HÍBRIDO

,ggEntro en el plató con sus amigos de toda la vida. A Mario no le interesaba especialmente, pero sus amigos siempre insistían en ir a ver a las modelos cuando rodaban algún anuncio. Los tres jovenes universitarios entraron en la gigantesca nave con gesto de superioridad. Se rodaba un anuncio para un coche, ellos no pintaban nada allí, pero venir con el hijo del dueño de la empresa publicitaria era excusa suficiente para que los dejaran pasar y deambular entre la veintena de técnicos y personal que trabajaba cotilleando el rodaje. Mario no estaba cómodo haciendo ese tipo de excursiones, tal vez fuese porque su madre había sido modelo de joven, y le molestaba la idea de que los hombres hablaran de ellas como si fuesen algún tipo de trofeo que había que intentar conseguir a toda costa. Pero una vez más se había dejado convencer por sus colegas, advirtiéndoles, esos si, que estarían solo un rato y que no podían estorbar.

En el plató, iluminado en exceso, se exhibía un vehículo negro, elegante, aunque con aire deportivo, sobre el capó delantero, una modelo rubia, de melena larga que serpenteaba por su hombro, con un vestido corto y ceñido como un guante, piernas largas, cadera estrecha, absolutamente deslumbrante, gateaba y coqueteaba mirando de reojo a la cámara.

—Hola, Leopoldo ¿Qué tal? —Mario saludó al director creativo, un argentino conocido por sus extravagantes ideas en publicidad, que no se molestó en saludarlo y lo miró con gesto de fastidio. Sabía quien era y sabía por qué andaba por ahí, y también que no podía echar al hijo del jefe.

—No paséis de esa línea —les advirtió seco antes de seguir con su trabajo.

Mario se sintió algo abochornado, y volvió a insistir a sus amigos que bajaran la voz y no molestaran. Odiaba esa posición incómoda en la que se encontraba, su padre por una parte insistiendo en que aprendiera todo lo que podía de la empresa en la que acabaría trabajando, y la actitud condescendiente y crítica de los empleados de su padre que conocían su lugar privilegiado, y adivinaban que algún día aquel crío podría ser su jefe sin merecérselo. Quizás por ese motivo el joven se esforzaba mucho para conseguir ganarse el respeto de quienes sabía que lo miraban con reproche, estudiaba por las mañanas, y por las tardes trabajaba en la empresa de su padre y aceptaba sin rechistar las labores más tediosas.

Pero todo eso pasaba inadvertido a sus dos compañeros, que no habían dejado de hacer comentarios estúpidos y bromillas sobre la modelo.

—Tíos, si no os calláis, nos vamos— les advirtió a su vez trasladando la irritación del equipo de trabajo por su presencia.

—Vale, vale, tío, no te rayes…

Con actitud infantil, haciendo chistes malos, pasaron algo mas de una hora en el plató. Al fin el equipo parecía tomarse un descanso, y lo que ocupaba el interés de los intrusos, la modelo, se alejó de los focos para hacer una pausa. Mario intentaba disuadir a sus acompañantes de acercarse a molestar a la chica, que rondaba la mesa de catering en busca de algo de beber o comer. Entonces, los ojos de la modelo se cruzaron con los de Mario, y durante unos instantes los dos se miraron fijamente. Mario se olvidó de todo, de sus amigos, del rodaje, de las advertencias de unos y otros, y se perdió en la mirada cristalina de la chica rubia dejando escapar una sonrisa. Un gesto que la chica pareció encontrar divertido, y los ojos de la rubia despampanante se alejaron mientras ella se reía.

El pequeño encuentro no pasó inadvertido a los dos amigos de Mario, que empezaron a animarle para que se acercara a saludar a la chica. —Vamos tío, te estaba mirando… descarado…

El joven se acercó motivado por sus colegas, lo cierto es que la chica le parecía preciosa, más allá de que fuera modelo y estuviese allí rodando un anuncio, había algo en su mirada y su sonrisa que lo había cautivado.

Hi —saludo con timidez, en inglés, había oído que era sueca o noruega, o algo por el estilo.

Hello, handsom… (*hola guapo) — y de golpe una voz de hombre rompió el hechizo y le arrojó con crudeza a la realidad.

La modelo era un hombre.

Mario tuvo que hacer un esfuerzo para controlar su gesto de sorpresa, y no comportarse de forma completamente grosera. Intentó continuar la conversación de forma casual fingiendo que no acababan de lanzarle un jarro de agua helada. —Bien — siguió hablando en inglés —mucho trabajo ¿verdad? —Sus amigos, sin embargo, no se molestaron en disimular, y dándole la espalda se alejaron sin controlar sus carcajadas nerviosas ante la inesperada sorpresa.

—El hijo del jefe ¿verdad? Me han hablado de ti…— hablaba inglés con un fuerte acento eslavo, con voz aguda, aunque claramente masculina. Cruzaron un par de frases forzadas, ella… o sea, él, parecía divertido con la confusión del joven, que tampoco había pasado inadvertida a parte del equipo de rodaje que debían estar disfrutando de lo lindo con la situación.

En cuanto pudo se despidió del modelo para reencontrarse con sus amigos, que seguían riendo a su costa. Los tres se marcharon entonces del plató. Aún se oían las chanzas de los colegas —¡¡joder, tío, es un maromo!!

—Tío, cállate, que te va a oír…

 

 

Mario volvió al plató al día siguiente.66666

Esta vez lo hizo solo. Había pasado toda la mañana inventando escusas: quería disculparse, se habían comportado como unos niñatos estúpidos y aquel chico se merecía una disculpa. Sabía también que no debía dejar que el cotilleo entre el equipo se le fuera de las manos. Se había puesto en ridículo, lo habían visto todos y eso no era conveniente en su lucha por ganarse el respeto de los empleados de su padre. Era mejor encararse a las burlas, que no lo vieran flaquear, demostrar que no era el crío inútil que todos imaginaban. Pero por más que inventara motivos, lo cierto es que necesitaba saberlo. Aquella chica, que no era una chica, le había parecido preciosa. Había conocido antes a otras modelos, y por alguna razón ninguna le había llamado tanto la atención como aquel modelo que podía pasar tan fácilmente por una mujer. Durante el rato que la había estado observando, creyéndola mujer, había pensado que le gustaba de verdad, y había sentido un cosquilleo en la tripa cuando se miraron y ella respondió a su sonrisa… pero no ella, él.

¿Lo había imaginado todo? Tal vez fuese solo eso. No había sido el único engañado, a sus amigos también les había resultado atractiva, y estaba claro que, si se permitía el lujo de salir en un anuncio representando un papel femenino, era porque podía. Necesitaba saberlo, ¿la atracción había sido real? ¿o formaba parte del engaño?

Al entrar en la nave lo vio en la distancia, una maquilladora se afanaba en retocar su rostro, mientras el director daba instrucciones técnicas. Esta vez llevaba un vestido largo y suelto, negro con flores fucsias y blancas dibujadas, ligeramente transparente. Se quedó observando desde la distancia, donde aún podía pasar inadvertido, el rodaje aún no había comenzado y el personal estaba disperso y relajado.

—¿Mario? No te había visto… —quien lo saludaba era Patricia, mano derecha de su padre y una de las pocas personas en la empresa que lo trataba con afecto. Tal vez porque lo conocía desde que andaba con pañales.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —y ella se acercó con su rostro de ardilla que jamás maquillaba — ¿Por qué hay un hombre vestido de mujer anunciando un coche?

Ella soltó una carcajada antes de responderle — Es la última gran idea de Leopoldo. —Y tomó un tono más serio para explicarse —Es un híbrido… el coche. Esa es la gracia. Ves a esta mujer deslumbrante anunciando un coche deportivo y deslumbrante… y de pronto se gira y dice “¿Pensabas que era de gasolina? No, es un híbrido” —y al narrarlo le puso el énfasis que seguramente esperaban que tuviera la frase.

—¿Y eso ha colado? ¿No es muy arriesgado?

—¡Al cliente le entusiasmó la idea! Además, Andréi es una mega estrella de la moda, es perfectamente andrógino, ha desfilado para la élite, tanto como hombre como de mujer. La temporada pasada desfiló con el traje de novia de Lacroix…. Míralo, es guapísima…

Sí que lo era, pensó Mario, asombrosamente guapa… o guapo. Aunque en ese momento con el vestido y los labios rojos, era difícil verlo como otra cosa que no fuese una mujer atractiva. Patricia se alejó con su carpeta y su andar inquieto, siempre demasiado ocupada para quedarse en un solo sitio. Habían empezado a filmar, y una máquina de viento hacia volar la melena rubia, casi albina, de Andréi al tiempo que levantaba el vestido dejando a la vista sus larguísimas piernas montadas sobre tacones imposibles.

Andréi. Incluso el nombre parecía no querer definir a su portador.

Mario se acomodó en alguna esquina en la que no estorbara, y observó el resto del rodaje en silencio. Algunos lo saludaron, muchos otros no. Leopoldo lo ignoró por completo, a pesar de que se cruzaron en más de una ocasión.

Al finalizar el rodaje, Mario se acercó al modelo, sabía que tenía que disculparse y el tiempo se le acababa. Andréi charlaba con dos de las asistentes del rodaje, el joven se acercó con timidez, no quería interrumpir. Entonces ella… él, se giró a mirarlo y sonrió —Has vuelto —le dijo en inglés

—Si, yo quería… — empezó a decir.

—¿Y tus amigos? — interrumpió él.

—No han venido… precisamente quería disculparme… —pero Andréi volvió a ignorarlo, y siguió hablando con la asistente. Cuando terminó su conversación, se dirigió al fin al chico que lo aguardaba. —Ven — ordenó — me lo cuentas por el camino.

Andréi empezó a caminar por la nave seguido por Mario que volvía a intentar disculparse —verás, lo de ayer, solo quería decirte… —pero una vez mas el rubio lo interrumpía para despedirse de alguno más del rodaje. Hicieron así todo el camino, Andréi se detenía a despedirse de cada persona con la que se cruzaban, repartía besos, y palabras de agradecimiento. Con gestos delicados y femeninos sonreía a todo el personal con amabilidad. Mario se preguntó si lo hacía a propósito, si pasearlo delante de todo el personal era su venganza y pensó que seguramente se lo merecía.

Lo siguió hasta que finalmente, sin saber cómo, acabaron los dos en el camerino del modelo, que cerró la puerta con pestillo para cambiarse. —¿Qué me estabas contando…? — volvió a decir, mientras se quitaba los pendientes y los tacones junto al tocador.

—Yo… eh… siento mucho el comportamiento de mis amigos ayer… bueno, el nuestro… nos portamos como idiotas… solo quería disculparme…

Andréi se acercó al joven —¿Has venido para eso?

—Si, claro… yo… estuvo mal…

—¡Bah! No tiene importancia, supongo que esa es la idea…

—Si, bueno… pero, fue grosero… —y cuando el rubio estaba apenas a unos centímetros de él, Mario se percató de que tenía los ojos de diferente color, uno verde y el otro pardo, y el detalle lo dejó unos instantes sin palabras, —…tus ojos… —dejó escapar distraído.

—¿Si…?

—Son…—y antes de que pudiese construir una frase coherente, Andréi se acercó a un más y lo siguiente que supo es que se estaban besando.

La cabeza le daba vueltas, su cerebro era capaz de registrar el hecho de que estaba besando a un chico, pero sus sentidos le decían todo lo contrario, sus labios, su piel, su pelo, su cintura que ahora rodeaba con las manos se sentían bien, y eso lo confundía. Y antes de que pudiera cuestionarse su situación, Andréi estaba besando y lamiendo sus pectorales, luego sus abdominales, y siguió agachándose frente a él hasta quedar a la altura de su pelvis. Desabrochó sus vaqueros con celeridad, y mordisqueo su polla por encima de la tela blanca de sus calzoncillos clásicos, y bastó ese pequeño contacto para que su pene se endureciera de forma instantánea. El rubio lo miró desde allí abajo, sonriendo con sus ojos discordantes —Mario, demasiado estupefacto como para reaccionar —justo antes de envolver su polla con sus labios rojos. Y el joven universitario se tapó la boca para censurar un grito de placer que dejó escapar de forma irremediable.

Nunca le había pasado algo así, nunca con una mujer. Sabía que gustaba a las chicas, no le costaba ligar, pero aún era joven, su experiencia con las mujeres no era demasiado extensa, y desde luego ninguna se le había lanzado a la entrepierna de forma tan impulsiva. Se sentía mareado, Andréi no le daba tregua con su boca experta, su polla entrando hasta el fondo de su garganta, empezaba sentir que sus piernas perdían consistencia, estaba a punto de correrse. Pero entonces el rubio se detuvo. Se incorporó frente a él con una sonrisa maliciosa, el rojo de sus labios esparcido por su rostro de forma violenta. Lo tomó de la mano y le guio hasta el tocador, donde cogió un preservativo de entre sus botes de maquillaje, rasgó el sobre con los dientes mientras le acariciaba la polla con la otra mano. —Ven, fóllame —susurró mientras le ponía el condón. Luego se giró hacia el espejo, levantándose la falda, bajándose las medias y ofreciéndose. Y Mario ya no pensaba en nada, salvo en saciar la necesidad que le quemaba por dentro. Andréi lo guio una vez más y de repente estaban follando, o más bien él lo estaba follando. Tampoco había hecho esto jamás con una mujer, el sexo anal pertenecía al sector de las fantasías incumplidas. La sensación de entrar en aquel orificio tan estrecho era increíble, en el espejo el reflejo del rostro de Andréi, con la melena rubia desordenada tapándole parte de la cara, la boca abierta jadeando, era asombrosamente sexy. Era consciente de que se estaba follando a un hombre, pero su cuerpo se empeñaba en ignorar la alerta de su mente, incluso cuando metió sus manos por dentro de su vestido, y fue consciente de la carencia de tetas, el contacto con su piel suave y sus pequeños pezones no interrumpieron el movimiento de sus caderas embistiendo de forma acelerada, hasta que al fin estalló y todo su cuerpo convulsionó en espasmos al dejarse arrastrar por el orgasmo. Poco después, Andréi, que —ahora lo veía — se masturbaba sin perder de vista a Mario a través del espejo, sucumbía también al orgasmo, con un gemido felino y masculino a la vez.

Y entonces, volvió la incomodidad. Se acomodaron la ropa, Andréi se sentó sobre el tocador, y se quedó observando a Mario que de golpe no sabía qué decir o a donde mirar. Después de todo, apenas habían hablado, y un sinfín de dudas comenzaron a atosigar su conciencia.

—¿Qué era eso que me estabas contando…? —preguntó Andréi divertido.

—Eeeh… no lo recuerdo…

—Algo sobre mis ojos…

Mario sonrió, consciente de que se estaba divirtiendo a su costa. —¿Quieres ir a cenar, o algo…?

—Oh, vaya, un caballero… pero yo no soy una dama ¿recuerdas? No tienes que invitarme a cenar porque hayamos echado un polvo —dijo acercándose otra vez, más de la cuanta —me ha gustado… eres un chico muy guapo… —sus labios demasiado cerca volvían a enredarlo, y la confusión de Mario iba en aumento. No sabía cómo debía actuar y la lucha interna acabó por bloquearlo por completo. Por suerte, Andréi fue en su ayuda —pero si quieres podemos ir a tomar algo… sin compromisos ¿te parece?

—Vale… —consiguió decir al fin, y Andréi volvió a besarlo.

—Espera que me de una ducha y nos vamos.

—Claro — e hizo amago de irse, para darle intimidad.

—No hace falta que te vayas. Espérame ahí, enseguida vuelvo.

El modelo desapareció en el baño, y Mario volvió a perderse en un mar de incongruencias. Su cuerpo seguía hechizado por las sensaciones de lo que sin duda había sido el mejor polvo de su vida, pero ahora, a solas en aquella habitación, una punzada de pánico se apoderó de él. En el camerino apenas había signos personales, un ramo de flores, una fotografía de Andréi y otras modelos pegada en una esquina del espejo, algo de ropa. Una parte de él quería salir huyendo —tal vez podía dejarle una nota… pensó —otra parte sabía que echar un polvo y salir corriendo estaba mal. Las mujeres que formaban parte de su vida: su madre, su abuela, tías, algunas amigas, habían moldeado con esmero su conciencia masculina. No es no, ser un caballero, respetar a una mujer, hacer lo correcto… era la lección que había aprendido obediente. Aunque nada de eso tenía sentido en esta situación.

Antes de que pudiera alcanzar alguna conclusión en su debate interno, Andréi reapareció desde el baño, vestido, y una vez más la realidad le dio un bofetón en la cara. Con unos vaqueros estrechos de azul intenso, una camiseta negra de tirantes y la cara lavada al fin lo veía como lo que era. En sus brazos largos y pálidos se marcaba ligeramente la musculatura, el pelo suelto y húmedo caía ahora a mechones sobre su espalda y sus hombros, las cejas más pobladas, la pequeña nuez que asomaba en su cuello largo. A pesar de seguir manteniendo ese aspecto claramente andrógino, los rasgos masculinos se habían hecho más patentes. Su cara debía decirlo todo, pues al ver su gesto Andréi reaccionó con una sonrisa comprensiva.

—¡Sorpresa! — dijo en un tono sarcástico —¿te estás arrepintiendo? — y sus gestos lo devolvían al género femenino.

—No… perdona…

—Puedo ponerme unos tacones si quieres…

—No, está bien… lo siento… es raro…pero está bien…

Andréi rio, cogió una cazadora de cuero y agarró a Mario del brazo —Anda vamos, te invitó yo a cenar. —Y salieron del camerino, y el rubio lo exhibió una vez más  por el plató en el que algunos técnicos seguían atareados recogiendo los equipos.

 

Fueron en el coche de Mario. Mientras conducía, Andréi se arreglaba el pelo en el diminuto espejo del parasol frente al copiloto, y le hacía preguntas aunque casi no le dejaba contestar. —Así que tu padre e el jefazo… y tu madre ¿Qué hace?

—Era modelo…

—Un clásico…. ¿y a quién te pareces tú…? Apuesto que a tu madre…

Fueron a un restaurante oriental de alta cocina por insistencia de Andréi. Al entrar unas chicas reconocieron al modelo, se acercaron a pedirle un autógrafo, se hicieron fotos con él. Andréi posaba con gesto femenino, era amable, saludaba, sonreía. Se notaba que estaba acostumbrado a ese tipo de atención. Pidieron una variedad de pequeños platos y vino blanco, y el rubio despampanante siguió hablando, ahora de sí mismo. Era de un pequeño pueblo de Rusia, le contó, su padre se había ido de casa cuando él era pequeño, su madre había sido cocinera toda su vida, había sacado adelante a sus tres hijos. Ahora Andréi podía ocuparse de ellos, contaba de forma desenfadada, sin drama. Le había comprado una casa a su madre, pagaba los estudios de sus hermanos pequeños. ¿Novios? Si algunos, muchos en realidad. Vivía en Nueva York, viajaba por todo el mundo, le gustaba su vida. Era feliz, anunciaba con rotundidad. Y según iba hablando Mario se sentía más pequeño. De hecho, lo era, aunque solo por cuatro años, pero estaba claro que aquel chico ruso de orígenes humildes había vivido de forma mucho más intensa que él.

—¿Siempre eres tan tímido…? —preguntó haciendo una pausa en su monólogo, mientras mareaba su comida con unos palillos.

—No, para nada… es solo que…

—Estás incómodo —adivinó.

—Confundido… yo no soy… o sea… me gustan las chicas… —y lo dijo casi como si fuese una verdad inconfesable.

—Hetero, ya. Lo imaginaba. —Andréi sonrió, y si aquella información lo decepcionó de alguna manera, no se le notó en absoluto. —Te propongo un trato — dejó los palillos y se acercó un poco más, hacia su oído —juguemos a que esta noche no cuenta. Que sea como un paréntesis…

—¿Qué quieres decir?

—Nada de lo que hagas hoy cuenta. No tienes por qué hacer lo que crees que debes hacer, o lo que te parece que es correcto. Si quieres te quedas, o si prefieres te vas, sin dar explicaciones. Haz solo lo que te apetezca hacer y mañana no contará. Yo me habré ido para siempre, y tu seguirás con tu vida. Y lo que pase esta noche, será como si no hubiese ocurrido.

—¿Eso es un juego…?

—Puede ser nuestro juego… qué ¿Juegas conmigo? — y su sonrisa bajo la luz anaranjada de las velas era hermosa.

You’re beautiful… —dijo (seguían hablándose en aquella lengua común que ninguno de los dos dominaba del todo), y se alegró de que el inglés no distinguiera género para designar a algo hermoso.

—¿Lo ves? Se te da bien el juego… —respondió Andréi mordiéndose el labio inferior.

Una hora y dos botellas de vino más tarde, entraban los dos dando tumbos a la suite de hotel de Andréi. El chico rubio dejó caer su chaqueta sobre la moqueta, se quitó los zapatos con los pies y se dirigió en zigzag directo al minibar donde empezó a mezclar refrescos y alcohol.

—¿Intentas emborracharme? —bromeó Mario observándolo.

—Ese era el plan… así podré llevarte a la cama… — Andréi puso música con su teléfono, bajó la luz y se acercó a Mario con las bebidas tintineando con hielos en las manos, parte del líquido desparramándose a causa de la falta de equilibrio del joven. A Mario la cabeza le daba vueltas, había bebido más de lo que le hubiese gustado, y de pronto se le ocurrió que todo esto lo había entendido al revés. Él era la presa, no había seducido a la chica, era Andréi quien lo enredaba, y lo dirigía justo a donde quería. ¿Sería una venganza? ¿o solo se le estaba yendo de las manos todo esto? —¿Qué pasa? —preguntó el modelo al comprobar su gesto serio.

—Creo que… quizás debería irme…

El gesto del rubio mudó al instante —claro… puedes irte cuando quieras, ya te lo dije, sin explicaciones… —y en su sonrisa ahora si se percibía un eco de tristeza que se esforzaba en ocultar. Se quedaron mirándose el uno al otro, y aunque pensaba en irse, Mario no se movió.

—¿Por qué yo? Quiero decir… seguro que puedes liarte con quien tú quieras… —Andréi dejo escapar una carcajada amarga y dejó los vasos con alcohol sobre la mesa para evitar su mirada— ¿Es una venganza?

—¿Venganza? —volvió a mirarlo sorprendido —¿por qué?

—Por lo de ayer…

—Qué tontería, ya te dije que no tiene importancia… —pero Mario no parecía convencido —Mira… me gustas, me gustaste desde que te vi, y sí… me sentó mal que te fueras de esa forma. Pero volviste al día siguiente, y supe que habías vuelto por mí. —Andréi se acercó un poco más, despacio —puedes irte si quieres, no tienes que justificarte… pero me gustaría que te quedaras… Lo confieso, no puedo evitarlo… —su dedo índice comenzó a deslizarse por su pecho — es mi maldita debilidad por los heterosexuales… —Mario lo miraba intensamente, pero seguía sin hacer nada. —Si quieres puedo… —dijo al tiempo que peinaba su melena rubia hacia delante, intentando cubrirse parte del rostro y ocultando su carencia de pecho.

—No. Está bien —lo detuvo él. Y entonces se acercó un poco más, y esta vez fue Mario quien lo besó. Luego pasó una de sus manos por su pelo, despejando su rostro, le sujetó la barbilla y volvió a besarlo con delicadeza. Por alguna razón que no acababa de entender, de pronto aquel chico que había pasado todo el día usando tretas y juegos para engatusarlo, le inspiró una profunda ternura. —No hace falta que sigas jugando… — y le pareció notar que temblaba ligeramente cuando lo rodeo con los brazos y volvía a besarlo apretando su cuerpo contra el suyo.

Lo tomó de la mano y lo guio hacia la enorme cama doble que presidía la suite, allí le quitó la camiseta, dejando su torso desnudo y empezó a acariciarle los brazos contemplando su cuerpo delgado, infantil, de piel casi transparente. El chico rubio bajó la mirada, parecía confundido con el cambio de dinámica, ahora Mario llevaba la iniciativa, y tal vez no se lo había esperado. Al fin lo veía de verdad, detrás de sus estratagemas, de su máscara de felicidad, veía su vulnerabilidad, veía al chico inseguro, que no encajaba ni como hombre ni como mujer, que creía, tal vez, que no se merecía mas que un polvo rápido sin compromiso.

Mario se quitó la camisa en un movimiento rápido, se acercó a Andréi y lo guio hacia la cama tumbándose encima de él. Mientras lo besaba con dulzura, recorría su cuerpo con las manos, rodeó sus piernas y sus nalgas, y lo apretó contra su pelvis, y notar el bulto que crecía en sus pantalones no le molestó demasiado. Estuvieron un rato besándose, con los labios, con la punta de la lengua, despacio, sin prisa, y el chico de la verborrea constante parecía haberse quedado sin palabras. Mario entonces se incorporó en la cama para quitarle los vaqueros, deshizo la hebilla y con algo de ayuda, Andréi al fin quedó completamente desnudo sobre la cama. Mario se quedó de rodillas junto a él, observando detenidamente su cuerpo expuesto, y le fue acariciando y repartiendo pequeños besos. Besó su hombro, su pecho, sus pequeños pezones de niño, besó su cadera, y el chico rubio lo miraba, casi asustado con la curiosidad en los ojos de aquel joven. Mario se fijó en su polla, que no era muy grande, pero aguardaba dura y anhelante en aquel momento. La acarició suavemente con los dedos, y luego siguió por sus testículos, que carecían de bello púbico, y lo poco que asomaba era albino como su dueño.

—Si sigues mirándome así, vas a conseguir que me lo crea…

—¿Creerte el qué…?

—Que te gusto de verdad…

Y sí, ahora lo vio, era miedo lo que había en los ojos de Andréi, a pesar de su éxito en el extravagante mundo de la moda, seguía siendo solo un muchacho herido, que podía ser suficientemente mujer como para engañar a un hombre, pero demasiado varón como para retenerlo a su lado, y que puede que solo buscara un poco de cariño.

Mario le sonrió con ternura. Ahora Andréi se puso frente a él, y empezó a desabrocharle el pantalón. Al fin quedaron los dos desnudos, de rodillas sobre el colchón, uno frente al otro, sin máscaras ni maquillaje, tal como eran. Mario enterró el rostro entre su melena clara, le fascinaba la incongruencia de aquel chico, su piel suave, su olor dulce, sus caderas estrechas, tan femenino, y a la vez el ligero roce de sus dos pollas lo asustaba, pero también lo excitaba de una forma nueva y maravillosa. Le recordó a aquellos seres mitológicos que le encantaban de pequeño, que podían ser mitad humano mitad animal. Pensó que había algo místico en la duplicidad de Andréi, algo sobrehumano e increíblemente hermoso.

—Me gustas —le susurró al oído. Andréi se apartó y lo miró disgustado.

—No lo digas si no lo sientes de verdad…

Mario se acercó una vez más —me gustas… —repitió.

Andréi lo abrazó con fuerza, y sus bocas se unieron una vez más, esta vez con furor y ansia, un beso que buscaba, lleno de deseo. Andréi, rodeó los dos penes con la mano, y empezó a acariciarlos al unísono con un ritmo delicioso. Los jadeos de Mario se intensificaron, sus respiraciones agitadas se mezclaban entre los besos que se negaban a cesar, y cada vez se apretaban más el uno contra el otro, como si quisieran traspasarse, como si pudieran convertirse solo en uno. Y los movimientos y los jadeos fueron escalando hacia un ritmo frenético que los acercaba al abismo, acelerando, acercándose al inevitable momento en el que estallaron el uno junto al otro, entre jadeos descontrolados, y el semen de ambos salió expedido entre los cuerpos que apenas se dejaban aire y parecían querer fundirse el uno con el otro.

Aun embriagados por el placer del orgasmo, se dejaron caer sobre la cama, sin soltarse del todo. Mario abrazaba su cuerpo menudo con los ojos cerrados, Andréi, lo rodeo por la cintura, enterrando su cara entre sus brazos, las piernas entrelazadas unas con otras. Cansados, algo ebrios, ente sábanas de seda y olor a sexo, cayeron dormidos casi sin darse cuenta.

 

Cuando Andréi despertó, notó enseguida el vacío a su lado. Se sentó en la enorme cama matrimonial para comprobar lo que ya sospechaba, no había nadie mas en la habitación, ni ruidos que llegaran desde el baño, y la ropa del chico había desaparecido. Se dejó caer de espaldas sobre la cama, y cogió un cojín para tener algo que abrazar. “Y qué esperabas, tonta” se dijo a si mismo. ¿Por qué iba a ser diferente esta vez? Estaba enfadado consigo mismo. Era solo un juego, se recordaba, no debería haberle dejado que le diera la vuelta, no podía permitirse perder el control de esa forma. Solo era un polvo… intentaba convencerse… pero ¿por qué dolía tanto? Se tapó la cara luchando contra las ganas de echarse a llorar. No lo hagas, no lo hagas, se repetía. El caso es que por un momento llegó a creer que tal vez esta vez fuera diferente, había algo en la forma en la que él lo miraba que lo hizo creer… “¡Estúpida!” se recriminó.

Llamaron a la puerta en ese momento.

—¿Quién es? —preguntó recuperando la esperanza de golpe.

—Servicio de habitaciones —anunció una voz con crueldad dese el pasillo.

Andréi se levantó a regañadientes, se puso su bata blanca de seda y se dirigió hacia la puerta intentado poner un poco de orden en su melena enmarañada. Tras la puerta un camarero con un carrito con el desayuno.

—No he pedido el desayuno… — protestó.

—El caballero insistió que lo subiésemos a las doce.

¿El caballero?

La mesita con ruedas entro con su mantel blanco, sobre una bandeja había café, fruta, tortitas, y un enorme ramo de rosas rojas. Entre las rosas descansaba una nota:

“Tuve que irme a clase, no quise despertarte. Fue una noche maravillosa, espero que nos volvamos a ver.” Y debajo, un número de teléfono junto al nombre de Mario.

Andréi se sentó en una esquina de la cama con la nota en la mano pegada a los labios, el corazón galopando con fuerza y una sonrisa enorme en la cara. Y se recriminó a sí mismo: “¡Qué fácil eres!”.

 

Laurent Kosta

 

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13 comentarios sobre “HÍBRIDO

  1. Muy entretenido tu relató lleno de sorpresas y situaciones tan elocuente te envuelvo totalmente hasta uno puede imaginar los hechos como van pasando . felicitacione súper genial
    Saludos Alejandro

    Le gusta a 1 persona

  2. Amé tu relato y me dejaste con ganas de mas, saber mas de Andrei y de Mario, mi yo fantasiosa sueña con una continuación de este relato. desde que te leí la primera vez me sedujiste, tu forma de escribir es muy atrayente y tus finales siempre me deja con ganas de volver a leerte. Que felicidad encontrar escritores como tu.

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