Espera en línea para pedir su café mientras contesta a unos clientes, les informa de las condiciones del contrato que tienen entre manos. Su mujer, perdón, exmujer, le está bombardeando con mensajes, pero no tiene tiempo para sus neuras esa mañana. Aun asi cae irremediablemente, le está diciendo algo sobre la caldera. “Es tu casa ahora” le contesta “resuélvelo tú”. Ella no lo deja, sigue insistiendo que los niños no pueden bañarse intentando convencerlo de que se pase a resolver el problema. “querida” le responde, aunque los chats aun no han conseguido impregnar sarcasmo a las palabras, estaría bien que lo hiciera, entonces ese querida sonaría de forma muy distinta. “No puedes tener lo mejor de dos mundos. Búscate la vida.” Manda el mensaje, ella no responde, y siente que se acaba de marcar un gol, justo cuando llega su turno para el café.
—Café café doble moca —dice sonriendo, —y un rollo de canela —añade, porque hoy puede permitírselo, se dice.
—¿Para llevar? —pregunta el joven que lo atiende que parece haberse contagiado de su buen humor y le sonríe de vuelta.
Le prepara el café en un vaso de cartón, con su tapa, y mete el bollo en una bolsa de papel y se lo entrega por encima del expositor de cristal en el que se expone la oferta de bollería recién horneada del pequeño Rincón del Café de la esquina de su oficina en el que para cada mañana después de ir al gimnasio para comprar su dosis de cafeína matutina.
—Que tenga un bien día —añade el joven, un chico rubio de unos veintipocos, y al hacerlo le hace un repaso. Es solo un instante, casi pasa inadvertido, aunque no a Eduardo que cruza miradas con el chico justo en ese instante en el que sus ojos verdes descienden haciendo un recorrido por su cuerpo, de arriba abajo y vuelven a sus ojos con una sonrisa.
Vaya, piensa Eduardo, eso ha tenido mucho descaro. Pero sale de la tienda con su café y su dulce sin prestar más atención al asunto.
Tras una jornada intensa de trabajo, tiene una cita. Ha quedado con una mujer a las ocho y media para cenar. Ha decidido que ya es momento de volver a tener citas, no verá a los niños hasta el fin de semana, y los últimos dos años con su mujer casi no follaban, porque aprovechaban las horas en las que los niños dormían para discutir y recriminarse todas las cosas que le decepcionaban el uno del otro. Separarse ha sido una buena idea, pero supone un nuevo problema, económico principalmente. Ha tenido que alquilar un apartamento, uno ridículamente pequeño, que está al lado de su oficina, mientras continúa pagando los gastos de la casa en la que ahora vive su mujer con sus tres hijos. Espera que cuando se resuelva el divorcio pueda quitarse alguna carga de encima. Necesita divertirse, asi que se ha creado uno de esos perfiles de citas y ha empezado a quedar entre semana. Solo que no está resultando como él esperaba.
Aquella noche ha quedado con Auxi, treinta y cuatro (eso dice), divorciada, sin hijos, jefa de personal del corte inglés. Pelirroja teñida, tetas grandes. Salía mejor en las fotos, aunque no está mal, es atractiva, pero se pasa la velada criticando a sus compañeros, a su jefe, a los clientes, a los políticos, a sus vecinos, incluso a la camarera que los ha atendido y hace una mueca rarísima cuando muerde le pan, agachándose hacia el plato y levantando el labio superior como un caniche gruñendo. No han llegado al postre y ya se ha cansado de escucharla. Cuando salen del restaurante, ella lo invita a su casa, pero está cansado y quiere irse a dormir. Ya no tiene veinte años, piensa, ya no se le pone dura por cualquier cosa.
Otra jornada laboral. Contesta emails en el desayuno, media hora en el gimnasio, una ducha y pasa por el Rincón del café a por su café doble moca contestando a los mensajes de sus clientes, como cada mañana. Cuando pide el café se encuentra con el chico rubio de ojos verdes que suele atender a esa hora. Él joven le sonríe cuando pide el café. —¿Nada para comer hoy? —pregunta, y sus ojos están mandándole señales inequívocas.
—Solo café hoy, gracias.
Y ahora es Eduardo quien le hace un repaso cuando el rubio le da la espalda para preparar su café en la máquina. Tiene un buen cuerpo, firme y estilizado, una cadera fina, al inclinarse le da un buen repaso a su culo que es redondito, y lo lleva bien marcado en sus pantalones blancos elásticos. Siempre se ha preguntado como debe ser eso de follarse a un tío por el culo. Quiso probar el sexo anal con su mujer, pero a ella no le gustó, así que lo olvidaron. Pero debe admitir que a él le encantó y que ha fantaseado en más de una ocasión con la idea de hacérselo con un tío en un baño o algún otro lugar escabroso.
Cuando el rubio vuelve con su vaso de café parece leerle la mente, le lanza una sonrisa sensual. Le entrega su café, Eduardo le paga y el chico se muerde el labio inferior mientras activa la caja registradora con su cambio. —Que tengas un buen día —le dice al tiempo que le da su cambio, sus dedos se rozan ligeramente, y le clava la mirada. Eduardo le aguanta la mirada y sonríe también.
—Gracias.
Se marcha, pero justo antes de salir por la puerta acristalada se gira una vez más para encontrarse con los ojos del chico rubio que ya está atendiendo mecánicamente al siguiente de la fila.
Otra cita. Esta vez ha escogido una pareja más positiva. Una profesora de yoga argentina. Pelo largo, delgada, fibrosa, la edad empieza a marcarsele en la cara, pero aún se nota que ha sido un bellezón siendo más joven. La cita empieza bien, ella se interesa por él, por su trabajo, se muestra comprensiva con su separación, pero al final acaba inmerso en una larga conversación sobre charas, y aguas internas y no sabe que mierdas más sobre la que ella intenta convencerlo como si quisiera salvar su alma pecadora de una condena al infierno. Se aburre. Mucho. Está vez ella ni siquiera se molesta en invitarlo a su casa, tal vez espera unas cuantas invitaciones más a cenar. Ya tiene bastante con una mujer que lo está sangrando, no necesita otra.
Mientras vuelve a su pequeño apartamento a medianoche se pregunta como debe ser eso que hacen los hombres de quedar solo para follar. ¿Por qué no puede haber una página de citas así para heteros? Ya ha tenido una relación de doce años, no quiere otra, le gustaría poder quedar para echar un polvo sin tener que pagar peaje. AL pasar por delante del Rincón del Café, que a esa hora permanece oscuro y cerrado, su mente vuelve al chico rubio. Se va a la cama, pero su cabeza insiste en pensar en sexo, y fantasea con la idea de llevárselo al chico del café al almacén, bajarle los pantalones, y follarse ese culito apretado que tiene. Y solo de pensarlo empieza a ponerse duro, cierra los ojos y se hace una paja a oscuras en su habitación con imágenes de un cuarto sucio lleno de cajas y un bonito culo con su ojete abierto ofreciéndose para que se lo folle salvajemente.
El lunes por la mañana, cuando vuelve a por su café y se encuentra como siempre al rubio, las imágenes de su fantasía le vuelven a la memoria, y mandan un mensaje de alerta a sus genitales. Pide su café doble moca evitando mirarlo a los ojos, puede ver sus manos en esa forma en la que las maneja, como si estuviese dibujando estelas por el aire, la forma delicada en la que sus dedos se posan sobre las teclas de la caja registradora, acariciándolas en lugar de atacarlas. Cuando le da el cambio, le da una bolsita con rollo de canela.
—No he pedido esto.
—Es un regalo —contesta sonriéndole.
Eduardo carraspea antes de darle las gracias, porque la voz no acaba de salir, y mientras se aleja hacia la puerta se gira varias veces a mirar al chico que le está enviando señales clarísimas de lo que busca.
Se pasan toda la semana con el mismo juego, miraditas, sonrisitas, pequeños roces de los dedos. Más claro imposible. Y la idea de fallárselo en la trastienda lo está poniendo muy cachondo. Pero no sabe cómo dar el siguiente paso. No se ve teniendo una cita romántica con otro hombre, el ritual de la cena con velas, la conversación para darte a conocer, o más bien para vender tus virtudes al otro, no se ve flirteando o invitándolo a subir a su piso, besándolo junto a la puerta… No, no quiere nada de eso. Pero esto es completamente nuevo, y no tiene ni idea de como funciona.
El viernes por la mañana, cuando va a por su café, empieza a sentirse como un adolescente ridículo. Y entonces, al darle su cambio, el rubio añade —hoy cierro a las seis—. Eduardo se queda petrificado, lo mira a los ojos, piensa que debería decir algo, pero no se le ocurre nada. Así que no dice nada, y se va como cada día con su café en un vaso alto de cartón.
Se pasa el día entero pensando en esas cinco palabras: “hoy cierro a las seis”. Es una invitación, está clarísimo. Lo que no sabe aún es qué hacer con la invitación. Una cosa es fantasear, pero ¿está dispuesto a llegar tan lejos? Y después ¿qué pasa después?
Sale de su oficina a la hora justa, diciéndose que se va a casa temprano, y que no necesita complicarse más la vida, que está cansado, bla, bla, bla… cuando pasa por delante de la pequeña tienda de la esquina que vende cafés, pan y bollos, se queda observándola. Ocupa apenas una esquina, con las paredes acristaladas que permiten que veas desde la calle su mostrados con la bollería recién horneada como reclamo. Es un lugar de paso, no está pensado para que te sientes, aunque tiene un par de mesitas solo para cumplir con su rol de cafetería. Desde la calle puede ver al chico atendiendo a los últimos clientes a través del cristal. Cuando sale el último, el chico, que parece estar sólo a esa hora en el establecimiento, se acerca a cerrar la puerta de entrada y colgar el cartel de cerrado, y en ese momento, se ven. Eduardo de pronto se siente estúpido quedándose ahí, o huyendo de la invitación, porque de pronto sería obvio. Asi que decide acercarse, y según camina hacia la tienda de la esquina, empieza a notar la excitación creciendo en sus pantalones entallados.
Cuando llega hasta la entrada, el chico rubio abre y le deja pasar. Cierra con la llave tras él, y deja caer la persiana pesadamente hasta el suelo, censurando la luz de la calle y creando de golpe intimidad. Sin decir nada, se dirige hacia la parte de atrás del mostrador por una puerta, y solo se gira a mirarlo en el último momento, como una invitación para seguirlo. Y Eduardo va detrás, con su erección a punto de reventarle los pantalones.
Y están en el almacén, que es un espacio mucho más ordenado y limpio que el de sus fantasías. El chico está de pie delante de él. Va a ir a besarlo y Eduardo lo detiene —Besos no —indica. El chico sonríe y se muerde el labio inferior. Pero lejos de enfadarse, se agacha ante él, y mirándolo desde el suelo con esa sonrisa que pide sexo, le abre la bragueta, libera su polla dura y se la mete en la boca. Y de pronto está en la gloria. Cualquier mujer le habría dado un bofetón merecido si llegase a tratarla así, pero el chico rubio no tiene problema. Chupa y lame su polla y sus huevos con avidez, como si fuese el último hombre de la tierra, y no recuerda que nadie le haya hecho una mamada con tanta hambre en toda su vida. Cierra los ojos y disfruta de cómo su polla entra y sale de su boca, le agarra el pelo, empuja su cabeza, y él recibe toda su dureza hasta la garganta obedientemente, una y otra vez. Cree que podría correrse así, pero no quiere eso, intenta disminuir el ritmo para disfrutar más de su boca. Luego él se separa, se pone de pie frente a él. Viene preparado, le pasa un condón y un pequeño botecito de lubricante. Saca otro botecito pequeño, algo amarillento que esnifa, y luego le ofrece, Eduardo declina y él lo guarda antes de darle la espalda y desnudarse por completo y sabe lo que debe hacer a continuación. Se quita la chaqueta y la corbata, se desabrocha la camisa, se pone el condón con los pantalones aún por las rodillas y los zapatos puestos. Cuando empieza a untar su orificio con el lubricante, él se contonea y gime de placer. Preferiría que no lo hiciera, peor va a ser demasiado pedirle que se calle. Ha empezado a masturbarse, puede ver el movimiento de su mano, pero no su polla, lo que agradece. Lo agarra de las caderas, y amaga con su entrada, y el primer contacto con su agujero estrecho lo tiene muy excitado. Quiere entrar ya, sin miramientos, pero sabe que no debe. Se unta el dedo de lubricante, y lo mete primero, y él gime y se abre más para él. Mete otro dedo más, tiene prisa, está deseando fallárselo, intenta extender la abertura todo lo que puede con los dedos. Y no aguanta más, es posible que aún no está preparado, pero lo quiere ya. Vuelve a agarrar su cintura estrecha, y esta vez su glande no tarda en entrar, se detiene un momento, mientras él jadea y se acomoda, y abre un poco más las piernas, sin decir nada, y Eduardo empuja un poco más… y un poco más… y solo un poco más y está dentro. Él deja escapar un gritillo de dolor que suena casi como una mujer. Y empieza a embestirlo. Despacio al principio, pero según ve que lo soporta, empieza a ir más rápido, más a al fondo, hasta que ve desaparecer su polla entera y enorme dentro de su agujero, hasta que su pelvis choca con su culo, y hace un leve chasquido. Y el chasquido húmedo se repite una y otra vez, mientras entra y sale y empuja, y embiste, una y otra, y otra, vez. Cierra los ojos, sintiendo toda la estrechez de su esfínter al límite, embistiendo a lo bestia, buscando solo su propio placer. Y le da, y le da y le da… hasta que el orgasmo arremete y lo invade recorriendo toda su espina dorsal hasta su cerebro. Y permanece un instante inmóvil, notando los espasmos de semen que chocan contra el condón. Y con un grito gutural y agónico, se deja caer sobre su espalda tras el esfuerzo. Soltando todo su placer.
Al terminar, se deshace del condón, se limpia con una servilleta que el chico le ofrece, y se acomoda la ropa. El chico rubio también se viste. Ni siqueira sabe como se llama.
Vuelve a tener un momento de incertidumbre cuando piensa en cómo debería marcharse. —Pues… nos vemos ¿entonces? —no sabe si es una afirmación o una pregunta.
—Espera —dice él, y sale hacia la tienda. Le sigue y ve que está metiendo unos bollos en una bolsa de papel. Luego se la entrega con una sonrisa —Para tu desayuno.
—Gracias.
—Nos vemos.
—Nos vemos.
Y se va. Y ha sido el polvo más barato de su vida.

Ha pasado un mes y sus encuentros con el chico rubio se han repetido con una frecuencia esporádica. Algunas tardes pasa y no es él quien está cerrando, otras, sale demasiado tarde del trabajo y se encuentra el Rincón del café cerrado. Sin embargo, otras, lo ve cerrando la tienda a solas, entra, y acaban follando salvajemente en la trastienda. Imagina que para el chico rubio el arreglo es igual de atractivo, imagina que le gusta que lo folle el tipo maduro que está de buen ver, pues, lo cierto es que Eduardo se cuida, y siempre fue muy deportista y coqueto. Imagina que le dará morbo que sea heterosexual y que venga impecable, con su traje fino. Solo lo imagina porque nunca se ha animado a preguntar. Solo follar. Eso es lo que hacen, Sin besos y sin conversación.
El sábado tiene a los niños. De momento les divierte lo de hacer una acampada en el salón de papá, pero sabe que tendrá que encontrar una solución mejor pronto. Tiene tres hijos, Samuel el mayor de siete y las mellizas, Emma y Mia de cinco. Demasiado seguidos, casi parecen trillizos y son agotadores. Los lleva al cine esa tarde, han comido palomitas y un vaso enorme de Coca-Cola que la madre no les dejaría tomar, y cuando salen del metro Mia tiene que ir a hacer pis.
—Ya casi hemos llegado.
—No aguanto más —se queja su hija como si estuviese a punto de morir. Sabe que es muy dramática, pero cuando llegan a la esquina se planta y anuncia que se está haciendo pis y que se le va a escapar. Eduardo busca una solución. El café de la esquina es lo que está más cerca, piensa en el chico rubio, pero sabe que no trabaja los fines de semana. La coge en brazos, y corre con Emma en la otra mano y Samuel siguiéndolos hasta la esquina. Entra en el local. Pregunta a una chica que está tras el mostrador por el baño, aunque sabe perfectamente dónde está. La dependienta le hace una indicación que casi no llega a escuchar, se mete en el aseo de hombres con su hija cierra la puerta para que nadie más pueda entrar. —Aquí no quiero, es de chicos —protesta la niña, y los otros dos lo están mirando como si la estuviera liando. Siempre lo mismo. Agarra a los tres y se los lleva al aseo de al lado. Por suerte es solo para una persona, asi que cierra y aguardan todos juntos a que Mia haga pis, y como suele pasar, los otros dos descubren en ese momento que también tienen ganas de ir al baño. Cuando salen del servicio Samuel empieza a decir que tiene hambre —¿no podemos comer un donut?
—Acabáis de inflaros a palomitas.
A lo que responde un coro de vocecillas famélicas. Y justo cuando se dirige a la salida, se da de bruces con el chico rubio que viene cargando unas cajas de la trastienda.
—Hola —lo saluda con una enorme sonrisa. Parece encantado de pillarlo ejerciendo de padre, pero Eduardo se queda paralizado unos instantes, porque su cabeza no es capaz de conciliar la visión de follarse al chico rubio contra unas cajas con la imagen de sus hijos pidiendo un donut. Él sonríe a los niños con naturalidad —¿vais a merendar? Podéis sentaros en la mesa, os traigo lo que queráis.
Y ya es tarde para hacerlos cambiar de opinión así que se sientan en una de las tres mesitas que tiene el local para los que prefieren tomar su café ahí mismo, y el chico del café se acerca con una libreta y toma nota de lo que quieren merendar sus hijos.
—¿Y un café doble moca para ti?
—No, solo… un café con leche. Gracias.
Mientras sus hijos meriendan, se pelean y hacen un estropicio con los batidos de chocolate, su mirada se cruza con las del chico rubio con cierta regularidad, y parece hacerle gracia ver al ejecutivo estirado intentando domar niños. Él sonríe cada vez que se miran y se fija en que tiene una sonrisa preciosa.
Cuando han terminado el rubio se acerca con la cuenta y tres globos que regala a sus hijos. —¿Qué se dice, niños? —dice Eduardo, emulando a la madre. Y los niños dan las gracias educadamente. —¿Trabajas también los fines de semana? —le pregunta al chico mientras paga la cuenta.
—Estoy sustituyendo a alguien.
—Te están explotando.
—Lo sé —dice —y no me importa que lo hagan —y no se le escapa la insinuación que le deja con una sonrisa antes de darse la vuelta y volver a su puesto tras el mostrador. Es mejor marcharse porque está empezando a sudar.
El lunes, vuelve a encontrarse con la sonrisa del chico rubio, aunque se le ve cansado, tras un fin de semana sin reposo.
—Tus hijos son muy monos —comenta, mientras sirve su pedido.
—Son unos pequeños terroristas…
Él ríe, —¿Estás casado? —y comprende que ese era el objetivo real de la pregunta. ¿La culpa, quizás?
—Separado.
Le gusta la respuesta, aunque no lo dice. —¿Te pasas luego? —invita y se muerde el labio al decirlo, y le gusta su forma de preguntar, como si estuviera rogando que venga a follarlo. Por alguna razón tiene ganas de hacerlo sufrir un poco, quiere alimentar su deseo, verlo suplicar.
—No lo sé. Puede que trabaje hasta tarde.
La decepción dura solo un instante antes de volver a sonreír y desearle un buen día mientras le da el cambio de su café.
Decide no pasar el lunes, solo por crueldad, y le hace esperar hasta el miércoles. Asoma a la puerta, él le deja entrar, puede ver su anhelo en su mirada. Sí, piensa, vengo a darte todo lo que quieres.
—¿Qué tal? —pregunta él —¿Mucho trabajo?
—Algo —responde escuetamente, molesto porque él esté rompiendo las reglas del juego. Por suerte, no insiste y se van a la trastienda, donde empiezan a quitarse la ropa como las otras noches. Y él chico se la chupa de lujo, y luego se la mete por el culo, y se lo folla a pelo sin miramientos, de forma violenta y egoísta, buscando su propio orgasmo, lo que parece volver loco al chico que acaba corriéndose también mientras Eduardo lo llena con su lefa.
—¿Quieres ir a tomar algo? —pregunta él mientras se visten, rompiendo una vez más el pacto de silencio.
—hemm…
—Hay un chino a la vuelta de la esquina, me muero de hambre…
No se le ocurre una buena excusa, y odia pensar que tiene que buscar una, —Es que… debería volver…
—Vale, está bien… —le corta él riendo —lo pillo. Sin besos y sin conversación.
Y se siente como un capullo de pronto —Bueno, quizás otro día…
—No pasa nada, Café doble moka.
—¿Cómo?
—Bueno, no sé tu nombre, asi que te llamo así. ¿Tú no me has puesto un nombre?
Piensa un momento —el chico del café.
—¡No me jodas! Yo te he buscado un nombre mucho mejor.
Le hace reír. —Eduardo — se presenta, ofreciendo su mano cortésmente. El chico la toma y se saludan.
—Ángel. Un placer follar contigo. —Vuelve a hacerle reír. Y de pronto se siente incómodo. Parece poco educado marcharse, pero tampoco sabe qué más decir. —Tranquilo, vete a casa.
—Vale. Pues… nos vemos —se despide torpemente.
—Hasta la próxima.
Sale del Rincón del Café y no tarda en llegar a su casa. Mientras abre la puerta descubre que no ha dejado de sonreír en todo el camino.
Al día siguiente se pasa el día pensando que estuvo mal, asi que al caer la tarde se acerca al café de la esquina con una bolsa de comida china, y se la muestra desde la puerta de cristal.
—Oh, genial, me muero de hambre.
—No sé que te gusta, así que he traído un poco de todo.
—Oh, vale, ya sabes que me como cualquier cosa… —bromea.
Él cierra las persianas y apaga las luces, deja encendida solo la que está detrás del mostrador, y se sientan en una de las mesitas a comer pollo con almendras y rollitos de primavera con palillos. Él le pregunta por su trabajo, y por los niños, le da explicaciones breves y superficiales, no entra en detalle. —¿Y tú? —pregunta por decir algo.
—¿A qué me dedico? Quieres decir ¿además de trabajar doce horas en este antro para pagar una habitación en un piso compartido?
—Vaya, claro… —Se da cuenta de su torpeza y quedan un momento en silencio, y piensa que no ha sido una buena idea sentarse a charlar. —Bueno, estudio derecho —añade él al cabo de un rato —dos asignaturas por año, a distancia. Tardaré diez años, pero… algún día tendré un titulo y eso, y espero encontrar un trabajo que pague mejor.
—¿Con derecho? Lo tienes difícil. La mayoría de los que estudian derecho necesitan un máster y un montón de practicas para conseguir un trabajo de pasante, que no es gran cosa…
—Vaya… gracias por el voto de confianza.
—Bueno, está bien que estudies, y que tengas aspiraciones.
—Eso ha sonado muy condescendiente.
Lo está fastidiando definitivamente. —Lo siento, no quería sonar condescendiente.
—Pero no crees que sea una buena idea estudiar derecho.
—Es una carrera con pocas salidas, la verdad. Pero, nunca se sabe… —que más le da, se dice, no es su hijo ni nada suyo, si quiere perder el tiempo estudiando la carrera más masificada del país que lo haga. No es asunto suyo.
Tras comer un rato más en silencio, el chico, Ángel (ahora tenía nombre) se acerca a él, se arrodilla en el suelo entre sus piernas y empieza a desabrocharle el cinturón, mirándolo con sus preciosos ojos verdes con su familiar gesto lascivo de morderse el labio mientras sonríe. Por un momento había pensado que sería difícil pasar al sexo después de una conversación tan torpe, pero Ángel siempre sabe como llevar las cosas sin complicaciones. Agarra su polla con la mano y empieza a chuparla, como si fuese un helado que está disfrutando, lame y chupa, y luego se la mete a la boca entera, hasta tragársela por completo, y su cabeza sube y baja sobre su entrepierna, mientras él sigue sentado en su silla. Y es delicioso lo bien que sabe hacer eso, y piensa que quizás debería decirle algo bueno —Joder, la chupas como nadie.
Él levanta la mirada —Di mi nombre —dice él continuando el trabajo con su mano.
Eduardo lo mira a los ojos, y sabe que es un error en el mismo momento que lo dice —Ángel. —No debería tener un nombre como ese, porque él es pecado, todo lo que no debería ser.
—Di, chúpamela, Ángel.
—Chúpamela, Ángel —repite atrapado por su mirada. Y decir su nombre es como caer en una trampa.
Ángel lo recompensa volviendo a meterse su polla en la boca. Se ocupa un rato más de ella, y luego empieza a lamer su tripa, y mete su lengua en su ombligo, se acomoda entre sus piernas para seguir lamiendo su torso mientras va desabrochando los botones de su camisa, hasta llegar a los pezones, y lame y chupa uno primero, y luego el otro. Y sigue subiendo con su lengua, y Eduardo ya no sabe cómo detenerlo mientras pasa su lengua por su cuello, siguiendo la línea de su yugular, por su mandíbula, para encontrarse con su boca. Y entonces se están besando. Y es consciente de que está besando a otro hombre, que su lengua lo están invadiendo, y que se ha vuelto personal, está besando a Ángel. Y se está poniendo muy cachondo. Ángel se separa, se pone de pie, y se desnuda frente a él. Es la primera vez que se fija en su cuerpo desnudo, su piel clara, sus lunares, su torso delgado, casi sin musculo, su polla dura, no demasiado grande, el vello afeitado.
—Chúpala —le ordena, sujetando su polla con la mano. Y Eduardo está como hechizado y no sabe hacer otra cosa que seguir sus órdenes. Acerca sus labios hasta su glande, lame tímidamente la punta, y nota el sabor salado del líquido preseminal. Y vuelve a probar, esta vez, lame bien todo el tronco de su polla, y se mete la punta en la boca, y piensa que no está mal, que es suave, y sabe bien, así que continúa chupando y lamiendo, y Ángel gime de placer. Y de pronto todo se acelera, y Ángel está recostado bocarriba sobre la mesa, y una de sus piernas está encima de su hombro, y él se lo está follando, y su polla entra perfecta hasta el fondo en esa posición, y la mete una y otra vez, con embestidas violentas mientras le come la boca. Y ya son todo jadeos y gemidos, y embestidas hasta que los dos se corren casi al unísono de forma sincronizada y perfecta, compartiendo alientos, y saliva, y fluidos corporales.
Tras el orgasmo, sin embargo, le sobreviene un sentimiento contradictorio, y se pregunta ¿qué cojones está haciendo? Una cosa es follarse el culo de un tío y otra muy diferente chuparle la polla y comerle la boca. Todo esto es un error. Empieza a vestirse con una sensación de pánico en el estómago.
—Vaya desastre —comenta Ángel desenfadado que se ha puesto a recoger los restos de la comida china que han quedado desparramados por la mesa. Aun quedan algunas cajas sin abrir. —¿Qué quieres hacer con esto? —inquiere —¿Te lo pongo en una bolsa?
—No, no. Quédatelo. Yo… debería irme. —El chico lo mira y seguramente se percata de su incomodidad. Se han vuelto a quedar en silencio, esta vez uno muy incómodo. —Yo es que… no…
—¿No eres gay? Ya… bueno un poquito, tal vez ¿no? —bromea sonriendo en un intento estéril de disipar la tensión, pues Eduardo sigue sin saber qué decir o cómo actuar. Mira a su alrededor buscando una forma de marcharse —Está bien — se ríe él —no te atragantes, puedes marcharte.
—¿No te importa?
—Claro que no.
—Vale, pues…. Nos vemos…
Empieza a marcharse con cierta torpeza, —gracias por la cena —le grita Ángel justo antes de que se escape por la puerta.
Durante la siguiente semana evita el rincón del café. Ni siquiera pasa para pedir su doble con moca como cada mañana. Pero por mucho que lo evite, no puede dejar de darle vueltas a la última noche. Se pasa el día preguntándose qué cojones le había pasado para hacer esas cosas, y buscando justificaciones absurdas. Las noches, sin embargo, acaban siempre con una paja rápida mientras imagina que se está follando al chico rubio. ¡Es como un puto virus! Se dice al terminar cada vez, lo ha infectado por completo, y ya no consigue imaginarse otra escena que le parezca más sugerente.
Pasa una semana y media, y una noche, volviendo del trabajo, coincide justo con el momento en el que él cierra el pequeño café. Está chispeando, hace frío, cuando él se gira, se encuentran casi cara a cara. Le parece tonto ignorarlo, así que cruza la calle y se acerca, y de pronto la idea de entrar a la tiendita se vuelve muy tentadora.
—Vaya, pensaba que ya no te vería —dice él, y se forman pequeñas nubes de vaho cuando habla.
—Ya, fin de año, siempre hay mucho lio —miente. —¿Tienes prisa? —Él sonríe, entendiendo la invitación. Y se quedan un momento ahí de pie en la calle, y Ángel no parece decidirse. Eduardo se ríe —Hace frío aquí.
Tiene muchas ganas de entrar y volver a estar con él, no puede negarlo por mucho que insista.
—Creo que no… —dice él lentamente. Su nariz y sus orejas se están poniendo rojas por el frío. —Es mejor que no sigamos con esto. Mejor para mí, creo.
—Te he molestado ¿verdad? Joder, lo siento, yo…
—No pasa nada. No es por ti, lo entiendo, y… ha estado muy bien. Es solo que… —y baja la mirada, o esquiva sus ojos, y puede ver que su mirada se ensombrece —si seguimos, me vas a hacer mucho daño… y no quiero eso…
Eduardo se queda congelado observándolo, y se pregunta si los ojos se le han humedecido por el frío o por otra cosa. No se esperaba algo así, y se siente conmovido, y a la vez, terriblemente culpable.
—Está bien.
—Si no te importa, te agradecería que compraras tu café en otro sitio, solo unas semanas… si puede ser.
—Claro.
Se despiden y Eduardo sigue su camino hasta su casa.
Durante las siguientes semanas intenta pasar página de ese episodio rocambolesco de su vida. Lleva a sus hijos a esquiar un fin de semana, se tiran con trineos por la montaña y hacen muñecos de nieve. Vuelve a la web de citas. Queda nuevamente con la profesora de yoga Argentina que le habla de sus exparejas durante la cena, y le lee la mano. Está vez si van a su casa, ella abre una botella de vino, y él le habla de sus hijos y le enseña fotos del viaje a esquiar. Y luego se besan. Y mientras la está besando se da cuenta de que no siente nada. Que está añorando otros besos, y otro cuerpo, y otra mirada. Y ¿por qué se está engañando? ¿por qué tiene que hacer lo que los demás esperan?
Y durante los siguientes días no deja de pensar que no se ha portado bien con Ángel, y que él siempre se ha mostrado abierto y sincero. Debería haberlo hecho mejor. Ha invitado a cenar a docenas de mujeres que no le han aportado nada, siempre se ha portado como un caballero, como le habían enseñado, y, sin embargo, con Ángel ha sido un capullo. Puede hacerlo mejor… sí, eso se dice. Puede hacerlo mucho mejor.
Al día siguiente, vuelve al Rincón del café de camino al trabajo. Espera en la cola de Ángel. Sabe que él le ha visto, y no le ha hecho gracia. Le había pedido una sola cosa, y no la está cumpliendo. Cuando llega su turno, sin embargo, solo le sonríe con la misma amabilidad de siempre.
—Buenos días. ¿Doble con moca?
—No. Creo que probaré algo diferente. —Ángel arquea las cejas, interrogante —¿Qué me recomiendas?
Él sonríe —Yo tomaría un Latte con vainilla.
—Pues ponme uno de esos.
Cuando él vuelve con un vaso alto lleno de nata cremosa, Eduardo deja una rosa roja sobre el mostrador.
—¿Y eso? —pregunta, buscando su mirada, con una mezcla de miedo y curiosidad.
—Para ti. Quería preguntarte si haces algo esta noche. —Él duda, parece librar una lucha interna antes de contestar. —Si estás libre, me gustaría invitarte a cenar.
Para entonces, su compañera de trabajo y los que aguardan en la fila tras él se han percatado de la escenita, y espían curiosos. Siente una punzada de pánico, pero no piensa echarse atrás.
—¿A un restaurante?
—Por supuesto.
Él sonríe, huele la rosa y se muerde el labio de esa forma tan sexy. —Me encantaría.
—¿Paso por ti las ocho?
—Aquí estaré.
Y se va con el café Latte, y una sonrisa que le durará el día entero.
Un relato de Laurent Kosta.
Sigue a Laurent Kosta para no perderte más relatos y novelas.
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Una historia genial y muy real… Como siempre, me ha encantado.
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Una historia genial y muy real. Cómo siempre, me ha encantado
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Me ha encantado. Siempre consigues crear personajes cercanos y que te dejan con ganas de conocerlos más.¡¡ Muchas Gracias!!💗💗
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Me ha encantado. Gracias
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Tenía mucho tiempo sin leerte. Gracias por estas historias que llenan de vida mi imaginación.
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Se te extrañaba, querida Laurent!! Y, cómo siempre, dejas un delicioso sabor romántico y erotico en la boca… gracias, una y mil veces! 😁
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Gracias!! Se que no escribo todo lo que me gustaría en el blog, pero hay días que las historias salen solas!!
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Muchas gracias excelente la historia café para llevar , me gusta esa relación con hombre hetero los detalles explícito delicioso ???? sube la emoción y la temperatura felicitaciones
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Gracias por dejar un comentario. Puedes leer más relatos en el blog. 😘
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Cuando sale el último libro de la saga montañas cuevas y tacones? Me muero por leerlo, aunque no sé si es el último de la saga o estás pensando en escribir más de estos personajes💖
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Está en corrección!! La historia de Romeo es la última, y sale esta navidad. Ya no queda nada. Después quiero empezar algo muy diferente….
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Quería preguntarte si sabes cuándo sacarán el ultimo libro que has publicado para ebook? Quería comprarmelo en físico pero en Amazon me pone que el envío es de 6 a 7 meses, lo que me parece una barbaridad para serte sincera
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Hola, debe ser un error, lo acabo de mirar y a mi me sale que para el 28 de diciembre. Aunque imagino que depende desde donde lo pidas. Lo comentaré con la editorial, pues aunque suele tardar un poco, ya debería estar disponible en todo el mundo en Amazon. En ebook saldrá el 3 de enero, y haremos una presentación por Instagram para que podáis preguntar lo que queráis.
De todas formas, también puedes pedirlo en la página de la editorial: https://www.edicioneselantro.com/tienda/el-espacio-entre-tu-amor-y-mi-amor/
Espero haber ayudado. Felices Fiesras!!
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Igual porque estás mirando el link en España. Depende de donde estés, Amazon normalmente funciona bien. Y te puedo pasar un link de librerías donde puedes pedirlo.
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https://www.edicioneselantro.com/librerias/
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De todas formas ya está el último en ebook también.
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