CINCO MESES

(ESTE RELATO ES LA CONTINUACION DE “CINCO SEMANAS” SI NO LO HAS LEIDO, LO ENCUENTRAS EN ESTE LINK: https://laurent-kosta.com/2019/01/18/cinco-semanas/)

Sam recibió una oferta inesperada. La agente de Erik Winter se puso en contacto con él, y viajó hasta el sur de España para hablar personalmente con el enfermero. Se vieron en la cafetería del hotel NH a las nueve en punto de la mañana. La mujer era muy eficiente. Pidió un agua con gas y unas zanahorias cortadas para desayunar sin mirar el menú, y no esperó para dejar caer su oferta.

Erik—Erik quiere que le acompañes en su gira mundial. Tiene una oferta muy generosa para ti —dijo mientras sacaba de su archivador de cuero una hoja con la oferta económica que, efectivamente, era escandalosamente generosa —y me he tomado la libertad de hablar con el director de tu centro para que te garanticen que puedas reincorporarte a tu trabajo después de la gira. Si es que te sigue interesando… la gira dura unos diez meses aproximadamente, aunque el contrato sería por un año… —la mujer seguía hablando aceleradamente como si Sam ya hubiese comprendido de que narices estaba hablando, así que no le quedó más remedio que interrumpirla.

—Espera, perdona… ¿para qué quiere que lo acompañe…?

A la agente pareció sorprenderle su pregunta un momento, como si esperase que él ya estuviese al tanto. Pero entonces rectificó y con una amable sonrisa, se tomó un poco de tiempo para explicarse —Verás, en las giras hay mucha locura… mucha fiesta… muchas tentaciones, ya sabes… —No, Sam no sabía nada de ese mundo, pero se limitó a escuchar. — En fin, Erik tiene miedo de volver a recaer en sus viejos hábitos y necesita que alguien le supervise un poco, ya sabes, ayudarle a que se controle. Y… al parecer tú eres la persona adecuada.

—¿Quiere que haga de niñera? Soy enfermero, no soy una niñera…

—Por supuesto, no se trata de eso… y, ya has visto la oferta… eso sin contar que vas a irte de gira por todo el mundo con todos los gastos pagados…

—Y ¿Qué autoridad voy a tener yo para obligar a Erik Winter a irse a la cama en vez de salir de fiesta? ¿De verdad crees que mi presencia allí va a evitar que haga lo que le da la gana? Es una estrella de rock…

Ella hizo un leve gesto de irritación, tal vez porque se daba cuenta de que le iba a costar más de lo esperado convencer al enfermero, o tal vez, porque el tema de la conversación la irritaba. Tomó aliento antes de seguir con su discurso —Mira, Sam, voy a ser sincera contigo. Esto no es solo cosa de Erik, también es una exigencia del grupo, incluso de la discográfica. Pero sobre todo los chicos de la banda. La tensión entre ellos se podría cortar con un cuchillo… ni siquiera se hablan. Si Erik la caga otra vez, el grupo se va a ir a la mierda. No están dispuestos a aguantar otra gira como la anterior. Erik confía en ti. Cree que eres la persona que puede mantenerlo alejado de las drogas. Me consta que se lo está tomando muy en serio… dice que conectasteis bien en la clínica, que tú sabes cómo manejarlo… Sam, Erik te necesita.

 

Primer mes

 

Tardó una semana en aceptar la oferta. No es que no fuera tentadora, de hecho, ninguno de sus colegas y familiares comprendían sus dudas. Irse de gira por todo el mundo con una de las bandas de moda, viajando en primera, en hoteles de lujo y con todos los gastos pagados, además de que le pagaran casi el doble de lo que ganaba en un año en la clínica, era un chollo y era la envidia de todos sus compañeros en la clínica. Sin embargo, Sam se lo había tenido que pensar.

Había tardado solo cinco semanas en enamorarse de ese capullo, y aun no conseguía olvidarlo del todo. Cada vez que veía una foto suya en alguna parte el estómago le daba un vuelco recordando lo cerca que había tenido los labios de Erik de los suyos. A veces se arrepentía de haberlo rechazado, aunque también sabía por qué lo había hecho. Para Erik era solo un juego, una broma que había llevado demasiado lejos. Había fantaseado con la idea de que Erik lo llamase un día, le confesara que no podía dejar de pensar en él… pero no había vuelto a saber del músico, ni siquiera para invitarle a un concierto como le había prometido. La idea de pasar diez meses a su lado sería una tortura.

Por otro lado, Erik lo necesitaba. Sam le había ofrecido su ayuda, “aquí estoy si me necesitas…” siempre hay un vínculo de confianza entre enfermero y paciente. Necesitaba ayuda, y había ido a buscarle, no podía negarse. Se convenció de que podía mantener la cabeza fría, después de todo, ese era su trabajo: controlar las adicciones, domar los deseos. Aunque, si lo iba a hacer, debía dejar muy claras las condiciones de su relación.

—¡Eeeh…! mi enfermero favorito. Bienvenido…—Erik lo recibió con una enorme sonrisa en cuanto lo vio en la recepción del hotel en San Francisco donde Sam se unió a la gira que ya estaba en marcha. Esa sonrisa de autosuficiencia tan propia de él, con sus andares chulescos de quien se siente que está por encima del resto. De golpe recordó por qué lo había odiado tanto cuando se conocieron.

—Vale, vamos a dejar las cosas claras, Erik, no he venido para aguantar tus bromas ni tus insinuaciones, me has contratado para hacer mi trabajo y es lo que voy a hacer. ¿Entendido? No pienso estar aquí solo como tu coartada. Si no sigues mis consejos y no cumples con el programa, me marcharé.

La sonrisa y la pose se le cortaron de golpe y fueron sustituidos por un gesto de mosqueo —Hola Sam, yo también me alegro de verte… —dijo con exagerado sarcasmo. —¿Esta es tu estrategia de bienvenida? Ya habíamos superado esta parte ¿recuerdas?

—No finjas que somos colegas, hace seis meses que no sé nada de ti…

—Oh, vaya, estás cabreado porque no te he llamado…

—¿Qué?, no ¡qué dices…! — se estaba poniendo nervioso y se odiaba por ello. El muy capullo siempre conseguía descolocarlo, pensó Sam —No te va a funcionar ¿vale? Conozco muy bien tus jueguecitos, vas por ahí sabiéndote tan guapo y con tus aires de estrella, y crees que puedes manipularnos a todos… pero yo ya soy inmune a tus tonterías, he venido a hacer un trabajo y es lo único que pienso hacer.

Erik lo miró con gesto irritado, o tal vez cansado, soltó un suspiro largo antes de hablarle con suavidad —Vale, Sam, como tu digas… te agradezco que aceptaras. Y relájate un poco, fui yo quien te llamó para hacer esto ¿recuerdas? —y tras decir eso, se dio media vuelta y se dirigió hacia los ascensores cabizbajo. Por un momento Sam se sintió mal por haber sido tan duro, tal vez era cierto que debía relajarse… pero justo antes de desaparecer de su vista, Erik se giró, lo miró una vez más con su sonrisa de niño travieso, y anunció en voz alta a todo el que pudiese oírlo en la recepción —Así que te parezco guapo ¿eh?

Era odioso.

 

 

Segundo mes

 

Llevaban algo más de un mes de gira y ya no lo aguantaba más. Aquellas primeras semanas habían sido un pulso continuo entre Erik y Sam: para que no se fuese de fiesta después de los conciertos, para que durmiera suficientes horas, para que hiciera deporte y comiera sano, incluso, que comiera simplemente, pues el cantante en ocasiones conseguía rozar la anorexia y no parecía necesitar ningún sustento vital para seguir adelante. Pero sobre todo estaba harto del pulso entre Erik y el resto de su banda que aprovechaban cada ocasión que surgía para lanzarle a su cantante algún comentario acido cargado de rencor que solía acabar en una bronca abierta entre alguno o todos los miembros de la banda. Eran como un matrimonio a punto de separarse que seguían juntos solo porque ninguno estaba dispuesto a ceder la casa. A Sam no dejaba de impresionarle la capacidad que tenían los músicos para después subir al escenario y transmitir buen rollo al público, como si no se estuviesen arrancando los ojos detrás. Había demasiado rencor acumulado después de la anterior gira, en la que un cantante adicto había abusado de la paciencia de sus compañeros. Por lo que había ido averiguando Erik se había pasado un año llegando tarde a los conciertos completamente colocado, montando fiestas en los hoteles que muchas veces acababan en broncas de madrugada, se había peleado con los periodistas o había desaparecido durante días porque estaba de fiesta o pasaba la noche inconsciente en privados de discoteca o la casa de algún desconocido. Puede que estuviese rehabilitado y decidido a enmendarse, pero que volvieran a confiar en él iba a costar trabajo.

No todo era malo, pues, a nivel personal, Sam estaba disfrutando del viaje. Estaba fascinado por tener acceso libre y en primera fila del funcionamiento de la gira, y además estaba dando la vuelta al mundo. Habían empezado la tour por Estados Unidos, tenía suficiente tiempo libre para visitar las ciudades por las que viajaban, y al menos se había ganado la simpatía del resto del equipo.

Al principio no le habían prestado mucha atención, lo trataban como uno más de los caprichos de Erik, pero ya desde la primera semana, cuando empezó a imponer sus reglas sobre la estrella díscola, comenzaron a verle como un aliado. —Me cae bien este tío — había anunciado Steeve el día que Sam obligó a Erik a sentarse a la mesa.

—Tu aún no puedes irte, no has tocado tu plato. —Le había dicho Sam con rotundidad cuando el cantante se disponía a marcharse con el resto de la banda dejando un plato de carne con verduras intacto.

—No tengo hambre… me tomo algo luego…

—Una cerveza ¿verdad? Y luego otra, porque, total no has comido nada, y así sustituimos una comida con alcohol como sueles hacer ¿verdad? Erik, tu desorden alimenticio tiene mucho que ver con tu adicción, y como yo me ocupo de tu salud, voy a asegurarme de que comas tres veces al día. Es parte del programa, lo sabes, así que siéntate, y come.

Tras un breve y tenso silencio en el que músicos y enfermero permanecieron inmóviles a la espera de qué haría la engreída estrella de rock, Erik obedeció y volvió a sentarse. Lo que provocó la risa incrédula del resto de los componentes de la banda. —Eso Erik, haz caso a mamá.

Claro que luego tuvo que estropearlo, y cuando Sam se sentía pletórico con su triunfo, le soltó uno de sus comentarios para ridiculizarle —¡Se me pone dura cuando te pones mandón, enfermero…!

En ocasiones, sin embargo, sentía cierta lastima por Erik, pues eran tres contra uno, aunque lo cierto era que el cantante no hacía mucho esfuerzo por suavizar la tensión. Daba la impresión de que todo le daba igual y conseguía con facilidad sacar a todo el mundo de sus casillas.

Aquella mañana cuando fue a buscarlo para ir a nadar quien le abrió la puerta de la habitación fue una pelirroja de melena corta y rizada que llevaba puesta una camiseta del grupo y reía sin parar. No le sorprendió, era habitual encontrarlo con alguna mujer en la cama.

—Erik, un chico rubio y muy guapo te busca…— anunció la pelirroja entre risas coquetas.

—Pregúntale si quiere hacer un trío… —bromeó el músico sin levantarse de la cama, pero dejó la broma cuando vio el gesto serio del enfermero— lo siento guapa, me parece que vamos a tener que dejarlo por hoy, Sam se toma su trabajo muy en serio… ¿No es verdad, Sam? —odiaba que le utilizara para librarse de sus ligues. Como de costumbre la chica protestó, pero al final se vistió y se despidió del cantante con un largo beso, mientras este seguía desnudo en la cama, tapado apenas con una sábana, y sin que le importara en absoluto que Sam estuviese allí de pie esperándolo todo ese tiempo.

Cuando al fin quedaron los dos solos Sam le habló —Vamos, ponte el bañador, no nos queda mucho tiempo, tienes una entrevista a las once…

—No prefieres que nos quedemos aquí un ratito… —comenzó a decir Erik poniendo su voz más sexy —¿dicen que el sexo es un buen ejercicio…?

Y Sam pensó que ya había aguantado suficiente. —¿Sabes? No puedes hacer eso, Erik, no está bien, trabajo para ti, tengo que venir a tu habitación cada mañana porque es mi trabajo, pero que me hayas contratado no te da derecho a tratarme de esta forma.

—Solo es una broma…

—Pues no tiene ninguna gracia, trabajo para ti, pero no soy tu payaso personal, tengo una titulación ¿sabes? Y un máster en nutrición y psicología, deberías tratarme con respeto.

Erik pareció sorprendido —perdona, Sam, creía que nos entendíamos… ya sabes, en la clínica…

—En la clínica era diferente, yo tenía otros pacientes y tenía un horario de trabajo, luego me iba a casa y podía olvidarme de ti. Pero aquí, mi vida gira alrededor tuyo, día y noche, no tengo a otro sitio al que ir, y no puedes hacerme sentir incómodo cada vez que entro en tu habitación o intento hacer mi trabajo.

Erik permaneció en silencio mirando al enfermero serio, como un crio al que han pillado copiando en un examen o saltándose una clase. —Lo siento, Sam— dijo sin un ápice de sarcasmo —no me había dado cuenta de que te molestaba, yo… lo siento… no… no quería incomodarte…

—Está bien. Solo vístete… te espero fuera.

—Vale… —el enfermero le dio la espalda para salir de la habitación, pero antes de salir, Erik le habló de nuevo —Sam. Si que te respeto… yo… me parece que haces muy bien tu trabajo… Perdona, de verdad. No lo volveré a hacer… ¿vale? Lo siento…

Y cuando se ponía así Sam no podía seguir odiándolo, pues Erik era efectivamente un niño perdido, que no sabía bien lo que se esperaba de él y porque estaba claro que necesitaba ayuda, y no parecía haber nadie más dispuesto a ofrecérsela.

—Anda, vístete y vamos a nadar.

 

Tercer mes

 

Desde el día de la piscina, las cosas habían mejorado mucho. Tal y como había prometido, Erik no había vuelto a hacerle ninguna insinuación, los juegos se habían acabado, y también el pulso por la autoridad. Ahora se limitaba a seguir las instrucciones de Sam. Hacía su trabajo, seguía los horarios, y Sam se aseguraba de que se mantuviese alejado de tentaciones y desmadres que pudiesen conducirlo de vuelta a la vida caótica y destructiva que había llevado los años previos. Esto a su vez había hecho que las tensiones en el grupo se suavizaran. Saber que podían contar con él, que no les dejaría en la estacada, había tranquilizado a sus compañeros de viaje. Si aún no se fiaban de él, al menos confiaban en que Sam se aseguraría de que no les fallara. El clima de distensión empezaba a dar lugar a conversaciones más calmadas, menos hirientes y un ambiente más cordial entre todo el equipo, y a ratos volvían a ser lo que habían sido siempre, un grupo de amigos que habían conseguido triunfar con su música.

Erik, sin embargo, parecía aburrido, las largas horas de espera entre conciertos, los interminables viajes en autobús, idas y venidas a aeropuertos y las entrevistas parecía hacer mella en su estado de ánimo. El joven humorista que se burlaba de todo había desaparecido, y Sam temía que estuviera cayendo en una depresión, algo muy común en los adictos.

Aquella tarde, sin embargo, Erik parecía inquieto.  No dejaba de dar vueltas por el vestíbulo, atosigando su teléfono móvil. Más tarde en el estadio, la inquietud continuaba, los paseos por el pasillo, la actitud distraída, las botellas de agua que abría y dejaba olvidadas.

—No vas a contarme qué pasa—inquirió Sam.

—Nada, va todo bien.

—Venga, no has parado de mirar tu teléfono desde hacer horas. ¿Qué te inquieta?

El músico se acercó un poco y le habló en tono privado —Es por mi hermano. Dijo que vendría… está saliendo con una chica que quería conocerme, ya sabes… así que van a pasarse, le dije que viniera antes del concierto…

—Eso es genial…— Conocía la historia de Erik y su hermano pequeño. Sabía que en la clínica le había pedido perdón, y su hermano había estado allí, le había perdonado, pero no habían vuelto a hablar desde entonces. Sabía también lo importante que era para Erik recuperar a su hermano, y entendía porque estaba tan inquieto— es una buena noticia…

—Si, bueno… hace un año que sale con ella y no le había hablado de mí…

—¿Y eso…? — entonces lo recordó, Erik se había acostado con una antigua novia de su hermano estando borracho— no se fía de ti… pero te está dando otra oportunidad.

—Me pregunto si es por mí, o es que la está poniendo a prueba a ella…

—Y tú ¿Cuándo te vas a dar otra oportunidad? —Erik lo miró intrigado— ¿No piensas salir con nadie más de una noche?

—Estuve casado ¿recuerdas?

—Solo cinco meses… —Erik había tenido un idilio fugaz con una famosa actriz, se habían casado cuando apenas se conocían y se habían divorciado a los pocos meses, lo que dio de comer a la prensa durante mucho más tiempo de lo que duró el romance —¿Por qué rompisteis tan pronto?

—Se acostó con el director de su película… —dijo con un sarcasmo herido — y luego quiso convencerme de que era culpa mía… —y se quedó un rato pensando antes de confesar —siempre pensé que era demasiado buena para mí… supongo que era verdad…

—Así que ¿ya no te fías de las mujeres?

—Creo que más bien no me fio de mi criterio… — Volvía a mirar su teléfono — ¡Joder! se están retrasando mucho… tenía pensado darle una vuelta por el estadio ¿sabes? Enseñarle todo esto… pero… no sé si me dará tiempo…

—Si quieres puedo darles una vuelta yo, y puedes invitarlos a cenar después del concierto.

—Si, eso está guay… —Erik se quedó un instante mirándolo fijamente —No quiero cagarla, Sam.

—No vas a cagarla. Lo estás haciendo muy bien, Erik, estoy muy orgulloso de ti…

Una sonrisa iluminó su rostro —¿Estás orgulloso de mi? ¿en serio? —Y en ese momento, sus ojos quedaron enganchados en alguna especie de conexión metafísica. Sam notó en seguida cómo se le cortaba la respiración y todos sus órganos vitales se ponían en huelga causándole un parón funcional. Fue solo un momento breve, que enseguida se vio interrumpido por un mensaje en el móvil de Erik —es él, han aparcado, viene hacia aquí. —Y mientras el cantante se alejaba ilusionado para encontrarse con su hermano y su novia, Sam se quedó atrás intentando recuperarse, asustado y asombrado a la vez de comprobar hasta qué punto podía perder los papeles por la estrella de rock como una más de sus fans.

Cuando los vio juntos luego, notó que Erik se esforzaba en exceso por agradarlo, y que su hermano, Lucas, aún no bajaba la guardia, pero al menos había venido.

—Este es Sam…— Erik los presentó, y pereció dudar un instante sobre como explicar la función que el enfermero cumplía en su vida.

—Soy un amigo de Erik —se adelantó Sam, para salvar el escollo, y Erik pareció satisfecho. Mientras la banda se preparaba para el concierto, Sam les mostraba todo aquello que a él mismo le había llamado la atención cuando acababa de llegar, y la novia de Lucas estaba tan asombrada como lo había estado él no hace tanto. Después de todo estar en el backstage con un grupo de rock famoso era emocionante y a estas aturas Sam ya había acumulado bastantes anécdotas curiosas como para entretener a los visitantes.

Al terminar el concierto, Lucas parecía más relajado, su novia lo estaba pasando genial, y Erik se esforzaba por agradarles, todo iba bien y el cantante estaba contento. Cuando se disponían a salir a cenar, Erik le preguntó —¿Te vienes, Sam?

—No, salir vosotros, yo me voy a descansar un poco… — y por un instante le dio la impresión de que parecía decepcionado.

—Si, claro…

—No vuelvas tarde…

—Si, ya lo sé… — dijo con tono cansino.

Y le gustó ver que los dos hermanos salían del recinto bromeando y riendo juntos.

 

 

Cuarto mes

 

Erik irrumpió en su habitación como hacía habitualmente cada vez que algo le rondaba la cabeza, y sin molestarse en preguntar si era un buen momento o no. Sam acababa de ducharse y solo alcanzó a enrollarse una toalla a la cadera cuando el músico empezó a dar vueltas por la habitación inquieto e intentando dar coherencia a sus pensamientos que salían en frases sin sentido.

—…Mi hermano… que es gilipollas…

—¿Por qué os habéis enfadado esta vez?

—Por mis padres…— intentaba explicar, —siempre es por mis padres… haga lo que haga siempre acaban metiéndose en medio… estoy harto de que siempre lo jodan todo… y encima parece que el malo soy yo…

—¿Qué es lo que ha pasado con tus padres?

—…necesitan dinero para no sé qué mierda de negocio que quieren montar…

—Y tú no quieres dárselo.

—Sé muy bien donde va a acabar el dinero. Pero mi hermano es un gilipollas y quiere darles una enésima oportunidad de redimirse…. No es el dinero ¿sabes? No me importa, no es tanto dinero. Pero ya hemos estado aquí demasiadas veces, sé lo que pasará, sé que es todo mentira, y me jode que estén usando a mi hermano… ahora que nos estamos llevando bien… porque saben que yo no se los voy a dar…

—¿Y le has explicado eso a tu hermano, o has pasado directamente a la parte en la que empiezas a gritarle y llamarle gilipollas?

—Lo he intentado, pero no me escucha…

Y volvía a surgir el tema de los padres alcohólicos de Erik. Sam había intentado hablar sobre eso muchas veces, pero Erik siempre se mostraba muy esquivo.

— …crecimos en una casa que estaba llena de botellas vacías de cerveza y whisky, que se acumulaban en el fregadero de la cocina o en la bañera, junto con los platos sucios y la mierda que nadie se molestaba en limpiar… No van a cambiar, Sam… pero mi hermano sigue creyendo que cambiarán… sigue perdonándoselo todo…

—Bueno, te ha perdonado a ti…

—No es lo mismo… ¿sabes? me pregunto si yo hubiese sido diferente de haber tenido otros padres…

—Oh, vaya… ¿Es culpa de tus padres?

—No fueron precisamente un buen ejemplo… ¿no crees?

—Que yo sepa tu hermano creció en la misma casa, además tiene un hermano yonqui, pero no veo que él se esté metiendo nada por la vena…

— Joder, ese es un golpe bajo, tío…

—Deja de culpar al resto del mundo por tus errores. “Son las fiestas”, “son los groupies, los promotores”, “Es por tu exmujer…”, “es por tus padres…” nunca es por tu culpa —Erik lo miraba sin dar crédito — Eres tú el que toma las decisiones, tienes todo lo que deseabas, tienes una carrera musical envidiable, tienes talento, tienes pasta, ¿Qué más se puede pedir? nadie te ha obligado a hacer las cosas que haces ¿Cuándo vas a responsabilizarte de tus actos, Erik?

—Ya, así que todo es culpa mía… ¡No te jode!

—No, el cambio climático no es culpa tuya…  y la recesión económica tampoco…

Erik lo miró confundido un instante, hasta darse cuenta de que bromeaba y entonces empezó a reírse. Se dejó caer sobre la cama, y allí sentado al fin se calmó.

—Así que debería darles la pasta…

—No lo sé Erik, pero no puedes culpar a tu hermano por tener esperanza. Es un buen chico, tiene un buen corazón, quizás necesita tener fe…

—Tienes razón…

—Habla con él, cuéntale lo que piensas, sin enfadarte, pero, sobre todo, escúchale.

Erik suspiró profundamente —Como siempre, tienes razón… que haría yo sin ti, Sam. — Y en ese momento, sus ojos volvieron a quedar enganchados en un silencio que pareció más largo de lo que fue en realidad. Y como si acabara de percatarse de que estaba desnudo, Erik le hizo un repaso —¿Te he pillado en mal momento? — preguntó con cierta malicia, y Sam cogió un cojín y se lo puso encima antes de que su polla lo dejara en evidencia, lo que no pasó inadvertido al cantante, que dejó escapar una sonrisa divertida.

—No digas una palabra…— amenazó un Sam horrorizado con la facilidad con la que quedaban en evidencia sus sentimientos hacia la estrella de rock.

—No he dicho nada… lo he pensado, pero no he dicho nada…

—¡Fuera de mi cuarto!

Erik se dirigió hacia la puerta sin poder evitar reírse —vale, vale, me voy… —pero justo antes de salir de la habitación se giró hacia el enfermero con su sonrisa de chico malo —pero si cambias de opinión…

Antes de que terminara la frase, Sam le lanzó el cojín —¡Fuera! —le gritó, y el cantante se marchó llevándose su risotada odiosa.

 

Quinto mes

 

En su intento desesperado por alejar a Erik de su cabeza, Sam había acabado enrollándose con Ben, uno de los asistentes de promoción de la discográfica que solía acompañarlos de vez en cuando. No es que estuviese enamorado ni nada, pero le ayudaba a distraerse y, joder, llevaba demasiado tiempo sin sexo. Parecía un buen arreglo, hasta que Erik apareció en su habitación una noche hecho un energúmeno y empezó a gritarle.

—¿Ben? ¿En serio? ¿Te estás acostando con el gilipollas de Ben Sounders?

—No es asunto tuyo con quien me acueste…

—¿Qué no es asunto mío? Trabajas para mí, el puto Ben trabaja para mi… ¿no es asunto mío?

—Es mi vida privada, no tienes derecho a entrometerte…

—Es que no lo entiendo, Sam, te juro que no lo entiendo… estoy intentando entenderlo, pero te juro que no lo entiendo… El puto Ben Sounders… con su puta corbata y su traje de oficinista aburrido ¿es eso lo que te va?

—Perdón, no me interesa tu opinión sobre Ben…

— Sam, ayúdame a entenderlo… sé que te gusto, todo el mundo se ha dado cuenta, mi hermano incluso pensó que teníamos algo cuando te conoció, y ya sé que no tienes un concepto muy alto de mí, pero, joder, podrías habernos dado una oportunidad, al menos, en vez de ir y liarte con el gilipollas de Ben…. ¿Qué es lo que te parece tan horrible de mí?

—¿Qué? Nada… esto no es por ti…. —mintió completamente confundido con la deriva que tomaba la conversación.

—He intentado hacer las cosas a tu manera… pero, joder… ¿Qué es lo que hago tan mal…?

Y al fin Sam le dio una respuesta, aunque él tampoco entendía ya qué estaba pasando. —Pero… eres… Eres heterosexual…

Erik dejó de gritar y se quedó mirándolo fijamente como si acabara de descifrar un gran misterio. —No Sam, no soy heterosexual… —dijo recuperando la calma — No soy gay, pero desde luego no soy hetero.

—Pero… llevo cinco meses aquí y no te he visto nunca con un tío…

—Eso es porque estás tú… no sé, me parecía de mal gusto…

—Y no te parecía de mal gusto liarte con todas las mujeres del mundo…

—Bueno, tampoco es que sea un santo… sobre todo cuando la única persona que me interesa no hace más que dejarme claro que le parezco un imbécil inmaduro y egoísta…

—Yo no pienso eso de ti… es que no quería que te burlaras de mi…

—¿Burlarme? Joder, Sam… ¿En serio no te has dado cuenta? Me tienes muy pillado…

—¿Yo? —consiguió preguntar apenas en un hilo de voz.

Y Erik dejó escapar una sonrisa comprendiendo que tal vez no estaba todo perdido —Si, tú, Sam. A mí también me sorprendió al principio, no eres mi tipo, ya sabes, juerguista y alcohólico. Pero… eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo…

—Oh, dios mío…— suspiró Sam, mientras los dos volvían a mirarse fijamente como si lo hicieran por primera vez.

—Entonces ¿qué? ¿tengo que despedir a Ben? Porque te juro que tengo unas ganas de matarlo…

Sam dejó escapar una risa nerviosa, que liberaba quizá toda la confusión que había llevado a cuestas durante demasiado tiempo. Se acercó lentamente hasta donde estaba el tío más sexy y alucinante que había conocido nunca —no hace falta que mates a nadie —dijo, con los labios acercándose peligrosamente hacia los suyos — aunque te advierto que en cuanto te bese me volveré loco… y tal vez tengas que despedirme…

—Ya hablaremos de eso luego…

—¿Luego?

—Ahora necesito besarte… — y sus labios al fin se unieron, y el contacto con esos labios suaves, sensuales, que se había imaginado besando tantas noches, despertó una oleada violenta de electricidad que le recorrió el cuerpo. La calidez de los labios dejó paso a sus lenguas que se abrieron paso despacio, y el sabor húmedo de su boca le invadió en un beso perfecto.

Pero la ternura duró poco, pues en el siguiente instante, y casi al unísono, los dos se lanzaron a desvestirse mutuamente como poseídos por una locura pasajera. Dando tumbos con torpeza por la habitación intentaban arrancarse la ropa. Se dejaron caer sobre la cama, pero la ansiedad acumulada no los dejó quietos allí tampoco, siguieron gateando o arrastrándose sobre el colchón, girando uno por encima del otro, como si lucharan el uno contra el otro, aunque en realidad luchaban contra pantalones, y botones, y calcetines que se resistían a quitarse de en medio. Y los besos parecían mordiscos, pasando de las bocas al cuerpo, los pezones, abdominales, lóbulos de oreja, para regresar a los labios, con lenguas que se devoraban con rabia. Y la respiración agitada se mezclaba con jadeos o gruñidos, con saliva y manos que buscaban desesperadamente el cuerpo del otro. Cualquiera que los hubiese visto desde fuera hubiese dicho que había violencia en la forma en la que atacaron sus cuerpos, pero es que cinco meses había sido demasiado tiempo. Y Sam se moría por descubrir cómo era la polla de la estrella de rock, que llevaba deseando desde hacía un año, con la que había fantaseado y por la que se había masturbado tantas noches. Y al verla al fin, grande, dura, peluda, le pareció preciosa y quiso comérsela entera.

—¡Joder, Sam! —gritó el cantante cuando los labios húmedos de su enfermero lo rodearon y absorbieron su dureza por completo de forma desgarradoramente deliciosa. Y los jadeos se convirtieron en gritos de placer mientras el músico descubría que el rubio tranquilo que siempre mantenía el control también podía volverse loco. —Ah, joder… no puedo…— Y Sam se detuvo justo antes de que se corriera.

—¡Fóllame! —le ordenó.

—Espera… —intentó decir entre jadeos —tengo que ponerme un condón…

—No hace falta, tengo tus análisis de sangre… ¡Fóllame!

Y follaron. Primero en la cama, después en la ducha, y una última vez de vuelta en la cama. Y tres polvos después, y ya de madrugada, al fin consiguieron calmar el fuego que había estado quemándoles durante demasiado tiempo.

—Joder, Sam… eres una puta caja de sorpresas. Dime que esto cuenta como nuestra hora de deporte, porque mañana voy a estar muerto…

De golpe el enfermero se sentó como empujado por un resorte, con los ojos desorbitados como si acabara de recordar algo, salió de la cama de un salto y empezó a dar vueltas por el cuarto poseído por otro tipo de locura —oh, mierda, mierda, mierda… — repetía sin parar —joder, esto es una gran cagada…— y ante los ojos atónitos del cantante se encerró en el cuarto de baño.

Erik se acercó lentamente y llamó a la puerta —¿Sam? ¿va todo bien…?

—¡No! No va nada bien…

—Vale, podrías concretar un poco… ¿Qué está pasando, Sam? —pero lo único que se oía desde el otro lado era al enfermero rubio recriminándose a sí mismo, ahora en una lengua que Erik no conseguía entender. —¿Sam?

—Samuél, mi nombre es Samuél, con el acento al final, no Sámuel, como decís los americanos… —gritó desde el otro lado de la puerta cerrada.

—Vale, y eso ¿por qué es importante?

—Porque yo no soy de aquí, soy de un pueblo pequeño de la costa de Cádiz…

—Eso ya lo sabía, Sam… o Samuél, si prefieres. Lo qué no sé es por qué te estas volviendo loco.

—Tu no lo entiendes… mi vida no tiene nada que ver con la tuya—empezó a explicar el rubio, que hablaba a toda velocidad sin que Erik entendiera nada de lo que pasaba por su cabeza —soy enfermero, joder, trabajo en una clínica, al menos lo hacía hasta este año, esto es una locura, tu no vas a venir a las fiestas de mi pueblo, no vas a venir a la finca de mi abuela a comer lentejas y a recoger naranjas como hacemos todos los años, y a mí me gusta mi vida, me gusta mi trabajo, ir a las fiestas y pasar tiempo con mi familia…

—Vale, lo entiendo, no tienes por qué dejar de hacer esas cosas…

—Pero ¿No lo entiendes? Voy a enamorarme sin remedio de ti… seguramente ya lo esté… y dentro de cinco meses cuando vuelva a mi antigua vida, me va a parecer una mierda, y nada volverá a ser igual, porque yo seguiré enamorado de ti… no lo sé… ¿el resto de mi vida? pero tu seguirás con tu vida, te casaras con alguna otra actriz famosa que sea espectacular y saldréis en todas las revistas… y yo querré morirme cada vez que os vea… y todo se habrá ido a la mierda para siempre…

—Sam, por favor, abre la puerta. Me estás asustando.

—No quiero abrir la puerta…

—Sam, abre la puerta y hablemos de esto ¿vale? —Al fin el enfermero se movió en el pequeño cuarto de baño, se acercó a la puerta y abrió a regañadientes, y se encontró con el gesto serio e incrédulo de Erik —¿Estás llorando?

—No… vale, ríete…

—Admito que esta faceta tuya de drama-queen no me la esperaba… — Sam lo miró con gesto de odio mientras el músico sonreía divertido. —Lo siento, es que me hace gracia, por una vez eres tú el que se comporta como un crío ¿sabes?

—Si vas a seguir con eso, me encierro otra vez…

—Perdona… estás muy sexy llorando desnudo en el baño…  — ahora Erik lo rodeó con los brazos y le dio un beso que Sam no rechazó —Así que ¿te has enamorado?

Sam cerró los ojos —¡Oh, dios! He dicho eso ¿verdad…? Que mal se me da esto…

—¿A qué te refieres…?

—A eso de hacerme al duro…

—Llevo cinco meses persiguiéndote, Sam, se te da de puta madre lo de hacerte al duro… —Erik seguía sonriendo, y besándolo con ternura, en los ojos,  los labios… —me encanta que te hayas enamorado… no quiero que te vayas dentro de cinco meses… aunque tampoco quiero que tengas que dejar las cosas que te gustan… no sé ahora mismo como puede encajar todo esto, pero te aseguro que no quiero que te vayas muy lejos, ni que intentes olvidarte de mí…

Sam se separó lo suficiente para mirarle a los ojos, aunque sus brazos y sus caderas seguían entrelazadas en un abrazo —¿lo dices en serio?

 —Totalmente. Hace mucho que necesitaba a alguien como tú, Sam. Así que, dime… ¿A dónde es que tengo que ir a recoger naranjas?

 

 

MUY PRONTO TENDRAS DISPONIBLE LA TERCERA Y ULTIMA PARTE DE ESTA HISTORIA. SIGUE A “LAURENT-KOSTA” PARA NO PERDERTELA.

SI TE HA GUSTADO, NO OLVIDES DARLE AL “ME GUSTA” ANTES DE IRTE.

22 comentarios sobre “CINCO MESES

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