CINCO DIAS

ESTE RELATO ES LA TERCERA PARTE DE UNA TRILOGIA QUE EMPIEZA CON “CINCO SEMANAS “ Y “CINCO MESES”.

Lunes

En solo cinco días su vida daría un giro de ciento ochenta grados. Pero en aquel momento, Sam aún no lo sabía. Entonces, estaba en la cama con una revista de cotilleos quejándose una vez más junto a Erik que ojeaba su teléfono móvil, los dos semidesnudos entre las sábanas de forma cotidiana, como habían hecho casi todas las noches desde hacía dos años.

—“Erik Winter rodeado de sus guardaespaldas…” —leía en tono de mofa el pie de una foto —¿en serio? ¿quién puede creerse que soy tu guardaespaldas? Me sacas una cabeza.

—¿Y qué preferirías que pongan, Sam?

—Quizás debería ponerme un antifaz y una capa, podría ser tu fiel compañero… a Batman y Robin les funciona.

Erik lo miró con gesto irritado —¿vas a quejarte otra vez? Porque te recuerdo que eres tú el que se esconde de los fotógrafos.

Aunque llevaban dos años viviendo juntos, de cara a la prensa y a su público, Erik seguía siendo soltero. De puertas a dentro su relación era la de cualquier pareja, de puertas afuera se veían con discreción, rara vez a solas, y Erik procuraba no hablar de su vida privada a la prensa. En un principio los dos estuvieron de acuerdo que era lo mejor. Para Sam ya era bastante cambio mudarse a Los Ángeles, dejar su trabajo, empezar a vivir con su novio, como para añadir la presión que podía ejercer la prensa ante la novedad de que el cantante Erik Winter tuviese novio en vez de novia. Pero según pasaba el tiempo el momento adecuado para hacer pública su relación no parecía llegar nunca.

—Tú no lo ves, pero yo noto las presiones de tu entorno… —continuó Sam, que era consciente del cuidado que ponían los representantes de Erik por dejar a Sam siempre en una posición secundaria y fuera del foco.

—Pues que les den. Ven conmigo a los Grammys este viernes… —dejó caer como si nada, volviendo a su pantalla distraídamente.

—¡Los Grammys! ¿Te has vuelto loco? Allí va todo el mundo…

—Y he aquí la verdadera razón por la que sigues siendo mi guardaespaldas… —le cortó Erik con cierto aire de victoria.

Era cierto que a Sam la idea de aparecer en las revistas le daba pánico. Se imaginaba perseguido por cientos de paparazzi enloquecidos que querrían desenmascarar sus secretos más íntimos, despellejarle con críticas ácidas, cargados de reproches y prejuicios homófobos, destripar cada detalle de sus vidas para publicarlo, y nunca volvería a disfrutar de su intimidad, o pasear por una calle sin que alguien le señalara.

—En el fondo lo dices porque sabes que soy el más sensato de los dos y sabes que diré que no…

Erik volvió a mirarlo desafiante —Ponme a prueba.

—¿Te das cuenta de lo que pasaría si lo hiciéramos?

—Lo sé… mi vida no cambiaría mucho, pero la tuya sí. Sé que eso te da miedo, Sam, por eso no insisto, pero al menos no finjamos que es por mi culpa.

—Tú quieres hacerlo, ¿verdad?

—Claro… Te quiero Sam. No necesito más tiempo para saberlo, pero parece que tú si, así que…

—Sabes que no es por eso… yo también te quiero… —protestó. — Vale lo pensaré… —cedió al fin poco convencido.

—Vale, piénsalo… tú siempre lo piensas todo —le desafió Erik irritado — tienes hasta el viernes para pensártelo, después de eso, no quiero más lloriqueos.

¿En qué momento se habían intercambiado los roles? Se preguntaba en ocasiones Sam. Solía ser él quien lo sabía todo, quien conseguía descifrar las intenciones ocultas detrás de las acciones de Erik.

En un principio se había negado, pues no tenía mucha fe en que su relación durara demasiado tiempo y hacerla pública solo le complicaría más su regreso a una vida anónima y alejada del glamur de las estrellas de rock. Se pasó los primeros cinco meses aguardando el momento en el que Erik rompiera con él. Se propuso disfrutar del momento y no pensar en el futuro. Cuando la gira terminó tuvieron que plantearse qué hacer, pues vivían en continentes separados. Y aun entonces Sam dudaba, y no quiso arriesgar demasiado. Mantuvieron su relación a distancia durante los siguientes tres meses, y contra todo pronóstico, Erik no le dejó, no se marchó, no se fue con otro o con otra. Para su sorpresa y desesperación, la relación funcionaba, y era maravillosa. Y al final no quedó más remedio que plantearse su futuro juntos.

A Sam le bastó una visita de Erik a su casa en Cádiz para comprender que, si iban a tener una vida juntos, era él quien debía dejarlo todo y seguir al músico. Volver a su pueblo con Erik había sido lo mismo que si se hubiese presentado con un extraterrestre. Y debía admitir que la estrella de rock había puesto lo mejor de su parte por integrarse, pero no había nada que hacer, Erik jamás encajaría en su vida, y después de todo, Sam había pasado ya un año a su lado, conocía su mundo y podía encajar con más facilidad.

Así que Sam dejó su trabajo, dejó su casa y a su familia y se mudó a Los Ángeles. Al menos Erik tuvo el detalle de sugerir que se mudaran a una casa nueva los dos juntos y dejó que Sam se encargara en su mayor parte de escoger la decoración y hacer suya aquella enorme casa que había sido su hogar desde entonces.

Martes

—Ya tengo las invitaciones para el viernes…. —anunció Erik discretamente mientras recogían juntos la cocina aquella noche.

—¿Por qué? Aún no lo he decidido…

—Ya lo sé, pero no puedo avisar el último día. Tranquilo, si no vas no será un problema… — y el músico se lo quedó mirando un instante con gesto apesadumbrado. — No vas a venir ¿verdad?

—Dije que lo pensaría… y tú deberías pensarlo también…

—No inventes excusas…

—Y tú no me presiones…

Erik se acercó, dejó escapar un suspiro cargado de decepción y lo besó con ternura —Esta bien… cuando estés preparado, Sam… —Y una vez más dejaron el tema aparcado para otro momento.

¿Qué era lo que le daba miedo? Tal vez que pudiera ser irreversible.

¿Era Erik el amor de su vida? Desde la adolescencia había fantaseado con ese amor perfecto. Imaginaba que cuando apareciera el “amor de su vida” lo sabría nada más verlo, que sería como un sunami que te lleva por delante, imposible de evitar, que te golpea con una certeza absoluta, y sabes contra toda duda que estás ante el hombre con el que quieres pasar el resto de tu vida. Sabía exactamente como debía ser el amor de su vida. No le importaba tanto el aspecto físico, sabía que sería inteligente, culto, que le gustaría la ópera y el jazz, hablaría de política internacional y dejaría a todos impresionados con sus conocimientos profundos del funcionamiento de mundo, sería cariñoso, le sorprendería siempre con alguna sorpresa romántica e inesperada, aunque sería sensato, ambicioso, práctico…

Lo cierto era que, el “amor de su vida” había tardado tanto en aparecer, que llegó a pensar que no sabría reconocerlo, había comenzado a olvidar como era, y con el paso del tiempo, parecía contentarse con menos, hasta el punto de que llegó a pensar que le bastaría tan solo que hubiese alguien ahí.

Y entonces llegó Erik para romper todos sus esquemas. Erik no se parecía en nada al amor de su vida. De hecho, cuando lo conoció, le pareció un capullo engreído (aún se lo parecía a veces). Erik que detestaba la ópera, a quien la política le importaba un pimiento, y prefería los videojuegos. Erik que decía palabrotas, podía pasarse una semana con el mismo pantalón corto, que era soez, y le gastaba bromas de mal gusto que reía él solo. A quien debía vigilar porque era alcohólico, desordenado, caótico. Podía enamorarse mil veces del Erik que subía a un escenario, era sexy, carismático… ¡joder! ¡Era una estrella de rock! Cuando lo veía así, aún le costaba creerse que el tío guapo y guay que salía en las revistas era el mismo que se metía en su cama por las noches ( y eso que ahora que no se drogaba y comía como una persona normal había engordado un poco y tenía una barriguita que Sam encontraba adorable). Pero ese no era el Erik que él conocía, su Erik era otro, era el que pasaba semanas fuera de casa y hacía que se preguntara constantemente si le era fiel, el que olvidaba mandarle un mensaje para avisarle que llegaría de madrugada, el que llegaba demasiado cansado con frecuencia, de mal humor y sin ganas de nada, el que se despertaba a mediodía y pasaba horas enganchado al teléfono o repitiendo los mismos acordes insistentemente en la guitarra, el que jamás recogía su palto si no se lo recordaba, o el que dejaba la ropa sucia justo al lado de la cesta de la ropa sucia pero nunca dentro, incluso, el que entraba en el baño a cagar mientras Sam se estaba lavando los dientes…

—¡Joder, Erik, hay tres baños más en esta casa…!

—Es que me gusta estar cerca de ti… no te vayas, ahora viene lo bueno…

—¡Oh, dios, eres asqueroso…!

No, el amor cuando llegó no había sido para nada lo que Sam había esperado. Y, aun así, tenía claro que era a Erik a quien amaba. Porque lo amaba. De una forma colosal y absoluta, como no había amado nunca antes en su vida. Pues Erik también era a quien había visto llorar y reír, quien venía a hablarle de cualquier cosa que le rondaba la cabeza sin importarle si podía ser una estupidez, quien le llamaba siempre que tenía que tomar una decisión importante o necesitaba que escuchara sus canciones nuevas cuando aún no estaban terminadas. Era quien le repetía incansablemente lo guapo que era, lo mucho que le ponía, incluso cuando estaba resfriado y se sentía la persona más asquerosa del mundo, aun entonces era con él con quien Erik quería hacer el amor. Era quien tenía una sonrisa para él cada mañana (o, bueno, algunas no tanto, pero no importaba), quien  sabía cómo animarle cuando tenía un mal día, y sabía exactamente como le gustaba el café por las mañanas, a quien podía despertar a cualquier hora si necesitaba hablar de algo y jamás se enfadaba, quien, a pesar de ser un extraterrestre, había conseguido que su abuela Carmen lo adorara, y que se reservaba las fechas de la recogida de naranjas porque sabía que era importante para Sam. Era, a fin de cuentas, quien volvía cada noche a su lado para susurrarle al oído que le amaba.

Miércoles

Erik llegaba tarde una vez más… Sam ya se había metido en la cama, aunque fingía dormir, porque tenía que despertarse temprano al día siguiente.

—Sam… ¿estás dormido? —Erik susurraba mientras se metía en la gigantesca cama que compartían que podría suplir dos camas amplias sin problema. Le dio igual que Sam no contestara, las manos de Erik empezaron a buscar su cuerpo en cuanto se tumbó a su lado, completamente desnudo, notó su aliento en el cuello, una erección que amenazaba rozándole por encima del pijama, y las manos de Erik buscando su polla por debajo del elástico de su pantalón de pijama —Sam… — gruñía en su oído, el calor de su aliento besando su nuca —Sam… no finjas que estás dormido capullo…. — Y Sam no pudo evitar reírse, rindiéndose al capricho de su amante, su pareja, que venía tarde pero cachondo. Sam se giró al fin, y sus labios se juntaron, a oscuras en la cama, no necesitaba verlo para imaginarlo exactamente como era, como estaría en aquel momento. Se besaron en silencio, adormilados, sin necesidad de convencerse, o conquistarse para el sexo, la conquista sobraba, era solo el deseo que necesitaba satisfacción. Y ahora los besos de Erik eran más profundos, y sus manos lo apretaban contra su cuerpo, jadeando suavemente, sin exageraciones, sin postureo. Erik se colocó encima de Sam, sus dos pollas ahora igualadas en dureza, se acariciaban mutuamente, Erik apretando su culo buscando un mayor contacto en el roce, y comenzó a bajarle el pantalón, que no era ajustado, no necesitó quitárselo del todo, en cuanto pudo echar mano de sus dos pollas juntas, le bastó para el propósito. Y entre besos, jadeos, lenguas apaciguadas, y respiraciones sincronizadas, Erik fue elevando el ritmo de la masturbación, respiraba ahora en la boca de Sam más que besarla, concentrado en llegar al orgasmo, y Sam le apretó también hacia su cuerpo para animarle a seguir, para avisarle de que le acompañaba, y la fricción aumentó un poco más el ritmo, hasta que al fin, estallaron, Erik un poco antes que Sam, los dos orgasmos se unieron junto con una respiración más profunda que ya no se molestaba en parecer un beso, porque ya estaba hecho, el semen cálido desplegado entre los dos cuerpos, dejando que los jadeos se calmaran. Y fue Sam quien buscó papel para limpiarlos a los dos, y le recompensó ahora con un beso tierno en los labios. Y los dos se abrazaron y se dejaron vencer por el sueño sin explicaciones ni justificaciones.

El sexo era con frecuencia así entre ellos, fugaz, útil, sin preámbulos. Otras veces se volvía más elaborado, si habían salido, si a alguno de los dos se le había ocurrido preparar una velada especial, y por norma general era apasionado y casi violento siempre después de los conciertos de Erik, que era cuando Sam se sentía más motivado. Fuese del tipo que fuese, el sexo no había dejado de ser un elemento esencial en su relación.

Jueves

El jueves por la mañana Sam sorprendió a su novio anunciando que iría con él a la gala el viernes. El sexo cotidiano y casero había sido suficiente para convencerlo, porque a Sam le gustaba eso, le gustaba esa confianza hecha de trocitos de rutina, le gustaba poder predecir lo que haría Erik y aun así que tuviese la capacidad de sorprenderlo.

—¿En serio? —El cantante parecía pletórico — ¡Joder, va a ser la ostia…!

—Crees que deberíamos avisar a alguien de la discográfica… o algo…

—Paso, esto es cosa nuestra…—aseguró al tiempo que lo abrazaba y volvían a besarse como si no lo hubiesen hecho cada día desde hacía tres años —te quiero…

Y es que el amor era imperfecto. Y puede que no fuese para siempre, pero, tenías que tomar lo que te daba, y agradecer que estaba allí durante una parte de tu vida, porque era hermoso, y estaba lleno de momentos irrepetibles e inolvidables que formarían parte de él el resto de su vida, incluso cuando Erik ya no estuviese a su lado.

Había sido su propia madre quien le había dado la clave. —Si vas a quedarte en Los Ángeles, no lo hagas solo por tu novio — le había dicho — tienes que estar ahí porque quieres y además estar con Erik—. Y era verdad, en los primeros meses tras su traslado a Estados Unidos estaba sumido en una nube de amor y terror a partes iguales. Había dejado su vida atrás por una relación, y la idea de que pudiese terminar le daba pánico. Su madre tenía razón, tenía que construirse una vida en Los Ángeles que no dependiera de Erik, así que buscó trabajo en lo que puedo (aun no tenía permiso de trabajo) haciendo terapias de rehabilitación a domicilio, y poco a poco, había empezado a encontrar su propio lugar en su nuevo hogar, tenía sus propios horarios, su dinero, sus amigos, un trozo de vida personal que iba tomando forma y que era perfectamente Sam, y no era para nada Erik, y que le gustaba.

 Pasó gran parte del día buscando un esmoquin para la gala, y con un nudo en el estómago preguntándose qué pensaría el mundo de él. Erik era abiertamente bisexual — algo que se le había escapado a Sam porque nunca había prestado atención a las revistas de cotilleos — pero jamás se había presentado ante la prensa con un hombre, por lo que más de uno podría pensar que lo de la bisexualidad era más una pose de estrella de rock que una realidad.

Se preguntaba qué pensarían los fans de Erik y su grupo. ¿Lo odiarían? ¿Pensarían tal vez que un enfermero no era suficiente para el chico malo del rock? ¿Qué escribirían los periodistas sobre él al día siguiente? ¿serían crueles? De pequeño su madre solía disfrazarlo de angelito en carnavales, porque parecía un querubín con su pelo rubio y rizado. Pero de adolescente los chicos de su clase se habían burlado de él, habían sido crueles y habían resquebrajado su confianza. Ya no era tan rubio, su pelo ahora solo ondeaba ligeramente entre algunas mechas claras. Siempre había sido un chico bonito, estaba en forma, tenía claro que a Erik le volvía loco. Pero no era una estrella de cine, solo era Sam, el enfermero calmado y simpático que seguía temiendo que alguien en la última fila se riera de él cuando hablara, se burlara de su ropa o de su forma de moverse.

Viernes

Había dicho que lo haría, y su novio parecía feliz con la decisión, y sin embargo con cada minuto que avanzaba el día, la sensación de terror iba en aumento. Mirándose al espejo con el traje perfecto, se descubrió pensando que no quería hacerlo, y al mismo tiempo, no quería decepcionar a Erik.

Bajó las escaleras con el estómago en un puño, intentando convencerse a sí mismo que todo iría bien. Erik lo esperaba, con un traje negro que llevaba con camiseta negra y sin corbata, sin poder evitar su aspecto de roquero, aunque tan guapo como siempre.

—Wow, Sam… —dijo exagerando su asombro al verle bajar con el smoking — te sienta bien un traje, deberíamos hacer esto más a menudo —Sam se acercó hasta él y se besaron —estás muy guapo con pajarita… —siguió murmurando entre besos.

—Tú estás guapo aunque te pongas una bolsa de basura en la cabeza…

—¿Nervioso? —Sam soltó un suspiro lastimero como única respuesta. Estaba nervioso, mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir. —Tengo algo para ti —dijo, dando un paso atrás — sé que este es un gran paso para ti y quiero que estés seguro… de lo que siento por ti… —y tras decir eso, sacó de su bolsillo una pequeña cajita de terciopelo azul marino, y Sam supo lo que estaba a punto de ocurrir antes de que pasara. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos antes de que fuese consciente, se llevó la mano a la boca para intentar contener la emoción mientras Erik abría la pequeña cajita para revelar un pequeño anillo dorado — Sam… Samuél, quería pedirte… — y con una sonrisa, como si estuviese haciendo una travesura, Erik plantó una rodilla en el suelo, pero no tuvo ocasión de completar la frase, pues Sam se dejó caer al suelo frente a él, y se lanzó a  besarlo.

—Si, si, si… mil veces si…— y de golpe lo supo, con una clarividencia absoluta, no habría otro, no quería a otro, si existía algo parecido al amor de su vida, era él. Erik, que se había colado en su vida despacito y de puntillas para tomarlo por sorpresa de forma inesperada, que se había hecho un hueco en su vida antes de que pudiese darse cuenta, y que estaba dispuesto a  amarlo por encima de todo.

—Aun no te he preguntado nada… iba a preguntar si querías un café… —bromeo.

—Idiota… —rio Sam, sin dejar de besarle.

Se miraron entonces en un momento de tregua mientras Erik le ponía el anillo en el dedo —¿vas a casarte conmigo, enfermero?

—Claro que sí, rockstar.

Volvieron a besarse, con más amor del que habían sentido nunca, si cabe, los dos arrodillados uno frente al otro.

—¿Qué es lo que me has hecho? ¿Me hiciste algún tipo de conjuro en esa clínica? porque me tienes completamente hechizado…

—¡Qué suerte la mía…! —Pronto los besos empezaron a calentarse. Erik acariciaba su culo, apretando sus caderas, y no tardaron en endurecerse los dos, Sam rodeando su rostro con ambas manos, mientras Erik buscaba el final de su camisa blanca para poder meter las manos por debajo y acariciar la piel de su espalda. Las manos de Sam también descendieron por su espalda, buscando aferrarse con fuerza y sentir su piel a través de las gruesas telas. Erik empezó a desabrocharle el pantalón, y Sam intentó frenarlo —Espera, Erik… la gala…

—Puede esperar…

—Vale…— Las dos chaquetas de vestir cayeron al suelo desatendidas. Sam le quitó la camiseta a Erik para sentir su piel, y besarlo entero, mientras el cantante forcejeaba para llegar a su bragueta. El moreno ganó el pulso, Sam se dejó caer al suelo, y Erik liberó su polla y empezó a lamer su glande rodeándolo ligeramente con la punta de la lengua provocando un grito de placer en el enfermero —¡oh, dios!— que sujetó entonces su cabeza mientras la boca de Erik se abría para dejar entrar su polla rígida hasta el fondo de su garganta, para enseguida dejarla salir casi por completo. Comenzó así un ritmo delicioso arriba y abajo, desatando los gemidos y jadeos del chico rubio que estaba al borde del abismo del placer —¡dios, Erik! ¡no pares…!

Antes de que se corriera en su boca, Erik se detuvo, y fue en busca de algún bote de lubricante de los muchos que dejaban desperdigados por la casa, y que en ocasiones se negaban a aparecer cuando más los necesitaban. Terminaron de quitarse cada uno la ropa que les quedaba, y los trajes caros que habían mimado todo el día quedaron convertidas en trapos por el suelo. Siguieron besándose sobre el sillón de cuero blanco del salón más cercano, una vez más de rodillas con las caderas chocando ahora dejando que sus dos pollas duras se rozaran con el contacto. Erik buscó su orificio con los dedos, comenzó a lubricar la zona, entrando y saliendo con generosidad, mientras seguían comiéndose las bocas. Ahora fue Sam quien buscó con su boca el largo tronco del pene de Erik, lamiendo y succionando para llevar su dureza al máximo de su capacidad. Luego se giró contra el respaldo del sillón —¡fóllame! — repitió una y otra vez, porque sabía lo mucho que eso le ponía, y Erik aún se tomó algo de tiempo en amagar con su glande en su entrada estrecha, antes de embestirle hasta el fondo —¡ah!— gimió Sam, disfrutando de la invasión, que al entrar profunda hizo contacto con su próstata provocando una oleada de placer . Erik sacó su polla casi por completo antes de volver a entrar hasta el fondo, y el movimiento de las embestidas se hizo más suave y rítmico cuando Erik lo abrazó por la espalda, buscando sus labios para besarlo mientras sus dos cuerpos se unían como si fuesen uno solo.

—Te amo… —susurró en su boca, y Sam pensó que se echaría a llorar por la ternura que provocaban aquellas palabras.

—Yo también… y te amaré siempre…

Y el tempo del sexo se acopló a la intimidad del momento, la mano de Erik acariciando a Sam sin dejar de besarse mientras descubrían juntos una nueva forma de alcanzar el orgasmo, en algún lugar entre la lujuria y la ternura. Entre jadeos suaves, sin sobreactuaciones, disfrutando de ese momento de contacto profundo y de amor, estallaron al fin, desparramando su semen entre los cuerpos sin que se pudiera distinguir uno de otro.

Luego siguieron abrazados sobre el sillón, sus cuerpos pegados por el líquido blanquecino que se secaba sin que les importara nada más, mirándose a los ojos, con una sonrisa discreta como si los dos supieran el secreto que guardaban juntos y no hiciera falta decirlo.

Y pasó un rato antes de que empezaran a bajar de la nube y volvieran a la realidad —Bueno… —anunció Erik —habrá que ir a esa gala…

—Espera, tengo que ducharme…

—Se nos va a hacer tarde.

—No puedo ir a los Grammys oliendo a sexo… —decía mientras recogía la ropa de camino hacia el baño de su dormitorio.

—Si vuelves a decir eso no vamos a llegar a los Grammys — contestó el músico siguiéndolo hacia la ducha.

Y aquella noche no llegaron a ninguna gala, porque el sexo se interpuso y tenían demasiado que decirse, que mirarse y besarse aquella noche.

Aunque hubo otras ocasiones de hacer pública su relación, pues a partir de ese día las cosas si cambiaron, pero lo hicieron con naturalidad. Fueron juntos a alguna fiesta, al estreno de una película, se hacían fotos para Instagram. Erik no tuvo ya reparos para admitir que estaba enamorado y hablar de su novio en entrevistas, y la noticia de su boda, cuando llegó, apenas tuvo repercusión mediática. Un año más tarde, cuando al fin fueron juntos a la gala de los Grammys, no hubo escándalo, ni revuelo, la presencia de Sam no era la noticia. Solo era el marido del cantante de un grupo de música que acompañaba a su pareja discretamente de la mano, como todos esperaba ya que hiciera.

Un relato de Laurent Kosta

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8 comentarios sobre “CINCO DIAS

  1. E encantó!! Aunque hubiese querido leer todo hacerca de la gran boda…
    Si hiciesen un live acction de esta trilogía quisiera audicionar para Sam…

    Me encantó la trilogía. Saludos.

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