SEDUCIENDO A FLAVIO capítulo 4

SI AUN NO LO HAS LEIDO, EMPIEZA POR EL PRIMER CAPÍTULO: https://laurent-kosta.com/2022/02/12/seduciendo-a-flavio-capitulo-1/

“No estaré la semana que viene”

Así había empezado el conflicto. Su primera discusión. Flavio se había levantado de su cama, se había puesto sus vaqueros estrechos y deambulaba por la habitación sin propósito claro con el torso desnudo y descalzo. Darío desde la cama aún lo contemplaba admirando su desnudez. Su piel firme, los hombros más anchos, los bíceps marcados, la cintura estrecha que daba paso al culo más perfecto del mundo. ¿Qué había hecho él para ser el hombre afortunado que podía deleitarse en contemplar aquel cuerpo hermoso, tocarlo, saborearlo?

Pero se había estado mintiendo. Pues aquella belleza no era de su exclusividad.

—El próximo fin de semana hay un festival de jazz en Torrelodones —así había empezado, como cualquier otro día —pensaba que podríamos pasarnos. Puedo comprar entradas, si te apetece.

—¿Jazz? ¿no sé nada de jazz —dijo él, exhibiendo su maravillosa sonrisa mientras buscaba su camiseta. Una acción del todo inútil, pues Darío la había echado a lavar y se reservaba la información solo por diversión.

—No hace falta saber nada de jazz para ir a un concierto. No es un examen. Te gustará, ya verás.

—¿El próximo finde? No puedo, lo siento. No estaré la semana que viene.

—Y ¿dónde vas a estar?

—Tengo que ir a Londres. —¿Londres? —Por trabajo… ya sabes…

Y ya está. Las cartas estaban echadas, no había nada que se pudiera hacer para remediarlo. Darío no dijo nada más entonces, pero la idea no lo abandonó durante todo el día, ni el día siguiente. Y cuando volvieron a verse el viernes por la noche, el más joven de los dos finalmente se percató.

—¿Qué pasa?

—¿A qué te refieres?

—Igual es cosa mía, pero parece que estuvieras enfadado conmigo ¿te pasa algo?—.

Sí, habían sido los pequeños detalles los que lo delataron, sus evasivas para quedar, su sarcasmo incontrolado cada vez que él comentaba algo, una necesidad oculta de herirle y que era estúpido negar.

—Es por lo de Londres —le confesó.

—¿Qué pasa con Londres?

—Creía que lo habías dejado —y ya en su mirada debió prever que aquello iba por mal camino —dijiste que si aprobabas lo dejarías.

—Es un plan a futuro, no puedo dejarlo de un día para otro… tengo contratos… y, no sé si lo sabes, pero no me pagan por estudiar.

—Podrías buscar otro trabajo.

—¡Vete a la mierda! —debió haberlo intuido. Por alguna razón que se le escapaba, aquella no había sido la respuesta que él esperaba. De pronto él gritaba, y en su enfado desmedido comprendió que no era algo nuevo —¡Ya tengo un trabajo, y me pagan de puta madre!… No vas a conseguir que me avergüence de lo que hago ¿te enteras?… Sabías muy bien a qué me dedico cuando empezamos a salir, así que no me vengas con mierdas… No te importaba antes ¿recuerdas? Y seguro que no te importaba cuando te hacías pajas mirando mis películas.

—Pues ahora sí me importa.

—¡Puedes irte a la mierda!

Y eso fue lo último que dijo antes de ponerse la chaqueta sin camiseta, y marcharse de su casa dejando clara su posición con un sonoro portazo.

Quizás debiera haberlo seguido, haber insistido, pero sospechaba que hubiera sido inútil intentar una conversación razonable en ese momento.

Se daba cuenta de que él también debía ser razonable. A Flavio no le faltaba razón, las condiciones de su relación habían sido claras desde el principio, no había engaño. Durante meses desde el verano, su relación había continuado sin lazos claros, sin condicionantes. Mantenían una relación cordial y discreta entre los muros de la universidad, aunque era frecuente que comieran juntos, o se marcharan juntos al terminar el día. Se encontraban con regularidad en casa de Darío por las noches, hacían planes algunos fines de semana, otros no. Había ignorado deliberadamente en qué ocupaba sus tardes y fines de semana Flavio cuando no estaban juntos. No era esa clase de relación, se había dicho, él era libre de hacer lo que quisiera, no creía en la posesividad, ni exigía un compromiso, y, sin embargo, no podía seguir fingiendo que no le importaba.

¿Y qué pintaba él en la vida de Flavio? Se preguntó de pronto. Eran otros los que se lo follaban, era dominio del que quisiera, de forma pública y sin filtros. ¿A qué jugaba Flavio con él? Con esa relación descafeinada que mantenían. Y, sobre todo, ¿Por qué ahora le enfadaba tanto?

Los días pasaban y ninguno de los dos cedía. Tal vez era mejor olvidarlo. Pero la mañana previa a su viaje a Londres, se cruzaron en un pasillo de la facultad. Desde la distancia Flavio hizo amago de sonreír, y Darío fue lento en su respuesta. Así que el chico dio media vuelta y comenzó a alejarse.

Era una estupidez, se dijo el profesor. Se estaba comportando como un crío. Así que fue tras él.

—¡Flavio! —lo alcanzó cerca del aparcamiento, junto al edificio. Era una mañana soleada y fría, y otros estudiantes perdían el tiempo, sentados en las escaleras de la entrada.

El chico se detuvo en cuanto escuchó su nombre, y Darío se acercó. —Quería disculparme. No he sido justo contigo.

—Está bien —y enseguida una leve sonrisa le reveló que él también lo había echado en falta. —Disculpas aceptadas.

Estuvo tentado de volver a enfadarse, ¿A caso no tenía buenos motivos para estarlo? Pero decidió ser el maduro de los dos, a fin de cuentas, ese era su rol. Sin embargo, una energía extraña seguía entrometiéndose, y ninguno sabía como sortearla.

—Te vas mañana, entonces —dijo solo para romper el silencio antes de que se volviera incómodo.

—Sí. —Y una vez más, nada que decir. Y esta vez fue el quien tomó la iniciativa —¿Por qué no te vienes conmigo?

—¿A Londres?

—A dónde más…

Qué idea más extravagante.

—¿Quieres que te acompañe a rodar una película porno? —y volvían a estar al borde del precipicio.

—Así veras que no es lo que te imaginas. Es un rodaje largo y muy técnico con sexo aburrido. —Tuvo que reírse de la ocurrencia. —Bueno, y no hace falta que vengas, no estaré rodando todo el rato, podemos dar paseos por la ciudad, ir a comprar libros y discos de vinilo y esas cosas que te gusta hacer.

—Tengo que dar clases.

—Venga, seguro que alguien puede sustituirte unos días… o al menos vente el fin de semana.

—Eso podría ser…

Él sonrió en cuanto lo dijo. Y bastaba esa sonrisa abierta y sincera, esa que no guardaba secretos para que le robara por completo la voluntad.

¿A quién quería engañar? Iría a Londres, iría a donde él se lo pidiera, pues estaba enamorado como solo se enamoran los hombres inteligentes: de forma absoluta y estúpida.

SIGUE LEYENDO. CAPITULO 5: https://laurent-kosta.com/2022/03/19/seduciendo-a-flavio-capitulo-5/

5 comentarios sobre “SEDUCIENDO A FLAVIO capítulo 4

  1. Que lindos ! Me encanta cómo a pesar de ser tan diferentes ambos logran hacer que todo fluya, el amor ya hizo caer a uno .. muero de ganas por saber que les tiene guardado el destino ( o la mente íngeniosa del escritor 🤗😍

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  2. Ay, pobre Darío, si es que es imposible que no le afecte el trabajo de Flavio, cuando ya hay sentimientos de por medio.
    Espero que lleguen a un consenso, porque me encantan como pareja.
    Gracias Laurent

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