TE ELIJO A TI… UNA Y OTRA VEZ

Alquilar su estudio fue la constatación definitiva de que aceptaba que las cosas no volverían a ser como antes. Nunca más. Aun había quien le decía que la esperanza es lo último que se pierde, pero la esperanza puede ser un arma de doble filo, tener esperanza era como volver a abrir la herida cada día , y ya había tenido bastante de eso. Era hora de seguir adelante. Le entregó las llaves al nuevo inquilino, el proceso se había retrasado mucho más de lo debido y Hugo empezaba a estar algo inquieto. En cuanto terminaron y salió del estudio llamó a Alex para asegurarse de que todo iba bien en casa.

—¿Dónde estás? ¿Por qué hay tanto ruido? — Alex no tardó en responder a la llamada, sin embargo, el ruido de fondo no le hizo mucha gracia.

—Son los coches…

Hugo se detuvo en seco —Alex ¿has salido de casa?

—Solo he ido a comprar helado.

—Te he dejado helado en la nevera.

—Quería el helado que tomamos el otro día… ese con cositas encima. Pero no lo encuentro…

—¿Dónde estás? ¿Sabes volver a casa?

Un silencio — Eh… creo que… si, creo… bueno, no lo sé aún…

Hugo cerró los ojos y se tomó un momento, podía escuchar su respiración al otro lado del auricular, adivinó que él también comenzaba a inquietarse. —Alex, escucha, quiero que te sientes en algún sitio ¿hay un banco cerca? ¿o una cafetería?… ¿recuerdas como enviar tu ubicación? —y siguió dándole instrucciones, paso a paso, muy lentamente, intentando mantener la clama. —No te muevas de ahí, voy a buscarte… prométeme que no te moverás de ahí…

Estaba apenas a diez minutos de casa, pero no recordaba el camino. No era la primera vez que le pasaba, salía a dar una vuelta, a buscar un lugar por el que habían pasado algún día o a comprar algo, y se perdía en el enjambre de calles de la ciudad. Le había pedido un millón de veces que no saliera solo de casa, pero era imposible, no sabía si lo hacía a propósito o no conseguía recordar que habían hablado del tema.

Hugo tardó algo más de lo que hubiese deseado en llegar, era imposible conseguir aparcar en su barrio y era preferible dejar el coche en la plaza de garaje que alquilaban y caminar hasta donde estaba. Cuando al fin lo vio a lo lejos sentado en un banco sobre la acera, ya iba sudando, con la respiración cargada y bastante cabreado, la verdad. Tenía mucho trabajo pendiente y llevaba perdiendo el tiempo toda la tarde. Sin embargo, según se fue acercando al joven del palidez enfermiza y pelo cobrizo con su mirada confundida y asustada que observaba a su alrededor sin comprender nada, no pudo evitar compadecerse.

En cuanto Alex lo vio sus ojos lo reconocieron y su rostro se transformó en alivio. Hugo se acercó y se sentó a su lado —¿Estás bien?

—Sí. Lo siento… No debería haber salido.

—No, no deberías. La próxima vez espera a que vuelva. —Pero ya no estaba enfadado, a pesar de todo, se le partía el alma cuando lo miraba como si fuese su salvador, su persona de referencia. Él, a quien apenas siete meses atrás miraba con los mismos ojos desconcertados con los que observaba ahora las calles desconocidas. —¿Aún quieres helado?

Caminaron juntos hasta la heladería, despacio, aún le costaba mover la pierna izquierda. No le extrañaba que quisiera salir, había pasado demasiado tiempo enclaustrado en una habitación. Volvieron a casa dando un paseo, Alex disfrutando de su helado como un niño, no recordaba que le gustaran tanto antes, pero era una de esas cosas que había vuelto a descubrir después del accidente y despertaban su fascinación.

De vuelta en casa, Hugo intentó ponerse al día con su trabajo mientras Alex en su dormitorio dibujaba. Esa era otra de las cosas que habían cambiado, ahora cada uno tenía su propio cuarto, ya no compartía cama con su marido. Siete meses atrás sus vidas habían sido otras muy distintas. Llevaban tres años casados, pero antes de eso ya habían vivido juntos otros cuatro. Desde que conoció a Alex no había habido otro hombre en su vida, no había deseado que hubiese otro. Su relación no había sido perfecta, pero era justo el tipo de relación que siempre había deseado. Las piezas encajaban bien, compartían muchas aficiones y objetivos en la vida, discutían poco. Una de las cosas por las que solían discutir era la afición de Alex de esnifar coca, fumar costo y ponerse ciego a whisky cuando iba de fiesta, sobre todo cuando iba solo y no estaba Hugo para atosigar su conciencia. Fue una de esas noches descontroladas de fiesta en la que Alex estampó su coche contra la pared de un túnel. Tal vez por ese motivo Hugo seguía enfadado con él, porque fue un accidente que pudo no haber ocurrido, y nada de esto que les tocaba vivir estaría pasando. Aunque no era con éste Alex con quien estaba enfadado, era con el otro, el Alex de antes del accidente, tenía ganas de hablar con ese Alex, y gritarle por ser un estúpido, por jugarse la vida de los dos de forma tan fútil. Pero no podía hacer eso, porque el Alex con el que vivía ahora, no recordaba absolutamente nada de la vida del otro Alex. No recordaba haber estado casado con Hugo, ni sus años de convivencia, ni siquiera que se conocieran. Y ahora vivía con quien era para él un extraño, porque no tenía otro sitio al que ir.

Un estruendo de objetos cayendo le llegó desde el cuarto de Alex. Hugo se acercó, parecía haberse vuelto loco, tiraba las cosas a la pared, mientras rompía los dibujos que había estado haciendo toda la tarde.

—Alex, ¿qué pasa?

—¡No… no me sale como está en mi cabeza… !

Que se frustrara también era de las cosas que ocurrían habitualmente, pues no era solo que no recordara su vida anterior, a veces olvidaba lo que acababa de hacer, o lo que había hecho el día anterior, por eso se perdía con facilidad, aunque no estuviese lejos de casa, le costaba recordar el camino que acababa de hacer. No era siempre, pero podía pasar en cualquier momento.

—¿Te duele la cabeza? —Alex se había sentado sobre la cama con la cabeza hundida entre sus manos.

—No… si, siempre duele, pero no es eso… es que… tengo una cosa en la mente y no consigo… no sale…

Hugo se sentó a su lado, apoyó la mano sobre su espalda, no era un gesto de deseo, solo de comprensión. —Por qué no descansas un rato, te traeré tus pastillas, llevas muchas horas pintando. Tal vez si te acuestas un rato te salga más tarde.

Alex ya no opuso resistencia, no solía hacerlo, en cuanto Hugo le sugería hacer algo, lo hacía sin más, no lo cuestionaba, al menos confiaba en él, aunque unos meses atrás, cuando abrió los ojos y recuperó la conciencia lo miraba con desconfianza, porque no sabía quién era, ni su nombre, ni por qué venía todos los días a verlo y se quedaba a su lado.

Mientras Alex se acomodaba sobre la cama para dormir, aguardando el efecto de las pastillas que calmarían la ansiedad y el dolor durante unas horas, Hugo se dedicó a recoger el desorden de la habitación. Recogió sus dibujos, o sus pinturas, como las llamaba él, garabatos que hacía con rotulador negro sobre hojas en blanco. Se quedó un rato mirando alguna de esas láminas plagada de rayas sin sentido, quizás esa era la parte que se le hacía más dura, la pintura era la esencia de lo que era Alex, el motivo por el que lo admiraba y por el que se habían conocido años atrás. Ese pintor capaz de hacer cuadros hiperealistas asombrosos, uno de ellos seguía ocupando toda una pared del salón de su piso, un cuadro gigante en blanco y negro de una calle de las Ramblas de Barcelona, que visto en la distancia parecía una fotografía, pero según te acercabas descubrías que se trataba solo de trazos indefinidos que solo cobraban sentido en la distancia. Seguía sin entender cómo era capaz de hacer eso… más bien cómo había sido capaz de hacerlo, porque ya no podía. Era como si lo hubiesen reiniciado, el software estaba, pero los datos se habían borrado por completo.

La primera vez que el neurólogo le pidió que escribiera su nombre en una cuaderno, Alex escribió todas las letras, una encima de otra, sin mover su mano del mismo punto. Tardó más de dos semanas en conseguir deslizar la mano para que su escritura se hiciera inteligible. Esperar que volviese a pintar como lo había hecho era absurdo. Su cerebro ya no funcionaba bien, después de dos semanas en coma y con una contusión cerebral que casi acaba con su vida, era un milagro que pudiese hacer la mayor parte de las funciones básicas con normalidad. En los primeros días tras el accidente la esperanza estaba puesta en que no muriese. Celebró que sobreviviera, celebró que despertara del coma, siguieron celebrando cada pequeña victoria, que consiguiera comer solo, que volviese a caminar, a hablar. Fueron meses difíciles, pero progresaba, se recuperaba, y por un tiempo pensó que lo conseguirían, que todo volvería a ser como antes. Siete meses más tarde, en cambio, tenía claro que esa última batalla la habían perdido.

—¿Qué quieres hacer este finde? —le preguntó Hugo el viernes mientras desayunaban juntos.

—¿Podemos ir a ver el océano?

—¿El océano? No está muy cerca precisamente…

—Es que no lo he visto… bueno, supongo que si lo he visto, pero no lo recuerdo.

—Son cinco horas en coche por lo menos.

—Ya. Bueno, no importa.

Y una vez más se sentía como un capullo porque él se comportaba a menudo como un invitado no deseado, pidiendo permiso o disculpándose sin acabar de comprender que esa era su casa y que tenía todo el derecho del mundo a estar ahí, sin entender del todo que un extraño se ocupara de él como lo hacía Hugo.

—Para ver el Atlántico lo más cerca es Portugal. Podríamos salir mañana temprano, pasar la noche allí y volver el domingo. Es una paliza en coche, pero si te apetece podemos hacerlo.

—Si tú quieres, eres tú el que tiene que conducir.

—No me importa, puede estar bien.

Alex parecía feliz, se levantó de la mesa, recogió sus cacharros eficientemente y se dirigió a su habitación. Enseguida asomó desde la puerta —Y, si te llevas el ordenador ¿crees que podríamos volver el lunes?

Sus ojos llenos de expectativa ante su respuesta —Puede ser… deja que lo mire

—Vale. Gracias.

Lo que necesitaba mirar eran sus cuantas. Ahora que solo había un ingreso en casa, las cosas ya no estaban tan bien. Alex no ganaba tanto por los cuadros, pero era ilustrador y antes trabajaba para varias editoriales de forma bastante regular, un trabajo que estaba claro que no podía seguir haciendo. Hugo, por su parte, había pasado meses descuidando a sus clientes y necesitaba recuperar el tiempo perdido. Al menos había alquilado el estudio de Alex, eso sería un ingreso fijo y… mientras le daba vueltas a todo eso volvió a sentirse solo, estos eran asuntos que antes resolvían juntos, ahora las decisiones eran cosa suya, ni siquiera le había dicho a Alex que había alquilado su estudio de pintura. Para qué, si de todas formas no lo recordaba. En ocasiones tenía la sensación de vivir con un doble de su marido, como en esas películas de los años cincuenta en la que los extraterrestres le lavaban el cerebro a las personas, dejando el envoltorio intacto, pero con una mente abducida o enajenada.

El sábado salieron temprano, Alex durmió la mayor parte del camino y cuando despertaba era porque le dolía la cabeza o la pierna y necesitaban parar un rato. Llegaron al Faro de Aveiro después de comer. Tras registrarse en el hotel que había reservado casi tuvo que obligarlo a descansar un poco ante su ansiedad por ver el océano, aunque no tardó en quedarse dormido, el viaje lo había agotado y Hugo aprovechó para trabajar un rato en el ordenador. Cuando despertó, comieron algo y luego caminaron sin prisa hasta la playa. Había un camino de tablones de madera sobre la arena que llevaba hasta la orilla, con un pasamanos que le vino bien a Alex para ayudarlo con su pierna plagada de tornillos. El viento soplaba con fuerza desde el océano, Alex tuvo que apoyarse en Hugo para hacer el resto del camino por la arena y no perder el equilibrio. —Huele a mar — dijo — no lo recuerdo, pero lo sé—. Comenzaba a anochecer, el cielo se teñía lentamente de naranja, hacía frío, y ellos llevaban abrigos, aun así, Alex se descalzó para sentir la arena, y luego se acercó hasta la orilla dejando que el mar mojara sus pies. Entonces se giró hacia Hugo, que permanecía tras él, con una sonrisa enorme. Estaba feliz. Hugo colocó una manta que había traído sobre la arena, y se sentó a observar a Alex contemplando el océano como si lo viera por primera vez. Permanecieron así mucho tiempo, puede que algo más de una hora, hasta que el sol desapareció casi por completo del cielo, y apenas se veían solo las manchas anaranjadas de sus rayos bañando las nubes. —Hace frío — comentó Alex.

—¿Quieres volver?

—¿Podemos quedarnos un poco más?

—No tienes que pedirme permiso, si quieres quedarte, nos quedamos un rato más… Anda ven. Deja que te abrigue un poco.

Hugo lo ayudó a sentarse en la manta, y se acomodó tras él envolviéndolo con brazos y piernas desde atrás, para calentarlo un poco mientras seguía mirando el horizonte perfecto del océano, y las olas con su vaivén sonoro, inundando rítmicamente la costa. Alex recostó al cabeza en su hombro, y el gesto le resultó tan familiar. Hugo cerró los ojos, hundió la cara en su cuello y aspiró profundamente absorbiendo su olor. Eso no había cambiado, su piel seguía teniendo ese olor dulzón mezcla de tinta y sudor masculino. Por unos instantes lo abrazó e imaginó que nada había cambiado, que eran aquellos dos que fueron no hace tanto, sentados a la orilla de la playa como tantas otras veces.

—Debes echarlo de menos —le escuchó susurrar. Hugo abrió los ojos, y lo descubrió observándolo.

—¿A quién?

—A tu marido.

—Tú eres mi marido.

—Debes ser una putada para ti… lo siento.

—No es culpa tuya. — Y volvieron a quedar en silencio un momento, aun abrazados, Alex aún mirándolo de vez en cuando por el rabillo del ojo.

—Pero debes echarlo de menos… no sé, como era antes y eso…

—Echo de menos cómo me mirabas.

—¿Cómo?

—No sé… con deseo, supongo…

Alex se giró hacia él se lo quedó mirando de frente. —Eres guapo — constató, y Hugo soltó una carcajada.

—Vaya, me alegra gustarte. Tú también eres guapo… siempre fuiste muy guapo… — su voz casi se arrastró entre palabras. Se estaban mirando a los ojos, los rostros separados apenas por unos centímetros y sintió un impulso irrefrenable de besarlo. Y antes de que pudiera pensar en la conveniencia o no de hacerlo, sus labios ya habían ido a buscarlo. Comenzó siendo un beso dulce, solo con los labios, tanteándose, esos labios gruesos y cálidos que conocía tan bien, y a la vez era como si se besaran por primera vez. Sintió ese cosquilleo en el cuerpo, ese hormigueo en el estómago de los primeros besos, salvo que no era la primera vez que lo besaba, llevaba años besando esos labios, de forma ya cotidiana y acostumbrada, cómoda, como ese viejo pantalón de chándal que te resistes a tirar a la basura, y a la vez era como volver atrás y besar por primera vez. Entonces Hugo probó con la lengua, y su boca cedió a la intromisión, dejándole entrar, buscando también su lengua, con sus alientos entrelazados entre suspiros y leves jadeos. Se habían besado antes, un beso en la frente o en la mejilla, también algún piquito en los labios, pero no se habían besado de esta forma, no desde… no quiso pensar en eso ahora. Empezó a acariciarlo con sus manos también, lo deseaba tanto, anhelaba tanto volver a sentirlo por dentro, por fuera, desnudo entre sus brazos, tenía tantas ganas de él, de este Alex, que era igual a su Alex, su pareja, su amante a quien echaba tanto en falta… pero tenía que frenarse, porque este Alex tal vez no estaba preparado para dar ese paso. —Perdona, me he dejado llevar.

—Quieres sexo ¿verdad?

Mierda, ahora si que se sentía un imbécil. —¡No!… o sea, sí, pero no si tú no quieres…

—Yo si quiero. Solo que… no lo he hecho antes, bueno, si, supongo que lo hemos hecho antes, pero…

Hugo sonrió, eso no se lo había esperado —Es tu primera vez… otra vez.

—Si…

—¿Quieres preguntarme algo?

—Sí… ehm… ¿Qué me gusta?

Y Hugo no podía borrarse la sonrisa, le resultaba tan enternecedor. —¿Te refieres a qué rol…? Por lo general eres activo, aunque, de vez en cuando te gusta cambiar… pero sí, activo… ¿sabes lo que quiere decir?

—Si, claro… menos mal.

—Jamás haríamos algo que no quieras hacer…

—Pues ahora mismo creo que me gustaría volver al hotel… contigo.

Por algún motivo inexplicable, el estómago le dio un vuelo al oírle decir “contigo”. Lo deseaba, mucho. Deseaba al antiguo Alex, pero también a este nuevo Alex que lo miraba algo asustado ante la expectativa de acotarse con él. Levantaron su pequeño campamento de playa, y caminaron de vuelta por el camino por el que habían venido unas horas atrás, pero esta vez caminaron cogidos de la mano. Un gesto que hicieron los dos casi al unísono, como si se hubiesen puesto de acuerdo antes.

—Cuéntame nuestra primera vez.

Le había contado ya muchas veces cómo se conocieron, él siempre le pedía que le repitiera la historia, como si quisiera asegurarse de que no lo engañaba, pero también como si intentara regenerar ese recuerdo a fuerza de repetirlo. — Nos conocimos en la fiesta de una discoteca, nos presentó un amigo tuyo…

—Xuxo ¿verdad?

—Sí. Estuvimos hablando durante horas, y luego desapareciste. Pero me habías hablado de tu exposición, y fui a verla… la verdad, con la esperanza de cruzarme contigo, aunque, tú no estabas, claro. Pero me encantaron tus cuadros…

—Eso ya me lo contaste. Me refería a nuestra primera vez…. En la cama ¿cómo fue?

—Si, si, ya llegamos a eso… Total que tuve que comprar un cuadro tuyo para poder verte.

—Ese que está en el salón…

—Sí, me encanta… Me costó casi el sueldo completo de un mes. Pero tenía que volver a verte —él sonreía, le gustaba esa parte, quizás le gustaba saber que alguien lo hubiese deseado tanto como para hacer una locura. — Y funcionó, porque viniste a la galería el día que lo recogí, y yo te sugerí que me ayudaras a encontrar el lugar perfecto en mi casa para colgarlo. No te lo pensaste mucho… —Seguían andando, las manos entrelazadas, Alex apoyándose ligeramente en él. —Y bueno, fuimos a mi casa, yo vivía en otro piso entonces, mucho más pequeño, casi no cabía tu cuadro… lo colgamos y… una cosa llevó a otra… acabamos follando sobre la mesa de la cocina, sobre mi cama, más tarde en la ducha… follamos sin parar toda la noche… — rieron juntos como si los dos lo recordaran — y no has salido de mi vida desde entonces. La mejor compra que he hecho en toda mi vida sin ninguna duda.

Habían llegado justo a la entrada del hotel cuando terminó la historia y se miraban a los ojos como si se vieran por primera vez, otra vez. —¿Aún no te arrepientes? ¿con todo lo que ha pasado? ¿Con todo lo que tienes que hacer por mi ahora?

—Te hice una promesa, soy tuyo para siempre, para lo bueno y para lo malo…

—Pero no lo recuerdo…

—Da igual, yo sí. Y aún te quiero… — y era cierto, amaba tanto a ese otro Alex que había quedado perdido en alguna parte, que no se sentía capaz de abandonarlo. Fue Alex esta vez quien se acercó y lo besó. Solo un beso breve para luego volver a mirarlo como intentando descifrarlo, y algo debió pasar por su cabeza en ese momento que le hizo sonreír, con cierta malicia provocadora.

Se dirigieron con urgencia a la habitación, y en cuanto cruzaron el umbral de la puerta empezaron a comerse las bocas, a buscarse con las manos casi con desesperación. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez… Alex le preguntaba por su primera vez, pero la que Hugo recordaba más vívidamente era la última vez que habían hecho el amor, la misma mañana del accidente, uno de esos polvos rápidos que hechas casi por rutina con cierta dejadez práctica, sin imaginar que pueda ser el último.

Hugo le estaba desabrochando el pantalón, y los gemidos de placer de Alex lo estaban volviendo loco. Sentir su cuerpo pegado al suyo otra vez, era justo lo que necesitaba. Deseaba tanto volver a tocarlo, encontrarse con su polla dura era un regalo, como lo era escuchar los leves jadeos entre besos que emitía con cierta timidez. No es que no se hubiesen tocado desde el accidente, pero había sido un contacto con un matiz muy distinto, para ayudarlo a vestirse o ir al baño, y que estaba cargado de un pudor incómodo a pesar de su intimidad.

Los abrigos, las sudaderas y las camisetas habían ido quedando abandonadas de camino a una de las dos camas separadas de la habitación. Hugo lo guió para que él quedara tumbado boca arriba, sería más fácil para él, y luego se fue colocando a gatas encima. Casi le arrancó los pantalones, antes de ocuparse también de los suyos, y cuando al fin quedaron desnudos uno frente al otro, notó la tensión de él. Volvió a besarlo, con suavidad, para tranquilizarlo. Hugo estaba tan empalmado que iba a estallar — déjame a mi — le susurró a sus labios.

—Pero, creía…

—Tranquilo, sé lo que te gusta.

Sí, conocía muy bien ese cuerpo, aunque ahora estuviese magullado y herido, lo había recorrido tantas veces. Se deslizó por su torso desnudo con la lengua, buscando los espacios que tanto le gustaban y que había extrañado tanto, los pliegues entre los músculos, las hendiduras de las costillas, del esternón, su ombligo rodeado de pelo negro y rizado. Y su polla, ahora dura también, goteando expectante. La sujetó con una mano para acariciarla mientras su lengua ahora jugaba a rodear su glande, jugando también entre curvas, pliegues y hendiduras. Y la quiso entera en su boca, grande, larga y jugosa, entrando y saliendo de su garganta, mientras no perdía de vista la forma en la que Alex se retorcía de placer, curvando la espalda, tensando cada músculo de su precioso cuerpo, frunciendo las cejas, reproduciendo los mismos gestos exactos que siempre había hecho cuando hacían el amor. Y lamió y succionó hasta que estuvo casi seguro de que se correría si seguía un poco más. Entonces se frenó. Se colocó a horcajadas sobre él, y bajo la atenta mirada de su pareja, dirigió con la mano la punta de su pene a su entrada. Hacía mucho que no lo hacían, pero no importaba, quería sentirlo, quería sentir como penetraba despacio y que él también lo sintiera. Poco a poco, fue ayudando a que entrara, solo la punta al principio, y el gesto de concentración de Alex era un cuadro. Se fue sentando sobre él, despacio, dejándola entrar, se sentía tan bien, la forma en la que presionaba su esfínter para hacerse sitio, abriéndose camino en su estrechez, mientras se miraban en un silencio que apenas se interrumpía por las respiraciones de los dos. Hugo subía y bajaba despacio dejando acceder su polla un poco más con cada movimiento, y cuando entró del todo, y se sentó por completo sobre su pelvis, dejando que lo invadiera, al fin fue Hugo quien gimió con fuerza. Apoyándose con las manos en la rodillas, o en la cama, Hugo ascendía y descendía sintiendo como lo llenaba por completo, y creyó que se correría solo de pensarlo. Pero entonces fue Alex quien comenzó a mover la pelvis, llevado por el placer de las sensación provocada por la penetración, y fue empujando y levantando la cadera cada vez con más ímpetu, acelerando progresivamente, llevado por el deseo, tomando el control, hasta que al final Hugo se limitó a mantenerse en el aire mientras que Alex lo embestía con rabia moviendo su cadera arriba y abajo mientras lo sujetaba de la cadera para acceder al fondo con más fuerza, y de pronto era él quien se lo estaba follando, con la misma energía y al misma entrega con la que habían follado siempre, acelerando y acelerando el ritmo de la penetración hasta un tempo frenético en el que ya se mezclaban los gemidos y jadeos de los dos, mientas los cuerpos chocaban con violencia una y otra vez. Y allí estaba. Cuando Alex dio esa última embestida que lo llevó al orgasmo, allí estaba ese gesto de placer absoluto que tan bien conocía, el mismo rostro, el mismo cuerpo, la misma forma de hacer el amor, ese, en ese instante, era su Alex. Y mientras su Alex se corría dentro de él, a Hugo apenas le hizo falta tocarse un poco para correrse también dejando que el semen salpicara el resquebrajado y herido cuerpo del amor de su vida.

—¡Ah! ¡mierda! — Alex gritó, y de golpe su gesto había mudado del placer al dolor, mientras se llevaba una mano a la sien.

Hugo se bajó de encima y se colocó a su lado —¿es la cabeza? ¿te duele?

—La pierna ¡Joder!… y la cabeza…

Parecía estar sufriendo mucho, — ¡mierda! Creo que nos hemos pasado… Lo siento.

—Yo no… — y entre el gesto de dolor, apareció una sonrisa de complicidad que hizo a su vez sonreír a Hugo .

—Voy a por tus pastillas. — Le trajo su medicina y un vaso de agua que tomó enseguida—. Descansa un poco… —Aunque no hacía falta decirlo, ya se estaba dejando ir, visiblemente agotado.

En cuanto hicieron efecto las pastillas, Alex cayó dormido. Hugo se había quedado a su lado, pensó en irse a la otra cama y dejarle sitio para descansar, pero en cuanto comenzó a levantarse, él lo sujetó de la muñeca —No te vayas… — pidió en un suspiro, y Hugo ya no lo pensó más. Se acomodó a su lado arropándolo con los brazos y pasaron la noche juntos, dejando la otra cama individual olvidada.

Cuando Hugo se despertó a la mañana siguiente, Alex llevaba ya un rato levantado pintando eufórico en sus cuadernos con su rotulador negro. Hoja tras hoja garabateando como hacía cada día a todas horas como un loco. Hugo miró la hora, era más tarde de lo que imaginaba, hacía tiempo que no dormía tanto y tan profundamente. Se levantó, caminó hacia donde estaba Alex, y pasó su mano por su espalda en una caricia mientras le hablaba. —Deberíamos bajar a desayunar…

—Ahora no puedo.

—Quitarán el desayuno si no bajamos, está incluido en el precio.

—Baja tú. Yo estoy bien.

—Tienes que comer algo.

Alex lo ofreció solo una mirada breve y una sonrisa — traeme algo — y le dio un rápido beso en la mejilla antes de continuar con el trabajo de pintarrajear hojas en blanco.

Hugo decidió que sería muy deprimente quedarse allí a comprobar como volvía a perderlo, volviendo a la rutina de los últimos meses como si la noche anterior hubiese sido un espejismo. Así que se puso algo de ropa, y bajó al restaurante a tomar un café, y algo más.

En la cafetería junto a la recepción del hotel, mientras tomaba un café con leche y unas tostadas, se quedó observando a las otras parejas sentadas a las mesas contiguas. Parejas que hablaban animadamente, o que discutían con cierta tensión, parejas que hacían planes, una pareja con niños a los que regañar y enseñar a comportarse, y sintió envidia de todas ellas y sus posibilidades de planes de futuro sin límites.

No podía quedarse mucho tiempo, al subir podía aguardarle cualquiera de las versiones de Alex, el frustrado, el loco, el que lo evitaba, el que sufría de dolor, con un poco de suerte el que le sonreía, y tal vez, aquel con el que había hecho el amor por la noche. Abrió la puerta de la habitación. Alex había empezado a pegar sus garabatos en la pared con celo, uno tras otro pegaba las hojas como si montara un puzzle, con el mismo gesto de locura que le había visto una poco más temprano. Al principio no lo vio, solo pensó en explicarle que no podía pegar hojas de papel sobre la pared del hotel. Pero antes de que pudiese hablar lo vio. Los garabatos sin sentido, colocados de la forma en la que los había dispuesto formaban un rostro, un retrato enrome y perfecto formado de pequeños trozos de tachones, y aun más, aquel retrato era de Hugo.

Alex se giró en ese momento hacia él, con una sonrisa, una diferente, era su sonrisa de estar inspirado, una que hacía mucho que no veía pero que conocía bien. —Creo que ya lo tengo — anunció feliz, antes de continuar.

Hugo se quedó petrificado junto a la puerta. Aquello era asombroso, era diferente a lo que había pintado antes del accidente, pero en el fondo era la misma técnica. Y, como solía pasarle, no entendía cómo podía hacer eso, como sabía que aquellos garabatos que parecían aleatorios y sin propósito podían forma una imagen perfectamente reconocible en la distancia, cuando se desfiguraban en la cercanía.

—Es una pasada, Alex.

Alex dejó el cuadro y se acercó hasta donde estaba —¿Te gusta?

—Me flipa.

Y Alex dejó caer el rotulador al suelo, y sujetándole el rostro con las dos manos, lo besó. No un beso pausado, un beso de los que piden más, de los que no se contentan con poco. —Quiero hacer el amor contigo otra vez. — Y Hugo no pudo evitar reír. — ¿Qué pasa? — Se extrañó Alex.

—Tú nunca decías eso: “hacer el amor”.

—¿No? ¿Qué decía?

—Follar…

—Vale, pues, quiero follar contigo.

Hugo lo besó y lo rodeó con los brazos, buscando la caricia con su cuerpo —Me gusta más como lo has dicho antes.

Y se encaminaron juntos hacia la cama besándose, buscándose, acariciando y agarrándose. Sí, él era su Alex, al menos en lo que de verdad importaba, en su esencia: la misma sonrisa, el mismo sentido del humor, la misma forma de hacer el amor, y, ahora lo sabía, la misma capacidad de asombrarlo con su arte. Lo demás era solo información, podían crear nuevos recuerdos, una nueva primera vez para todo. Podían volver a enamorarse una y otra vez, todas las veces que hicieran falta.

Laurent Kosta

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32 comentarios sobre “TE ELIJO A TI… UNA Y OTRA VEZ

  1. que bella historia de amor eso es lo que uno busca ese amor que todo lo hace posible luchar por el otro eso es amor del bueno como dicen bella la historia es mas me lo imagine a los dos es como leyendo la historia le imagine verlos abrazados e el mar que linda hostoria de verdad que vole por un instante

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  2. Al borde de las lágrimas. Y no brotaron porque “los hombres no lloran” je. Amé tu relato. Que fuerte, que intenso, que profundo. Tocó cada fibra de mi ser. Amé a los personajes. Sentí empatía con Hugo y me enterneci con el nuevo Alex. Me transmitiste la tristeza de Hugo y la inseguridad de Alex con su carita de perdido, de no recordar. De escritor a escritor: me tocaste el alma.

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  3. WAOOOOOO!!! He leído casi todas tus historias, y de verdad que está me parece la mejor. Una historia que logró arrancarme, por momentos, risas y lágrimas; pero sobre todo porque me hace recuperar la fe en el ser humano, en el amor. Un amor sincero y bonito, un amor para siempre a pesar de las circunstancias. Gracias por regalarnos tu talento. Dios te bendiga. 😍

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  4. WAOOOOOO!!! He leído casi todas tus historias y de verdad estas es la que más me ha gustado. Una historia que me arrancó, por momentos, risas y lágrimas, y que me hace volver a tener nuevamente de en la humanidad y en el amor. Un amor bonito y sincero, un amor para siempre. Gracias por regalarnos tu talento. Dios te bendiga. 😍

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