TODO O NADA (Parte 2)

 SIN NO HAS LEIDO LA PRIMERA PARTE, EMPIEZA LA HISTORIA AQUI: TODO O NADA – LAURENT KOSTA (laurent-kosta.com)

Lemar entró por la puerta principal de su casa. Como de costumbre, Fermín se hizo cargo de su maleta diligentemente. Cruzó las dobles puertas que daban al salón que se componía de varias salas que casi no utilizaba perfectamente decoradas por un reconocido diseñador, y se dirigió directamente a la terraza, donde imaginó que lo encontraría. Ya desde el salón pudo adivinar su figura a través de las puertas acristaladas que dejaban una vista abierta hacia el jardín con su piscina de agua cristalina, en la que corría de forma constante una pequeña cascada entre rocas y plantas exóticas. Se detuvo antes de anunciar su llegada y disfrutó de la vista. Tenía todo lo que siempre había deseado, una casa envidiable, dinero, coches, poder, y un hombre guapo disponible. Y aun así se sentía insatisfecho.

            Salió a la terraza, y al acercarse pudo ver su cuerpo completo, Jota tomaba el sol cómodamente en una de las tumbonas acolchadas que rodeaban su piscina, con un daiquiri a su lado, vestido únicamente con un bañador blanco que realzaba el tono tostado de su piel que una ligera capa de sudor dejaba brillante. Según se acercaba pensó en lo mucho que le gustaría pasar su lengua y degustar el sabor salado de su cuerpo. Pero sabía que eso no ocurriría. Al menos no en ese momento.

            —Vaya, has vuelto — fueron las palabras decepcionadas con las que Jota lo recibió — se acabaron mis vacaciones.

            —¿Estás disfrutando de tu día?

            —Lo estaba, hasta que has llegado.

            —Podías recibirme con un poco más de entusiasmo, no vives tan mal, después de todo.

            —Vivo exactamente como tú quieres que viva.

            Lemar sonrió, era un pequeño bocazas incapaz de dominarse. Aunque eso era precisamente lo que más le ponía de él—. Si fueras más listo no me provocarías de esa forma.

            —Ya sé que me lo harás pagar más tarde, pero ahora, si no te importa, me estás tapando el sol.

            Lemar desistió y volvió a entrar en la casa. Maldito capullo, se dijo, vivía como un príncipe en su casa, con todos los servicios y caprichos a su alcance, se ocupaba también de sus padres, pues sabía que ese era su talón de Aquiles. Podía dejarle la puerta abierta, que él no escaparía mientras supiera que las deudas de sus padres dependían de Lemar. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos por agradarlo, el joven lo seguía odiando y se lo demostraba en cada ocasión que tenía. Sí, luego se lo haría pagar, sin duda. Y mientras subía a su dormitorio comenzó a imaginar formas de cobrarse su odio, y a medida que se dejaba llevar por las fantasías, se iba endureciendo, la respiración se le aceleró y se relamió evocando el tacto de su piel, su olor intenso, sobre todo sus ojos cargados de odio y pánico a la vez, su gesto de dolor… si su gesto de dolor era delicioso, y esa forma en la que se revelaba contra su dominio. Jota era más fuerte, más alto, más fornido, por eso era necesario vencerlo de ante mano. Si quisiera, incluso podría matarlo, pero no lo haría, porque Lemar lo tenía bien agarrado por los huevos, y el chico lo sabía. Que lo odiase si quería, daba igual, sería suyo mientras lo deseara. Para cuando entro a su habitación— esa en que mantenía cerrada y a la que solo se podía acceder introduciendo la combinación adecuada en el cerrojo digital, a al que no entraba nadie, excepto Pilar, la mujer que se ocupaba de la limpieza, dos veces por semana —ya se había calmado.  La ira había evolucionado hacia el deseo, y ahora su cabeza maquinaba nuevas formas de disfrutar de lo que era suyo.

             Jota entro en la habitación en la que dormía. Tampoco la consideraba algo suyo, y nada más entró comprobó una vez más que su espacio había sido trasgredido. Sobre su cama se exhibía la ropa que el dueño de la casa le había dejado para que vistiera: un suspensorio negro y un arnés de pecho. Ignoró el escaso vestuario y se dirigió al baño para ducharse. Esa era su habitación favorita de toda la casa, la única en la que le estaba permitido echar un cerrojo, y más que un baño parecía un spa. Una bañera enrome, y a su lado una ducha con el suelo de madera en la que el agua caía como la lluvia, el calentador de toallas, en la que siempre había más que suficientes toallas limpias y suaves, el olor a lavanda, incluso un silloncito a un lateral y una radio en la que programar la música que le gustaba. El cabrón sabía cómo vivir, sin duda, si no fuera por Lemar, su vida sería perfecta en aquella casa.

            Se tomó su tiempo para ducharse, sin prisa por llegar a su siguiente parada. Al salir del baño envuelto en una nube de vapor y con una de sus toallas alrededor de la cintura, se encontró con Fermín invadiendo su espacio sin preguntar una vez más.

            —El señor le espera para cenar —anunció ese guardaespaldas enrome que era el único al que Lemar permitía vivir en esa casa a parte de él. Su perro fiel y servil. Un tipo de casi dos metros de alto, de espaldas abusivas, manos enormes y rostro abstracto. Era feo por donde lo cogieras, la mandíbula y la nariz torcidas, los dientes amontonados, los ojos juntos, hablaba con un timbre de voz afectado y gangoso que lo hacía aún más desagradable.

            —No tengo hambre.

            —Vístase. Le esperan.

            No era hombre de muchas palabras. Obedecía sin opinar. Y sabía que, si hacía falta, lo obligaría a él a obedecer también al amo. Así que Jota se resignó recordándose a sí mismo una vez más que él se lo había buscado, y que este era su castigo por haberse jugado el bienestar de sus padres de forma estúpida. Era el precio que debía pagar por su irresponsabilidad y su inmadurez. Lo qué se preguntaba era hasta cuando lo obligaría Lemar a pagar, pues en ninguna de sus conversaciones revelaba jamás sus planes exactos.

            Se quitó la toalla y atisbó una pizca de lascivia en los ojos caídos de Fermín, que siguió observándolo sin disimulo mientras Jota se ponía los complementos eróticos. Hacía tiempo que se había percatado de que el mastodonte lo deseaba y no perdía ocasión de espiarlo mientras se vestía o desvestía. No le preocupaba, sabía que no se atrevería a tocar el juguete del jefe.

            Bajó a la planta baja, al comedor recargado de cuadros, y aparadores llenos de estatuillas que seguramente eran carísimas pero que se amontonaban en las estanterías dándole cierto aire a mercadillo. La mesa central de madera oscura también mostraba su ostentación, rebosante de platos de comida como para alimentar a dos familias, las cuales quedarían olvidadas en la mesa hasta la mañana la mañana siguiente. Sabía que ya no quedaba nadie más en la casa. Ese era el momento que escogía Lemar, cuando su gente de servicio, que deambulaban por la casa como fantasmas hasta primera hora de la tarde se esfumaban dejando la casa libre para sus perversiones.

            —Veo que ya está preparado el postre — dijo Lemar al verlo entrar. Jota se dirigió a sentarse en el otro extremo de la mesa. —Oh querido, no te sientes tan lejos. Ven aquí, a mi lado, para que pueda disfrutarte.

            Lo odiaba. Odiaba cada palabra que salía de su boca, su mueca con aspiración a sonrisa y su cara constreñida, su cabeza embutida en su cuerpo rechoncho carente de cuello. Era un cuadro casi cómico, el retaco cuellicorto y su guardaespaldas contrahecho a su espalda. Por supuesto obedeció, de nada servía oponerse, cuanto antes acabaran, antes podría volver al dormitorio que era su cárcel. Y no iba a darle el gusto de resistirse, sabía que era lo que más disfrutaba. En cuanto se sentó a su lado Lemar pasó su mano grasienta por su muslo, subiendo hasta su entrepierna. — ¿Te gusta lo que te he comprado?… a mí me encanta, mmm… muy sexy—. Siguió comiendo y hablando solo mientras Jota permanecía a su lado resignado a las humillaciones a las que lo tenía acostumbrado. —¿No comes nada? — siguió, sirviéndole unos langostinos en el plato y algo de ensalada que Jota no tocó.

            —Tengo el estómago algo revuelto.

            —Esa boca tuya… — murmuró con un amago de risa.

            Entonces cogió un langostino pelado, lo hundió en una salsa rosada y luego se lo restregó por el pezón izquierdo a Jota, dejando un rastro de la salsa por su piel. Se metió el crustáceo en la boca y luego se inclinó sobre Jota para chupar el resto de salsa de su pezón. — Hmm… delicioso… — El juego le había gustado y probó entonces con el mus de espinacas. Cogió un puñado con la mano y untó la masa cremosa sobre la tripa desnuda de Jota. Luego se chupó los dedos. —Buenísimo… Fermín ¿Has probado el mus de espinacas? — pregunto, clavándole la mirada a Jota para no perderse su reacción —. Deberías probarlo, nadie lo hace como Rosa.

            Jota se puso tenso cuando vio que el gorila de su guardaespaldas se acercaba. Se levanto de golpe de la silla —¿Qué haces? Eso no es parte del trato.

            —Las reglas las pongo yo, querido. Así que siéntate —Jota no hizo caso —¡Siéntate!

            —¡No!

            —¿Fermín…?

            El gorila se acercó a Jota, mostrando sus dientes torcidos, como un perro bien entrenado. Y Lamar había ganado una vez más, pues Jota se resistió a lo inevitable. El guardaespaldas consiguió forzarlo de vuelta a la silla sin dificultad, lo sujetó con fuerza con sus manazas, se arrodilló ante él y comenzó a lamer los restos de comida adherida a su torso. Pasó su lengua por sus abdominales y fue bajando el camino hasta la frontera que marcaba el tanga negro que cubría sus genitales. Jota cerró los ojos, intentó controlar su respiración agitada, sosegar la ira que se lo comía por dentro y que no le serviría para nada. El juego había comenzado, y Lemar lo llevaría una vez más hasta el límite.

            Lemar puso un poco de música en la sala de juegos, el cuarto rojo que ocultaba en el sótano, detrás del gimnasio y la sauna, cuya existencia conocían únicamente sus “invitados”, y Fermín, por supuesto, su fiel guardaespaldas. Le tocaba un premio por su fidelidad incuestionable. Lo había rescatado del pueblo de sus abuelos, aquel niño bruto y casi analfabeto, era repudiado por todos por su físico, pero Lemar vio en aquel gigante de pocas luces una posibilidad, y lo entrenó para ser lo que era hoy, un sirviente dispuesto a morir por él. Fermín no había conocido mujer, dudaba que tuviese alguna experiencia sexual, al menos ninguna consentida. Lo que había aprendido de sexo seguramente había sido de observar los juegos de Lemar, y por lo mismo no los cuestionaba.

            El joven estaba colgado, tumbado en el aire bocabajo como una araña, sujeto desde techo con el arnés que lo inmovilizaba. Dos correas de cuero cruzadas lo sujetaban del torso, inmovilizando también sus brazos, que a su vez llevaba atados a su espalda. Una tira gruesa lo alzaba del torso hacia el cuello, y lo dejaban colgado del gancho metálico del techo. Las piernas también permanecían en el aire, atadas con otras dos correas que acercaban a su vez sus tobillos a sus glúteos, y subían luego para colgarlo desde arriba fijando también la posición plegada de sus piernas. No era la primera vez que lo colgaba de esa manera, ofreciéndose en una posición perfecta para ser penetrado sin que el chico tuviese control alguno sobre su cuerpo. Debía ser Fermín quien lo colgaba del arnés, Lemar no tenía la fuerza suficiente, Jota era más grande y fuerte que él sin duda. Su guardaespaldas seguía sus instrucciones sin rechistar, y abandonaba la habitación cuando se lo exigía, pero había visto como en más de una ocasión abandonaba la sala estando completamente empalmado.

            —¿Qué te parece, Fermín? ¿Te gustaría probar al chico?

            Jota comenzó a chillar —¡Noo! ¡Joder! ¡Ni se te ocurra, capullo!…

            Lemar se agachó frente a su rostro. —Vamos a tener que cerrarle esa boquita a nuestro amigo ¿no te parece Fermín? — el gigante reía, esa risa entrecortada y bobalicona que tenía. —Te va a encantar, querido, Fermín tiene una verga muy grande… — Y como si quisiera confirmar el dato, el gigante sacó su polla dura y levantada ante los ojos asustados de Jota, una polla bestialmente larga y gruesa como su dueño. —Abre esa boca tan sucia tuya, a ver si aprendes a callarte de una vez…

            —Lo siento, vale… no lo haré más… — comenzó a suplicar. Le gustaba doblegarlo, ver como cedía ante él. Sí, tenía que aprender a respetarlo, y su gesto compungido lo estaba excitando al fin.

            —Abre la boca… — Lemar lo agarró del pelo, tiró de él para obligarlo, y Fermín se acercó con su polla en la mano, presionó en su boca y apenas consiguió meter la cabeza, pero le bastó para soltar un gemido animal de placer. —Eso, mójala bien para que entre suave por ese culito tuyo… — ahora sí que lo estaba disfrutando. Lo dejó jugar un rato, la polla de Fermín era demasiado grande, en cuanto amagaba con entrar en su boca se ahogaba. — Basta — le indicó, — ahora vamos a callarte definitivamente —y le colocó en la boca la mordaza con la bola de goma que ya conocía el joven. Se quedó un rato observándolo, su gesto abatido, sus ojos humedecidos, su respiración alterada, era tan hermoso verlo sufrir. Le acarició la mejilla — Te gusta ¿verdad que sí, querido?… Eres una zorra viciosa, lo sé… cómo te gusta que te follen así, a lo bestia… — Entonces Lemar se incorporó, y sin dejar de observar a su chico ordenó: —¡Fóllatelo!

            Jota se revolucionó entre sus amarres, Fermín se colocó en posición. Comenzó a intentar meter aquella enormidad en el estrecho agujero del joven que se revolvía, gritaba y bufaba de dolor con la mordaza en la boca, las venas del cuello hinchadas, el sudor recorriéndole la frente. Y el gigante fue metiendo su dureza sin contemplaciones, empujando mientras gruñía, sujetando a Jota con sus grandes mansos, una sobre el hombro del chico y otra sobre su cadera, que lo hacían parecer aún más pequeño e indefenso ante las embestidas del guardaespaldas. Una y otra vez aquella bestia que seguramente follaba por primera vez en su vida, entraba y salía, atravesándolo con su enormidad, su cuerpo también en tensión. Y por suerte para el joven, no duro mucho el calvario, y en una última embestida, su polla metida hasta el fondo, y con un gemido estúpido de placer, Fermín se corrió, desparramando su semen dentro del cuerpo de su presa.

            —Déjamelo de rodillas… — le indicó Lemar al gigante antes de despedirlo. Estaba muy duro, y ardía en deseo.

            El guardaespaldas cumplió y salió de la habitación, dejando a Jota de rodillas en el suelo de cemento, con los dos brazos estirados por encima de su cabeza, y las manos encadenadas al techo. Apagó la música, se acercó al joven y le quitó la mordaza, volvió a acariciar su precioso rostro, sangraba ligeramente por el ano, y lloraba. — No quiero hacerte daño, pero no me dejas más remedio. Tengo que castigarte, porque no me respetas… ¿Vas a portarte bien? — el chico asentía, agotado, vencido, sumiso—. Así me gusta. Puedo ser muy bueno contigo si te portas bien… Solo espero un poquito de afecto de tu parte ¿lo entiendes? —Entonces le tapó los ojos con una venda negra, y una vez ciego, lo besó, y notó su calor al fin. Le costaba aprender, pero al final cedía, si presionaba lo suficiente, él cedía. —Deja que vea cómo te corres por mí… —Le susurró a su boca mientras le bajaba el tanga y comenzaba a manosear su polla, que empezó a reaccionar de inmediato a las caricias —Te gusta ¿verdad?… qué puta eres…! — utilizó su propia piel para masturbarlo, acariciando su glande con el prepucio, rítmicamente, mientras seguía besándolo. Con los brazos en tensión y entre leves jadeos, Jota iba cediendo al placer, mientras Lemar seguía moviendo su mano creando la fricción perfecta para llevarlo al orgasmo, y restregaba su boca por el rostro del chico, besando, lamiendo o jadeando entre su oreja, y sus labios. Lo deseaba tanto, estaba a punto de explotar él también al comprobar como él no conseguía resistirse a sus caricias a pesar del dolor y la humillación. Y en cuanto sintió el calor de su semen deslizándose por su mano, con las convulsiones de su cuerpo, Lemar no aguantó más. Se levantó frente a su cara, se bajó los pantalones con urgencia, y antes de que el joven acabara de jadear le penetró la boca con su polla. Jota se agitó ante la embestida sorpresiva, pero consiguió dominarlo sin problema, ya no le quedaban fuerzas para resistirse. Su dureza entró hasta el fondo de su garganta, y comenzó a follarse su boca. — Sí… eso trágatela toda, así…. — le tiró del pelo con fuerza, sujetándolo para mantener su boca abierta, mientras entraba una y otra vez. El chico comenzó a resistirse una vez más, a pesar del cansancio, le daba un respiro de cuando en cuando, para que tomara aire, y volvía a atacar, dejando de cuando en cuando su polla entera fijada hasta el fondo, sacándola luego, y volviendo a entrar. Era delicioso, la violencia con la que él intentaba huir de las embestidas, le hacía daño también, con sus dientes, pero no le importaba, el placer de follárselo de esa manera brutal era superior. Y no tardó en llegar, el orgasmo lo tomó por completo, desde sus testículos, subiendo por su espina dorsal, expandiéndose por su cuerpo. Y permaneció así unos segundos largos, empujando su polla contra su garganta mientras los espasmos de placer dejaban escapar su semen dentro de la boca, y Lemar soltaba un gemido largo de gusto.

            Cuando se separó de él, Jota comenzó a toser, a dar bocanadas y vomitó parte de su semen entre arcadas y convulsiones. Lemar, de pie frente a él, estaba en la gloria.

            Volvió a agacharse frente al chico y le quitó la venda de los ojos. Jota no levantó la mirada, se había rendido. —Vas a ser bueno ¿o tengo que dejarte aquí atado? —Jota asintió suavemente con la cabeza, sus ojos volvían a llenarse de lágrimas, y su respiración seguía agitada. Entonces Lemar se sintió mal. —No quiero hacerte daño, lo sabes ¿verdad?… — comenzó a decirle mientras volvía a acariciar su rostro, y limpiaba los restos de mugre con la venda que le había quitado—. Si te portaras bien conmigo, no me vería obligado a hacerte estas cosas… ¿Por qué te cuesta tanto quererme un poco?  tengo que enseñarte cómo quererme un poco ¿me oyes?… — él seguía asintiendo dócil—. Bien. Voy a soltarte, y quiero que seas bueno y subas a tu cuarto…

            Seguro de que el chico estaba sosegado, Lemar desenganchó la cadena que mantenía sus brazos en alto. A penas un segundo más tarde, sintió una fuerza brutal que lo empujaba hacia la mesa que otras veces le había servido para inmovilizar a su presa. Jota se había lanzado sobre él con furia, y la cadena que aún se ceñía a sus muñecas le presionaba la garganta impidiéndole respirar. Quiso gritar, pero no pudo, sobre él la mirada de odio y el gruñido animal de Jota se le clavaban como se le clavaban las cadenas al cuello. Y luego sus gritos:

            —Te gusta ¿eh? ¿Verdad que te gusta? ¡cabrón de mierda!

            Tuvo tiempo aún de preguntarse en qué se había equivocado, antes de comenzar a marearse por la falta de oxígeno.

            Lemar estaba muerto. Jota, aun desnudo, tiritaba de frío o de otra cosa sentado frente al cuerpo. Había llorado un rato, pero tenía que calmarse y pensar… pensar… ¿Qué hacer ahora? Sabía que en la casa solo estaba Fermín y no vendría nadie más hasta el lunes por la mañana. Tenía ganas de matar al hijo de puta de Fermín también, pero no podía con él, lo sabía, sería una estupidez intentarlo… tenía que calmarse…

            Se quitó él mismo las muñequeras de cuero que lo ataban a la cadena metálica, cogió el llavero del bolsillo de Lemar, y salió de la habitación secreta aun temblando. Al cruzar el gimnasio del sótano, buscó un albornoz de la sauna y subió las escaleras despacio mientras se lo ceñía al cuerpo. Procurando controlar el pánico buscó a Fermín. Lo encontró en la cocina comiendo restos de pollo con las manos, el estómago se le revolvió al verlo con las manos y la cara grasientas devorando como un animal. Aquella mala bestia levantó la mirada y se quedó inmóvil cuando vio a Jota en la cocina.

            —Le ha pasado algo a Lemar… — la voz también le temblaba — creo que deberíamos llamar a una ambulancia…

            El guardaespaldas se levantó de inmediato, haciendo un estruendo al empujar la silla en la que se sentaba, se limpió rápidamente las manos y sin mediar palabra se dirigió hacia la puerta. Pasó por su lado y continuó el camino acelerando el paso hacia el sótano. Jota lo siguió a una distancia prudente.

            Lo vio entrar a la habitación roja, y agacharse frente al cuerpo inerte de Lemar. —Jefe, jefe… — repetía intentando despertarlo, sin adivinar aún que no lo haría nunca más. Tenía que darse prisa.

            Corrió hasta la puerta y la cerró de golpe antes de que el guardaespaldas pudiera reaccionar. Era una puerta gruesa y metálica, como la de una caja fuerte, que no podía abrirse si no era con una llave. Eso lo sabía porque e capullo de Lemar lo había encerrado en más de una ocasión en aquel cuarto. Aquella habitación estaba diseñada precisamente con el fin de ser una prisión, una caja secreta inquebrantable e insonorizada. Fermín no tardó en darse cuenta de lo que estaba pasando, y comenzó a golpear la puerta con fuerza. Un golpe tras otro, que conseguían hacer temblar ligeramente la pared. Jota se sentó frente a la puerta a esperar, en uno de los aparatos del gimnasio, y se quedó ahí, observando en silencio.

            Esperaba que aguantara, ni siquiera la mala bestia de Fermín sería capaz de tumbar aquella puerta. De todas formas, empujó algunas de las máquinas de pesas contra la entrada por si acaso. Tras comprobar durante una hora que aguantaba los impactos, Jota decidió subir a su habitación. Se dio una ducha larga. Al salir volvió a verificar que seguían escuchándose los golpes rítmicos procedentes del sótano. Desde el salón se escuchaban lejanos y velados. Jota se sentó con la ropa limpia y el pelo aún mojado en la mesa del comedor. Le dolía el vientre, los hombros y las muñecas, pero por primera vez desde hacía mucho tiempo, se sintió aliviado. Entonces se permitió comer algunos de los suculentos platos que aún se exhibían sobre la mesa del comedor. Y una vez que empezó, descubrió que estaba hambriento, y fue atiborrándose de marisco, pavo asado, crepes rellenas de setas, mus de fresas, bizcocho de chocolate… Abrió también una botella de vino y casi la apuró hasta acabarla, con el sonido de fondo de los golpes del hombre al que había encerrado en el sótano. Se fue a su dormitorio en una nube de ebriedad. Con la puerta cerrada casi no se escuchaban los golpes. Cerró su puerta con pestillo, por si las moscas, se dijo, y se dejó caer sobre la cama.

            Durmió profundamente. Por la mañana, bajó al primer piso. No se escuchaban los golpes. Abrió la puerta que daba al sótano, donde, a parte de la habitación roja había un gimnasio, una sauna, un trastero y algunas otras habitaciones cuyo destino desconocía. En cuanto comenzó a descender por las escaleras los golpes comenzaron una vez más, sobresaltándolo ligeramente. Se acercó hasta la puerta y comprobó que estaba exactamente igual que la noche anterior. El metal aguantaba bien y no parecía que la fiera pudiese tumbarla. Se quedó igualmente escuchando los golpes persistentes preguntándose si sería capaz de hacerlo. Dejarlo encerrado hasta que… dejaran de oírse los golpes. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Dio media vuelta y subió.

            Mientras desayunaba algo en la cocina, pensó que sería más inteligente marcharse. Pero no podía hacerlo hasta asegurarse de que Fermín no lo delatara.

            El resto del fin de semana siguió de forma semejante. Jota deambulando por la casa con los golpes de fondo. El lunes se acercaba y Fermín seguía sin darse por vencido o flaquear en su intento obstinado por tumbar la puerta. Tenía que pensar en una solución antes de que llegaran los miembros del servicio. Lo único que se le ocurrió fue poner la música a tope en el gimnasio, y cerrar la puerta con pestillo. Le dijo a Pilar que Lemar estaba entrenando con Fermín, y que no quería que lo molestaran, algo absurdo, pues Lemar jamás utilizaba su gimnasio. Pero la mujer no hizo preguntas, se limitó a limpiar el resto de la casa sin preocuparse por el sótano. Al igual que hizo Rosa, la cocinera, ocupada en recoger los restos del fin de semana y preparar el almuerzo. Y el Jardinero, Marco, ocupado con sus máquinas para el césped y la piscina, casi hacía más ruido que la música de fondo. Hacia las tres de la tarde todos abandonaron la casa como era habitual sin hacer preguntas, y Jota pudo disfrutar de la casa entera para él solo un día más.

            Fermín tardó casi dos semanas en dejar de golpear la puerta. Cada vez que se imaginaba estar en su lugar le entraban ganas de salir corriendo. Una noche no lo soportó más y estuvo a punto de volverse loco, acabó gritando para evitar escuchar los golpes que seguían prolongando el calvario de escuchar cómo se moría una persona, y él lo ignoraba. Pero al fin, una mañana, los golpes cesaron. Volvió a quedarse ante la puerta inmóvil sin saber qué hacer. No pensaba abrirla. No quería ver lo que había dentro. Era mejor así.

            Habían pasado dos semanas y aquella casa seguía funcionando como si no hubiese ocurrido nada. Lemar era un hombre arisco, no tenía conocidos, solo personal a su servicio, al que trataba con distancia y desprecio. Fermín prácticamente no hablaba, y cuando lo hacía solo se dirigía a su jefe, jamás al resto de los habitantes de la casa. Se habían acostumbrado a la presencia de Jota, así que nadie se cuestionó su presencia, y si les decía que Lemar se había ido de viaje con Fermín, tampoco lo cuestionaban.

            Pasado un mes decidió que debía tener un plan. Aprovechó el fin de semana para hacerlo. Tras varios intentos fallidos de abrir la puerta del dormitorio de Lemar, decidió hacerlo a su manera. Cogió un pico de entre las herramientas del jardinero y comenzó a abrir un agujero en la pared. Tardó apenas medio día en abrir un hueco lo suficientemente grande para entrar. Lo que encontró dentro mereció la pena. Lemar no solo tenía cientos de miles de euros en efectivo escondidos en su armario, tenía un ordenador en el que todo estaba abierto y accesible: su email, sus cuentas de banco, sus inversiones. Tenía el control de todos sus asuntos sin tener que salir de casa. Así era como había vivido Lemar. Prefería mantener las distancias, no era un ser social, era antipático, rácano, cruel, no le caía bien a nadie, y sus empleados estaban encantados de no tener que tratar con él directamente.

            No hubiera imaginado jamás que pudiera ser tan fácil. Las siguientes semanas tomó el control de las cuentas de Lemar y sus inversiones. Despidió al personal de la casa, antes de que empezaran a hacer preguntas (les dio un buen finiquito, así que nadie protestó) y contrató personal nuevo, en nombre del señor Lemar, propietario fantasma de la casa. Aunque antes de hacerlo se ocupó de un último asunto: construyó él mismo una pared de lado a lado del gimnasio que tapaba por completo la habitación secreta. Enyesó, pintó, e incluso colgó algunos pósteres, y la habitación con los dos cadáveres pudriéndose dejó de existir para siempre.

            Tomando el sol junto a la piscina, con una revista y una copa, Jota se sonrió a sí mismo. Tal vez, después de todo, podía quedarse con todo.

Un relato de Laurent Kosta

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10 comentarios sobre “TODO O NADA (Parte 2)

  1. Saludos. Este colombiano se devora cada una de tus novelas. Esta segunda parte me gustó, por lo agresivo y cruel, un poco más de emoción, un giro inesperado, algo diferente a lo que venias escribiendo.
    Felicitaciones 👌🏼

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