HABITACION 204

esposas_cama_310x463David recorrió el largo pasillo enmoquetado con un nudo en el estómago. Aún estaba a tiempo de echarse atrás, pensó, pero también sabía que no lo iba a hacer. No podía. No tardó en ver la puerta que buscaba, la doscientos cuatro. Había llegado pronto, aún faltaban diez minutos para las diez. Quizás era mejor esperar a que fuese la hora. Se quedó inmóvil en el largo corredor vacío, y la luz automática no tardó en apagarse. Siguió sin moverse. Al fondo del pasillo la luz de la luna manchaba apenas el suelo con una pincelada de luz desde el largo ventantal. Era mejor entrar. Caminó al fin hasta la puerta y la luz automática cobró vida, devolviéndole a la realidad.

Llamó a la puerta.

Un hombre con traje impecable le recibió y le dio paso a una elegante suite, amplia y de colores cálidos, iluminada únicamente por la luz anaranjada de una lampara de pie. El hombre no se anduvo por las ramas. En cuanto entró en la habitación le entrego unos papeles que debía firmar— Es un acuerdo de confidencialidad sencillo, solo dice que accedes libremente a este encuentro, que te comprometes a no hablar con nadie sobre esto ni a revelar ninguno de los aspectos del acuerdo. Léelo si quieres. —El hombre parecía tranquilo, confiado. Le ofreció algo de beber mientras David se quitaba la chaqueta de cuero y se sentaba a una mesa con el documento. Por alguna razón, nada de esto parecía amenazador. Dinero fácil, se repitió a sí mismo, mientras ojeaba brevemente el acuerdo y lo firmaba sin hacer preguntas. Su interlocutor entonces le dio un sobre que David comprobó rápidamente. Diez mil euros en billetes de cien. Nunca había visto tanto dinero junto. Miró nervioso a su alrededor, consciente de pronto de que no tenía donde guardarlo. —Tranquilo— le aseguró el hombre —nadie tiene intención de engañarte. Al señor M le gustas mucho, quiere que te vayas contento, tal vez así accedas a verle en alguna otra ocasión.

—Ya, claro… —David envolvió el sobre con su chaqueta y lo dejó en un lugar apartado, pensó que no había muchas alternativas de todas formas.

—Tengo que taparte los ojos—dijo ahora el hombre, visiblemente incómodo por el encargo. —Un requisito… ya sabes… —David se sentó sobre la cama doble que presidía la suite, el tipo dudó unos instantes sobre el procedimiento más adecuado para su tarea, antes de taparle los ojos al fin con un pañuelo negro que ató con fuerza a su nuca. —No te lo quites ¿vale? —añadió con cierto titubeo. De golpe parecía inquieto, con ganas de irse lo antes posible. —Será solo un momento.

Pudo escuchar aún el ruido de unas llaves, el pitido de algún aparato eléctrico, tal vez un teléfono, y la puerta de entrada que se abrió solo un instante antes de cerrarse de golpe y dejarlo en silencio y a oscuras.

A solas en la habitación, David intentó calmarse. Le sudaban las manos, y el silencio unido a la ceguera, amplificaban el sonido de su respiración. Se le hizo eterno el tiempo de espera, llegó incluso a pensar si no habría sido todo únicamente una broma de mal gusto. Cuando empezaba a preguntarse si no debería quitarse el pañuelo y marcharse con el dinero, le sobresaltó el sonido de la puerta abriéndose. No pudo evitar dirigir la mirada hacia la puerta a pesar de lo inútil de su acción. Se escucharon unos pasos arrastrados por la moqueta de la habitación. Todo su cuerpo se tensó en segundos, mientras intentaba descifrar los sonidos que llegaban dispersos: un carraspeo, algo metálico que se dejaba caer sobre una mesa, el sonido de telas que se movían o se rozaban unas con otras, más pasos, una respiración.

—Hola David. —La voz de un hombre le sobresaltó a su lado, sin que hubiese sospechado que se encontraba tan cerca. —Perdona, no quería asustarte —El hombre se agachó frente a él, y empezó a acariciarle la pierna por encima de la tela de sus vaqueros, pasó las manos por sus muslos, luego por sus brazos, el pelo, siguió acariciándolo suavemente mientras le hablaba—eres un chico muy guapo… tranquilo, nadie va a hacerte daño, queremos que tú también disfrutes de la experiencia…

“¿Queremos?” —¿Quién más está aquí?

—El señor M, por supuesto.

—¿No eres tú?

—No, yo solo voy a prepárate. Quiero que te sientas a gusto… —Era una voz grave, calmada, que resonaba como la de un actor, sexy incluso —Si algo no te gusta, puedes decírmelo ¿vale? —David no contestó, empezaba a estar realmente inquieto. —Tranquilo, no tienes porqué estar nervioso… el señor M se alegra mucho de que hayas venido, hace tiempo que te observa y tenía ganas de conocerte —mientras seguía hablando, sin decir nada en concreto, solo palabras amables, sus manos seguían recorriendo su cuerpo, ahora por debajo de la ropa, empezó a acariciar su abdomen, luego la espalda, sus pectorales… —¿Estás bien? ¿tienes frío? ¿sed?

—No, estoy bien…

—Estupendo… —le tomó entonces de la mano, acaricio sus dedos, y luego sintió la breve humedad de sus labios que se posaban con ternura besándole la palma de la mano —tienes un cuerpo precioso… tan sexy… seguro que haces deporte… —el beso en la mano dio paso a un beso sobre su rodilla, le separó las piernas mientras seguía hablando, y fue besándole por encima de la tela, subiendo por su muslo izquierdo hasta llegar al bulto entre sus pantalones que aún permanecía dormido, ignorando la situación por completo, en cuanto sintió la presión, dio un ligero respingo echándose hacia atrás de forma instintiva.

—Lo siento — se disculpó consciente de que ese no era el comportamiento que esperaban, por el que le habían pagado una cantidad desorbitada de dinero.

—No pasa nada, te he pillado por sorpresa… — y al decirlo, cambió los labios por la mano, y empezó a acariciarle la polla por encima del pantalón —¿mejor así? —No contestó. Esto era violento, aunque no por lo que esperaba que lo fuera, no era el hombre que le tocaba quien le ponía nerviosos, era aquel otro misterioso señor M que observaba en algún rincón de la habitación sin que pudiese verlo. Aquel que llevaba tiempo observándole, aunque no sabía dónde, ni por qué. Tal vez fuese uno de los clientes de la cafetería en la que trabajaba cuatro días por semana, situada entre edificios de oficinas y bancos, a la que acudía gente que ganaba en una semana lo que él ganaba en un año, y con lo que apenas conseguía cubrir los gastos de una habitación cutre en la zona industrial de la ciudad. —Voy a desnudarte ahora ¿vale? —David tragó saliva y cerró lo puños con fuerza. Intentó pensar en el dinero guardado en el bolsillo de su chaqueta mientras aquel hombre le subía la camiseta por encima de la cabeza para deshacerse de ella con cuidado de no quitarle le venda de los ojos. —Me gusta tu piel… —seguía diciendo, sus manos otra vez explorando su cuerpo expuesto —es suave, seguro que tomas mucho el sol… —David seguía sin contestar, tampoco pensaba que esperaran una conversación —y estos músculos… tan sexy… mmmmm —el gemido se intensifico cuando se acercó para rodear su ombligo con la punta de la lengua, y siguió lamiendo sus abdominales —mmmm, qué delicia… — sus manos se dirigieron ahora hacia el pantalón, empezó a desabrochar su cinturón —me encantan los chicos que llevan cinturón…. Tantas posibilidades… —la hebilla cedió, y de un tirón, le arrancó el cinturón por completo —podemos jugar con esto, si quieres —dijo, acariciando ahora su piel con el cuero del cinturón…

—¡No!

El hombre se rio de su reacción —solo te estoy tomando el pelo, tranquilo… no nos hace falta —y pudo escuchar cómo el cinturón caía al suelo, abandonado seguramente junto a su camiseta. Las manos se acercaron una vez más, esta vez para desabrochar el botón de sus vaqueros, le llegó el sonido de la cremallera bajando con cierta dificultad, y unos dedos que le rozaban juguetones sobre la tela de sus calzoncillos blancos, clásicos, nunca le había dado por ponerse creativo con la ropa interior, y por alguna razón se daba cuenta de ello justo ahora. Su polla al fin parecía reaccionar al estímulo con ligeros espasmos, aunque no lo suficiente. Nunca había hecho esto antes, pensó justificándose a sí mismo, y casi tuvo la tentación de repetirlo en voz alta. Pero no tuvo ocasión, pues la voz volvió a darle instrucciones —túmbate… — y él obedeció. Se dejó caer sobre la cama, y su… ¿cuál sería el nombre adecuado? ¿amante? ¿amo? —no, eso no — se dijo. Lo que fuera, le estaba quitando las zapatillas ahora, y seguía parloteando, aunque David ya no prestaba atención, su voz era solo un eco de fondo que quedaba en segundo plano detrás de su respiración agitada. Le quitó los calcetines también, y luego empezó a lamerle los dedos de los pies, y no pudo evitar preguntarse si le olerían mal los pies. Se había duchado antes de venir, tal y como le habían exigido, pero sus zapatillas eran viejas… ¿por qué pensaba en estas cosas? ¡Qué importancia tenía! Si quería lamerle los pies, que lo hiciera… desde luego no parecía importarle mucho pues estaba chupándole el dedo gordo, lo tenía entero en la boca, y le estaba haciendo cosquillas. Intentaba controlarse, pero sabía que no lo iba a conseguir, tenía unos pies demasiado sensibles. Cuando aquella lengua empezó a explorar los dedos más pequeños, no pudo aguantar, y se le escapó la risa.

—Lo siento… no puedo… —se excusó, intentando controlarse. La lengua le dejó tranquilo. Y el hombre entonces se tumbó a su lado, y al sentir el roce de su piel pegada a su brazo, cayó en la cuenta de que aquel tipo estaba ya desnudo. La risa se le cortó de cuajo.

—Tienes una sonrisa preciosa, no la escondas… —los dedos ahora acariciaron sus labios, y las caricias continuaron por su cuello, bajaron por su pecho, la lengua ahora rodeando su pezón izquierdo, succionando con suavidad, y un pequeño mordisco… la mano seguía deslizándose hacia abajo, se detuvo un momento en su ombligo, luego siguió bajando, mientras la lengua continuaba la exploración de su pezón… y una ráfaga de frío le recorrió la piel. Cuando la mano acarició la punta de su polla, que ahora se daba cuenta, asomaba la cabeza por encima de la tela blanca, la lengua atacó el lóbulo de su oreja con sutileza, provocando que se le erizara la piel, y mandando una señal eléctrica directamente a su polla que lo traicionaba al fin y cedía a los encantos de su… lo que fuera… —¿puedo besarte? —y la pregunta le devolvió bruscamente a la realidad.

—Habíamos dicho…que…

—Sí, se lo que acordamos. Solo preguntaba, por si habías cambiado de idea. No pasa nada. Aunque debo confesar que me encantaría besar esos labios…

Nada de besos, había exigido. Una de sus condiciones. No sabía bien por qué, no veía de qué forma podía ser peor un beso que una mamada. Lo dijo porque lo había visto en una película… tal vez solo por saber que había algo que controlaba, un limite que tuviesen que respetar, aunque fuera una estupidez, ¿una forma de mantener la dignidad, quizás? Mientras aquel desconocido que jugaba el papel de su amante por unas horas le bajaba los pantalones, mientras quedaba desnudo y expuesto ante la mirada lasciva del invisible señor M, tuvo claro que solo era una estupidez, un intento absurdo de controlar una situación que hacía mucho se le había ido de las manos. Su amante fingido estaba alabando su cuerpo —dios mío… que hermoso eres… —decía, aunque puede que fuera parte de la farsa también. Seguramente el señor M también le pagaba a él para que hiciera su papel, tal vez ni siquiera le gustaban los hombres, solo formaba parte de su actuación. Lo único que era real en esa habitación era el señor M, que podía pagar lo que fuese para tener su espectáculo privado.

El actor volvía a recorrer sus pies con la lengua, solo un instante, para luego seguir subiendo, recorriendo sus piernas peludas, con la boca y la lengua —esta vez no le costó controlarse, ya no tenía ganas de reír — y al fin llegar a su entrepierna, donde empezó a rodear y jugar con sus testículos. Al notar la humedad de su boca rodando la piel sensible, David no pudo contener un gemido, su cuerpo se tensó, la respiración ahora se volvía jadeante a pesar de sus intentos por controlarse. No podía, porque el amante actor sabía lo que se hacía, y la sensación de su boca, lamiéndole, rodeándole, engulléndole por completo, era extraordinaria. Solo era un trabajo para él, se repitió, un trabajo que hacía con esmero, desde luego mucho mejor de lo que lo hacía David. Aunque puede que fuese eso lo que esperaban de él. La sorpresa, la inexperiencia, su gesto nervioso, asustado ¿por qué, si no, escoger a un aficionado?

La primera vez que aquella joven se el acercó con una sonrisa para hacerle la oferta, pensó que se trataba de una broma. Cuando comprendió que no bromeaba, incluso se ofendió, ¿por quién le habían tomado? La oferta empezó en quinientos euros, aunque no tardó en subir a los mil quinientos. Y David no daba crédito. —Piénsalo — dijo ella, —es mucha pasta por un par de horas de tu vida, no está tan mal. —Pero se había negado. La mujer volvió al día siguiente, la respuesta de su jefe era que él pusiera la cifra. ¿Por cuánto estaría dispuesto a dejarse follar por un desconocido? Hay quien va por la vida convencido de que todo el mundo tiene un precio. Estaba ocupado, tenía trabajo, y quería quitarse a esa mujer de encima. Era una pregunta fácil, porque tenía claro que no estaba dispuesto a hacerlo. Así que le dio una cifra imposible, la cifra que había escuchado aquella mañana por su teléfono, la que llevaba escuchando sin parar desde hacía un mes como un tormento, la cifra que solía llevar a cuestas siempre…

—Diez mil.

—Vaya —respondió ella, abriendo los ojos con sorpresa —pues voy a tener que consultarlo. Es mucho más de lo que estoy autorizada a negociar.

Así que ella salió un momento de la cafetería. David siguió con lo suyo, aunque sin perderla de vista a través de la ventana acristalada del local. Fue una llamada breve, sin agitación de ningún tipo. Ella volvió a entrar y se dirigió hacia la barra donde David pasaba un paño sin quitarle los ojos de encima. Ella sonrió —mi jefe ha aceptado tu oferta. —Y entonces el mundo de David se detuvo en seco, sin saber de golpe como reaccionar. Porque aquella cifra no era solo dinero, tenía un significado muy concreto, representaba la libertad, la justicia, el final de un problema que llevaba pesando demasiado tiempo, y un nuevo dilema para David, pues comprendía que era una oferta a la que no podía negarse.

El sonido metálico de unas esposas le devolvieron al presente. Con una velocidad que apenas le dejó ser consciente de lo que pasaba, el amante actor le había atrapado las muñecas con unas esposas que ahora le presionaban la piel con el frío metálico.

—¿Qué haces?

—Voy a esposarte a la cama… no te preocupes, nadie va a incumplir el acuerdo ¿vale? Solo es para jugar un poquito.

El actor levantó sus brazos prisioneros, y una nueva cadena se ciñó a las esposas dejándole los brazos inmovilizados y estirados sobre su cabeza. De pronto quería quitarse la venda de los ojos, aunque hacerlo significara romper el acuerdo, pero ya no había opción. Cada paso que había ido dando, cada decisión, había destruido el resto de las opciones. Las manos de su actor empezaron a recorrerle el cuerpo una vez más, esas manos firmes y suaves, desde las muñecas encadenadas, bajando por sus brazos, el torso, las caderas, las piernas. El actor se puso a cuatro patas sobre él, y dejó que por unos instantes las dos erecciones se acariciaran mutuamente, el roce leve de sus penes le excitaba irremediablemente, a pesar de lo surrealista e incomodo de la situación, su cuerpo suplicaba el contacto con aquel otro cuerpo del que solo sabía por el sentido del tacto. Ahora la boca del actor jugaba con su pelo púbico, que jamás se había molestado en cortar, no le iba ese tipo de cosas. Restregaba su cara por sus partes y gemía —mmm ¡qué bien hueles! — y la excitación iba en aumento de forma descontrolada. —Que te parece si jugamos un poco más… —propuso esa voz sexy que le hablaba solo a él arrastrándose por las palabras. Volvía a escuchar el sonido del metal, y algo de agitación sobre el colchón mullido, antes de que el frio metálico volviera a presionar su piel, esta vez en los tobillos. Una barra metálica inmovilizaba ahora sus piernas dejándolo aún más vulnerable. Pero no se molestó en protestar esta vez, sobre todo porque su respiración se entrecortaba entre jadeos y se sintió incapaz de formular una frase completa

A partir de ahí todo parecía ir muy rápido, —voy a girarte —le susurró su amante actor al oído, justo antes de darle le vuelta como a una tortilla, ayudándose con la barra que sujetaba sus tobillos. Las cadenas de sus brazos cedieron al movimiento y giraron con él, aún así el movimiento brusco le hizo daño en las articulaciones inmovilizadas, las caderas, los tobillos, las muñecas y los hombros. David gimió con fuerza, la postura era ahora muy incómoda, con las manos por encima de la cabeza atrapadas a la cama. Pero el actor no tardó en buscarle una mejor posición, doblándole las piernas para que quedase de rodillas, y permitiéndole colocar mejor su cabeza y sus brazos, agarrándose a la cama con las dos manos. Una posición completamente sumisa. Su culo quedó abierto y expuesto, y se dio cuenta pronto de que no podía hacer nada para remediarlo. —Oh, si, como me gusta verte así…— seguía hablándole, mientras sus manos volvían a recorrer su espalda, desde el cuello hasta los glúteos, notaba también el leve roce de las caderas del actor contra su trasero, de rodillas seguramente a su espalda preparado para embestirle cuando quisiera, pues no había forma de que pudiera escapar. De momento solo eran sus manos las que lo estimulaban. Enseguida empezó a jugar con su abertura, primero los dedos, y entonces notó la humedad de su lengua entorno a su orificio y dejó escapar un grito de placer. Su lengua se fue volviendo más juguetona, y David ya no sabía cómo contener los gemidos, “oh, dios” pensó ¿por qué le gustaba tanto? Jamás había hecho nada parecido, ¿era una parte de sí mismo que desconocía?

La mano del actor empezó a acariciar su polla endurecida del todo que desafiaba la gravedad, mientras la lengua encontraba la forma de penetrarle ligeramente, explorando, lamiendo, incluso mordiendo… estaba a punto de correrse, podía notar el orgasmo preparándose, pero justo cuando estaba a punto de estallar, el actor se alejó, tiró de él con fuerza de la cadera y las esposas se le calvaron en las muñecas, provocando que el dolor en sus brazos ahuyentara el orgasmo al tiempo que se le escapaba un grito de dolor. Volvió a repetir lo mismo, su lengua entrando y saliendo mientras le masturbaba, y una vez más cuando estaba a punto, volvió a dar un tirón fuerte —¡Joder! ¡Mierda! —gritó David. Era una tortura, no por el dolor en los brazos, sino porque le estaba volviendo loco que no le dejara correrse.

Ahora eran los dedos los que entraban y salían restregándole generosamente lubricante, abriendo su orificio con parsimonia y paciencia. No es que no hubiese sido nunca pasivo, pero le gustaba más la otra posición, y la invasión de su cuerpo le resultaba incómoda, aunque no de una forma que no pudiese aguantar. —Quiero metértela hasta el fondo… —seguía hablando el actor —¿Vas a gritar si lo hago…? me encantaría hacerte gritar de placer cuando te corras… —Y entonces un ligero roce en el punto adecuado, le hizo soltar un leve gemido —¿Te gusta eso…? ¿Es justo ahí dónde te gusta…? —y el movimiento volvió a repetirse, reproduciendo a su vez la pequeña descarga de placer. Los dedos salieron, luego el cosquilleo leve de la punta desinflada de un condón fue el anuncio de una primera embestida, que le hizo gritar, esta vez sí de dolor. Después fue lento, amagando con entrar, abriéndose paso, expandiendo la piel estrecha. Los brazos empezaban a cansársele por la tensión constante, se sentía un poco mareado por el exceso de oxigeno en su respiración agitada, y no dejaba de notar la presión en los tobillos del metal que se clavaba en su piel.  Y, sin embargo, no quería que parara. —Quiero hacer que te corras sin tocarte…—le estaba diciendo. Cada embestida entraba más profunda, poniendo a prueba la elasticidad de su piel, lentamente, y entonces, otra vez, el roce con ese punto en concreto que mandaba oleadas de placer por todo su cuerpo. —Eso es… oh… si… —susurraba la voz grave que vibraba también por su pelvis. Un ritmo suave y profundo se fue creando, con un movimiento casi imperceptible pero que acariciaba una y otra vez el punto exacto que le estaba volviendo loco… Y si, se dio cuenta de que se iba a correr sin necesidad de que tocara su pene que colgaba olvidado —Joder… era increíble… —pensó David, ¿cómo lo conseguía? Notaba que las manos empezaban a adormecerse por la falta de circulación, pero no había nada que pudiese distraerlo de las sensación asombrosa que invadía su cuerpo, que se iba acumulando en sus testículos, avisándole y quería correrse, pero aún no llegaba, era demasiado lento, y descubrió que él también se movía ahora, buscando el contacto placentero, buscando su orgasmo que clamaba por su liberación, y descubrió también que un gemido agónico salí de su garganta seca, reclamando el éxtasis que se le resistía. Hasta que, al fin, una última oleada le sobrevino como una bomba que explosionara dentro de su cuerpo, y tuvo que morder su propio brazo para ahogar un grito que estallaba mientras los chorros de semen escapaban al fin enloquecidos, desparramándose sobre la cama, e incluso salpicándole parte del pecho y la barbilla.

El actor estaba ahora a su lado, y le hablaba una vez más al oído. —Ya casi hemos terminado… pero ahora tengo que dejarte un momento, no será mucho, en seguida vuelvo…. Una cosa más, voy a taparte la boca, no te agobies, serán solo unos minutos — La mano le puso un esparadrapo en la boca. Los brazos empezaban a dolerle de verdad —Ya lo sé… —dijo, como si pudiese leerle el pensamiento — Aguanta un poco.

El actor se alejó, pudo escuchar sus pasos deslizarse desnudos por la moqueta. Luego una puerta que se abría, y volvía a cerrarse. Y al fin lo comprendió: estaba a solas con el señor M, y no tenía ni idea de lo que iba a pasar.

Los brazos le dolían, intentó acomodarse mejor en la cama, pero no podía moverse, la cinta que tapaba su boca tampoco le dejaba respirar bien. Empezaba a agobiarse. Unos pasos dudosos se acercaron. David prestó atención intentando descifrar lo que ocurría. Entonces una mano huesuda y fría empezó a recorrer su espalda, luego su culo. Una cremallera que se abría, movimiento sobre la cama… y algo grueso que intentaba colarse por su orificio, pero no tenía la consistencia suficiente. A pesar de tener los ojos tapados, David los cerró con fuerza, como si al hacerlo pudiese desaparecer —esto no estaba ocurriendo— se dijo, y se repetía —no, no, no… —no quería estar ahí, quería marcharse, desaparecer ¿Qué cojones hacía él allí? Se preguntó ¿cómo había llegado a esto? El señor M pareció desistir de sus intentos de penetrarle, podía notar un ligero movimiento rítmico… joder, se estaba masturbando a su lado…. Era patético, incluso triste, pero quería que acabara de una puta vez… Un par de minutos después, los pasos se alejaban, otra vez la puerta que se abría y volvía a cerrarse.

David empezó a respirar con fuerza, y a tirar de sus manos, quería salir de allí cuanto antes, sentía como si se estuviese ahogando, por unos instantes se le pasó por la cabeza que podrían dejarle allí inmovilizado y el pánico se apoderó de él.

—Tranquilo, ya estoy aquí… no hagas eso, te estás haciendo daño — la voz del actor había vuelto, y se alegraba de escucharla —Espera, voy a soltarte… —las cadenas de las manos lo liberaron entre palabras se consuelo, y él mismo se arrancó la cinta de la boca ansioso por poder llenar los pulmones otra vez. —No te quites la venda, aún no… — David obedeció a regañadientes, mientras el actor terminaba de liberarle las piernas —calma, lo has hecho bien… estamos solos, tranquilo… — seguía hablándole mientras David intentaba volver a respirar con calma. Se había sentado en la cama, el actor estaba a su lado, le acariciaba el pelo, echándoselo hacia atrás. Notó que se había puesto pantalones, pero seguía con el torso descubierto, y seguía hablándole con esa voz que conseguía relajarle y confiar en que nada malo ocurriría —lo has hecho bien, enseguida podrás irte a casa…Puedes darte una ducha antes de irte, si quieres, la habitación se quedará solo para ti en cuanto me haya ido. Quédate el tiempo que quieras. — Por alguna razón de repente prefería no verlo, quería que siguiese siendo solo esa voz, y esas manos que le tocaban, y le acariciaban. —Me ha gustado mucho conocerte… espero que nos volvamos a ver… bueno, al menos verte yo a ti…

De pronto los dos guardaron silencio. Solo se escuchaba el sonido de sus respiraciones que se iban acercando. David se animó y buscó con la mano el contacto con su piel, acarició su pecho, deslizando los dedos por su pectoral, bajando por sus músculos marcados. Y siguió buscando, su brazo fuerte, su mandíbula varonil, su cuello, intentando verle con las manos.

—¿Puedo besarte ahora? —preguntó el actor casi en un susurro. David no contestó, había estado ciego y mudo ¿para qué romper la dinámica? No hizo falta que lo hiciera, sus labios se juntaron igualmente, y notó el sabor salado de sus labios. Se tantearon con suavidad, sus alientos besándose, su lengua entrando en su boca, esa lengua que le había vuelto loco en otras aperturas de su cuerpo… —más vale que me marche…—volvía a hablar — o voy a tener que atarte otra vez… — El actor se puso en pie, y le dejó solo en la cama —Espera un par de minutos y te quitas la venda ¿vale? —siguió —Ha sido un verdadero placer conócete, David — le dio un último beso en los labios. Luego los pasos se alejaron. La puerta una vez más. Y al fin se quedó solo.

No esperó. En cuanto se supo a solas se quitó la venda de los ojos. Permaneció un momento mirando a la habitación. De pronto todo parecía un espejismo, casi podía pensar que lo había soñado. Sobre la mesa descansaba una bandeja con fruta, agua y unos bombones. Por lo demás, no quedaba ni rastro de la presencia de aquellos dos hombres misteriosos, ni las esposas, ni algún preservativo. Tan solo su ropa descansaba ordenadamente sobre una silla. Se levantó y buscó el sobre envuelto en su chaqueta, allí estaba, tal como lo había dejado, no faltaba nada. Se metió en el baño con todas sus cosas, cerró con el pestillo ¿por qué fiarse ahora? Y se dio una larga ducha caliente.

No se entretuvo más tiempo. Sabía adonde tenía que ir. Quería librarse del maldito sobre lo antes posible. Cogió el metro, y cuarenta minutos después estaba llamando a su puerta.

—¿David? ¿Qué haces aquí? No te esperaba —su hermana le recibió con sorpresa, pero como de costumbre no espero a una respuesta, antes de que él pudiera decir nada, ella ya se había girado y daba voces al pequeño Lucas —No te comas la galleta, te lo advierto… he dicho que después de comer… como te la metas en la boca no comerás ni una sola más… —el pequeño obedecía a regañadientes, y enseguida volvía a ponerse a correr. Su hermana volvía a hacer mil cosas a la vez, como si hubiese olvidado que David estaba allí. Intentaba dar de comer a Cesar, el otro de sus hijos que tenía parálisis cerebral y necesitaba el constante cuidado de su madre. Razón por la que ella no podía trabajar, razón por la que su marido había acabado huyendo abrumado por la carga familiar, razón por la que las deudas se le acumulaban y el banco estaba a punto de desahuciarla si no saldaba su deuda.

—Toma, para ti. —le entregó el sobre a su hermana, que, a pesar de todo, siempre tenía una sonrisa en la boca y todo el cariño del mundo para sus dos terremotos.

—¿Qué es esto…? —Y apenas lo abrió, su reacción fue la misma que si alguien la hubiese asustado, se tapó la boca con una mano y miró a su hermano con los ojos totalmente abiertos y ligeramente empañados.

—Hay diez mil, lo que necesitabas ¿verdad?

—Pero ¿cómo…?

—Me salió un trabajo… nada ilegal, tranqui…

Su hermana tardó unos instantes en comprender, y luego se arrojó a abrazarle, su respiración una mezcla entre el llanto de una niña pequeña y la bocanada de aire que das tras haber permanecido demasiado tiempo bajo el agua.

Y una hora más tarde reían los dos en la cocina, mientras los niños juagaban en pijama por el salón que nunca llegaba a estar ordenado, ni limpio del todo. Y ella abrió una botella de vino, y brindaron por el futuro. Y entre risas y un plato de espagueti, se descubrió a sí mismo divagando, recordando una voz que le susurraba cargada de erotismo, fantaseando con la sensación de esas manos, esa lengua, la experiencia de ese orgasmo brutal, pero sobre todo, ese último beso que aún podía saborear en sus labios.

        

autor: Laurent Kosta

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¿OTRO RELATO? sigue leyendo: https://laurent-kosta.com/2018/10/18/el-casting/

 

26 comentarios sobre “HABITACION 204

  1. Excelente el relató erótico que morboso todo el tiempo y además que te va provocando placer cuando lo vas leyendo y la imaginación va recorriendo todo el cuerpo
    Espero seguir disfrutando de más mis saludos

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  2. Dios Dios Dios, como disfrute este relato, me encanto, tu forma de escribir es tan erotica, atrapa con cada frase y me mantubo completamente dentro de esa habitacion. En verdad quiero mas

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  3. Oooh! Debo admitir q me encantó y que mi entre pierna es la prueba de eso, relatos así te atrapan y no quieres dejar de leer. Me gustaría otro encuentro entre david y el señor M (el actor obvio) sería genial. Acabas de apoyarte una fans nueva.

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  4. Increíble… Me encanto la manera de transportar a el lector a la historia… Yo me sentí en la habitación.
    Adoro también la humildad del chico al final, entregándole el dinero a su hermana. Love para ti

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  5. Me gusto😍 de verdad y x un instante yo tambien queria estar en la habitacion.
    Me encatan este tipo de lectura y ya estoy siguiendo tu blog para mas novedades.un saludo desde Argentina.

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  6. Nunca había leído este tipo de relatos pero me ha encantado… Y dos tios buenos!! Hasta me he enamorado yo de esa voz y dulzura de actor Jajaja
    Y el final me encantó, porque para mí como que no queda nada sucio…
    Eres una crack!!

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