SEDUCIENDO A FLAVIO capítulo 2

Si no has leído el primero, siempre es mejor empezar por el principio, LINK: https://laurent-kosta.com/2022/02/12/seduciendo-a-flavio-capitulo-1/

—¿Por qué no te fuiste con él? — le recriminaría más tarde su hermana, colgados al teléfono como tantas otras noches.

—¿Estás de broma? ¿Te das cuenta de la cantidad de cosas que podía haber ido mal después?

—¿Te das cuenta de que podías haber echado un polvazo? —lo imitó ella.

—Ya, pero me habría arrepentido después.

Y tuvo ocasión de arrepentirse, pues en las siguientes semanas, no volvieron a hablar. Solo se veían en el contexto académico exclusivamente. Sin embargo, algo había cambiado. Pues descubriría que ya no le era posible mirar las películas de Flavio. Seguía viendo porno, era una afición vulgar que se permitía, su pequeño resquicio de vicio humanizante, solía decirse, en una vida dedicada al intelecto. Pero ya no podía ver a Flavio Love en acción. Porque para él ya no existía Flavio Love. El único Flavio era ese chico callado que tomaba apuntes distraídamente entre las gradas de su aula con la esperanza de puesta en un futuro distinto. Uno que había acabado en su clase de literatura solo por causalidad, y al que quería seducir, no en lo físico, sino con los libros.

Por alguna razón, se había otorgado el deber de convencer a Flavio de que la literatura podía ser mucho más que los créditos obligatorios para una licenciatura. Quería que amara los libros, que le apasionara su asignatura, que descubriera un mundo nuevo que explorar. Y así hablaba de Fitzgerald, Capote, Steinbeck o Henry James, o se sumergía en los versos convulsos de Sylvia Plath. Secretamente, cada una de sus clases, se había convertido en un acto de conquista, de seducción, que estaban dedicados a un único alumno. El día que Flavio no asistía a clase, su discurso se volvía inútil, monótono y apagado, porque había perdido su propósito de existir. Y, al contrario, cuando lo veía atento o embelesado con sus palabras, se sentía eufórico, y el resto del día se le antojaba lleno de vida y esperanza por la humanidad.

Se había conformado con ese nuevo equilibrio, hasta que una mañana, al entrar en el aula, fue testigo de un hecho inquietante. Flavio arrancaba un papel que algún alumno anónimo había pegado con celo sobre la pizarra, para luego, de pie ante el aula, arrugarlo y arrojarlo a la basura enfrentándose en silencio y a solas, como un héroe griego, a un complot de cuchicheos, miradas y risas de sus compañeros de clase. Antes de que Darío pudiera saber de qué iba el asunto, el joven ya se había desecho de la prueba y se dirigía con resignación a su asiento habitual en las gradas. Una zona de asientos de madera que había quedado desierta, como si temieran que pudiera contagiarles algún virus mortal.

Aquello lo turbó profundamente, pero tuvo que esperar a terminar su clase para averiguar de qué se trataba. Al quedarse solo en el aula, de la papelera extrajo el papel arrugado que desveló una impresión cutre de una imagen en que se veía a Flavio en un primer plano con una polla en la boca. ¡Así que era eso de lo que iba todo!

Le resulto sumamente violento ver esa imagen fuera de contexto, y pronto descubriría que no había sido la única. Alguien había descubierto la vida secreta de Flavio y se había dedicado a dejar evidencia de ello por toda la facultad. No tardó en convertirse en el rumor del día, y hasta en el aula de profesores era el tema de conversación asombrado y jocoso de la jornada. Una dinámica de acoso que se extendió durante toda la semana.

Darío preparó su siguiente clase con determinación. Comenzó hablando de Virginia Woolf y su ataque duro a las sociedad victoriana, a su hipocresía plagada de falsas apariencias, y su forma valiente de abordar la sexualidad femenina y la homosexualidad en su obra “Orlando”:

—Muchos creen que la historia del joven y andrógino Orlando es una biografía velada de su autora —defendió con pasión—. En la novela habla de la libertad sexual y de género que ya defendía el Círculo de Bloomsbury. La mayoría de sus miembros eran abiertamente homosexuales, también Woolf mantuvo a lo largo de su vida relaciones íntimas con mujeres…—Y terminó hablando de la libertad citando a Henry Thoureau —“Levántate libre de preocupaciones antes de que amanezca y corre en busca de aventuras— Recitó en voz alta para sus oyentes—. Que el mediodía te encuentre a la orilla de otros lagos, y que cuando te sorprenda la noche halles por doquier tu hogar”.

Se sentía muy satisfecho de su elección de textos, y de su forma de exponerlos. Hasta que Flavio se acercó al final de la clase.

—Sé lo que pretende, profesor, y se lo agradezco, pero, no se moleste, lo llevo bien.

Antes de que supiera qué contestar, Flavio ya se había girado y se encaminaba hacia la puerta de salida. Le abochornaba que su acción hubiera resultado tan trasparente, y que él la hubiera evidenciado de forma tan directa. Aunque lo que de verdad le molestaba era que no le importara.

—Pues debería importarte —le reprochó justo antes de que abandonara el aula. —No deberías dejar que te humillaran de esa forma.

Flavio se giró exhibiendo su sonrisa seductora —¿Cree que eso me humilla? Hago porno, es público, cualquiera puede verlo. Usted lo ve… No tiene por qué avergonzarse de ello, y yo tampoco. Gano mucho más de lo que ganará cualquiera de estos gilipollas que solo aspiran a profesores de inglés, me la suda lo que piensen de mí.

—Ya, por eso estás aquí con todos esos gilipollas intentando cambiar tu futuro.

Se arrepintió de haberlo dicho en cuanto terminó la frase. Había criticado al resto por juzgarlo, y ahora estaba haciendo lo mismo.  

La sonrisa del chico se desvaneció—. No crea que me conoce —dijo, antes de abandonar el aula.

El acoso duró un par de semanas más, después la gente empezó a aburrirse del tema, y acabaron por olvidarlo por completo cuando llegaron los exámenes finales. Sin embargo, la barrera de distancia que se había interpuesto entre alumno y profesor no había hecho mas que enfriarse, y Darío sentía que había sido la víctima injusta de aquel asunto.  

El curso llegaba a su fin, el verano acampaba a sus anchas en los jardines y terrazas, las notas se colgaron en tablones de anuncios, los alumnos se besaban tirados sobre el césped y planificaban sus vacaciones, y, de pronto, la perspectiva de enfrentarse a la rutina de un nuevo curso, por primera vez en su carrera, se le antojó tedioso. Los últimos días de curso el calor en su pequeño despacho se hacía insoportable, y Darío prefería hacer sus horas de tutoría en el aula. Pero ya nadie venía a hacerle la pelota al profesor. Incluso el público de sus últimas clases había ido menguando progresivamente según el sol se hacía más tentador. Aunque Flavio no se había perdido ninguna.

Y ahí estaba, la verdadera causa de su apatía, si se permitía un momento de sinceridad, iba a echar de menos tener a Flavio en clase, permitirse el lujo de observarlo y fantasear con sus posibles encuentros.

¡Qué estúpido! se dijo al fin.

¿Por qué no se había dado la oportunidad de conocerlo mejor? Se había pasado meses mirándolo en la distancia, el chico se había acercado a él en dos ocasiones y él lo había alejado cuando lo que deseaba, en realidad, era pasar más tiempo con él. ¿Era acaso un hipócrita? ¿no habían sido sus prejuicios y su arrogancia las que se habían interpuesto?

Se encontraba rumeando a solas sus remordimientos cuando el objeto de su deseo apareció por la puerta inesperadamente, como si atendiera a una llamada de su inconsciente.

—¿Tiene un momento, profesor? —preguntó sin animarse a franquear la puerta.

A Darío se le escapó una sonrisa —Claro —aseguró, y calló el resto de la frase: “tendría para ti el día entero, si quisieras”.

El joven alto, con sus rizos dorados y su mirada intensa se acercó hasta su mesa. Llevaba unos vaqueros cortados por encima de las rodillas, revelando unos gemelos de gimnasio, y una camiseta de líneas étnicas que dejaban a la vista sus clavículas, y se imaginó por un instante pasando la lengua por aquel rincón cóncavo de su anatomía.

—Quería despedirme. —Dijo, sentándose en el banco justo frente a su mesa, y no pudo evitar que su mirada descendiera hasta fijarse en el bulto que se marcaba en su entrepierna aprisionado por la tela ajustada de sus pantalones. —No creo que siga el curso que viene, pero quería decirle…

—¿Por qué no vas a seguir? —lo interrumpió, abandonando su asiento de profesor para sentarse sobre su mesa, para poder enfrentarlo con firmeza y algo más de intimidad, para mostrarle que le importaba—. No irás a tirar la toalla por lo de aquellas fotos.

—No… —dijo poco convencido —Bueno, puede que en parte… pero no es por eso. Me han quedado tres asignaturas, y aun tengo pendiente lingüística de primero… Yo… creo que esto no es lo mío.

—Tonterías. Las cosas no son lo tuyo o no. Las haces tuyas. Depende solo de ti.

El chico sonrió, con ese gesto torcido de chico malo que llevaba por sonrisa y que lo volvía aún más sexy si cabía. —Ya… me gustaría, de verdad. El caso es que me está saliendo mucho curro, de lo mío, y, no sé… —Y entonces caía en su contradicción, a pesar de esa apariencia de hombre duro, seguía comportándose como un adolescente despistado. —Pero quería agradecerle que me haya puesto un siete, es mi nota más alta, creo que de toda mi vida… seguro que no me la merezco…

—¿Me estás acusando de prevaricación?

—La verdad, no sé que quiere decir eso.

—Si te he puesto un siete, es porque te lo mereces, no regalo las notas. Hiciste un buen examen. Has mejorado mucho durante este curso, lo que me lleva a concluir, que solo tienes un problema de tiempo, no de capacidad. Podrías presentarte a los exámenes de setiembre.

—Ya, es que… voy a estar viajando mucho este verano, y —resoplaba, miraba al infinito, se restregaba las manos, como un crio castigado —no sé si voy a tener tiempo para estudiar, y… joder. Es que… es más difícil de lo que había imaginado…

— Estás a mitad de camino, y puede que te cueste más de lo que creías, pero lo estás haciendo. Tomaste una decisión, y lo estás consiguiendo, si abandonas ahora, te arrepentirás siempre.

—Usted siempre hace que parezca fácil… por eso me gustan tanto sus clases.

—Podría ayudarte.

Sintió el calor inundando sus mejillas en cuanto lo dijo. Los ojos del chico se le clavaron con asombro. —¿Ayudarme? ¿Cómo? —dijo con sorna.

—A preparar los exámenes. Puedo darte clases.

—¿Clases particulares? —y en su sonrisa diabólica dejaba clara una provocación.

—No te imagines cosas…

—Profesor-alumno, es un cliché…

Darío soltó una carcajada. —Hablo en serio.

—Al final va a convencerme…

—Es justo lo que pretendo.

Entonces Flavio se levantó y caminó lentamente, acercándose peligrosamente a su profesor. —Pero tengo que advertirle una cosa… —dijo acercándose cada vez más, hasta que sus piernas se rozaron y sus alientos quedaron mezclados tan solo a un palmo unos labios de otros —usted me pone muchísimo… —y las palabras le entraba por los poros de la piel de forma embriagadora —y no sé si voy a poder resistirme…

Y quien no pudo resistirse fue el profesor, que llevaba demasiado tiempo imaginando el sabor de esos labios, y descubrió, mientras sus manos agarraban con violencia la camiseta étnica, que necesitaba saberlo con urgencia. Sus bocas chocaron justo a tiempo para fundirse en un beso, y la lengua de Flavio no esperó para invadirlo. El metal de su bragueta se le clavó sobre la fina tela de su entrepierna, y le dolor en su escroto envió una ondeada de placer directo a su estómago, con una intensidad electrizante, provocando que se le cortara la respiración, uno, dos, tres segundos, o una eternidad, porque el tiempo ya no importaba, era solo él, su aliento, la humedad de su boca dejando su rastro, enredándose con la suya. No tuvo que pensar si quiera, y puede que ya hubiese perdido esa capacidad, para que sus manos siguieran buscando con urgencia su cuerpo, su placer, buscar la plenitud, saciar el deseo que ardía, y lo superaba. Las manos de Darío desabrochaban el pantalón vaquero. Necesitaba saber también como era el calor de su dureza, sentirla entre sus dedos, notar como se calentaba, crecía, que se volviera líquida entre sus dedos. El contacto con su polla dura parecía irreal, un sueño, una más de sus fantasías nocturnas, y puede que fuera esa sensación de irrealidad la que dinamitara su sentido común definitivamente. Flavio lo imitó, y también coló su mano dentro del pantalón del profesor, olvidándose de la puerta por la que cualquiera podría entrar sin previo aviso, y, tal vez, aquel detalle fuera un aliciente, se masturbaban, el uno al otro, con premura, con una necesidad absurda, casi inútil e irresponsable, borrachos por el deseo, llevados por la búsqueda del placer. Y qué maravilloso era ese falo, grande, rígido, que ansiaba obsceno el contacto de la piel. Los jadeos se intensificaron, y de pronto era su aliento lo que invadía su boca, respirando uno dentro del otro cada vez más agitados, mientras que el movimiento de las manos se aceleraba rozando el peligro. Y ¿Por qué no le importaba? Alcanzó a preguntarse solo un instante, o dos, pues nada más ocupaba su mente que la búsqueda más elemental, el instinto más animal, la necesidad más orgánica. Nada más. Solo el sonido de sus jadeos, del movimiento acelerado de las manos, el chasquido húmedo entre sus partes, el olor a semen, a saliva, y al fin, cuando llegó, el orgasmo, el estallido absoluto, que lo nubló todo, que fundió el mundo en un apagón instantáneo en el que ni la literatura, ni la política, ni los trabajos o alumnos, jefes, o cualquier realidad, podía intervenir. Solo había un cuerpo frente a otro, un gemido agónico, y el líquido cálido que parecía derretirse entre las manos.

—Vaya profesor…. —dejó escapar él en un suspiro—eso no me lo esperaba— y sus labios recuperaban esa mueca sesgada de displicencia que lo erotizaba. Darío también sonrió mientras se acomodaba la ropa, y recuperaba la decencia, y, una vez más, las palabras que solían ser su mundo le fallaban. —Entonces… —siguió él —¿Cuándo empezamos? Me refiero a las clases…

Sigue leyendo…

TERCER CAPÍTULO: https://laurent-kosta.com/2022/02/26/seduciendo-a-flavio-capitulo-3/

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4 comentarios sobre “SEDUCIENDO A FLAVIO capítulo 2

  1. Uyyyyy. que calor tan rico y de verdad joder como dicen los españoles cada vez es más erótico leer y adentrace en cada capítulo, qué rico y tentador es poder leer y fantasear en todo es como si uno viviera cada personaje…

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