocurrir.

Y vamos si volvió a ocurrir, no una ni dos, sino prácticamente cada fin de semana. Las manos dieron paso a las bocas, y a algún juguete sexual. —Tampoco he besado nunca a una chica— confesó una noche, algo divertido, así que también nos besamos. Solo había una regla, una regla no escrita y que nunca acordamos, pero que se cumplía a rajatabla, el sexo solo ocurría a solas y estando borrachos, y por la mañana fingíamos que nada había ocurrido. Y yo me estaba volviendo loco.

            Tenemos que hablar.

—¿Ya no quieres que vivamos juntos? —Al fin había llegado a su habitación, y Andy me recibió con un gesto preocupado. —Está bien, si has cambiado de opinión, no pasa nada, no voy a enfadarme ni nada. —Yo estaba harto de la residencia de estudiantes, y había conseguido convencer a mis padres para que me alquilaran un piso. Habíamos hecho planes para compartir piso este curso, aunque su familia era bastante más reacia, sin embargo, Andy era consciente del sacrificio económico que suponía para sus padres pagar un colegio mayor y estaba decidido a abandonar la residencia.

—No es eso, claro que quiero, es solo que… no sé si deberíamos… —me senté a su lado en la cama, que hacía las veces de sillón en el pequeño cuarto estudiantil al que únicamente se añadía un escritorio y una repisa, y donde le había encontrado leyendo un libro en braile con los dedos a una velocidad que no dejaba de asombrarme. —Me he enamorado.

—¿Has conocido a alguien?

—No. Eres tú. —le dije pausadamente. —Me he enamorado de ti.

Y guardé silencio para observarle, su parpadeo nervioso, sus gestos intentando ocultar la tensión confusa, que aun así se escapaban en muecas descontroladas. Había algo hermoso en su falta de vanidad, esa carencia de pose, ese no saber atender a las reglas del postureo de alguien que jamás se ha mirado en un espejo. Esa falta de gracia social era justamente lo que le hacía especial.

Mi madre no lo entendía. —¿Por qué estás con ese chico?

—Me gusta

A mis padres les encanta tener un hijo gay. Madre periodista, padre senador, yo soy su tema de conversación favorito, más que nada porque les hago quedar bien por ser tan abiertos, tan modernos y tolerantes aceptando a su hijo y luchando por los derechos LGTBQI. De ser por ellos, me llevarían a todas sus reuniones de trabajo para demostrar lo buenos padres que son. Y lo cierto es que son muy buenos padres, nada de que quejarme. Lo que único que no toleran es el fracaso. —Me parece un gesto muy loable de tu parte, pero ¿no crees que es demasiada responsabilidad para ti?

—No lo hago por caridad, mamá, me gusta de verdad…

— Solo digo que no nos gustaría que te distraiga de tus estudios…

A mí nunca me faltó nada, tuve todas las oportunidades a la mano, mi vida había sido fácil, mucho más que la de Andy, por eso era importante no presionarle.

Todo parecía haber quedado suspendido en el aire en la habitación en la que los dos nos sentábamos aguardando.

—O sea, que a ti también te gusta más de la cuenta lo que hacemos —Al fin se atrevió a hablar.

—Pues sí. Me gusta demasiado.

—¿Significa eso que podemos besarnos sin estar borrachos? —Y lo dijo con una sonrisa que me invitaba. Así que me acerqué un poco más y nuestros labios se rozaron en un beso que apenas lo era. Y como no se echó atrás, me abrí paso entre sus labios con la punta de la lengua, despacio, sintiendo su aliento entrando en mi boca. No era la primera vez que nos besábamos, pero era la más real, la primera en la que no estábamos semi inconscientes o pasados de rosca. Y seguimos besándonos, sin prisa, en besos cortos, besos largos, hasta quedar los dos recostados sobre el colchón sin soltarnos las bocas. Y no podía creer que hubiera sido tan fácil después de haberme preocupado tanto.

—Si lo llego a saber… tendría que habértelo dicho mucho antes…

Y en algo me equivoqué entonces, pues de golpe Andy se puso tenso y se separó de mí. Volvía a parecer confundido, como si buscara algo en esa noche eterna en la que se sumía su mundo. —¿Tú ya lo sabías? —No me atrevía a contestar —¿Eres gay?

—Claro…

—¿Por qué no habías dicho nada?

—¿Qué más da? Lo que importa es lo que sentimos…

—¡Tendrías que habérmelo dicho! —y de golpe estaba cabreado, gritándome —No tenías derecho a hacerlo… me has mentido todo el tiempo… —Yo intentaba apaciguar su enfado, pero él estaba fuera de sí y no escuchaba —yo confiaba en ti, joder… ¡tú me has hecho esto…! ¡Aléjate de mí!

—Lo siento, Andy… tienes razón… lo siento…

—¡No! ¡Vete! ¡Déjame…!

—Andy… por favor…

—¡No me toques! ¡Fuera…!

—Está bien…

Abrí la puerta, y fingí marcharme, como había hecho otras veces para tomarle el pelo, y me quedé en silencio pegado a la pared, porque sabía que no podía dejarle solo. Ya se lo había dicho aquel verano a su hermano Pau.

—¿Qué os traéis entre manos tú y mi hermano? —me había preguntado, en cuanto tuvo ocasión de hablarme a solas.

—¿A qué te refieres?

—Está raro… nunca le había visto así… —No sabía como explicarlo, pero yo sabía a que se refería, aunque no sabía si debía contárselo. Andy se había acostumbrado a la cercanía y la complicidad que compartíamos, para alguien que carece del sentido de la vista, el contacto físico es muy importante. Nos habíamos acostumbrado a caminar de la mano cada mañana cuando le acompañaba hasta su facultad antes de ir a la mía, y cada tarde en la que nos juntábamos para comer, o nos esperábamos para volver juntos a la residencia. Él no era consciente de las miradas que provocaba, ni de lo asombrada que estaba su familia al ver la manera en la que se comportaba conmigo.

—Está enamorado —después de un rato de marear la perdiz se lo solté. Quizás porque yo me estaba volviendo loco y también necesitaba decirlo.

—¿De quién? —y le contesté con un gesto — ¡Venga ya! ¿por qué crees que se ha enamora de ti?

—Porque me lo ha dicho… lo que pasa es que me lo dice cuando está borracho, nos enrollamos y me dice que me quiere, y luego al día siguiente no se acuerda de nada.

Pau estaba completamente flipado, y no solo por el descubrimiento de nuestra relación —¿Has emborrachado a mi hermano? ¿tú estás loco?

—Yo no le he hecho nada, lo hace él solito… dejar de tratarle como a un crío… —También le dije entonces que era mejor no decírselo, tenía que darse cuenta él solo. Pero Andy no era solo ciego a los colores, la luz y las formas que le rodeaban, también estaba ciego a quién era él, y me asustaba la idea de abrirle los ojos de golpe.

Me quedé aguardando a su reacción junto a la puerta, y no tardó en llegar. De pie junto a su cama, sin haberse movido un milímetro de donde había quedado cuando me empujó para alejarme de él, empezó a temblar con el gesto descompuesto, como si temiera que al moverse pudiera caer a un abismo. Sus manos retorcidas e inseguras buscaron en el espacio, y su respiración empezaba a acelerarse —¿Isra? —susurró al aire, temiendo también romper el silencio —¿te has ido…? ¿Isra…? —el labio le temblaba y los ojos se le humedecieron, empezó a buscar algo por su mesa, con las manos temblorosas, y con la inquietud lo tiraba todo al suelo, se veía mas torpe e inseguro que nunca, como si de golpe hubiese recordado que era ciego. No podía dejarle más tiempo, me acerqué y le abracé. —¿Isra?

—Tranquilo, estoy aquí. —Y Andy se agarró a mi cuello con fuerza.

—No me dejes… no me dejes solo — me buscaba con las manos y yo le bese los ojos húmedos.

—Estoy aquí, tranquilo, no voy a irme…

—¿No vas a marcharte…? ¿Vamos a vivir juntos?

—Sí, si tú quieres…

—Yo si quiero…

—Lo sé. — Esta era su confesión, pero si él no podía hacerla, la haría yo por él. —Te quiero — dije, y nuestros labios volvieron a encontrarse.

 

(Autor: Laurent Kosta)

EL CASTING

blog16

—Pasa — se escucha una voz de hombre que habla detrás de la cámara. Un chico joven, de pelo oscuro, unos veinti-pocos, asoma con timidez desde la puerta del fondo. Duda. Quizás no se esperaba que le recibieran con una cámara encendida —… siéntate, ponte cómodo — insiste la voz en off, intentando inculcar algo de confianza a su interlocutor. El chico obedece, camina despacio hacia el sillón de cuero morado que preside esa habitación cutre que alberga pocos muebles más. Una vez sentado mira a la cámara, mira a quien maneja la cámara, observa la habitación a su alrededor, ¿decepcionado, tal vez? —¿Estás nervioso? —pregunta el hombre de la cámara.

—Un poco…

—Tranquilo, vamos a charlar un rato primero.

—Vale —el joven sonríe, y por un momento jurarías que podría ser tu hermano pequeño.

—¿Cómo te llamas?

—Yeray

—¿Cuántos años tienes, Yeray?

—Veintitrés… —y la conversación sigue durante unos instantes por otros terrenos insustanciales, y averiguamos que Yeray dejó la universidad, que está en un grupo de teatro, que le gusta salir a bailar por las noches y que vino a la capital desde un pueblo de León a los dieciocho. Nada de eso es realmente relevante. La voz, experta, le habla con calma, deja que se crea un pequeño vínculo, aunque el chico sigue sonriendo nervioso, mirando de reojo, sin saber muy bien hacia donde, enredando sus dedos unos con otros entre sus piernas.

—¿Por qué quieres dedicarte al porno? —al fin entramos en el tema. Yeray mira al suelo, sonríe como un crio que ha hecho una travesura, puede que aún no se crea del todo que ha venido a esto.

—Por la experiencia… —empieza, no muy convencido —me gusta viajar… para conocer gente…—bonitas razones, pero olvidas la principal ¿verdad? Como no se anima, la voz se lo recuerda.

—¿Por el dinero?

Yeray se ríe, —sí, también por la pasta… —y parece avergonzado de admitirlo.

—Eso está bien… no hay nada malo en hacerlo por dinero—le anima la voz — ¿Y por qué crees que se te dará bien el porno?

Ante la pregunta, el chico reacciona abriendo la boca y los ojos con el gesto de sorpresa de una chiquilla, pero enseguida se recompone, se muerde el labio inferior, luego mira a la cámara con cierto descaro y se arma de valor para contestar —Porque… dicen que hago muy buenas mamadas… y puedo ser un buen pasivo… y un buen activo…

—Muy bien —sigue la voz —ahora necesito que firmes esto —dice al tiempo que una mano sale desde detrás de la cámara para poner una hoja sobre la mesa de un escritorio que descubrimos ahora —dice que nos autorizas a filmarte y que consientes que enviemos las imágenes a las productoras… —mientras termina de explicar, el chico se acerca a la mesa, ojea el documento, no llega a leerlo del todo, y lo firma. Habiendo cumplido con los requisitos legales, el proceso continúa—Vale, desnúdate —invita la voz con delicadeza, aunque suena más a las instrucciones de un médico que las de un amante. El joven aspirante, no obstante, no parece alarmado, se quita la camiseta con naturalidad, quizás más cómodo ahora que sabe lo que se espera de él, dejándonos descubrir un cuerpo escultural, esbelto, de musculatura firme, hermoso. Mientras se quita los zapatos y los pantalones, la voz continua con la conversación ociosa —¿Y qué es lo que estudiabas?

—Empecé filología inglesa —dice, sin dejar entrever su inquietud.

—¿Hablas inglés?

—Un poco…

—Eso está bien…

Mientras el chico explica su decepción con la carrera universitaria, y los problemas económicos que le han llevado a abandonar, la cámara se acerca, seguida por la voz que sigue en su papel de entrevistador en un tono distante y algo paternal. Una mano surge desde detrás de la cámara, el hombre de la voz empieza a acariciar al chico, que ahora que le vemos desde más cerca, descubrimos que tiene los ojos claros. La mano se desplaza por sus pectorales, juega un momento con uno de sus pezones, y se desliza lentamente por sus abdominales, para empezar una vez más desde arriba.

La película da un salto ahora, un pequeño corte, y lo siguiente que vemos es al chico completamente desnudo, recostado en el sillón con las piernas dobladas y abiertas, exponiendo sus genitales mientras la mano de su interlocutor acaricia su polla endurecida. Tiene otra cámara más pequeña con la que graba primeros planos de su erección y comprueba su apertura detenidamente, abriendo el ano con una mano mientras graba con la otra. La conversación superficial no cesa en ningún momento.

—¿A qué edad saliste del armario?

—A los diecisiete…

—¿Perdiste la virginidad con un chico o una chica?

—Con un novio que tenía… a los diecinueve…

—No fue hace mucho…

El joven aspirante sonríe algo avergonzado. Se deja acariciar intentando contestar a las preguntas triviales de su interlocutor, sus brazos descansando inútilmente a los lados, conteniendo un gesto de nerviosismo. Procura sonreír, aunque no parece tener claro hacia a donde mirar, mientras que aquel desconocido sigue sobándole sin que su tono de voz se vea afectado por el erotismo de la situación, después de todo, solo es su trabajo.

Un nuevo corte en la película nos ofrece ahora un plano general del chico con la polla del hombre de la voz en la boca. Yeray está desnudo, de rodillas ante el hombre de la cámara, a quien aún no podemos identificar, solo vemos parte de su cuerpo, la camisa desabrochada y los pantalones bajados, gime suavemente y le ofrece palabras de ánimo —sí, así… muy bien… —de vez en cuando le empuja ligeramente la cabeza para que su polla entre hasta el fondo. También le da indicaciones —ahora lamela, y rodea la punta con la lengua — y el chico se esmera para hacer un buen trabajo. —Mira a la cámara desde allí—le vemos desde arriba, un plano desde la cámara que lleva el director de casting en la mano, con mirada sonriente, llena de lujuria mientras continua el trabajo, y sus ojos claros cobran protagonismo.

Un nuevo salto, a cuatro patas sobre el sillón de cuero, el director está acariciando su raja, preparando el camino y poco después le está follando y es ahora el chico quien gime y comenta con cierta timidez. Siguen las instrucciones —gírate hacia la cámara… a ver ese inglés… —y el chico obedece dócil…

Oh, yeah… fuck…oh God…! —murmura y el director de casting parece complacido.

Más instrucciones— date la vuelta. — Cambian de postura, el chico ahora sentado encima del hombre, a quien seguimos sin ver, frontal a la cámara, todo su cuerpo moviéndose, embistiendo con su culo la polla con preservativo de quien se esconde tras su cuerpo. Es sexo real, y a la vez hay algo teatralizado en toda la composición, algo mecánico en el hecho de que siguen una coreografía que ya se ha repetido muchas veces antes.

Xavi ha visto esta misma rutina cientos de veces ¿Qué es lo que lo hace diferente esta vez?

Después de unas cuantas posturas, el director anuncia el final —ahora las corridas, y terminamos —Primero el chico, cumple con su cometido, luego el hombre, que lo hace sobre el rostro del joven aspirante. Y finalmente otro liquido blanco salpica la pantalla del ordenador en la que la imagen del chico de ojos claros se ha quedado congelada.

—¡Mierda! — suelta Xavi cuando se percata del desastre que ha hecho y se apresura a limpiar su portátil antes de que el semen afecte al disco duro. Al terminar se tumba sobre la cama con la pantalla aun mostrando la imagen de Yeray congelada, una instantánea en la que parece asustarse de sí mismo. Y se pregunta una vez más ¿Qué es lo que hacía a ese chico diferente del resto? ¿Era solo porque se habían conocido antes? ¿Bastaba algo tan tonto como que hubiesen cruzado algunas palabras para que dejara de ser uno más? ¿para que hubiese llegado a obsesionarse con su vídeo de esta forma?

Hacía más de dos semanas de aquello. Fue un encuentro bastante tonto. Xavi había bajado al bar de la esquina a tomar un café, algo que solía hacer cada día sobre la misma hora, otra franja más de la rutina en la que se sumía su día a día últimamente. Estaba en la barra entretenido con su móvil cuando un chico moreno entró con una mochila marrón preguntando por la dirección de la productora en la que lleva trabajando desde hacía tres años. En cuanto escuchó la dirección familiar, no pudo evitar dirigir la mirada a quien preguntaba. Era un chico joven, con cierto aire adolescente, bastante mono, llevaba una camiseta de manga corta blanca que dejaba a la vista unos brazos bien formados, muy sexy. Imaginó enseguida para qué venía y se acercó para ofrecerle la información que buscaba.

—Es el edificio de ahí enfrente, la segunda planta a la derecha.

—Vale, gracias…

—¿Vienes a un casting?

El chico dudó unos instantes, e inspeccionó detenidamente a Xavi antes de animarse a contestar —Si, ¿tú también?

—No, yo trabajo allí… soy editor.

—¿Editor?

—Edito las películas…

Eso pareció interesarle, y se acomodó junto a la barra un momento dispuesto a charlar con una sonrisa enorme como un niño chico ante una feria. —Claro, joder, no lo había pensado nunca, alguien tiene que editar las películas… Así que ¿te pasas todo el día viendo tíos follando? Espero que al menos te guste…

—Es lo que me dicen siempre… el trabajo ideal, pero, la verdad, acabas hasta las narices de tanta polla y tanto gemido… —y los dos rieron juntos.

—O sea que, si me cogen, vas a estar viendo mucho de mi…—la idea parecía divertirle.

—Lo cierto es que también preparo las cintas de los castings.

El gesto del chico se congeló unos instantes con los ojos y la boca abiertas, una mueca de incredulidad o vergüenza ante el descubrimiento de que aquel desconocido con el que se había encontrado casualmente en el bar vería escenas demasiado intimas de él en un futuro próximo. Finalmente decidió reírse de la situación —¡Joder! Esto es muy raro…

—¿Has hecho porno antes?

—¡Qué va! Trabajo en un McDonald’s y un tío va un día me da su tarjeta y me dice que si me interesa hacer porno gay que le llame… —no deja de sonreír en ningún momento, tal vez porque no se crea del todo que se ha atrevido a venir —¿Es verdad que se gana mucho con esto?

—Mucho más con el porno gay que con el hetero, pero depende, se gana mucho si trabajas fuera…

—Pues, la pasta me vendría muy bien… ¿Algún consejo?

Xavi se queda pensando un momento, intuye lo que buscan, pero no sabe si es su lugar dar consejos, en realidad él no entiende nada de porno, estudió imagen y sonido, y consiguió un trabajo técnico, eso es todo. —pues… los gestos son importantes, y que… no te quedes callado ¿sabes? Gemir, y decir alguna cosa, eso funciona… —Y el chico vuelve a reír como si se tratara solo de una broma de cámara oculta y alguien fuse a salir de su escondite en algún momento para anunciar: ¡has picado!

—Intentaré recordarlo, gracias… —y se dispone a marcharse —pues, nos vemos… o al menos tú me verás a mí…

—Suerte…

Nunca antes había hecho algo así, tenía absolutamente prohibido copiar las cintas sobre las que trabajaba, si le pillaban podrían despedirlo, claro que no la había copiado para compartirla o venderla, solo para uso personal. “Uso personal” volvió a sentirse culpable al pensar eso. Jamás había tenido la tentación de llevarse el material a casa, todas aquellas escenas de sexo que veía durante horas eran vacías, repetitivas, ya ni siquiera le excitaban. Pero había bastado aquella conversación breve e insustancial para transformarlo todo. Había dejado de ser un desconocido, era Yeray, el chico adorable de ojos claros que se reía de sí mismo, y que se había armado de valor para presentarse a un casting porno.

También había conseguido su número de teléfono. ¿Conseguido? más bien lo había robado. Algo que tampoco debería haber hecho, no tenía acceso a esa información para poder usarla a su antojo, para conseguir una cita. Durante días esperó volver a encontrárselo en la productora, eso no hubiera resultado sospechoso, y le hubiese permitido averiguar si el chico sentía lo mismo, pero había esperado en vano. El caso es que llevaba tres semanas pajeándose con el vídeo del casting, y cada día que pasaba se le hacía más difícil pensar en llamarle, fingir que no había vuelto a pensar en él desde su encuentro en el bar, que casi había sido un accidente toparse con su teléfono, y se dijo “¿por qué no?”. Había ensayado esa conversación imaginaria cientos de veces, y de todas las formas posibles siempre resultaba falsa.

Se levantó de la cama, cerró el ordenador, ordenó un poco las sábanas, y volvió a abrir su laptop decidido a borrar el vídeo. Se quedó congelado unos segundos a un solo clic de eliminarlo para siempre, y no fue capaz de hacerlo. Cerró la tapa del portátil, enfadado consigo mismo y se fue al baño a ducharse. Ni siquiera el agua fría consiguió borrar las imágenes de Yeray de su cabeza. Una ducha más tarde, con solo una toalla alrededor de sus caderas, y la mente nublada de fantasías eróticas, se tumbó sobre la cama con su teléfono móvil decidido a llamarle y a acabar de una vez por todas con esa agonía absurda. No se permitió a si mismo volver a pensarlo, porque sabía que se echaría atrás si lo hacía. Una punzada de pánico se apoderó de sus entrañas cuando escuchó el primer tono de llamada.  Ya estaba hecho. Aunque colgara ahora, su número quedaría registrado en el otro teléfono y le devolvería la llamada.

—¿Hola?

La voz familiar sonó en el auricular y Xavi estuvo tentado de colgar, salir corriendo y esconderse en algún pueblo remoto de montaña el resto de su vida. En vez de eso, saludó de vuelta — Hola— y comenzó a titubear intentado explicarse —soy Xavi… nos conocemos, bueno… no creo que te diera mi nombre, pero nos vimos… en el bar… enfrente de la productora…. —el chico consiguió adivinar a pesar de las incoherencias, y sí, le recordaba de aquel día.

—El editor, me acuerdo… empezaba a pensar que no me llamaríais…

—Eh, no… yo no tengo nada que ver con eso… solo… —era mejor decir la verdad —lo cierto es que he cogido tu número de la ficha, no debería, pero… solo quería saber si… querrías quedar un día…

—Ah… —y se quedó en silencio, decepcionado quizás, dudando, seguramente— ¿Has visto mi casting? — preguntó con ese tono de mofa que parecía inagotable en él —¿Qué tal lo hice?

—Eh… bien, muy bien… creo… a mí me pareció bien, claro que no es que yo entienda mucho de eso…

—Así que no sabes si me llamarán ¿verdad?

—Puedo preguntar, si quieres.

—Vale, me vendría muy bien la pasta… y ¿Qué tienes pensado?

—Lo que te apetezca… podemos salir a tomar algo…

—¿Has vuelto a ver mi vídeo…? —preguntó entonces con deje de perversidad, y como Xavi tardó en contestar —lo has hecho verdad… no pasa nada —aseguró— lo tomaré como un cumplido. —La respuesta de Xavi vino a modo de risa, una risa nerviosa que confesaba su delito —¡Serás golfo! —no parecía enfadado, más bien divertido, lo que hizo que Xavi dejara de sentirse tan mal. —Confiesa ¿lo estabas viendo ahora…? —y su voz sonó más provocativa y sensual esta vez, desafiándole a seguirle el juego…

—Eeeeh… lo cierto es que… no he podido dejar de verlo…

La risa arrastrada y sexy de Yeray le llegó por el auricular —y dime ¿te has hecho una paja mientras lo veías? —Xavi dejó que volviera a responder su silencio —Mmmm… eres un chico malo…

—Me temo que si…. —empezaba a excitarse otra vez.

—Pero no es justo… tú me has visto a mí, y yo no te he visto a ti… Vamos a tener que arreglar eso…

—Y ¿cómo sugieres que lo arreglemos…?

—¿Dónde estás?

—En casa… en mi habitación…

—¿Qué llevas puesto?

—Solo una toalla, acabo de ducharme…

—Enciende la cámara… deja que te vea… —Cambiaron la conversación auditiva por la visual, al verse a través del pequeño receptor, volvieron las risas tímidas, nuevos saludos esta vez con gestos, como si hubiesen sido otros dos los que se hablaban antes. Pero Yeray no tardo en retomar el hilo del juego que se traían entre manos —Quítate la toalla, déjame ver tu polla… — y bastó que lo dijera para que se endureciera completamente. Tumbado sobre la cama, Xavi dirigió la cámara del teléfono hacia sus genitales con su pene erguido, y empezó a acariciarse lentamente con su mano libre desde la punta a la base del tronco, mientras que Yeray le animaba con gemidos y comentarios que le excitaban aún más —si… una polla muy bonita… como me gustaría comérmela… —cada vez se dejaba llevar más, con visiones de Yeray de rodillas comiéndole la polla mientras mira hacia la cámara. El joven siguió dirigiéndole — vuelve despacio hasta tu cara, quiero verte jadeando… yo también quiero mi película porno particular… — Y siguieron así, hasta que tenía la boca seca y estaba a punto de estallar. —¿Vas a correrte…? Dilo ¿vas a correrte…?

—Sí… voy a … correrme…

—Deja que vea cómo te corres…—ordenó, y Xavi, el cuerpo en tensión, la respiración agitada, volvió a enfocar a su polla en el momento en el que el semen empezó a brotar descontrolado con los espasmos de su orgasmo. Cerró los ojos e imaginó el precioso rostro de Yeray rociado por la lluvia del líquido lechoso. Aún se estuvo acariciando un rato más mientras prolongaba la sensación de placer y su respiración se apaciguaba. Hacía mucho que no se corría de esta forma, había sido una experiencia sexual brutal, y ni siquiera estaban en la misma habitación.

—¿Qué tal? ¿Te ha gustado? — Xavi volvió a mirar a la cámara para recuperar la imagen de Yeray.

—¡Joder, ha sido increíble!

Y entonces el gesto del chico se endureció de golpe —Pues que sepas que lo he grabado, cabrón pervertido, y si se te ocurre difundir alguna imagen de mí, te vas a hartar de ver tu polla en las redes sociales.

Y la conexión se cortó.

Xavi pudo notar claramente como la sangre se le empezaba a congelar, empezando por sus testículos, hasta los dedos de las manos que de golpe de le quedaron acartonados y rígidos. No se atrevía a reaccionar, y seguía petrificado observando la pequeña pantalla que se había quedado en negro como un abismo. Se llevó una mano a la boca, como si se le pudiera escapar algo y empezó a murmurar para sí mismo —¡Mierda, mierda, mierda, mierda…! —No podía creerse que la hubiese cagado de aquella forma. Había caído en una trampa, y se lo merecía completamente, pues todo lo que había hecho en esas últimas semanas estaba mal. Tuvo la certeza en ese momento de que era una persona horrible, que lo que le había hecho a ese chico era imperdonable y se merecía el castigo. Nunca imaginó que él pudiera ser de ese tipo de personas, los que acosan, los que se aprovechan. Quería dar marcha atrás, borrarlo todo, tomar otro camino ¿cómo podía haberse equivocado tanto…? Hundió la cabeza entre las manos y volvió a mascullar para sí mismo —¡Joder, mierda…!

El teléfono vibró sobre la cama en ese momento.

Xavi levantó la mirada hacia el aparato, y vio en la pantalla iluminada un mensaje. —Es coña. ¿Quieres ir a tomar un café? — Y de golpe las nubes negras que le atormentaban se esfumaron para dejar resplandecer el sol. No pudo evitar reírse de sí mismo, mientras los pulmones volvían a recuperar su capacidad para respirar. Volvió a cubrirse la cara con la mano, pero esta vez, para compadecerse de su estupidez, y mientras aceptaba la invitación de Yeray con otro mensaje, volvió a reírse de lo profundamente colgado que estaba del aspirante a actor porno.

 (Texto original de Laurent Kosta)

SOLO EN UN FESTIVAL DE CINE… (2ª parte)

(Si no has leído la primera parte, sugiero que lo hagas antes de continuar…) 

blog 10  El verano había caído en el olvido, y el invierno se había impuesto desde aquel desastre de entrevista que le hice a Gary Flynn. A pesar del tiempo, el recuerdo de cada minuto de aquel encuentro forzado seguía atormentándome. La incomodidad de estar los dos sentados en la misma habitación, la misma en la que habíamos dado rienda suelta a nuestros deseos la noche anterior, la presencia impuesta de su manager censurando nuestras palabras, pero, sobre todo, y lo más hiriente, la mirada fría de odio de Gary. Llevaba medio año esforzándome por olvidarlo, aquella horrible entrevista, y especialmente, la noche que le precedió. Por más vueltas que le diera, por mucho que me esforzara en dejarlo atrás, solo conseguía convencerme de una cosa, que todo en aquella noche había sido perfecto. La manera casual de encontrarnos, la forma en la que la conversación parecía fluir, sin necesidad de incitarla, sin silencios incómodos en los que te esfuerzas por encontrar un tema de conversación. El momento preciso en el que nuestras miradas se cruzaron, y los dos supimos que algo se encendió en aquel instante, la forma en la que se prolongó esa mirada, sabiendo que los dos comprendíamos su significado, esa mirada que te anuncia lo que sabes que acabará ocurriendo, y tienes la certeza de que no harás nada para frenarlo. Había deseo en nuestras retinas, pero había algo más, había interés, curiosidad, el anhelo de abarcar a esa otra persona en todos sus rincones por descubrir. Con el tiempo y la distancia acabé por convencerme de que aún había algo que no llegamos a decir en aquel cruce de miradas, una certeza que no te atreves a confesar por miedo a que sea solo un espejismo. Todo lo que ocurrió después solo pudo persuadirme aún más de que estaba con el hombre más increíble que había conocido, y que había caído en la trampa del amor en tan solo un instante.

He de advertir que no soy un romántico. Jamás en mi vida me había ocurrido algo parecido, era desconcertante de una manera hermosa, y cruel a la vez. Sí me hubiesen hablado hace seis meses de una historia parecida, me hubiese reído. Esas cosas ocurren en las películas, no en la vida real. Hubiese argumentado que solo era un calentón mal interpretado, uno no se enamora en un par de horas. Esa fue precisamente mi primera pregunta cuando le entreviste al día siguiente.

—¿Crees en el amor a primera vista? — y el gesto de Gary, que había sido tenso desde que yo había entrado en el salón de la habitación, se tiñó de pánico.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Por… la película —expliqué como si fuese obvio —es una comedia romántica. ¿Crees que es posible enamorarse de alguien nada más conocerse?

—¡Nah! Eso no pasa… —y la respuesta sorprendió a su manager, que le lanzó un imperceptible gesto de reproche — supongo que una atracción muy fuerte puede parecer amor, pero el amor verdadero llega con el tiempo…—añadió el actor, intentando suavizar su respuesta cortante.

—Una atracción muy fuerte… —repetí yo, meditando su respuesta —¿Has experimentado alguna vez una atracción así? —y Gary me clavó la mirada, con la misma expresión que debían tener las gacelas cuando se saben atrapadas por una manada de leonas.

—Deberías preguntarme por la película, para eso estás aquí — Una vez más la reacción sorprendida de su manager que no tenía suficientes pistas como para apreciar el subtexto de nuestra conversación.

—Creía que lo estaba haciendo ¿No va de eso? ¿de pasiones irrefrenables y amores que no pueden evitarse, por más que intentemos escapar de ellos?

—¿Has visto la película siquiera? —preguntó con sarcasmo. Había estado en la sala de cine, pero lo cierto es que había prestado poca atención, estuve más pendiente de atisbar alguna señal de Gary desde la zona vip donde se sentaba junto a los productores, el director y su compañera de reparto. De todas formas, las comedias románticas siempre tratan de lo mismo… o puede que yo fuera demasiado cínico.

Nuestra conversación siguió en la misma dinámica, un desencuentro errático destinado al fracaso. En realidad, toda nuestra relación estaba derrotada antes de empezar, y solo yo lo supe desde el principio.

No era una sorpresa que no hubiese vuelto a tener noticias de Gary. De nada había servido que en el artículo que escribí sobre él le hubiese dejado más que bien parado, ignorado por completo que se comportara como un capullo durante toda la entrevista. Tampoco que llevara guardando su pequeño secreto durante seis meses, algo que sin duda no le había pasado desapercibido. El destino había querido que nuestras vidas se cruzaran una vez, pero no iba a ocurrir una segunda, si quería ver a Gary Flynn una vez más, tendría que mover todos los hilos que tuviese a mi alcance, y alguno más que no tenía.

Fue una vez más en un festival de cine, en esta ocasión el de Sundance en Utah. Cuando le propuse a mi jefe cubrir el festival, no pareció muy convencido, cuando me ofrecía a pagarme el viaje, la idea le entusiasmo. No debería dejar que se acostumbre a esto, pero, sabía que Gary estaría en Sundance, y sabía que un festival de cine y un pase de periodista eran mi mejor baza para volver a cruzarme en su camino. No os voy a aburrir con todos los tejemanejes, maquinaciones, y chantajes a los que tuve que recurrir para lograr mi objetivo. Solo os diré que fue mucho más complicado de lo que me esperaba, el festival de Sundance estaba hiper masificado, y tenía un nivel de control de seguridad exagerado. Para colmo, estaba dejando de lado por completo el cometido laboral de mi viaje, pues no había ido a ver ni una sola de las películas que se presentaban a concurso, así que, si no conseguía cumplir mi verdadero propósito, toda esta odisea habría resultado una tragedia inútil.

Tras tres días de intentos frustrados, conseguí colarme en una fiesta privada de la Paramaunt en un hall de hotel atestado de personajes del mundillo del cine, pues nadie que fuese alguien, o lo pretendiese, en la industria del cine quería perderse esta fiesta. Entre la multitud de artistas, productores, gestores, agentes, camarógrafos, técnicos, organizadores y demás personajes ligados al mundillo, la figura de Gary Flynn brillaba con luz propia. Estábamos en la misma sala, y aun así sentía que nos separaba toda una galaxia, aunque solo saber que estaba allí hizo que se me cortara la respiración y se me acelerara el corazón. Llevaba meses deseando volver a tenerlo tan cerca, y, sin embargo, parecía inalcanzable con el tropel de gente orbitando a su alrededor intentando llamar su atención, como moscas atendiendo a una buena boñiga. Y de golpe, me sentí ridículo, un acosador, un fan enloquecido deseando acercarse a tocar a su ídolo, a arrebatarle un mechón de pelo para venerarlo luego en soledad. Toda esta aventura era absurda, lo que ocurrió en Cannes no volvería a repetirse y yo estaba actuando como un gilipollas. Pensé que lo mejor era marcharse. Me pedí un trago en la barra que apuré con celeridad, volví a ponerme la chaqueta y me encaminé hacia la puerta de salida. Entonces le vi. Se acercaba por la sala directamente hacia mi sin perderme de vista, y juro que en ese momento mi cuerpo perdió toda solidez y creí convertirme en barro.

—El periodista sexy… — anunció, y sus ojos me escrutaron más allá de la piel, en algún lugar donde se esconde el alma, quizás.

—¿Es así como me recuerdas? —Gary se mordió el labio inferior y dejó escapar una sonrisa a medias.

—Nunca te agradecí que me dejaras bien en esa entrevista, creo que me porté como un cretino engreído.

—Fue culpa mía… y no eres un cretino engreído.

—¿Te vas?

—Eh… no lo sé. Esperaba poder hablar contigo cinco minutos, pero pareces ocupado.

—Si… tengo trabajo —dijo, con un gesto de fastidio más propio de un niño pequeño quejándose por sus deberes —¿Puedes esperar un rato?

—Claro…

—Pues… te veo luego.

Y volvió a perderse en el laberinto de moscardones dejándome huérfano, aunque esta vez, el aliciente de la promesa de un reencuentro fue suficiente para llenar el vacío que dejaba su presencia al esfumarse. Me entretuve dando vueltas por el salón, ojeando folletos, me encontré con un periodista francés al que recordaba de algún otro festival de cine, inventamos como pudimos una excusa para charlar, y luego seguí perdido. Lo cierto es que no conocía a nadie en esa fiesta. El rato se convirtió en una hora, y la hora en dos, y la estrella de cine seguía a la deriva por las mareas de gente que se arremolinaba a su alrededor. El tiempo pasaba y yo seguía esperando a una promesa que se hacía más efímera con cada minuto que pasaba. No era demasiado tarde, las doce a penas, estas fiestas de promoción se hacían relativamente pronto, las verdaderas fiestas de desparrame comenzaban después, y para esas más te valía formar parte de la élite de la industria, o no te enterarías de nada. Pasadas las dos horas nuestros ojos se cruzaron un instante en la lejanía, los míos seguramente cargados de aburrimiento y sueño, los suyos hicieron un breve gesto de súplica, rogando que aguardara un poco más, y yo le aseguré, también con la mirada, que aguardaría lo que hiciera falta.

Justo cuando ya no lo esperaba, y me había acomodado en mi letanía, su voz me sorprendió por la espalda.

—¿Tienes coche? —por supuesto, había alquilado un coche en el aeropuerto, aunque hasta ahora había resultado un estorbo pues el festival tenía organizado medios de transporte gratuitos —Larguémonos antes de que me atrapen otra vez. —Y huimos juntos de aquel mercado disfrazado de fiesta, y aún tuve que arrancarlo de las garras de paparazis y admiradores que aguardaban a la entrada a la espera de una foto o un autógrafo, que Gary ofrecía sonriente con una paciencia infinita. Aunque el tiempo ya había dejado de ser un tema y hubiera esperado una década si hubiese hecho falta para verle finalmente subir a mi volvo alquilado, con una naturalidad cotidiana, dejando olvidada su aura de estrella al otro lado de la puerta metálica.

—¿A dónde vamos? —pregunté mientras ponía en marcha el vehículo con rumbo incierto.

—¿Crees que podemos desaparecer un rato…? O un par de años… —dejo escapar en un suspiro acomodándose en el asiento del copiloto.

—¿Cansado?

—Un poco… —dijo cerrando los ojos un instante. Y de repente, al igual que noche en la que se conocieron, la conversación empezó a fluir, y pronto se volvió más personal. —Gracias por no decir nada… ya sabes…

—Ya te lo dije, no soy de los que van contando los secretos de nadie.

—Pensarás que soy un farsante…

—Lo que yo piense da igual, lo importante es cómo te sientes tú…

Gary cogió aire y lo dejó escapar en un suspiro largo —Es complicado, puede que no lo parezca desde fuera, pero… hay demasiada presión… mucho dinero involucrado, a los productores les preocupa su inversión… Incluso insisten en incluir una cláusula en mis contratos para que no diga nada mientras dure la promoción de la película…

—¿Eso es legal?

—Bueno, no lo dicen explícitamente, es algo como “no cambar mi estatus público”, o alguna chorrada así…

—Así que no es cosa tuya…

—¡Joder! Ya lo sé, suena a excusa… la verdad es que me aterra ese momento en el que todos quieran un trocito de la historia… o dar su opinión…

—Gary, no tienes que justificarte, no es asunto mío… y no te estoy juzgando ¿vale?

—Vale —aceptó, aunque no parecía convencido. —He leído tu libro.

—¿En serio? Creía que estaría descatalogado.

—Es interesante…

—…” interesante” es un sinónimo de coñazo ¿verdad?

Y su risa llegó como una ligera descarga eléctrica. —Admito que me costó leerlo, pero me aclaró mucha información que tenía dispersa, nunca había entendido bien los conflictos entre chiíes y suníes, y todos los problemas entre las etnias en los países árabes… ¿Así que todo es culpa de occidente?

—Bueno, está claro que hay una responsabilidad histórica, llevamos siglos jugando a manipular oriente, pero los gobiernos árabes también has sacado tajada muchas veces de los intereses colonialistas… Creo que, si lo hiciera ahora, escribiría un libro muy distinto…

—¿De qué forma?

—Al final he llegado a la conclusión de que las verdaderas diferencias en el mundo no son entre razas o culturas, naciones o creencias. El mundo se divide entre los tiranos que mantienen una lucha de poder y están dispuestos a alimentar los conflictos en beneficio propio, y los que intentan contener esa lucha y evitar que no estalle en una masacre. Cuando mandan unos tenemos guerras, cuando mandan los otros conseguimos por breves momentos la apariencia de paz.

—Deberías escribirlo.

—Si creyera que serviría de algo… hemos vuelto a la casilla de salida, estamos volviendo a las ideologías que nos llevaron a la segunda guerra mundial, y nadie hace nada para frenarlo…  es como estar viendo la ola del tsunami que se acerca irremediablemente a la costa, y no conseguir que la gente reaccione y se ponga a salvo…

—¡Joder! No tienes mucha fe en la humanidad…

—Bueno, hoy solo me preocupa una cosa, hacer un truco de magia y conseguir que desaparezcas… —le miré a tiempo de ver su deliciosa sonrisa.

—¿A dónde estamos yendo?

—No tengo la menor idea… pero ya se me ocurrirá algo ¿Confías en mí?

Y se tomó un instante para meditarlo. —La verdad es que si…

—Pues, porque no descansas un rato mientras se me ocurre algún truco, no te quiero cansado…

—Está bien —añadió sin dejar de sonreí.

Gary se acomodó el asiento, cerró los ojos, y yo busqué algo de música en la radio. Debía estar realmente cansado, pues al cabo de unos minutos comprobé que se había quedado profundamente dormido, lo que me dio libertad para diseñar un plan. Dos horas más tarde, ya de madrugada, desperté a Gary con un pequeño beso en los labios. Abrió los ojos algo desconcertado —lo siento —dije —era demasiada tentación. —y él sonrió.

Bajamos del coche para encontrarnos con una cabaña de madera que parecía sacada de algún cuento de Cristian Andersen, de techo alto y empinado, madera oscura y puerta roja, oculta entre estirados álamos blanqueados por una fina capa de escarcha —¿Dónde estamos?

—Cerca del lago de Utah, aunque a estas horas dudo que lo veamos. —expliqué mientras sacaba una bolsa del coche con algunos vivieres que había comprado por el camino.

—¿Cómo lo has hecho?

—Una cosa que me gusta de los americanos, habéis convertido la desidia en un arte. Se puede hacer cualquier cosa sin bajar del coche… —continué, acercándome a la puerta —la llave debería estar por aquí.

Gary se recostó junto a la puerta mientras me observaba buscar la llave en el canto de la ventana. —Así que básicamente, me has secuestrado.

Le miré divertido, entre las sombras de la noche, poniendo su mejor gesto de chico malo —podría decirse que sí —le seguí la broma al tiempo que abría la pesada puerta de madera. Dentro hacía casi tanto frío como fuera, olía a polvo y humedad almacenada. Al menos las luces funcionaban. Nada más entrar, aún junto a la puerta, nos miramos al fin bajo la tenue luz anaranjada de la cabaña.

—Supongo que, si me has secuestrado, ahora querrás torturarme y abusar de mi —dijo con la voz arrastrada, sin dejar escapar mis ojos. Dejé caer la bolsa de la compra, y me acerqué a él hasta enjaularle entre mis brazos.

—Ese era el plan.

Entonces nuestros labios se juntaron en ese beso profundo que tanto había ansiado, los labios dieron paso a las lenguas, explorando nuestras bocas, luego su barbilla, su cuello, su oreja, sus párpados, y vuelta a los labios. Mi lengua navegando jugosa por su precioso rostro, y mis manos buscando su piel en todos los rincones, apartando lentamente su ropa. Las chaquetas cayeron al suelo descuidadas, y le siguieron las camisas y camisetas que, a pesar del frío, ya no necesitábamos. Nuestros dos pechos desnudos se abrazaron al fin, acariciándose mutuamente, las respiraciones se aceleraban, y su boca emitía un ligero gemido suplicando por más. Le dirigí con firmeza hacia la mesa rustica de madera que presidía el pequeño salón principal de la cabaña. Le subí a la superficie en un movimiento rápido, Gary se dejó caer hacia atrás y mientras se recostaba sobre la mesa yo volvía a lamer su cuerpo, me entretuve rodeando con la lengua uno de sus pezones, y seguí viajando entre sus abdominales con el ligero sabor salado de su piel en la boca, hasta alcanzar el borde de su pantalón. Lo desabroché con urgencia para enredar mi cara ente su vello púbico, y aspiré profundamente su olor antes de recorrer con mi lengua su dureza. —¡Oh, dios! —exclamó Gary, entre mis garras. Pantalones fuera, esta vez me entretuve besando sus piernas, desde los dedos a la entrepierna hasta perderme una vez más en sus genitales que lamía con avaricia mientras él gemía con fuerza con la respiración entrecortada y los músculos en tensión. Lamí también mis dedos antes de introducirlos por su orificio, buscando en la profundidad el lugar exacto que le haría gritar de placer.blog14

—Quiero que te corras en mi boca — le ordené antes de volver a absorber su polla por completo. Con mis dedos y mi boca follándole simultáneamente, Gary intentaba controlar su respiración, gemía y hablaba sin coherencia alguna.

—¡Si… sigue… joder… por favor… no puedo… dios…! —y al final un grito largo y agónico anunció su orgasmo justo antes de que su semen llenara mi garganta.

Sentado sobre la mesa, sus ojos quedaban a mi altura —Me encantan tus manos, joder…— dijo antes de besarme una vez más, sus labios gruesos, hinchados ya por el roce con mi barba de tres días. Siguió besando y lamiendo mi cuerpo, algo mas grande y oscuro que el suyo —me toca devolverte el favor — aseguró bajando de la mesa para dirigirse a mi pelvis. Ahora era yo quien estaba recostado contra la mesa de madera maciza, con Gary arrodillado delante de mí. Su boca empezó a jugar con mis testículos, rodeándolos con la lengua, absorbiéndolos, sus manos acariciando mi culo y mis pantalones dejándose caer entre mis rodillas. Y luego sus labios recorriendo el tronco de mi polla, hasta mi glande que entró despacio hasta su garganta. Le agarré con fuerza del pelo, acompañando el movimiento de su boca, mientras mi erección entraba y salía en una sensación increíble, el orgasmo aguardando su momento, cada vez con más impaciencia. No podía resistirlo más, me estaba volviendo loco, pero quería ver su preciosa cara, así que le aparté tirando violentamente de su pelo hacia atrás sujetando su cabeza delante de mi polla mientras seguía el trabajo con mi mano, Gary con los ojos cerrados y la boca semi abierta, se llevó las manos hacia atrás, agarrándoselas a la espalda en un gesto de sumisión que completó el panorama, y estallé sin poder contenerme en un orgasmo brutal. Y juro que no he visto imagen más erótica en mi vida que el líquido blanquecino de mi semen desparramándose violentamente por la boca y sobre el hermoso rostro de Gary. Luego me arrodillé yo también para besarle una vez más con el sabor de mi semen aún en sus labios.

—¿Qué tal una ducha? —pregunté

—Buena idea.

Al fin prestamos atención al resto de la casita, cruzamos el único dormitorio y entramos en el amplio baño para descubrir que la cabaña no tenía agua caliente.

—Joder, está helada —aseguraba él en un ataque de risa. Nos lavamos como pudimos sin parar de reír.

—Lo bueno es que dentro de diez años nos seguiremos riendo de esto.

—¿Dentro de diez años? — respondió con mirada interrogante.

—¿Es una locura pensar que seguiremos juntos dentro de diez años?

Y el frío y las risas cayeron en el olvido. Dando paso una vez más a esa mirada que lo decía todo. —No, no lo es —susurró.

Al fin conseguimos entrar en calor en la cama bajo una montaña de mantas. Gary se acurrucó como un gato entre mis brazos, igual que hizo la primera noche que pasamos juntos. El alba empezaba a asomar y seguramente no tardaría en caer en un profundo sueño, aunque me hubiese gustado alargar el momento porque estaba disfrutando del calor de su cuerpo.

—No iras a decirme de pronto que mañana tienes que entrevistarme o alguna otra sorpresa desagradable…

—Lo único que pienso hacer mañana es follarte todo el día, y puede que también te prepare algo de comer…

La risa muda de Gary vibró en mi pecho. —Eso suena bien —dijo casi en un susurro antes de que los dos nos rindiéramos al sueño.

Cuando desperté estaba solo en la cama, y alguien había cubierto la ventana con una manta para evitar que el sol me molestara. La falta de Gary me sobresaltó por un instante, pero me tranquilicé cuando el olor a café recién hecho invadió la habitación. Salí en dirección al salón, aquello no era muy grande. El sol brillaba y Gary estaba sentado en las escaleras de la entrada mirando al infinito. Me serví una taza de café negro y salí a sentarme a su lado. —Buenos días— le saludé, y él me recibió con un beso.

—¿Sabías que no hay cobertura aquí?

—Vaya, lo siento, si necesitas usar el teléfono podemos coger el coche…

—No, es genial. Realmente has conseguido que desaparezca. —No parecía enfadado, más bien divertido —ojalá pudiera ser así siempre.

—¿Y por qué no? — y los dos nos quedamos un momento reflexionando sobre esa idea quizás, atendiendo al liquido cliente de nuestras tazas.

—¿Cuándo tienes que irte?

—En un par de días… o nunca, si lo prefieres…

Gary enterró sus ojos en los míos, de esa manera que solo él conseguía, con un gesto de emoción contenido —Podrías escribir tu libro…

—Podría buscar trabajo…

—Necesitarás un permiso… conozco una forma fácil para conseguirlo…

—Cuidado, no sigas por ese camino… porque no voy a decir que no…

Hablábamos sin despegar nuestras miradas, sentía sus ojos atados a los míos, a mi corazón, a cada poro de mi cuerpo, con la certeza absoluta de que sentimientos como este eran únicos, no se repetirían y tendría que ser muy idiota para dejarlo escapar. Gary sonrió, como si pudiese leer mis pensamientos, más aún, como si los compartiera —¿Es una locura que no quiera que esto acabe? — preguntó.

—No, no lo es.

Y allí en algún lugar en medio de la nada, alejados de miradas curiosas, a solas conspirando con el viento, un beso selló nuestra promesa de amor eterno.

 

 

(Autor: Laurent Kosta)

SOLO EN UN FESTIVAL DE CINE… (1ª parte)

Fue durante el Festival de Cannes. Entré a ver una película iraní nada más llegar del blog 6aeropuerto, fue un error, era una película muy dura sobre las violaciones en la guerra. Así que al salir me metí en el primer salón de hotel en el que podía tomarme una copa gratis. Celebraban el estreno de otra película, no la que me ocupaba a mí, una película francesa a la que no había sido invitado, pero mi acreditación y mis contactos me permitieron entrar sin problema. Barra libre, y algunos colegas con los que me reencontraba un año después. A quien no me esperaba encontrar era al objetivo de mi viaje a Francia. Gary Flynn, actor y estrella de cine americano estaba sentado charlando con un grupo de cineastas entre los que se encontraba un guionista al que yo conocía bastante bien. Era tentador acercarse y charlar un rato, observarle discretamente alejado del glamour y la prensa, saber como se comporta cuando no es el foco de atención. Sin embargo ¿sería ético? Pues yo sabía quién era, pero él no sabía quién era yo. Me limité a espiarlo en la distancia mientras apuraba un segundo gin-tonic, parecía relajado, aunque participaba poco en la conversación, y, había que admitirlo, era aún más atractivo en persona que en la pantalla.

Mi plan se fue al traste cuando mi amigo Steve me descubrió y me hizo señas

 

para que me acercara a su mesa… bueno, ya no era cosa mía. Me acerqué a saludarle, Gary Flynn charlaba con una joven actriz al otro lado de la mesa.

— Justo la persona indicada — dijo Steve en cuanto me acerqué, mientras me introducía a su grupo de colegas — Jon fue corresponsal de guerra en Afganistán… — Estaban hablando justamente de la película iraní que había tenido la desgracia de ver, y la conversación giraba en torno a la desinformación sobre la realidad de las guerras en los países árabes. Era un tema que tenía ya muy trillado, pero para estos jóvenes cineastas indies aún resultaba apasionante. No me costó convertirme en el centro de atención, la guerra era sucia, y si la habías visto de cerca sabías la forma en la que todo se manipulaba, se negociaba, o tergiversaba. El foco de mi interés, sin embargo, seguía ajeno a nuestra charla. Gary Flynn tenía mucho más prestigio y aura de estrella que el grupo que charlaba a su lado, esto era algo que solo pasaba en los festivales de cine, donde las grandes estrellas consagradas se mezclaban con los artistas independientes que empezaban a dar sus primeros pasos en la industria.

— Cuéntales la historia de tu amigo, el periodista paquistaní… —  No, esa no era una historia que me gustara contar, y menos como anécdota de ocio para pseudo artistas ávidos de nuevas historias — a su amigo le torturaron y lo mataron los propios pakistaníes ¿no es verdad? — Si, era verdad, y no era una historia que me gustara contar. Pero aquello despertó el interés de la estrella de cine, y antes de que me negara a contar la historia me miró expectante desde la punta opuesta de la mesa con sus ojos azules, casi transparentes. Así que conté la historia de Umar que fue arrestado por escribir un artículo en el que desvelaba que el gobierno pakistaní liberaba a los terroristas talibanes arrestados durante la guerra.

— ¿Pakistán no era aliado de Estados Unidos en esa guerra? — preguntó la estrella de cine, y me sorprendió que estuviera tan bien informado.

— Pakistán y Estados Unidos son aliados por necesidad, pero se odian mutuamente. Siempre han tenido un doble juego, se dan la mano por un lado y se apuñalan por la espalda después.

Y los dos nos enfrascamos en una conversación sobre alianzas políticas que poco a poco fue aburriendo al resto de comensales. Una hora más tarde éramos solo Gary yo hablando de política internacional y conflictos bélicos el uno frente al otro a media luz en aquel pub de hotel. Y la muerte de mi amigo Umar volvió a surgir, por alguna razón, esta vez no me importó hablar de aquello. — ¿Erais buenos amigos?

Éramos algo más que amigos, pensé yo — La verdad es que no fue una sorpresa, no era la primera vez que Umar se metía en problemas, se movilizaba mucho por los derechos LGTB, y eso en un país como Pakistán es casi como ponerse una diana en la frente.

— ¿Fue por eso que lo dejaste?

— ¿El qué?

— Lo de ser corresponsal de guerra — así que había prestado atención.

— No, aquello me motivo más aún. Lo dejé cuando hicisteis presidente a Donald Trump — afirmé con sarcasmo para suavizar el tono dramático que estaba adquiriendo la conversación.

Gary rio — No fue culpa mía—protestó—. Yo no le voté.

— ¿Sabías que uno de los primeros cambios que hizo Trump fue despedir a toda la diplomacia internacional? gente que llevaba más de veinte años trabajando tanto para republicanos como demócratas, prácticamente cerró el departamento de diplomacia… Pero no es solo Trump, en todo el mundo los gobiernos están perdiendo la fe en las soluciones diplomáticas. A nadie le interesa ya la paz… lo que hace que mi trabajo resulte absurdo…

Y en ese momento ocurrió, no sé de qué manera, o de dónde surgió, fue algo completamente espontaneo, de pronto los dos estábamos en silencio, mirándonos a los ojos, esos ojos de acuarela que le aportaban una languidez melancólica a su mirada, y te hacía pensar que no podría haber sido otra cosa que actor. Puede que fuera solo un instante, unos segundos, pero fue como si nos besáramos con los ojos, y una descarga eléctrica se apoderó de todos mis órganos vitales. Y después, una breve sonrisa, que apenas asomó en la esquina de sus labios, justo en el momento que retiraba sus ojos, y esa sonrisa confirmaba que sabía lo que acababa de pasar. Y la conversación continuó, ahora más pausada, y en un tono de voz a penas más íntimo, pero con absoluta naturalidad y la política quedó a un lado en favor de asuntos más personales. Gary Flynn hablaba de un amigo que había muerto de una sobredosis, yo conocía aquella historia, pues había sido publicada en alguna parte, pero le dejé que la contara como si fuera la primera vez que alguien la escuchaba. Mientras él hablaba, yo le observaba, la forma en que mareaba el líquido en su vaso, sonreía con timidez, o bajaba los ojos para luego volver a posarlos sobre los míos.

Esto no podía estar pasando, me dije, estaba sentado junto a uno de los hombres más deseados del planeta, ya había sido bastante surrealista que nos encontráramos de forma tan fortuita en aquella fiesta, algo que solo podía ocurrir en un festival de cine, pero que estuviera flirteando conmigo… eso era del todo inesperado. Lo más desconcertante era que me gustaba que lo hiciera.

Vale, era una estrella de cine, con su melena oscura perfectamente despeinada, rostro en forma de diamante, barbilla definida, pómulos ligeramente marcados, piel perfecta y labios que dibujaban una sonrisa de película. Era difícil ignorar lo guapo que era, pero no era por eso. Llevábamos dos horas hablando, de política, de guerras, de viejos amigos, de la muerte, de la vida en general, y había sido extrañamente agradable. Tenía que decirle quién era ya, lo sabía, o acabaría siendo demasiado tarde. Pero no quería que terminara, y sabía también que en el momento que confesara, se acabaría. Cuando la culpa empezó a atormentarme, decidí ir a buscar otro gin-tonic — Voy a por una copa, ¿qué estás bebiendo?

— Agua con gas…

Yo empezaba a estar algo ebrio y él tomaba agua con gas, genial. Esto acabaría mal. Me dirigí hacia la barra, o más bien huí para aclararme las ideas un momento, y me entretuve más de la cuenta esperando a ser atendido por hacer tiempo. Con los dos vasos de líquido transparente me dirigía hacia nuestra mesa decidido a confesar y acabar con esto, cuando Gary me pilló por sorpresa interceptándome a mitad de camino — ¿Nos vamos? — Una pregunta sencilla, con consecuencias complicadas.

Lo confieso: soy un canalla, un cobarde despreciable. O quizás fueran los cuatro gin-tonics que ya me había tomado. Le di un trago largo a mi copa antes de abandonarla en la bandeja de algún camarero, y me fui con él sin contarle la verdad.

El actor tenía una suite en ese mismo hotel, aunque no subimos juntos, jugamos al despiste por el camino tomando ascensores distintos, fingiendo no conocernos, y nos reencontramos en la puerta de la habitación que estaba reservada con el nombre en clave de Harry Potter. Así era como los famosos protegían su privacidad, así era como Gary Flynn mantenía en secreto sus preferencias sexuales. No era mi estilo, siempre había hecho gala de no esconderme, pero no era asunto mío, y yo tampoco estaba siendo sincero… o puede que me justificara porque mi cuerpo se negaba a hacer lo correcto, y marcharme ahora que aún estaba a tiempo.

— ¿Harry Potter? — pregunté cuando ya estábamos solos en su habitación.

— ¿No te gusta Harry Potter?

— No lo he leído…

— ¿No has leído Hary Potter? ¿Qué tipo de infancia tuviste?

— Ya era demasiado mayor cuando se editó Harry Potter…

— Te conservas bien, anciano…

— Y tú disimulas bien la adolescencia…

— Ja, ja, ja…

Cuando se apaciguó su risa, lo tenía tan cerca que podía oler su aliento, nuestros labios a un suspiro de tocarse, yo aún no había ni mirado la enorme habitación pues sus ojos me tenían atrapado. Le rodee con mis brazos por la cintura, y él hizo lo mismo sobre mis hombros. Era un chico menudo, notablemente más bajo que yo — que soy tipo grande— algo que no se advertía cundo lo veías en sus películas, seguramente porque sus compañeras de reparto eran igual de pequeñas. Al fin nuestros labios se unieron con naturalidad, como si fuese algo que hiciésemos todos los días, un beso húmedo y sensual que se alargó. Me pregunté por qué resultaba tan familiar besar a la estrella de cine, ¿sería porque le había visto hacerlo tantas veces en una pantalla? O tenía algo que ver con la forma en la que aquella velada parecía andar sola sin necesidad de forzar nada, como si alguien lo hubiese escrito antes y solo siguiéramos el guión.             — Me parece haber oído a tus fans llorando por las esquinas — bromeé entre besos.

— Vaya, empezaba a creer que no sabías quien era.

— Creo que eso es imposible…

— No habías dicho nada…

— Intuía que no tendrías ganas de hablar de trabajo.

— Te sorprendería lo egocéntricos que somos los actores — me gustaba su sentido del humor, que iba aumentando a medida que se sentía más cómodo. Y me gustaba que se sintiera más cómodo. Volvieron los besos, su lengua cálida en mi boca, su respiración absorbiendo la mía, sus manos que empezaban a recorrer mi cuerpo, la sensación de su piel firme y tersa mientras le desabrochaba la camisa. Le besé el cuello, y seguí el recorrido de su piel hasta sus pequeños pezones que rodeé con la lengua y los labios. Él mi quitó la camiseta, yo le desabroché el pantalón negro para acariciar su culo perfecto, le agarré con fuerza, nuestras pollas duras se acariciaron mutuamente, devorando otra vez su cuello, su barbilla, su oreja, hasta hundirme entre su pelo, con el eco de sus gemidos — ¿Vas a follarme? — le oí susurrar — ¡joder, dí que vas a follarme…!

Tomé su precioso rostro entre mis manos, y volví a mirarle a los ojos. No quería que acabara, pensé, y le mordí suavemente el labio inferior. ¡Joder, no iba a decirle nada! Me iba a meter en un lio, pero no podía dejar que acabara —Si, me muero de ganas de follarte…  —le aseguré. — Joder, eres tan…

— No lo digas — me interrumpió, con un gesto de entre dolor y hastío, dando a entender que no quería oír una vez más lo guapo que era.

— ¿cómo sabes lo que voy a decir?

— No hace falta, ¿podemos pasar a la parte en la que vas a follarme?

Lo cogí en brazos y él se agarró a mi cintura con sus piernas sin que nuestros labios se separaran, y lo atrapé contra la pared — Iba a decir que no sé cómo soportas lo feo que eres… —  y Gary empezó a reírse, mientras yo besaba todo su cuerpo manteniéndolo en volandas contra la pared — no me gusta nada este culo prieto que tienes, ni estos horribles pezones… — sus estómago se sacudía por las carcajadas contenidas,  yo volví a mirarle — y esa sonrisa… ¿en serio?

— Para… —consiguió decir entre risas.

— …totalmente repulsiva… — y su risa volvió a ceder a mis besos. Sin mucho esfuerzo me lo llevé a cuestas hacia la cama, tropecé por el camino con los dos escalones que separaban una zona de salón de la zona de dormitorio de la lujosa habitación, pero conseguí recuperar el equilibrio, y Gary no se soltó en ningún momento. Finalmente nos dejamos caer entrelazados sobre la cama doble, el debajo, y yo encima seguí besando y lamiendo todo su cuerpo, era tan increíblemente sexy. Seguí el camino de su línea alba hasta el borde de su pantalón desabrochado, y me fui deshaciendo del resto de su ropa mientras mi boca le buscaba, mi lengua viajó por el tronco de su polla, me entretuve rodeando su glande con mi lengua, con el delicioso sabor del líquido preseminal en la boca, y su polla entro completa hasta mi garganta, lo oí mascullar y gemir —¡Oh, Dios! —y yo quise escuchar más, así que seguí subiendo y bajando, acariciando su dureza mientras él se retorcía de placer agarrándose a las sábanas. Era insoportablemente delicioso, quería ver como se corría, pero cuando estaba a punto de hacerlo, me frenó —no, para, quiero que me folles… ¡ya!

—Tus deseos son ordenes…

Él se estiró para coger lubricante y condones, yo me acomodé entre sus piernas, me chupé el dedo medio, y empecé a jugar con su orificio, mis manos también eran grandes y el volvió a gemir cuando metí un primer dedo hasta el fondo, mientras acariciaba sus pectorales con la otra mano, volví a besar sus labios sin dejar de follarle con los dedos, primero uno, luego dos, y tres. Al fin la punta de mi pene empezó a abrir el camino en su estrecho agujero y Gary exclamó con ímpetu —¡Joder! ¡Sí! —. Se estaba volviendo loco con cada embestida, y verlo era demasiado, su gesto de éxtasis tan hermoso… no iba a aguantar mucho más. Comencé a masturbarle, siguiendo el ritmo de mis caderas, sus jadeos cada vez más intensos, y cerró los ojos y se mordió el labio justo en el momento en el que llegó al orgasmo y su semen se desparramó por mi mano. Aceleré el ritmo de mis embestidas mientras él aún se estaba corriendo, y esta vez fui yo quien gimió y blasfemó cuando el orgasmo se extendió por todo mi cuerpo.

Después le cuidé un poco, le limpié, le traje agua del minibar, y al fin me fijé en la exuberante suite. Sobre una mesa se amontonaban carpetas con la portada de su última película, dosieres de prensa seguramente, y una punzada de pánico me agitó cuando entendí que mañana volvería a estar aquí por otro motivo. Cuando volví a la cama Gary sonreía, aún desnudo entre las sábanas revueltas, en algún momento había dejado de ser Gary Flynn y solo era el chico encantador que había conocido en un bar. —No me mimes tanto — dijo —me voy a acostumbrar —y volví a desechar una confesión. Me tumbé a su lado y durante unos instantes volvimos a quedarnos en silencio, mirándonos a los ojos, y no era incómodo para nada, al contrario, era como si nuestros ojos supieran que decirse. —Hacía mucho que no echaba un polvo — confesó.

—¿Tú? ¡venga ya! No puede ser…

—Es mucho más complicado de lo que imaginas… —otra vez la culpa. —Pero contigo… no sé, ha sido fácil… no quiero decir que seas fácil… — titubeaba confundido, y era adorable — me refiero a que… no lo sé, ha sido… como muy…

—¿Natural? — aporté yo.

—Sí, justamente eso… estoy a gusto contigo…

Y tuve que besarle otra vez porque era irresistible — Tu también me gustas — y más besos — y no porque seas una estrella increíblemente sexy… bueno, por eso también —bromeé — Ha sido una noche increíble…

Y seguimos charlando apaciblemente, acariciándonos y besándonos, hasta que quedó dormido entre mis brazos, y me acomodé a su lado con el olor de su pelo y su piel, al fin dejé que el sueño me venciera pensando “a la mierda, no voy a estropear esto”.

Pero sobre las cinco de la mañana me desperté de golpe, y cayó sobre mí todo el peso del remordimiento sin tregua. Me levanté, me puse los pantalones y empecé a dar vueltas por la habitación. Este tío me gustaba, me gustaba mucho, y todo se iba a ir a la mierda y me puse a pensar que esto debería haber ocurrido de otra forma, deberíamos habernos conocido en otras circunstancias, aunque era posible que de otra forma no nos hubiéramos encontrado nunca.

—¿Va todo bien? — la voz de Gary interrumpió mis pensamientos, me observaba desde la cama con los ojos medio cerrados.

—Tengo que contarte algo…

Gary se incorporó en la cama con gesto preocupado —¿Qué pasa?

Dejé escapar un suspiro largo de rendición antes de seguir —Mañana… bueno, dentro de unas horas, tienes una entrevista con Rolling Stone después de tu estreno…

—Tengo muchas entrevistas…

—Pues yo soy una de ellas —lo dije al fin.

Gary se sentó en la cama de un bote —¡¿Qué?!

— Tengo que entrevistarte esta tarde, para eso he venido.

Un gesto de pánico se apoderó de Gary, se levantó de la cama tapándose con la sábana, de pronto con pudor —¡Joder! — gritó, y volvió a repetirlo unas cuantas veces — ¿Qué clase de encerrona es esta? —seguía gritando, ahora moviéndose por la habitación.

—No es ninguna encerrona… ¿en serio crees que podría haber planeado algo así?

—¡Y una mierda, tu no vas a entrevistarme! —estaba fuera de sí, buscando su ropa por la habitación —voy a llamar a mi abogado…

Buscaba su teléfono entre sus cosas mientras yo intentaba explicarme —No necesitas llamar a tu abogado… Escucha, tenía que decírtelo, pero esto queda entre nosotros…

—No jodas, tendrías que habérmelo dicho en cuanto abriste la puta boca…

—Te juro que llevo toda la noche queriendo decírtelo…

—…pero querías saber hasta dónde llegaría ¿verdad?

—No quería fastidiarlo… —Gary no me dejaba terminar una frase, me atacaba histérico, no le faltaban razones para estar cabreado, pero empezaba a pasarse.

—¡Enhorabuena! Buen trabajo periodista, me has pillado, si soy gay, pero si crees que vas a vender una puta exclusiva lo llevas claro…

—¿Crees que me importa algo? ¡No voy a por ti, joder! ¡No me interesa! — cuando le grité de vuelta, Gary al fin se calló y escuchó. — Yo cubría la guerra, me metía en primera línea de batalla para hacer fotos de soldados heridos, y entrevistaba a madres a las que a sus hijos les habían reventado la cabeza. ¿Crees que me interesa el cotilleo de a quién se folla Gary Flynn? No soy esa clase de periodista… — Gary me miraba en silencio — Mira, no voy a contar nada de lo que ha ocurrido esta noche, y no solo porque va en contra de todos mis principios como periodista, no tengo ningún interés en fastidiarte porque me encantaría volver a verte. —Y volvíamos a mirarnos de esa forma que me traspasaba.

—No puedes hacer la entrevista…

—y ¿Qué explicación quieres que dé…? —Me acerqué hasta y él retrocedió — podemos hacerlo, sé que es una putada, pero serán solo veinte minutos, yo hago mis preguntas, tu responde, lo de siempre, solo escribiré lo que pase en la entrevista, lo juro. —Me daba cuenta de que intentaba confiar en mí, pero seguía lleno de dudas.

—¿No vas a preguntar por qué miento, y todo eso?

—No es asunto mío.

—¿Aun así quieres volver a verme?

Volví a acercarme, y esta vez no se movió —Me encantaría — dije mientras acariciaba su brazo lentamente hasta que mis dedos se enredaron entre los suyos.

Pero entonces, Gary volvió a apartarse, y bajó la mirada —Es mejor que te vayas — dijo con frialdad.

—Gary…

—Vete, por favor.

Recogí mis cosas detenidamente, con la esperanza de que cambiara de parecer en algún momento, pero Gary ni siquiera me miraba. Justo antes de salir de la habitación, la estampa de la estrella de cine con la mirada perdida entre sus dudas e inseguridades era la imagen de la soledad. Era culpa mía, desde el principio supe que acabaría así, y no hice nada por evitarlo.

Continuara…

“JUEGO DE MENTIRAS”

mangaAcababa de romper su tercera copa esa noche, se miró a las manos como si no fueran suyas y se hubieran confabulado aquella noche en su contra, y dejó escapar un suspiro largo de rendición antes de ir a buscar la escoba por enésima vez —¿Estás nervioso por algo, o es que estás colocado? —  pregunto Jana divertida mientras se estiraba para coger la botella de ron que estaba justo detrás de él.

—Sabes que no me coloco… Solo estoy cansado, supongo.

— ¿Examen?

—Como siempre… —dijo esta vez más para sí mismo, lamentándose por lo repetitiva que se había vuelto su vida entre la carrera y el trabajo.

Por el contrario, ella estaba llena de energía, en cuestión de segundos metió hielos en dos vasos de tubo, el gajito de limón, refresco y el licor que tenía en las manos y ya había servido y cobrado las dos bebidas antes de que él terminase con la escoba. Esteban se apresuró, —más le valía ponerse las pilas, pensó— e hizo malabares para servir las dos copas de vino que acababa de estropear antes de que el cliente se impacientara por su retraso.

Justo cuando estaba dejando las bebidas sobre la barra, se topó con los dos ojos verdes que venían torturándole desde hacía meses, y estuvo a punto de volver a hacer un estropicio con la cristalería de su jefa.

— Hola Esteban.

Y, cómo no, en cuanto le saludó el brazo de otro hombre ya estaba rodeándole el cuello y babeándole la oreja — ¿Qué quieres tomar guapo? —preguntó su ligue.

—  Esteban ya sabe lo que me gusta ¿verdad? —   y le guiñó un ojo desplegando esa sonrisa amplia que provocaba que se le cortara la respiración. Esteban hizo un esfuerzo por sonreír de vuelta. Sí, sabía lo que quería tomar Yuri, si es que ese era su verdadero nombre, con él era difícil saberlo. Fue así como le conoció, el día que se acercó a la barra y le pidió que nunca le pusiera alcohol en las bebidas “Tu finge que me pones una piña colada, le pones una sombrillita y todo el rollo, pero ni una gota de alcohol. Puedes cobrar la copa como si lo llevara, de todas formas, yo nunca pago”.

El cabrón tenía una seguridad apabullante que aderezaba un físico impactante, el pelo castaño y rizado le caía desorganizadamente por todas partes, lo que le obligaba constantemente a pasarse la mano por la cabeza para apartárselo, y le daba cierto aire de surfista. Sus camisetas ceñidas dejaban adivinar un cuerpazo de escándalo, un tórax largo y atlético, piel morena, labios gruesos, esos ojos de un verde intenso y cara de no haber roto un plato nunca. Bueno, eso es lo que pensabas antes de conocerlo un poco más, luego empezabas a darte cuenta de lo falso que era. Cada vez que entraba al bar lo hacía con un hombre diferente, incluso en ocasiones aparecía la misma noche dos veces con dos hombres diferentes. No tenía un criterio, le daba igual que fueran jovenes o mayores, pijos o bohemios, mucho tío estirado con traje caro y la cartera llena, extranjeros de razas y nacionalidades muy diversas, deportistas, empresarios, artistas o militares. Pero no eran solo sus parejas lo que mudaba con extremada facilidad, también lo hacía su personalidad, lo cual era aún más inquietante. Unas veces masculino, otras afeminado, unas el yonqui intenso y otras el rey de las bromas, entre el intelectual arrogante a la loca descerebrada, tenía todo un abanico de personalidades diferentes para ajustarse al gusto de cada uno de sus… ¿clientes? Aunque siempre tenía una sonrisa y un gesto de complicidad con Esteban que casi parecía auténtico. Lo que más le desconcertaba de Yuri, y lo que mas le cabreaba, es que parecía ser asombrosamente inteligente. Le había escuchado tener conversaciones sobre literatura francesa con un profesor universitario, discutir sobre economía bursátil con un economista, o de la influencia del teatro chino en Peter Brook con un crítico de arte. Le había visto defender a saco ideologías de izquierdas, y con la misma facilidad argumentar en favor de ideologías opuestas, y en los dos casos resultaba convincente y apasionado. Sabía absolutamente de todo, y eso le descolocaba por completo, por que no podía entender que un hombre tan inteligente, guapo y encantador pudiera dedicarse a la prostitución.

Le había dado muchas vueltas al tema, y, puede que fuera la puta más cara de Madrid, pero era lo único que encajaba con su comportamiento. Eso le atormentaba, por un lado, porque imaginaba que con su sueldo de mierda y todos los gastos que tenía con la carrera y su piso, jamás podría permitirse pagar los servicios de Yuri, pero sobre todo porque sabía que eso no era lo que quería. Se había pasado semanas fantaseando con lo que hacía Yuri con sus clientes al salir del bar. Se lo había imaginado atado y amordazado, chupando pollas, o dejándose dar por culo en las posturas más eróticas, había pasado semanas matándose a pajas pensando en él, a veces llegaba a creer que la razón por la que le sonreía y le guiñaba el ojo era porque Yuri adivinaba todas las guarradas que imaginaba luego en su cama. Pero hacía tiempo que no le gustaba visualizarlo así. Ahora en lo único que pensaba es que le gustaría sentarse un día a tomar un café con él en algún lugar tranquilo y preguntarle ¿por qué? Por qué alguien tan maravilloso se menospreciaba de esa forma.

Mientras pensaba en todo esto, Yuri estaba sentado en una mesa con aquel hombre, debía rondar los cuarenta, con entradas pronunciadas y barba de tres días, le hablaba al oído, demasiado cerca, sujetándole por el cuello con uno de sus brazos, su otra mano, exploraba la entrepierna de Yuri. Entonces el tipo metió uno de sus dedos en la bebida de Yuri, y se lo dio a probar al chico, su dedo entró en su boca, por un instante tuvo la impresión de que Yuri estaba incómodo con la forma en la que aquel tipo le tenía agarrado, entonces su cliente le metió la lengua en la boca, y pudo ver claramente como Yuri se echaba hacia atrás instintivamente, se apartaba un poco de él, y enseguida disimulaba con una de sus sonrisas encantadoras. Esteban no quería verlo, se estaba poniendo malo, así que se esforzó por ocuparse dejándolo lejos de su ángulo de visión.

Por eso le sobresaltó cuando se lo encontró delante de sus narices al volver hacia la barra, no le había visto llegar, porque se estaba esforzando en no mirar a ninguna parte. — ¡Mierda! —soltó al dar un bote al toparse con sus preciosos ojos apenas a un palmo de su cara.

— ¿Te he asustado? —  y otra vez esa endemoniada sonrisa.

—  Estaba distraído.

—  Escucha, necesito que me hagas un favor. ¿Ves a ese tío rubio con el traje impecable y cara de estreñido?

— ¿Puedes especificar un poco más? Hay unos diez tíos que encajan en esa descripción.

—  Uno rubio con gafas, bastante guapete, está cerca de la puerta inspeccionando el bar. —Ahora sí que lo vio, un hombre joven y atractivo miraba a su alrededor buscando algo con gesto de mal humor. Esteban le hizo un gesto afirmativo, y Yuri siguió explicando —Necesito esconderme de él un rato ¿te importa si me meto detrás de la barra? Seguro que se va enseguida.

—  No puedo esconderte aquí, mi jefa te verá.

—  Será solo un momento…

Esteban volvió a mirar en dirección al tipo rubio, también vio al hombre que hace unos instantes le metía mano a Yuri fumándose un cigarrillo en su mesa — Si prometes no tocar nada, puedo esconderte en el almacén.

—  Seré como un fantasma — prometió.

Yuri siguió a Esteban agazapado hasta la pequeña trastienda donde guardaban la mercancía para el bar, una habitación sin ventanas, cerrada con un candado, atestada de latas, botellas, servilletas, bolsas de patatas fritas, frutas y demás existencias de reserva para el día a día del negocio nocturno.

—  No irás a encerrarme con el candado ¿verdad? Podría considerarse un secuestro…

—  Has venido por tu voluntad.

—  Solo te tomo el pelo. Eres un cielo, ¿Me avisas cuando se haya ido?

—  Vale, no toques nada, y asegúrate de que nadie entra aquí, mi jefa me matará si se entera.

— ¿Jana? No lo creo, te adora.

Y por unos instantes su sonrisa y su cercanía lo desconcentraron por completo — Solo… no toques nada ¿vale?

—  Te debo una— y volvió a guiñarle un ojo ¿eso era una insinuación? se preguntó ¿estaba flirteando? ¿o era así con todo el mundo? Pensó que era mejor marcharse, ese hombre le desarmaba completamente.

Volvió a su puesto en la barra, ocupándose de su trabajo e intentando olvidar que había escondido al hombre con el que fantaseaba por las noches en el cuarto oscuro. Cuarenta minutos después, volvió al almacén con la excusa de reponer algunos refrescos. En cuanto le vio el joven de los ojos verdes se puso en pie de su salto. — Joder, empezaba a pensar que te habías olvidado de mí ¿Se ha ido al fin?

—  No, qué va. Se ha sentado a charlar con otro tío.

—  No me jodas…

—  Venía a avisarte… aunque no parece que este buscando a nadie, solo está tomando algo y charlando.

— ¿En serio? —  parecía extrañado — ¿No ha preguntado por mí?

—  Pues, no que yo sepa. El que sí ha estado preguntando por ti es tu cliente.

—  Mi ¿qué?

—  El tío con el que has venido hoy.

—  Ah, si Chema, o Chuste… mierda he olvidado su nombre… si le ves ¿te importa decirle que he tenido que irme?

—  Dime la verdad, ¿te estás escondiendo de él?

—  No, me escondo del tipo rubio.

— ¿Y por qué te escondes del rubio? ¿Una mala cita? ¿un cliente insatisfecho?

— ¿Perdona?

—  Deja de hacerte al tonto ¿crees que soy gilipollas? ¿que no me he dado cuenta de lo que haces? —  de golpe estaba cabreado y quería explicaciones — Y sabes, deberías andar con un poco mas de cuidado, Jana no necesita que le traigas tus problemas a su bar, y puedes agradecer que no le haya dicho nada, porque estoy seguro de que no le harían ninguna gracia que vengas a su bar a hacer negocios…

El gesto de Yuri se había vuelto serio de golpe — No se lo contarás ¿verdad?

Y allí estaba, la confirmación que había deseado que no llegara, quizás el motivo por el que le había puesto contra las cuerdas, necesitaba saberlo. —  Y ¿Quién es el que te sigue?

—  Un camello, le debo pasta, y no se lo suele tomar demasiado bien…

Esteban se quedó un momento reflexionando, y al fin se animó a hacer la pregunta que le rondaba — ¿Por qué haces esto?

— ¿A qué te refieres? ¿Al sexo? … Por dinero, claro.

— Pero, eres un tío inteligente, y no sé, de buen aspecto, seguro que puedes conseguir un trabajo mejor.

— ¿Uno como el tuyo? A ver, ¿Cuántas horas al día trabajas?

—  Seis horas al día seis veces por semana — se lamentó.

—  Y seguro que por una mierda de sueldo…

Esteban se encogió de hombros — Me da para vivir.

—  Exacto, lo justo para vivir, y todo tu tiempo libre invertido en un trabajo que ni siquiera te gusta. —  Y se acercó un poco más a Esteban antes de seguir hablando — En cambio yo solo trabajo tres noches a la semana, unas tres horas como mucho, con eso me da para vivir y pagar mis estudios, y el resto de mi tiempo, lo uso para estudiar. Si trabajara las horas que tu trabajas, en un par de meses me habría forrado. —  Estaba tan cerca que podía oler su colonia, fresca y ligera como él, esos ojos verdes y su media sonrisa de seguridad, solos en aquel cuarto a media luz, su polla empezó a darle avisos de peligro.

—  Y ¿Qué estudias? —  Preguntó haciendo un esfuerzo por controlarse.

Yuri se recostó otra vez sobre la pared, alejándose de él — medicina.

— ¿En serio? —  ahora estaba impresionado, era lo último que se hubiera imaginado — y cuando seas médico, ¿Qué pasará si te encuentras con alguno de tus antiguos clientes?

Yuri empezó a reírse — Esa es buena. Sería una consulta muy picante. —  Esteban no se reía — Oye, es mi tiempo y mi cuerpo, si fuera obrero, también estaría usando mi tiempo y mi cuerpo para ganar dinero ¿no es lo mismo?

—  Tengo que volver a trabajar…

— ¿Te importa si cojo una botella de agua? Hace mucho calor aquí dentro.

—  Sí, claro.

—  Eres un encanto…

— No te llamas Yuri ¿verdad? —  preguntó justo antes de salir. Yuri, negó con la cabeza y una sonrisa maliciosa — Puedo preguntar…

— Puedes llamarme como tu quieras…

Esteban se marchó.

Al volver al bar, vio a Jana charlando afablemente con el tipo rubio, el traficante de drogas, que estaba sentado en una mesa tomándose algo tranquilamente. Se fijó un poco más en él, llevaba un traje caro, era bastante joven, y sonreía amigablemente con Jana. Algo no cuadraba. Cuando Jana volvió hacia la barra con su bandeja apoyada en la cadera, se lo preguntó — ¿Quién es el tío rubio?

—  Que pasa ¿te gusta? Es guapo.

—  No, solo… — y bajó la voz un poco — alguien me ha dicho que es traficante… — y en cuanto lo dijo Jana estalló en una carcajada y Esteban quedó sumido en la confusión.

— ¿David Mendoza? ¡Qué dices! Es uno de estos niños pijos de clase alta, trabaja en el bufete de su papá, están mega forrados. ¿De dónde has sacado esa tontería?

Era ya de madrugada, quedaba poca gente por el bar — Jana, si te parece me voy un rato al almacén para adelantar el inventario.

— ¿Qué prisa hay?

—  Esto está muy tranquilo…

—  Vaaaale, vete un rato, te llamo si entra una despedida de solteros y necesito ayuda.

Cuando regresó al almacén se encontró a Yuri — o quien quiera que fuera— sentado en el suelo, apoyado contra la pared, mirando su teléfono móvil junto a la botella de agua.

—  ¡Me has soltado un montón de mierda, ese tío no es traficante…! —  El chico de ojos verdes le miró divertido y empezó a reírse.

—  Ni yo soy chapero…

— ¿Por qué me has mentido?

—  Parecía divertido… — y ante su gesto irritado, el joven contesto — ¡Empezaste tú! Yo solo te seguí el rollo…

Estuvo un momento debatiéndose entre enfadarse o echarse a reír, finalmente decidió reírse con él. — ¡Que gilipollas! —  se dijo, al tiempo que se sentaba en la pared opuesta — Sería mucho pedir que me dijeras tu nombre.

—  Cristian.

— ¿de verdad?

— ¿Quieres ver mi DNI?

—  Vale, tienes que explicarme una cosa, Cristian, ¿a qué viene eso de aparecer cada noche con un tío y una personalidad diferente?

—  Me gusta ligar ¿Qué tiene de malo?

— ¿Y no puedes ser tú mismo?

—  Así es más divertido.

— ¿Y lo de estudiar medicina…? —  Cristian negó con la cabeza — ¡Joder! —  Esteban se reía ahora de sí mismo, y de cómo había picado — Vale, ¿Y por qué huyes del tío rubio?

—  Bueno, esa es una historia más complicada. Por cierto, ¿aún no se ha ido?

—  No, y yo no tengo prisa, así que… —   Esteban fue quien sonrió de forma insinuante ahora, aguardando a su historia — dame una buena razón para que siga cubriéndote las espaldas…

—  Vaya, ¿ahora vas a hacerme chantaje…?

—  Pues sí, supongo que se podría llamar así.

Cristian volvió a quedar serio un instante, y luego empezó a hablar con gesto resignado. —  Es de un bufete de abogados, trabajan para mi padre. El caso es que a mi familia no le entusiasma la vida que llevo, piensan que soy una especie de pervertido, y mi padre es de esas personas que creen que pueden comprarlo todo…

— ¿Tu familia tiene pasta?

—  Pasta y poder, una mala combinación. Y yo soy un grano en el culo para ellos. En resumen, llevan un tiempo intentado demostrar que no estoy bien de la cabeza… para encerrarme en un psiquiátrico.

— ¡No jodas! No pueden hacer eso

—  La verdad es que es culpa mía. Debería haber roto el vínculo y pasar de ellos, pero… me gusta mucho la buena vida… — y una vez más esa sonrisa de chico malo — Verás, ni estudio ni trabajo porque no lo necesito, tengo suficiente con mi parte del pastel como para vivir de puta madre sin hacer nada, y eso… es muy tentador. Si tuviera huevos, me buscaría un trabajo y cortaría con el “flujo económico por la cara”, seguro que entonces les importaría una mierda lo que haga con mi vida. Pero no acabo de decidirme, así que, de momento, los esquivo como puedo.

— ¿Nunca has trabajado?

—  No lo necesito.

—  Ya no sé si me caes bien o no…

Cristian hizo una mueca de dolor. —  Vaya, lástima, pensaba que igual podríamos pasarlo bien. —  y después comenzó a cruzar la habitación a gatas muy lentamente, acercándose a Esteban, hasta colocarse entre sus piernas dobladas — ¿Crees que si lo hacemos aquí se enterarán? —  Esteban se había quedado mudo observando como se acercaba cada vez más, hasta que sus labios casi se rozaban.

—  Seguramente… — alcanzó a decir con un hilo de voz.

—  Pues ¿A qué hora termina tu turno? —  y tras la pregunta, pasó la punta de su lengua por el labio superior de Esteban. Hubiese querido besarle, pero Cristian le miraba con gesto interrogante, esperando una respuesta.

—  Cerramos dentro de poco… — respondió casi sin aliento.

—  Pues, te espero aquí — y entonces le besó. Sus labios se juntaron como una caricia, sus lenguas apenas se rozaron, un beso cálido y dulce, perfecto. Y luego Cristian se esfumó de golpe, volvió a su lugar de antes, sacó de nuevo su teléfono y siguió allí sentado haciendo tiempo. Al ver a Esteban congelado le miró divertido — Venga, vuelve al trabajo. No voy a moverme de aquí.

—  Claro, voy. —  Esteban se puso en pie, y se obligó a volver a su lugar en la barra, aunque su cuerpo le suplicaba que se quedara allí, estaba excitado, empalmado y aturdido, y todo eso solo con un beso. Un beso que había imaginado cientos de veces mientras le observaba en la distancia, o en la intimidad de su cama. La realidad no le había decepcionado en absoluto.

La última media hora de trabajo se le hizo eterna, estaba más distraído que nunca, miraba al reloj continuamente, y cada minuto se alargaba como un castigo. Cuando al fin Jana se libró de los últimos clientes, Esteban se le adelantó — Vete a casa Jana, ya recojo yo.

— ¿No estabas cansado?

—  Más bien distraído, lo justo es que te lo compense….

—  Vale, ¿qué vas a pedirme?

— ¡Nada!

—  Venga ya, suéltalo.

Conocía bien a Jana, y era de las que no les gusta deber un favor, si seguía insistiendo sospecharía algo, así que tuvo que inventarse algo — ¿Puedo llegar más tarde el domingo? Solo un par de horas.

— ¡Lo sabía! — soltó, junto con una carcajada de victoria — Esta bien, hora y media, y me dejas esto como nuevo ¿entendido?

—  Te debo una.

En cuanto ella se fue y cerró la puerta, Esteban se dirigió al almacén, donde encontró una vez más a Cristian sentado apaciblemente con su teléfono. Esta vez se quedó de pie en la puerta. —  Has vuelto a engañarme ¿verdad? —  y Cristian le dedicó una sonrisa sorprendida — tus zapatillas son de H&M, y te vi antes con ese tío, y no te gustó nada que te besara, así que ¿de qué va toda esta mierda? —  Como respuesta Cristian empezó a reírse dando a entender que le había vuelto a pillar— ¡Joder! ¿Qué eres? ¿una especie de mentiroso patológico?

—  Algo parecido… Soy escritor.

—  No, no, no, vas a tener que hacerlo mejor, ¿de qué va todo ese rollo de Yuri la puta? ¿De verdad te llamas Cristian?

—  En eso no te he mentido. —  Ahora Cristian se levanto y se acercó a Esteban — Vale, la verdad, lo juro — dijo poniéndose la mano en el pecho de forma dramática. —  Escribo un blog de historias eróticas, y, cuando estoy bloqueado, bajo al bar a por historias… eso es todo.

—  Esta vez vas a tener que demostrarlo.

—  Está bien — y Cristian ya estaba buscando su prueba en el teléfono, en cuanto la localizó se le mostró a Esteban, quien comprobó la veracidad del blog que incluso incluía una foto de Cristian Long.

—  El apellido es falso, es por seguridad… ¿qué? ¿decepcionado?

— ¿Por qué iba a estarlo?

—  Es bastante menos interesante que tener a un camello persiguiéndome para romperme las piernas. Lo que me lleva a otra cosa: tú también me has mentido, estoy seguro de que David se fue hace mucho del bar.

—  Un par de horas — Cristian volvió a reírse, no parecía enfadado — ¿Por qué te escondías de él?

—  Es mi ex. Le cabreaba mucho el juego de Yuri, así que no tenía ganas de que me soltara el rollo.

Ahora estaban bastante cerca el uno del otro, se fijó en los músculos de sus pectorales, ligeramente marcados tras la camiseta, sus ojos siguieron el recorrido hacia sus brazos y su cuello, hasta su mandíbula definida, era increíblemente sexy — así que hablas con ellos parar sacar historias ¿solo eso?

— No voy a negar que alguna vez me he acostado con alguno, pero por lo general, solo tonteo un rato hasta que se me ocurre algo que escribir… Y gracias a ti, tengo un par de buenas historias, así que creo que necesitaré a Yuri durante un tiempo —mientras lo decía se acercaba un poco más a Esteban, —¿Cuál debería escribir antes? La del barista que salva al chapero del camello vengativo, ¿o la del niño rico que conoce al estudiante soñador que se paga la carrera poniendo copas? Las historias de clases sociales siempre funcionan…

—Me gusta más la del escritor que se hace pasar por puta…— las manos de Cristian se apoyaron sutilmente en las caderas de Esteban, y las hebillas de sus vaqueros hicieron un ligero chasquido al chocarse — ¿y como acaba la historia?

— Mis historias siempre acaban con sexo — y al fin llegó el beso que estaba esperando, un beso largo, sensual, con lenguas que se exploran, dientes que chocan, y alientos que suplican por más. Cristian le apretaba contra su cuerpo y notó enseguida la dureza entre sus pantalones restregándose contra su polla que estaba a punto de estallar, y al fin sus manos pudieron recorrer aquel cuerpo que le había estado volviendo loco, tocar sus hombros, sus brazos, sus abdominales duros que se agitaban con su respiración. Y entre besos Cristian le susurraba —¿Sexo en la trastienda de un bar vacío? Es poco verosímil…

— Mientras haya sexo, a quien cojones le importa… —Y ya estaba desabrochando el pantalón de Cristian, que cerró los ojos, y dejó escapar su sonrisa cuando sintió la mano de Esteban colándose para acariciar su erección. Entonces acerco su boca y le mordió el labio inferior, sus rizos rebeldes se colaban entre sus bocas, tenía unos labios deliciosos. En un solo movimiento, Cristian le quitó la camiseta, Esteben le imitó, y se tomó un momento para contemplarle, su piel tostada, con algo de pelo negro revoloteando entre sus pectorales marcados, que aderezaban ese aspecto salvaje que le daban sus rizos alocado, con el pantalón abierto, invitándole a entrar, y esos ojos de un verde imposible. Cristian sonrió una vez más mientras tiraba de la hebilla del pantalón de Esteban, lo liberó de su cinturón, luego lo atrajo, y ahora fueron sus penes los que se besaron, y siguieron acariciándose mutuamente mientras Esteban seguía perdido en sus ojos.

—¿Quieres que te folle o quieres follarme?

Su voz vibró en su oído, y consiguió que se le cortara la respiración por unos segundos —Lo que tú quieras…

—No —Cristian se acercó hasta su oído, le lamió el contorno del lóbulo —esta noche estoy aquí por ti, dime qué quieres…

—¡Joder! ¡Fóllame ya!

Cristian ya solo se tomó un segundo para sonreír antes de girarlo y prácticamente lanzarlo contra la mesilla auxiliar en la que se amontonaban vasos de plástico, servilletas, y todo tipo de mercancía del bar. Le atrapó con sus fuertes brazos, lamiéndole la espalda, besándole el cuello con sus dos manos metidas en su pantalón, acariciándole la polla y deshaciéndose de sus vaqueros negros al mismo tiempo, obligando a Esteban a usar sus dos brazos para sujetarse a la mesa. Los vaqueros ya estaban en el suelo, y Cristian recorría sus glúteos con la lengua, mientras jugaba con sus testículos, el movimiento se desplazó de forma que ahora eran su lengua la que jugaba con sus testículos, y su mano le hacía una paja, Esteban gimió y se dejó caer sobre la mesa, intentando no chocar con todos los bártulos que estorbaban. Los dedos de Cristian exploraban ahora su orificio, entrado delicadamente y abriéndose camino, el preservativo y el lubricante habían aparecido como por arte de magia, y él se lo restregaba con generosidad. Con uno de sus brazos, Cristian arrojó al suelo de un impulso todo lo que se amontonaba sobre la mesa, dejando espacio para que Esteban se inclinase sobre la superficie ofreciéndole su culo. Los dedos daban paso a la punta de su polla que empezaba a amagar con entrar, y Cristian bajó el ritmo, se recostó sobre su espalda y le besó con ternura, mientras su dureza se abría paso dentro de su cuerpo. Su polla larga, firme, entraba con suavidad y delicadeza, entraba muy dentro hasta rozar su próstata, en un movimiento lento y circular que le acariciaba una y otra, y otra vez, en el punto justo que empezaba a volverle loco —¡Dios! ¡Joder! — exclamó Esteban, intentando controlar su respiración, porque pensó que se iba a correr, y ni siquiera había tocado su pene aún.

Cuando Esteban quiso masturbarse, Cristian le detuvo —Aun no— le ordenó.

— No, por favor — suplicó. Pero Cristian no le liberó de su agonía, siguió moviéndose lentamente, era una tortura que le mantuviera al borde del orgasmo. Entonces le abrazó con decisión, y los dos se irguieron juntos librándose de la mesa, aún entrelazados. Desde su espalda Cristian buscó su boca, y se besaron con los cuellos estirados, los cuerpos en tensión, y entonces sí, al fin, con su polla y su lengua explorándole, la mano de Cristian empezó a acariciarle, desde el tronco hasta su glande, lentamente, siguiendo el ritmo de sus embestidas, en un movimiento espectacular, con el orgasmo acechando discreto, acercándose con una lentitud agónica hasta que al fin, llegó, la explosión que recorrió todo su cuerpo, que le obligó a gemir con descaro, sin pudor, mientras todo su cuerpo temblaba estremecido por un orgasmo brutal.

Y luego, cuando se calmaron, siguieron besándose con ternura, bebiendo agua el uno de la boca del otro, bromeando un poco, riendo también, y esa sonrisa suya seguía dejándole sin palabras.

—¿Tomamos la última? — eran las tres de la madrugada cuando al fin salieron del bar.

— Le prometí a mi jefa que me encargaría de la limpieza.

— ¡Oh, mierda! Debería ayudarte.

— ¡No! Es mi trabajo — Cristian tenía su moto aparcada enfrente del bar de Jana. Esteban le acompañó mientras se ponía la chaqueta, cogía su casco y se preparaba para marcharse, y se dieron un último beso antes de que se pusiera el casco — ¿vendrás mañana?

— Creo que Yuri va a tener que buscarse otro bar. Sé por experiencia que no os gusta verme tontear con otros.

—No pasa nada, lo entiendo…

—Eso dices ahora…

—Entonces ¿Cuándo te veré…?

—Ya veremos —Cristian se puso el casco, arrancó la moto, y se levantó la visera para mirarle por última vez —Por cierto —dijo con una de sus sonrisas maliciosas —tampoco me llamo Cristian. —En cuanto dijo eso, la moto aceleró escandalosamente y dejó atrás a un Esteban que acababa de quedarse paralizado, comprendiendo de golpe y de forma cruel lo que acababa de decirle.

—¡Hijo de puta! — fue lo único que consiguió decir al comprender que no le volvería a ver, que solo quedaba escoger entre olvidarle o condenarse a vagar de bar en bar, como David el abogado, en busca del misterioso hombre con el que había echado el mejor polvo de su vida.

 

 

Autor: Laurent Kosta