TODO O NADA

Lemar había desarrollado un sexto sentido para intuir cuando alguien estaba desesperado, el chico que tenía en frente, restregándose la cabeza con la mano como si pudiese borrar sus pensamientos, estaba al límite. En cuanto lo vio sentarse a la mesa supo que lo estaba, aunque intentase controlarlo, jugar esa carta de frialdad desinteresada, su cuerpo disimulaba bien, pero sus ojos lo contaban todo. Una de esas personas que llega a la mesa de juego como un último recurso, a jugarse la última carta, a todo o nada, porque saben que ya no tienen nada que perder. Tal vez fuese el dinero de la universidad lo que pretendía recuperar, la hipoteca que le salvara del desahucio, un préstamo del que pendía su vida, o el bienestar de sus piernas. Lo había visto muchas veces, estas personas que confiaban a la suerte lo que sus esfuerzos les habían robado. Eran unos ingenuos, allí en las mesas de jugo se sentaban personas como Lemar precisamente a la caza de estos incautos, para darles la justa dosis de confianza — dejarles degustar la miel de la victoria para inculcarles fe — para luego desplumarlos antes de que que pudiesen darse cuenta. No lo sabían pero habían perdido ya en el momento que cruzaron la puerta del casino.

Acababa de desplumar al chico, lo veía retorcerse en su remordimiento, intentando hacerse a la idea de que lo había perdido todo. Era guapo, su gesto de pánico era sexy. Lo había escogido nada más entrar por eso mismo, por su pelo negro, su mirada confiada, su actitud enérgica de quien se sabe guapo y admirado. Había querido ver esos rasgos que luchaban entre la belleza infantil y la masculinidad cambiar de registro: de la sonrisa a la agonía. Había jugado con él sin dificultad, el pobre había creído que tenía algún control sobre la partida, no tenía ni idea de que la verdadera partida era otra… Tal vez aún quería jugar un rato más con él.

Lemar seguía observando al joven derrotado, mientras apilaba sus fichas de colores en pequeñas torres sobre la mesa. Contar fichas nunca dejaba de ser un placer. —Juguemos una última mano — propuso.

El joven levanto la mirada confundido —Ya no me queda un duro — admitió con el gesto de perdedor que comenzaba a aprender —me lo he jugado todo, incluso lo que no tenía…. Y lo he perdido… — y ahora parecía hablarse a sí mismo —no queda nada… pensé que… ¡qué gilipollas!

Lemar, tras sus gafas oscurecidas que pretendían ocultar una miopía, seguía amontonando fichas en un alarde deliberado. —¿Cuánto calculas que hay aquí? — El chico no contestó —¿cien mil? Algo más de cien mil ¿no te parece? — ahora el joven miró las fichas con desprecio. Era tan fácil jugar con aquellas piezas circulares de plástico que parecían de juguete, era tan fácil arriesgar cuando simulaba ser un juego tonto, y la realidad de lo que perdías o ganabas solo volvía después, cuando ya era tarde para arrepentirse. Lemar también conocía esa sensación, había estado allí—. ¿Qué te parece si jugamos una última mano? — tenía su atención, era el momento — todas mis fichas contra una noche contigo. —Y una vez dicho, empujó ligeramente el cebo hacia delante para que supiera que iba en serio, y se limitó a observar su reacción. El joven lo miró a los ojos, quizás por primera vez en toda la noche, tal vez evaluando la propuesta. No se puso violento, tan solo permaneció en silencio, era una buena señal. Lemar lo observaba fijamente, con los codos apoyados en la mesa, formando un puente con las manos, le gustaban sus ojos, grandes y oscuros, tenían algo enloquecido, tal vez eran las cejas pobladas y desorganizadas, o ese gesto de incomprensión, como si acabara de aterrizar en el mundo y no entendiera como había llegado hasta ahí. Hetero, sin duda.

—Me parece que no es mi noche… mejor lo dejo aquí…

—¿Has perdido algo importante? —No le interesaba en realidad, pero la empatía siempre funcionaba.

—El piso de mis padres — dijo él con el peso de la culpa a cuestas. Lemar se limitó a levantar las cejas e invitarlo a continuar —avalaron mi hipoteca, y yo… joder, no me importa haber perdido mi casa, pero que ellos tengan que perder la suya, a su edad… creí que si tenía suerte al menos podría arreglar eso.

Sí, una putada, Lemar acompañó con un gesto compungido. Era un adulto, si había venido a jugarse a las cartas sus últimos ahorros, había sido libremente, nadie lo había forzado, nadie le había hecho trampas. Tan solo había perdido. Y, sin embargo ahora no se levantaba de la mesa.

—Te propongo algo… —dejó caer, como si lo acabara de pensar, como si se hubiese dejado conmover. —Si ganas tú, te llevas el dinero, si gano yo, te devuelvo lo que has pedido y pasas la noche conmigo. — El chico miró a su alrededor, queriendo buscar un cómplice o una cámara oculta. No quedaba nadie, los observadores habituales se habían ido en busca de otra partida en cuanto Lemar acabó de limpiar al muchacho. Quizás no tan joven, tal vez llegara a los treinta, quizás tuviese una novia o una mujer esperando en casa. — Venga, qué me dices. No puedes perder, solo yo puedo perder.

—¿Qué significa “pasar la noche” exactamente?

Lamar sonrió —Sabes muy bien lo que significa, y te lo advierto ya, no me privaría de ningún capricho.

El chico se restregaba ahora con fuerza la frente, cerrando los ojos y apretando la mandíbula con fuerza. Hasta que volvió a mirarlo con la determinación clavada en los ojos —Vale. Juguemos.

Lamar sonrió. ¡Le tenía!

Una hora más tarde entraban en casa de Lamar, un chalet de arquitectura moderna, blanco, sobre una colina con vistas al mar en la costa valenciana. Su invitado quedó muy impresionado con la amplia entrada. No dijo nada, deambuló por el recibidor, entró al primer salón, se acercó a contemplar las obras de arte contemporáneo en las paredes. Habían hablado algo en el camino en el Jaguar deportivo de Lamar. Se llamaba Jota, o más bien lo llamaban así, aunque no quiso revelar su nombre completo. Había empezado la carrera de empresariales, pero lo había dejado, los estudios no eran lo suyo, puso un bar, lo convirtió en un restaurante, le iba bien, hasta que empezó la crisis y había tenido que cerrar. Le gustaba la cocina, ¿novia? No, ahora no. La pregunta de si lo había hecho alguna vez con un hombre lo hizo reír. Le habló de un campamento católico al que iba de adolescente en verano, donde, por las noches, los chicos “tonteaban”. Sí, los campamentos católicos… recordó también Lemar, toda una fuente de experiencia. Rieron juntos. Y la tensión pareció disiparse un poco.

La inquietud volvió, cuando Jota entro en la casa. ¿Quieres beber algo? Ofreció Lamar. El chico aceptó. Sacó una botella de whisky, hielos, un refresco, por si quería, le echó un poco de agua, y bebió del tirón. Tal vez esperara emborracharse, aunque Lemar lo prefería sobrio. Le ofreció algo de comer y él lo rechazó.

—Qué tal si vamos al grano —aportó.

—Sin prisas, la noche es joven.

—No tengo que quedarme la noche entera ¿verdad?

Lemar apuró su bebida —Bueno, creo que por diez mil euros tengo derecho a ponerme un poco exigente, ¿no te parece? — se acercó hasta Jota, llevaba una camisa gris perla y una americana negra. Le quitó el vaso vacío de las manos y lo dejó sobre la mesilla, luego le acomodó el cuello de la camisa, desabrochó un solo botón, y deslizó sus manos por su torso, por encima de la tela. Su tensión se hizo palpable, su cuerpo duro, eso le gustaba… tan joven, tan guapo. —Apostemos otra vez ¿quieres?

—No — rio él — creo que ya no voy a apostar más contigo…

—Elige tú el juego.

—¿El que sea?

—Venga. ¿Qué nos apostamos?

—Los cien mil.

—¿Tanto? Qué tal otros diez mil.

—Depende de lo que quieras tú.

Lemar lo rodeó y le quitó la americana desde la espalda —Si gano yo, jugaremos a los esclavos sexuales—. Jota se giró a mirarlo serio —por supuesto, tú serás el esclavo — y su mirada de pavor lo puso muy cachondo.

—Entonces los cien mil o nada.

Lamar sonrió, le gustaba su osadía — todo o nada. Esta bien, los cien mil. Pero si pierdo aún tendré mi sesión de sexo convencional y aburrido. ¿Hecho? — se dieron la mano y Jota sonrió de pronto —¿A qué vamos a jugar?

—¿Tienes un ordenador?

¡Hijo de puta! Pensó Jota por enésima vez. El cabrón no solo tenía un ordenador, o más bien varios, tenía todo un cuarto de juegos. Se había creído muy listo al pensar que aquel tipo, que sin duda pasaba de los cincuenta, no podría ganarle a una partida de videojuegos. Ese era sin duda su terreno. ¡Qué gilipollas! No había dejado de jugar con él y solo al final se daba cuenta. ¿El FIFA? ¿Qué es el FIFA? Había preguntado, fingiéndose ignorante. Aquel tío con gafas y entrado en carnes no podía ganarle a su juego favorito, eso había pensado veinte minutos antes de que le diera una paliza a su propio juego. Ahora Jota permanecía mirando a la pantalla, escuchando la risotada estúpida del cabrón que se la había jugado para convertirlo en su esclavo sexual por una noche. ¡Estaba muy jodido!

—Venga, no pongas esa cara… ha sido divertido—. Tal vez podía darle una paliza, robarle y huir. Aunque tenía la sospecha de que eso también acabaría pagándolo, y se preguntaba si en esa casa tan grande, a parte del chófer y un tal Fermín que les había abierto la puerta había otros guardaespaldas o vigilantes.

—Me la has jugado…

—Qué quieres que te diga, me aburro mucho. Pero esta noche lo estoy pasando muy bien contigo. Igual te doy otros diez mil, solo por eso.

Se giró a mirarlo una vez más, el pelo negro, seguramente teñido, no era muy alto, y tenía una de esas narices que parecían haber crecido entorno a las gafas. Con cierto aire a mafioso italiano de película americana, rostro rectangular, cuerpo rectangular, manos toscas. Si no fuese por su ropa cara, creerías que es el jardinero de la casa, o algo por el estilo. Y a la vez había algo perverso, sádico incluso, en su sonrisa ladeada y esos ojos ocultos tras sus gafas oscuras.

—Apuesto a que otros diez mil no te suponen nada… y yo aquí como un idiota intentando salvar la casa de mis padres.

—¿Apuestas?

—Solo es una forma de hablar. Creo que ya he perdido suficiente por hoy. Está bien, ¿Qué tengo que hacer?

—Me gustan las personas que saben perder. Sígueme.

Cuando entraron en el cuarto rojo el chico se quedó de piedra en la puerta e incluso dio un paso atrás. Era tan expresivo, trasparente por completo, no era un buen atributo para un jugador, pero era precisamente lo que más divertía a Lemar. Lo tomó de la mano y tiró de él hacia dentro, y luego cerró la puerta. Le gustaba el miedo en sus ojos, mirando fijamente a las cadenas colgadas del techo, el potro de tortura, le gustaba saber que había doblegado a aquel hombre joven y fuerte. Había sido grosero y maleducado cuando se sentó a la mesa de juego en el casino, seguramente creyó que Lemar no era rival para él. Tan seguro de si mismo, tan chulito… ya no se reía, más bien parecía a punto de echarse a llorar.

Con actitud derrotada, Jota comenzó a desabrocharse la camisa. —No, no — ordenó Lemar —Tú no hagas nada, ¿entendido? Quietecito y obediente…

—Está bien… No debería tener una palabra clave o algo así…

—Para ti no, esta noche, no… —Jota fue a protestar, Lemar levantó un dedo a modo de advertencia, y lo usó para sellar sus labios —Quito, obediente y callado.

Ya no dijo nada más. Se quedó de pie, inmóvil, mientras Lemar comenzaba a desabrocharle la camisa lentamente, hasta dejar su torso descubierto, agitado por la respiración nerviosa. Lo llevó hasta el centro de la sala, donde colgaban unas cadenas con grilletes. Uno a uno encadeno sus brazos de forma que quedaron semi estirados por encima de su cabeza. Lemar cogió una fusta de cuero negro y deslizó la cabeza plana por el torso del joven y su respiración se aceleró aun más.

—Puedes pedirme una cosa, solo una, que quieras vetar.

—No me mates.

Lemar tuvo que reírse — no seas estúpido, no pensaba matarte, sería demasiado difícil deshacerse del cadáver.

—No me… pegues… o sea, sangre no… —añadió nervioso.

Le dio un golpe rápido en los abdominales con la fusta, que apenas dejó la piel algo enrojecida, el chasquido violento, sin embargo, sobresaltó al joven. —Lo ves, no hace daño. Solo es un juguete. —Se acercó hasta que su aliento rozaba su boca —No tengas tanto miedo, relájate, y verás que al final te lo pasaras bien y todo—.Y tras decirlo, pasó la lengua por sus labios para probar su boca. Luego lo agarró con fuerza de la nuca para besarlo con furia, metiendo su lengua hasta el fondo, explorando esa preciosa boca suya. Lo agarró del pelo con fuerza y siguió besando y lamiendo su cara. Podía ver que él contenía un gesto de asco. ¿Qué era lo que había creído? Así que volvió a besarlo una vez más, desabrochándole los pantalones, y colando su mano por su culo. Entonces, se separó del chico y de un tirón le bajó los pantalones y los calzoncillos a los tobillos, dejándolo expuesto. — Elige, ¿ojos o boca?

—¿Cómo? ¿Que… que quiere decir…?

—¿Ojos o boca? — repitió con fastidio. Elige una o te taparé las dos.

—Pero, ¿la que elijo es la que tapas o la que no…?

—¿Ojos o boca? — insistió en un tono impaciente y amenanzante.

—Eh… Ojos…

—Bien — Lemar sonrió. Entonces cogió una mordaza con bola y se acercó a Jota.

—No, espera… —pero antes de que pudiera continuar, se la había colocado en la boca y el joven ya no podía articular palabra.

—Vamos a ver si podemos vestirte con algo más adecuado para la ocasión— Lo siguiente que le puso fue un collar de perro, de cuero grueso y duro, ancho como un cinturón, del que también colgaba una cadena. Le puso también un arnés con clavos metálicos al rededor de los hombros, y un suspensorio, que era apenas unas tiras de cuero, que dejaban su culo completamente expuesto y cubrían solo parte de sus genitales. —Mucho mejor así —. Usó la fusta para recorrer su cuerpo, desde sus espalda, acarició sus piernas con la pieza de cuero, su espalda, se detuvo en su culo, y dejó que la fusta se deslizara entre sus glúteos, separándolos ligeramente, él soltó un gemido apenas perceptible, fue mayor cuando por sorpresa le dio con fuerza con la fusta, y comprobó que el chico empezaba a endurecerse.

Entonces se marchó de la habitación. Debía pasar de las dos de la mañana, era hora de dejar que se agotara un poco. Que deseara verlo regresar. Canturreando, se fue a la cocina a tomar un tentempié.

A Jota se le empezaban a cerrar los ojos. Las manos se le estaban entumeciendo. Quería acabar con esto de una vez, irse a dormir, y comenzar a olvidarlo todo. ¿Dónde se había metido el capullo? No dejaba de preguntarse cómo había acabado así. No era como había imaginado que acabaría su día. Había empezado con tantas esperanzas, estaba decidido a hacer lo que fuese para recuperar el piso de sus padres y que no les tocara pagar una vez más por sus gilipolleces, ya los había hecho aguantar demasiado. Vendió la furgo y la moto, era lo único que le quedaba antes de que se las embargaran también, y con el dinero que consiguió se fue decidido al casino. Era todo o nada, se dijo. El póker se le había dado bien en la Uni, había desplumado así a muchos de sus compañeros, de echo, poco más recordaba haber hecho en sus días universitarios. La suerte siempre había estado de su lado, como una aliada invisible, había sido la suerte la que le había permitido darse la gran vida, abrir el bar, conseguir una hipoteca… tal vez había ido demasiado lejos, ese exceso de confianza le había pasado factura, la suerte lo había abandonada, y esa era la noche que tocaba fondo. Pero lo que más le jodía, sin duda, era que se le había puesto morcillona cuando el capullo le había azotado con la fusta. ¿Por qué su polla no podía comportarse y no dejarlo en evidencia?

El capullo tardó aun un rato en volver. Se había cambiado, venía vestido de negro, con una camiseta y un pantalón que parecía de algodón. Se le veía cómodo, al contrario que Jota. Le costaba respirar bien con la bola en la boca, y comenzaba a tiritar de frio. El tipo, con su eterna sonrisita inacabada, trajo una cadena con un gancho que abrochó al aro del collar que llevaba al cuello. Enganchó al otro extremo de la cadena una especie de banco de trabajo. Luego le soltó las manos, fue un alivio poder bajarlas al fin, pero fue solo un alivio momentáneo, porque volvió a atárselas a la espalda. Luego desde el banco fue enroscando la cadena atada a su cuello con una manivela giratoria, obligándolo a acercarse a la mesa de madera. En seguida supo lo que pretendía, y Jota intentó resistirse, pero la cadena tiraba y sin manos con las que defenderse, no le quedó más remedio que ir cediendo, su cadera chocó contra el borde de la mesa, y él siguió tirando, Jota quiso detenerlo, aunque le dolieran las cervicales, pero no hubo forma, su cabeza fue inclinándose contra su voluntad hasta dejarlo recostado sobre la mesa, la cabeza inmovilizada, los brazos a la espalda, y su culo abierto y ofreciéndose sin remedio. No le gustaba sentirse tan vulnerable, se reveló como pudo contra sus cadenas a pesar de saber que era inútil, quiso gritar, quiso escapar, pero lo único que consiguió fue agotarse.

—¡Sssh! Quieto, se un buen chico, o tendré que castigarte… — la amenaza consiguió justo lo contrario, y Jota siguió intentado zafarse, y entonces ¡zas! La fusta lo azotó con fuerza en los glúteos. Jota, soltó un grito gutural, y cerró los ojos conteniendo el dolor —¿Vas a estarte quieto, puta, o tengo que azotarte otra vez? —y ¡Zas! otro azote. Al tercero Jota se quedó quieto, la respiración agitada, las babas que escapaban a la maldita bola, temblaba de rabia, pero no quería un cuarto golpe. —Así… mucho mejor. Veo que nos vamos entendiendo.

Ya no podía ver al capullo. Lo escuchaba moverse por la habitación, le llegaban sonidos metálicos indescifrables que le recordaban a las visitas al dentista, intentó imaginar que solo era eso, una visita desagradable al médico. Algo frío y húmedo comenzó a chorrearle entre las piernas, ¿era agua? La vertía en su raja, y sus dedos acompañaban ¿lo estaba lavando? Comenzó a temblar por el frio. Lo siguiente que notó fueron sus manos abriendo su culo, y entonces… ¡joder! Le estaba lamiendo el ano, escuchaba el sonido de su boca, la lengua traspasándolo, cada vez más profunda, y a pesar de que no quería, la sensación le estaba produciendo un placer novedoso, extraordinario. ¡Joder! Se estaba poniendo duro mientras su boca seguía devorando su orificio con insistencia, unas veces con delicadeza, rodeando su agujero, otras con voracidad… ¡joder! Quiso evitar gemir del gusto, pero era tarde, su cuerpo iba por libre. Entonces algo penetro su entrada, algo no muy grande, suave, que estaba templado, era un objeto, eso podía adivinarlo por la textura, y porque alcanzaba a ver al tipo que seguía de cuclillas a su espalda. Entró y salió varias veces, le dolía, aunque no demasiado, y se deslizaba con suavidad dentro y fuera. Y entonces, un clic, y aquello comenzó a vibrar. ¡Joder! El gemido que se le escapó fue más largo, ¡joder! Eso se sentía muy bien, de una forma que no conseguía explicar, estaba removiendo algo dentro de él que había acabado por endurecerlo del todo. La cabeza le daba vueltas, por la sobre oxigenación, el cansancio, el alcohol, pero sobre todo porque notaba como el orgasmo comenzaba a amenazar. Intentaba controlarse, no quería darle al capullo la satisfacción de correrse. Pero justo cuando creía que podía dominarse, la boca del capullo envolvió su polla dura y comenzó chuparla con dedicación, engulléndola hasta el fondo. Esa boca haciéndole una mamada espectacular, y la vibración en sus entrañas lo fueron envolviendo todo, dominando su voluntad por completo. Se iba a correr, no podía evitarlo. Con apenas capacidad para moverse, ahora también él se contorneaba en busca de ese orgasmo que acechaba en sus genitales, que calentaba su pelvis, y lo tenía poseído. Y así acelerando hasta que estalló, el orgasmo recorriendo su piel desbocado, volviéndose chorros de líquido que salía expulsado de su cuerpo, mientras bufaba y gruñía como podía con el bozal que lo amordazaba.

El chico se estaba portando bien. Se había corrido en abundancia en su boca, y Lemar se relamía de placer. Lo supo en cuanto lo vio, que le gustaba la caña. Lemar estaba muy excitado, y notar su cuerpo doblegándose al placer lo había dejado completamente duro. Ahora de pie a su espalda, comenzó a acariciarlo, su torso, sus piernas, ya no se resistía, recostado sobre la mesa, aún atado y con la respiración acelerada, permanecía quieto, aguardando, sumiso. Le indicó con las manos que abriera más las piernas, y él obedeció.

—Sé que te di a elegir, pero he cambiado de opinión… — le dijo, casi en un susurro, antes de taparle los ojos con un pañuelo negro. La respiración de Jota se agitó cuando se vio ciego y mudo, pero no se resistió y Lemar casi lo lamentó. Qué él no pudiera ver ni hablar le daba una nueva libertad a Lemar, se sentía poderoso. Lo deseaba mucho, le gustaba su cuerpo joven, fuerte… le gustaba tocarlo, acariciarlo… —Así muy bien, puta… —. Se bajó los pantalones y su polla, completamente dura, apuntaba con descaro a su entrada —… si… delicioso… —. Le dio con la fusta en la espalda, una y otra vez, — así… quieto, puta… —. Manoseó también la polla del chico que comenzaba a endurecerse otra vez y dejó caer un escupitajo que también restregó entre sus glúteos—. Te gusta ¿verdad?… que zorra eres… como te gusta… —. La fusta volvió a golpear su piel que comenzaba a enrojecerse al tiempo que su polla comenzaba a penetrarlo — oh, si… que estrecho estás… —. Las palabras se convirtieron en murmullos guturales mientras el ritmo de las embestidas se aceleraban. También Jota gemía con fuerza, soportando el dolor que seguramente sentía y ya no había nada más en esa habitación que Lemar entregado a su propio placer, entrando y saliendo de esa agujero glorioso sin dejar de golpearlo con la fusta una y otra vez. Le agarró del pelo con fuerza, tiró de su cabeza hacia arriba llevando al límite la tensión de su cuerpo atado, y la visión de aquel chico joven, amordazado y preso entre sus garras cumplió su función y Lemar se entregó al orgasmo con un gemido largo y agudo, embistiendo hasta el final mientras disfrutaba hasta el último chorro entregado, una corrida apoteósica y desgarradora que cautivó cada poro de su piel.

Después de follárselo le sobrevino la culpa, la vergüenza… el arrepentimiento. Huyó de la sala, dejando que Fermín se ocupara del chico. A solas en su habitación lo imaginó desatado, lo imaginó duchándose en el cuarto de invitados. Fermín se ocuparía bien de él. Su dinero estaba preparado, podía hacer ya lo que quisiera, pasar la noche en una de sus habitaciones o marcharse. En ese momento prefería no verlo, no enfrentarse a él.

Sin embargo, por la mañana, su sentir era otro. El chico se había ido por la noche, y le dolió que lo hubiese hecho. Lo echó en falta, lo quería de vuelta. Una parte de él se había quedado prendada de aquel joven rebelde, y la idea de que él lo rechazaría era dolorosa. Le gustaría que fuera suyo, que lo amara, si lo hiciera, pensó, lo amaría también. Lo amaría de verdad, del todo, para siempre. Le daría todo lo que quisiera, haría lo que fuese para hacerlo feliz. Pero sabía que no ocurriría. Jamás lo amaría un hombre como Jota, al contrario, se mofaría de él, lo miraría con desprecio, incluso con asco… Y pasó de amarlo a odiarlo en tan solo unos instantes. No, se dijo, no le dejaría. Él tenía el poder ahora, su dinero se lo permitía, y los chicos como Jota no volverían a burlarse de él. Se lo haría pagar… sí, ahora le tocaba a él jugar sus cartas. Era todo o nada, y Lemar había decidido tenerlo todo.

—Corvella —su gestor contestó al teléfono al instante, todos respondían al instante a su llamada, él tenía el control. —Vamos a hacer nuestra buena acción del día. Hay un joven, se llama Joaquín, ahora te paso una copia de su documento de identidad. Tiene unas deudas, una hipoteca, un bar y no sé que más. Averigua lo que debe y a quien y cómpralo… No, no quiero que las saldes, compra su deuda, que su deuda sea con nosotros. Le haremos un nuevo plan de pago.

Tras colgar Lemar sonrió. Si, Jota sería suyo. Si no lo amaba, le enseñaría a hacerlo.

Un relato de Laurent Kosta

LEE LA SEGUNDA PARTE DE ESTE RELATO: TODO O NADA (Parte 2) – LAURENT KOSTA (laurent-kosta.com)

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11 comentarios sobre “TODO O NADA

      1. Noooo, no nos puedes dejar así. Soy cotilla por naturaleza, quiero saber.
        Ojalá cambies de opinión y hagas una segunda parte.
        Gracias Laurent

        Me gusta

  1. Me ha encantado, como siempre!! Espero leer pronto una segunda parte, o incluso una tercera, de esta historia gggg. Qué pasa con Lemar y ese miedo a q se rían de él? Y Jota, por qué lo ha perdido todo? Queda por saber con qué sensaciones se fue realmente… Imagino q muy confundido pero la cosa promete…

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