JUEGO DE MENTIRAS (completo)

CAPITULO 1

Acababa de romper su tercera copa esa noche, se miró a las manos como si no fueran suyas y se hubieran confabulado aquella noche en su contra, y dejó escapar un suspiro largo de rendición antes de ir a buscar la escoba por enésima vez —¿Estás nervioso por algo, o es que estás colocado? —  pregunto Jana divertida mientras se estiraba para coger la botella de ron que estaba justo detrás de él.

—Sabes que no me coloco… Solo estoy cansado, supongo.

— ¿Examen?

—Como siempre… —dijo esta vez más para sí mismo, lamentándose por lo repetitiva que se había vuelto su vida entre la carrera y el trabajo.

Por el contrario, ella estaba llena de energía, en cuestión de segundos metió hielos en dos vasos de tubo, el gajito de limón, refresco y el licor que tenía en las manos y ya había servido y cobrado las dos bebidas antes de que él terminase con la escoba. Esteban se apresuró, —más le valía ponerse las pilas, pensó— e hizo malabares para servir las dos copas de vino que acababa de estropear antes de que el cliente se impacientara por su retraso.

Justo cuando estaba dejando las bebidas sobre la barra, se topó con los dos ojos verdes que venían torturándole desde hacía meses, y estuvo a punto de volver a hacer un estropicio con la cristalería de su jefa.

— Hola Esteban.

Y, cómo no, en cuanto le saludó el brazo de otro hombre ya estaba rodeándole el cuello y babeándole la oreja — ¿Qué quieres tomar guapo? —preguntó su ligue.

—  Esteban ya sabe lo que me gusta ¿verdad? —   y le guiñó un ojo desplegando esa sonrisa amplia que provocaba que se le cortara la respiración. Esteban hizo un esfuerzo por sonreír de vuelta. Sí, sabía lo que quería tomar Yuri, si es que ese era su verdadero nombre, con él era difícil saberlo. Fue así como le conoció, el día que se acercó a la barra y le pidió que nunca le pusiera alcohol en las bebidas “Tu finge que me pones una piña colada, le pones una sombrillita y todo el rollo, pero ni una gota de alcohol. Puedes cobrar la copa como si lo llevara, de todas formas, yo nunca pago”.

El cabrón tenía una seguridad apabullante que aderezaba un físico impactante, el pelo castaño y rizado le caía desorganizadamente por todas partes, lo que le obligaba constantemente a pasarse la mano por la cabeza para apartárselo, y le daba cierto aire de surfista. Sus camisetas ceñidas dejaban adivinar un cuerpazo de escándalo, un tórax largo y atlético, piel morena, labios gruesos, esos ojos de un verde intenso y cara de no haber roto un plato nunca. Bueno, eso es lo que pensabas antes de conocerlo un poco más, luego empezabas a darte cuenta de lo falso que era. Cada vez que entraba al bar lo hacía con un hombre diferente, incluso en ocasiones aparecía la misma noche dos veces con dos hombres diferentes. No tenía un criterio, le daba igual que fueran jovenes o mayores, pijos o bohemios, mucho tío estirado con traje caro y la cartera llena, extranjeros de razas y nacionalidades muy diversas, deportistas, empresarios, artistas o militares. Pero no eran solo sus parejas lo que mudaba con extremada facilidad, también lo hacía su personalidad, lo cual era aún más inquietante. Unas veces masculino, otras afeminado, unas el yonqui intenso y otras el rey de las bromas, entre el intelectual arrogante a la loca descerebrada, tenía todo un abanico de personalidades diferentes para ajustarse al gusto de cada uno de sus… ¿clientes? Aunque siempre tenía una sonrisa y un gesto de complicidad con Esteban que casi parecía auténtico. Lo que más le desconcertaba de Yuri, y lo que mas le cabreaba, es que parecía ser asombrosamente inteligente. Le había escuchado tener conversaciones sobre literatura francesa con un profesor universitario, discutir sobre economía bursátil con un economista, o de la influencia del teatro chino en Peter Brook con un crítico de arte. Le había visto defender a saco ideologías de izquierdas, y con la misma facilidad argumentar en favor de ideologías opuestas, y en los dos casos resultaba convincente y apasionado. Sabía absolutamente de todo, y eso le descolocaba por completo, por que no podía entender que un hombre tan inteligente, guapo y encantador pudiera dedicarse a la prostitución.

Le había dado muchas vueltas al tema, y, puede que fuera la puta más cara de Madrid, pero era lo único que encajaba con su comportamiento. Eso le atormentaba, por un lado, porque imaginaba que con su sueldo de mierda y todos los gastos que tenía con la carrera y su piso, jamás podría permitirse pagar los servicios de Yuri, pero sobre todo porque sabía que eso no era lo que quería. Se había pasado semanas fantaseando con lo que hacía Yuri con sus clientes al salir del bar. Se lo había imaginado atado y amordazado, chupando pollas, o dejándose dar por culo en las posturas más eróticas, había pasado semanas matándose a pajas pensando en él, a veces llegaba a creer que la razón por la que le sonreía y le guiñaba el ojo era porque Yuri adivinaba todas las guarradas que imaginaba luego en su cama. Pero hacía tiempo que no le gustaba visualizarlo así. Ahora en lo único que pensaba es que le gustaría sentarse un día a tomar un café con él en algún lugar tranquilo y preguntarle ¿por qué? Por qué alguien tan maravilloso se menospreciaba de esa forma.

Mientras pensaba en todo esto, Yuri estaba sentado en una mesa con aquel hombre, debía rondar los cuarenta, con entradas pronunciadas y barba de tres días, le hablaba al oído, demasiado cerca, sujetándole por el cuello con uno de sus brazos, su otra mano, exploraba la entrepierna de Yuri. Entonces el tipo metió uno de sus dedos en la bebida de Yuri, y se lo dio a probar al chico, su dedo entró en su boca, por un instante tuvo la impresión de que Yuri estaba incómodo con la forma en la que aquel tipo le tenía agarrado, entonces su cliente le metió la lengua en la boca, y pudo ver claramente como Yuri se echaba hacia atrás instintivamente, se apartaba un poco de él, y enseguida disimulaba con una de sus sonrisas encantadoras. Esteban no quería verlo, se estaba poniendo malo, así que se esforzó por ocuparse dejándolo lejos de su ángulo de visión.

Por eso le sobresaltó cuando se lo encontró delante de sus narices al volver hacia la barra, no le había visto llegar, porque se estaba esforzando en no mirar a ninguna parte. — ¡Mierda! —soltó al dar un bote al toparse con sus preciosos ojos apenas a un palmo de su cara.

— ¿Te he asustado? —  y otra vez esa endemoniada sonrisa.

—  Estaba distraído.

—  Escucha, necesito que me hagas un favor. ¿Ves a ese tío rubio con el traje impecable y cara de estreñido?

— ¿Puedes especificar un poco más? Hay unos diez tíos que encajan en esa descripción.

—  Uno rubio con gafas, bastante guapete, está cerca de la puerta inspeccionando el bar. —Ahora sí que lo vio, un hombre joven y atractivo miraba a su alrededor buscando algo con gesto de mal humor. Esteban le hizo un gesto afirmativo, y Yuri siguió explicando —Necesito esconderme de él un rato ¿te importa si me meto detrás de la barra? Seguro que se va enseguida.

—  No puedo esconderte aquí, mi jefa te verá.

—  Será solo un momento…

Esteban volvió a mirar en dirección al tipo rubio, también vio al hombre que hace unos instantes le metía mano a Yuri fumándose un cigarrillo en su mesa — Si prometes no tocar nada, puedo esconderte en el almacén.

—  Seré como un fantasma — prometió.

Yuri siguió a Esteban agazapado hasta la pequeña trastienda donde guardaban la mercancía para el bar, una habitación sin ventanas, cerrada con un candado, atestada de latas, botellas, servilletas, bolsas de patatas fritas, frutas y demás existencias de reserva para el día a día del negocio nocturno.

—  No irás a encerrarme con el candado ¿verdad? Podría considerarse un secuestro…

—  Has venido por tu voluntad.

—  Solo te tomo el pelo. Eres un cielo, ¿Me avisas cuando se haya ido?

—  Vale, no toques nada, y asegúrate de que nadie entra aquí, mi jefa me matará si se entera.

— ¿Jana? No lo creo, te adora.

Y por unos instantes su sonrisa y su cercanía lo desconcentraron por completo — Solo… no toques nada ¿vale?

—  Te debo una— y volvió a guiñarle un ojo ¿eso era una insinuación? se preguntó ¿estaba flirteando? ¿o era así con todo el mundo? Pensó que era mejor marcharse, ese hombre le desarmaba completamente.

Volvió a su puesto en la barra, ocupándose de su trabajo e intentando olvidar que había escondido al hombre con el que fantaseaba por las noches en el cuarto oscuro. Cuarenta minutos después, volvió al almacén con la excusa de reponer algunos refrescos. En cuanto le vio el joven de los ojos verdes se puso en pie de su salto. — Joder, empezaba a pensar que te habías olvidado de mí ¿Se ha ido al fin?

—  No, qué va. Se ha sentado a charlar con otro tío.

—  No me jodas…

—  Venía a avisarte… aunque no parece que este buscando a nadie, solo está tomando algo y charlando.

— ¿En serio? —  parecía extrañado — ¿No ha preguntado por mí?

—  Pues, no que yo sepa. El que sí ha estado preguntando por ti es tu cliente.

—  Mi ¿qué?

—  El tío con el que has venido hoy.

—  Ah, si Chema, o Chuste… mierda he olvidado su nombre… si le ves ¿te importa decirle que he tenido que irme?

—  Dime la verdad, ¿te estás escondiendo de él?

—  No, me escondo del tipo rubio.

— ¿Y por qué te escondes del rubio? ¿Una mala cita? ¿un cliente insatisfecho?

— ¿Perdona?

—  Deja de hacerte al tonto ¿crees que soy gilipollas? ¿que no me he dado cuenta de lo que haces? —  de golpe estaba cabreado y quería explicaciones — Y sabes, deberías andar con un poco mas de cuidado, Jana no necesita que le traigas tus problemas a su bar, y puedes agradecer que no le haya dicho nada, porque estoy seguro de que no le harían ninguna gracia que vengas a su bar a hacer negocios…

El gesto de Yuri se había vuelto serio de golpe — No se lo contarás ¿verdad?

Y allí estaba, la confirmación que había deseado que no llegara, quizás el motivo por el que le había puesto contra las cuerdas, necesitaba saberlo. —  Y ¿Quién es el que te sigue?

—  Un camello, le debo pasta, y no se lo suele tomar demasiado bien…

Esteban se quedó un momento reflexionando, y al fin se animó a hacer la pregunta que le rondaba — ¿Por qué haces esto?

— ¿A qué te refieres? ¿Al sexo? … Por dinero, claro.

— Pero, eres un tío inteligente, y no sé, de buen aspecto, seguro que puedes conseguir un trabajo mejor.

— ¿Uno como el tuyo? A ver, ¿Cuántas horas al día trabajas?

—  Seis horas al día seis veces por semana — se lamentó.

—  Y seguro que por una mierda de sueldo…

Esteban se encogió de hombros — Me da para vivir.

—  Exacto, lo justo para vivir, y todo tu tiempo libre invertido en un trabajo que ni siquiera te gusta. —  Y se acercó un poco más a Esteban antes de seguir hablando — En cambio yo solo trabajo tres noches a la semana, unas tres horas como mucho, con eso me da para vivir y pagar mis estudios, y el resto de mi tiempo, lo uso para estudiar. Si trabajara las horas que tu trabajas, en un par de meses me habría forrado. —  Estaba tan cerca que podía oler su colonia, fresca y ligera como él, esos ojos verdes y su media sonrisa de seguridad, solos en aquel cuarto a media luz, su polla empezó a darle avisos de peligro.

—  Y ¿Qué estudias? —  Preguntó haciendo un esfuerzo por controlarse.

Yuri se recostó otra vez sobre la pared, alejándose de él — medicina.

— ¿En serio? —  ahora estaba impresionado, era lo último que se hubiera imaginado — yo estudio medicina. ¿En qué curso estás?

—¡Vaya! qué casualidad… Tercero. —Fue a preguntar en qué universidad, si ya había decidido que especialidad, pero él le cortó —podemos ahorrarnos la típica charla de alumnos de medicina…  —y le cabreó sentirse tan predecible.

—Y cuando seas médico, ¿Qué pasará si te encuentras con alguno de tus antiguos clientes?

Yuri empezó a reírse — Esa es buena. Sería una consulta muy picante. —  Esteban no se reía — Oye, es mi tiempo y mi cuerpo, si fuera obrero, también estaría usando mi tiempo y mi cuerpo para ganar dinero ¿no es lo mismo?

—  Tengo que volver a trabajar…

— ¿Te importa si cojo una botella de agua? Hace mucho calor aquí dentro.

—  Sí, claro.

—  Eres un encanto…

— No te llamas Yuri ¿verdad? —  preguntó justo antes de salir. Yuri, negó con la cabeza y una sonrisa maliciosa — Puedo preguntar…

— Puedes llamarme como tu quieras…

Esteban se marchó.

Al volver al bar, vio a Jana charlando afablemente con el tipo rubio, el traficante de drogas, que estaba sentado en una mesa tomándose algo tranquilamente. Se fijó un poco más en él, llevaba un traje caro, era bastante joven, y sonreía amigablemente con Jana. Algo no cuadraba. Cuando Jana volvió hacia la barra con su bandeja apoyada en la cadera, se lo preguntó — ¿Quién es el tío rubio?

—  Que pasa ¿te gusta? Es guapo.

—  No, solo… — y bajó la voz un poco — alguien me ha dicho que es traficante… — y en cuanto lo dijo Jana estalló en una carcajada y Esteban quedó sumido en la confusión.

— ¿David Mendoza? ¡Qué dices! Es uno de estos niños pijos de clase alta, trabaja en el bufete de su papá, están mega forrados. ¿De dónde has sacado esa tontería?

Era ya de madrugada, quedaba poca gente por el bar — Jana, si te parece me voy un rato al almacén para adelantar el inventario.

— ¿Qué prisa hay?

—  Esto está muy tranquilo…

—  Vaaaale, vete un rato, te llamo si entra una despedida de solteros y necesito ayuda.

Cuando regresó al almacén se encontró a Yuri — o quien quiera que fuera— sentado en el suelo, apoyado contra la pared, mirando su teléfono móvil junto a la botella de agua.

—  ¡Me has soltado un montón de mierda, ese tío no es traficante…! —  El chico de ojos verdes le miró divertido y empezó a reírse.

—  Ni yo soy chapero…

— ¿Por qué me has mentido?

—  Parecía divertido… — y ante su gesto irritado, el joven contesto — ¡Empezaste tú! Yo solo te seguí el rollo…

Estuvo un momento debatiéndose entre enfadarse o echarse a reír, finalmente decidió reírse con él. — ¡Que gilipollas! —  se dijo, al tiempo que se sentaba en la pared opuesta — Sería mucho pedir que me dijeras tu nombre.

—  Cristian.

— ¿de verdad?

— ¿Quieres ver mi DNI?

—Vale, tienes que explicarme una cosa, Cristian, ¿a qué viene eso de aparecer cada noche con un tío y una personalidad diferente?

—  Me gusta ligar ¿Qué tiene de malo?

— ¿Y no puedes ser tú mismo?

—  Así es más divertido.

— ¿Y lo de estudiar medicina…? —  Cristian negó con la cabeza — ¡Joder! —  Esteban se reía ahora de sí mismo, y de cómo había picado — Vale, ¿Y por qué huyes del tío rubio?

—  Bueno, esa es una historia más complicada. Por cierto, ¿aún no se ha ido?

—  No, y yo no tengo prisa, así que… —   Esteban fue quien sonrió de forma insinuante ahora, aguardando a su historia — dame una buena razón para que siga cubriéndote las espaldas…

—  Vaya, ¿ahora vas a hacerme chantaje…?

—  Pues sí, supongo que se podría llamar así.

Cristian volvió a quedar serio un instante, y luego empezó a hablar con gesto resignado. —  Es de un bufete de abogados, trabajan para mi padre. El caso es que a mi familia no le entusiasma la vida que llevo, piensan que soy una especie de pervertido, y mi padre es de esas personas que creen que pueden comprarlo todo…

— ¿Tu familia tiene pasta?

—  Pasta y poder, una mala combinación. Y yo soy un grano en el culo para ellos. En resumen, llevan un tiempo intentado demostrar que no estoy bien de la cabeza… para encerrarme en un psiquiátrico.

— ¡No jodas! No pueden hacer eso…

—  La verdad es que es culpa mía. Debería haber roto el vínculo y pasar de ellos, pero… me gusta mucho la buena vida… — y una vez más esa sonrisa de chico malo — Verás, ni estudio ni trabajo porque no lo necesito, tengo suficiente con mi parte del pastel como para vivir de puta madre sin hacer nada, y eso… es muy tentador. Si tuviera huevos, me buscaría un trabajo y cortaría con el “flujo económico por la cara”, seguro que entonces les importaría una mierda lo que haga con mi vida. Pero no acabo de decidirme, así que, de momento, los esquivo como puedo.

— ¿Nunca has trabajado?

—  No lo necesito.

—  Ya no sé si me caes bien o no…

Cristian hizo una mueca de dolor. —  Vaya, lástima, pensaba que igual podríamos pasarlo bien. —  Y después comenzó a cruzar la habitación a gatas muy lentamente, acercándose a Esteban, hasta colocarse entre sus piernas dobladas — ¿Crees que si lo hacemos aquí se enterarán? —  Esteban se había quedado mudo observando como se acercaba cada vez más, hasta que sus labios casi se rozaban.

—  Seguramente… — alcanzó a decir con un hilo de voz.

—  Pues ¿A qué hora termina tu turno? —  y tras la pregunta, pasó la punta de su lengua por el labio superior de Esteban. Hubiese querido besarle, pero Cristian le miraba con gesto interrogante, esperando una respuesta.

—  Cerramos dentro de poco… — respondió casi sin aliento.

—  Pues, te espero aquí — y entonces le besó. Sus labios se juntaron como una caricia, sus lenguas apenas se rozaron, un beso cálido y dulce, perfecto. Y luego Cristian se esfumó de golpe, volvió a su lugar de antes, sacó de nuevo su teléfono y siguió allí sentado haciendo tiempo. Al ver a Esteban congelado le miró divertido — Venga, vuelve al trabajo. No voy a moverme de aquí.

—  Claro, voy. —  Esteban se puso en pie, y se obligó a volver a su lugar en la barra, aunque su cuerpo le suplicaba que se quedara allí, estaba excitado, empalmado y aturdido, y todo eso solo con un beso. Un beso que había imaginado cientos de veces mientras le observaba en la distancia, o en la intimidad de su cama. La realidad no le había decepcionado en absoluto.

La última media hora de trabajo se le hizo eterna, estaba más distraído que nunca, miraba al reloj continuamente, y cada minuto se alargaba como un castigo. Cuando al fin Jana se libró de los últimos clientes, Esteban se le adelantó — Vete a casa Jana, ya recojo yo.

— ¿No estabas cansado?

—  Más bien distraído, lo justo es que te lo compense….

—  Vale, ¿qué vas a pedirme?

— ¡Nada!

—  Venga ya, suéltalo.

Conocía bien a Jana, y era de las que no les gusta deber un favor, si seguía insistiendo sospecharía algo, así que tuvo que inventarse algo — ¿Puedo llegar más tarde el domingo? Solo un par de horas.

— ¡Lo sabía! — soltó, junto con una carcajada de victoria — Esta bien, hora y media, y me dejas esto como nuevo ¿entendido?

—  Te debo una.

En cuanto ella se fue y cerró la puerta, Esteban se dirigió al almacén, donde encontró una vez más a Cristian sentado apaciblemente con su teléfono. Esta vez se quedó de pie en la puerta. —  Has vuelto a engañarme ¿verdad? —  y Cristian le dedicó una sonrisa sorprendida — tus zapatillas son de H&M, y te vi antes con ese tío, y no te gustó nada que te besara, así que ¿de qué va toda esta mierda? —  Como respuesta Cristian empezó a reírse dando a entender que le había vuelto a pillar— ¡Joder! ¿Qué eres? ¿una especie de mentiroso patológico?

—  Algo parecido… Soy escritor.

—  No, no, no, vas a tener que hacerlo mejor, ¿de qué va todo ese rollo de Yuri la puta? ¿De verdad te llamas Cristian?

—  En eso no te he mentido. —  Ahora Cristian se levanto y se acercó a Esteban — Vale, la verdad, lo juro — dijo poniéndose la mano en el pecho de forma dramática. —  Escribo un blog de historias eróticas, y, cuando estoy bloqueado, bajo al bar a por historias… eso es todo.

—  Esta vez vas a tener que demostrarlo.

—  Está bien — y Cristian ya estaba buscando su prueba en el teléfono, en cuanto la localizó se le mostró a Esteban, quien comprobó la veracidad del blog que incluso incluía una foto de Cristian Long.

—  El apellido es falso, es por seguridad… ¿qué? ¿decepcionado?

— ¿Por qué iba a estarlo?

—  Es bastante menos interesante que tener a un camello persiguiéndome para romperme las piernas. Lo que me lleva a otra cosa: tú también me has mentido, estoy seguro de que David se fue hace mucho del bar.

—  Un par de horas — Cristian volvió a reírse, no parecía enfadado — ¿Por qué te escondías de él?

—  Es mi ex. Le cabreaba mucho el juego de Yuri, así que no tenía ganas de que me soltara el rollo.

Ahora estaban bastante cerca el uno del otro, se fijó en los músculos de sus pectorales, ligeramente marcados tras la camiseta, sus ojos siguieron el recorrido hacia sus brazos y su cuello, hasta su mandíbula definida, era increíblemente sexy — así que hablas con ellos parar sacar historias ¿solo eso?

— No voy a negar que alguna vez me he acostado con alguno, pero por lo general, solo tonteo un rato hasta que se me ocurre algo que escribir… Y gracias a ti, tengo un par de buenas historias, así que creo que necesitaré a Yuri durante un tiempo —mientras lo decía se acercaba un poco más a Esteban, —¿Cuál debería escribir antes? La del barista que salva al chapero del camello vengativo, ¿o la del niño rico que conoce al estudiante soñador que se paga la carrera poniendo copas? Las historias de clases sociales siempre funcionan…

—Me gusta más la del escritor que se hace pasar por puta…— las manos de Cristian se apoyaron sutilmente en las caderas de Esteban, y las hebillas de sus vaqueros hicieron un ligero chasquido al chocarse — ¿y como acaba la historia?

— Mis historias siempre acaban con sexo — y al fin llegó el beso que estaba esperando, un beso largo, sensual, con lenguas que se exploran, dientes que chocan, y alientos que suplican por más. Cristian le apretaba contra su cuerpo y notó enseguida la dureza entre sus pantalones restregándose contra su polla que estaba a punto de estallar, y al fin sus manos pudieron recorrer aquel cuerpo que le había estado volviendo loco, tocar sus hombros, sus brazos, sus abdominales duros que se agitaban con su respiración. Y entre besos Cristian le susurraba —¿Sexo en la trastienda de un bar vacío? Es poco verosímil…

— Mientras haya sexo, a quien cojones le importa… —Y ya estaba desabrochando el pantalón de Cristian, que cerró los ojos, y dejó escapar su sonrisa cuando sintió la mano de Esteban colándose para acariciar su erección. Entonces acerco su boca y le mordió el labio inferior, sus rizos rebeldes se colaban entre sus bocas, tenía unos labios deliciosos. En un solo movimiento, Cristian le quitó la camiseta, Esteben le imitó, y se tomó un momento para contemplarle, su piel tostada, con algo de pelo negro revoloteando entre sus pectorales marcados, que aderezaban ese aspecto salvaje que le daban sus rizos alocado, con el pantalón abierto, invitándole a entrar, y esos ojos de un verde imposible. Cristian sonrió una vez más mientras tiraba de la hebilla del pantalón de Esteban, lo liberó de su cinturón, luego lo atrajo, y ahora fueron sus penes los que se besaron, y siguieron acariciándose mutuamente mientras Esteban seguía perdido en sus ojos.

—¿Quieres que te folle o quieres follarme?

Su voz vibró en su oído, y consiguió que se le cortara la respiración por unos segundos —Lo que tú quieras…

—No —Cristian se acercó hasta su oído, le lamió el contorno del lóbulo —esta noche estoy aquí por ti, dime qué quieres…

—¡Joder! ¡Fóllame ya!

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Cristian ya solo se tomó un segundo para sonreír antes de girarlo y prácticamente lanzarlo contra la mesilla auxiliar en la que se amontonaban vasos de plástico, servilletas, y todo tipo de mercancía del bar. Le atrapó con sus fuertes brazos, lamiéndole la espalda, besándole el cuello con sus dos manos metidas en su pantalón, acariciándole la polla y deshaciéndose de sus vaqueros negros al mismo tiempo, obligando a Esteban a usar sus dos brazos para sujetarse a la mesa. Los vaqueros ya estaban en el suelo, y Cristian recorría sus glúteos con la lengua, mientras jugaba con sus testículos, el movimiento se desplazó de forma que ahora eran su lengua la que jugaba con sus testículos, y su mano le hacía una paja, Esteban gimió y se dejó caer sobre la mesa, intentando no chocar con todos los bártulos que estorbaban. Los dedos de Cristian exploraban ahora su orificio, entrado delicadamente y abriéndose camino, el preservativo y el lubricante habían aparecido como por arte de magia, y él se lo restregaba con generosidad. Con uno de sus brazos, Cristian arrojó al suelo de un impulso todo lo que se amontonaba sobre la mesa, dejando espacio para que Esteban se inclinase sobre la superficie ofreciéndole su culo. Los dedos daban paso a la punta de su polla que empezaba a amagar con entrar, y Cristian bajó el ritmo, se recostó sobre su espalda y le besó con ternura, mientras su dureza se abría paso dentro de su cuerpo. Su polla larga, firme, entraba con suavidad y delicadeza, entraba muy dentro hasta rozar su próstata, en un movimiento lento y circular que le acariciaba una y otra, y otra vez, en el punto justo que empezaba a volverle loco —¡Dios! ¡Joder! — exclamó Esteban, intentando controlar su respiración, porque pensó que se iba a correr, y ni siquiera había tocado su pene aún.

Cuando Esteban quiso masturbarse, Cristian le detuvo —Aun no— le ordenó.

— No, por favor — suplicó. Pero Cristian no le liberó de su agonía, siguió moviéndose lentamente, era una tortura que le mantuviera al borde del orgasmo. Entonces le abrazó con decisión, y los dos se irguieron juntos librándose de la mesa, aún entrelazados. Desde su espalda Cristian buscó su boca, y se besaron con los cuellos estirados, los cuerpos en tensión, y entonces sí, al fin, con su polla y su lengua explorándole, la mano de Cristian empezó a acariciarle, desde el tronco hasta su glande, lentamente, siguiendo el ritmo de sus embestidas, en un movimiento espectacular, con el orgasmo acechando discreto, acercándose con una lentitud agónica hasta que al fin, llegó, la explosión que recorrió todo su cuerpo, que le obligó a gemir con descaro, sin pudor, mientras todo su cuerpo temblaba estremecido por un orgasmo brutal.

Y luego, cuando se calmaron, siguieron besándose con ternura, bebiendo agua el uno de la boca del otro, bromeando un poco, riendo también, y esa sonrisa suya seguía dejándole sin palabras.

—¿Tomamos la última? — eran las tres de la madrugada cuando al fin salieron del bar.

— Le prometí a mi jefa que me encargaría de la limpieza.

— ¡Oh, mierda! Debería ayudarte.

— ¡No! Es mi trabajo — Cristian tenía su moto aparcada enfrente del bar de Jana. Esteban le acompañó mientras se ponía la chaqueta, cogía su casco y se preparaba para marcharse, y se dieron un último beso antes de que se pusiera el casco — ¿vendrás mañana?

— Creo que Yuri va a tener que buscarse otro bar. Sé por experiencia que no os gusta verme tontear con otros.

—No pasa nada, lo entiendo…

—Eso dices ahora…

—Entonces ¿Cuándo te veré…?

—Ya veremos —Cristian se puso el casco, arrancó la moto, y se levantó la visera para mirarle por última vez —Por cierto —dijo con una de sus sonrisas maliciosas —tampoco me llamo Cristian. —En cuanto dijo eso, la moto aceleró escandalosamente y dejó atrás a un Esteban que acababa de quedarse paralizado, comprendiendo de golpe y de forma cruel lo que acababa de decirle.

—¡Hijo de puta! — fue lo único que consiguió decir al comprender que no le volvería a ver, que solo quedaba escoger entre olvidarle o condenarse a vagar de bar en bar, como David el abogado, en busca del misterioso hombre con el que había echado el mejor polvo de su vida.

CAPITULO 2

Esteban estaba a punto de terminar su turno. Hacía dos meses que había empezad su residencia en neurología, en el hospital de la paz. Había sido un buen día, había asistido en una derivación intracraneal y por primera vez su turno terminaba de tarde, por lo que podía quedar con sus amigos un rato e incluso dormir ocho horas. Estaba en la mesa de admisiones guardando el expediente de su último paciente, una revisión rudimentaria, cuando se cruzó con un rostro familiar en la sala contigua. Se quedó unos minutos observando sin acabar de creer que fuera él. Habían pasado dos años desde la última vez que logró dar con Cristian, o Yuri, Andoni, Eugene, o como fuese que se llamara aquel chico que no era capaz de hilar una frase sin soltar un par de mentiras. Ahí estaba, era él, sin duda, aunque parecía algo más delgado, mayor incluso, era él, sentado en la sala de espera del área de neurología, con los ojos pegados a la pantalla de su teléfono.

              Había llegado a perder la cabeza como un idiota por ese hombre. Incluso estuvo a punto de perder un curso en la carrera. Cuando dejó de venir al bar en el que trabajaba (para evitar problemas con él, como ya le había adelantado) empezó a buscarlo por otros locales de ambiente. Al principio sin llegar a admitirlo, tan solo se daba una vuelta, se decía, buscando sin proponérselo esa melena de rizos indómitos tan suya. Entonces se encontraron una noche, esa en la que él se llamaba Andoni. Estaba con un grupo de amigos, y lo invitó a unirse a su mesa, y todo parecía tan real. Fue una noche perfecta, riendo con los amigos nuevos, bailando en una disco de madrugada, más tarde en su piso, follando como locos. Se quedó dormido en su cama, pero por la mañana se había esfumado una vez más. Entonces comenzó a obsesionarse. Sí lo había encontrado una vez, estaba seguro de poder volver a dar con él. Necesitaba encontrarlo, porque aquella noche que habían pasado juntos… jamás había sido tan sincero y abierto con nadie, jamás había sentido una conexión tan perfecta con otra persona. Estaba convencido de que era el amor de su vida, que no podía haber otro, y que era imprescindible que él lo supiera. Se pasó meses sin una pista. A quien sí encontró fue al abogado rubio, a David Mendoza, se sintió un completo imbécil al descubrir que el abogado era solo otro de sus amantes obsesionado con encontrar al esquivo joven de ojos verdes. Otro que pensaba que el tal Yuri o como se llamara, era el hombre perfecto, lo que no tenía sentido porque Esteban no podía tener menos en común con ese abogado estirado.

              De pronto cayó en la cuenta, al fin podría desentramar su identidad, dudaba mucho que pudiera mentir en su expediente médico con la facilidad con la que engañaba a sus amantes.

—Bea, ¿El chico ese…? —preguntó señalando al joven que en ese momento estaba de espalas a ellos. —¿A qué viene?

Ella buscó entre las carpetas, —una revisión.

—¿Puedo ocuparme?

—¿Tú no te vas ya?

—Me quedan un par de minutos.  —La enfermera lo miró con desconfianza, —es que lo conozco… fuimos juntos al colegio. Vamos, no sé si se acordará de mí, pero… —ya estaba dando demasiadas explicaciones.

—Todo tuyo —La mujer le pasó la carpeta con su expediente y siguió con sus anotaciones sin darle mayor importancia.

Esteban abrió la carpeta marrón con una punzada de inquietud: Juan Fernández Soto.  Ahí estaba, un nombre al fin, uno común, sin pretensiones, uno de andar por casa, sin tintes novelescos. Siguió leyendo el expediente, buscando las causas de su revisión médica. Esclerosis múltiple remitente recurrente. Eso no se lo había esperado. De golpe todo el odio del que no había sido capaz de librarse desde la última vez que se vieron, se disipó. O, al menos, hizo un amago decisivo por esfumarse. No se puede odiar a alguien con una enfermedad degenerativa que, como poco, lo destinaba a acabar postrado en una silla de ruedas.

Se acercó hasta el chico que seguía distraído con su teléfono.

—Juan —anunció, con un tono entre la pregunta y el reproche. Los ojos de Juan se giraron en su dirección, y durante una fracción de segundo un gesto horrorizado de sorpresa se apoderó de sus ojos verdes. Solo un instante fugaz que supo controlar con habilidad. Luego hizo un esfuerzo por desplegar su sonrisa de insinuante perversión, pero le flaquearon las fuerzas y la sonrisa tampoco tardó en desvanecerse y mudar a un gesto cansado.

—¿Qué haces tú aquí?

—Eres mi paciente —respondió mostrándole la carpeta que llevaba en la mano.

—¿Es una broma? —y al replicar recorrió la sala con la mirada, como si buscara una cámara oculta, o quien debiera ser en realidad su médico.

—No suelo inventarme las cosas, pero puedes ir a comprobarlo si quieres.

              Juan no dijo más. Se levantó con aire resignado, y cierta dificultad, y le siguió. Llevaba un bastón en la mano, que no usó, aunque intuyó que más por un alarde de ego que por falta de necesidad. Sin decir nada, Esteban ralentizó el paso ligeramente para adaptarse a su ritmo.  

Llegaron a la consulta, y tras cerrarse la puerta, quedaron a solas. Tenía un millón de preguntas rondándole la cabeza que se moría por hacerle, pero no era el momento, ni el lugar, y por el semblante serio de Juan, (Juan, al fin un nombre real) intuía que tampoco serían bienvenidas.

—¿Esto no va en contra de ningún código ético o alguna norma?

—No es una investigación criminal, solo un chequeo.

Esteban no era su médico. Su labor se limitaba a revisiones rutinarias, seguir los protocolos, eran los médicos internos los que tomaban las decisiones acerca de los tratamientos. Aunque había terminado la carrera, aún le quedaban unos años de prácticas y noches en vela antes de ser definitivamente doctor.

Juan se sentó en la silla negra de pruebas, Esteban comenzó con el procedimiento habitual, el peso, extracción de sangre, las preguntas de rigor.

—¿Has tenido dolor?

—Siempre.

—¿Puedes concretar? —sin  respuesta —¿Qué parte del cuerpo te duele?

—Lo de siempre… ¿El doctor Cuevas vendrá después? Prefiero discutirlo con él, si no te importa.

—Tengo que hacer el informe.

—Las piernas, ¿vale? Me duelen las piernas.

—Más o menos, ¿hasta que altura? —Juan contestó con un resoplo de hartazgo. Se sintió un capullo por incomodarlo, tal vez no había sido una buena idea. —¿por debajo de la rodilla…?

—¡La pierna! ¿vale? ¡toda la puta pierna, como siempre ¿podemos dejarlo?

—Como quieras. Puedes quitarte la ropa ahí detrás —dijo señalando al biombo de tela que permitía a los pacientes conservar algo de su dignidad.

—Te lo estás pasando en grande con esto ¿verdad?

—Solo los pantalones y la camisa. Si quieres puedo darte una bata.

Juan se levantó de la silla, y empezó a desnudarse delante de Esteban, clavándole una mirada desafiante. Dejó caer su ropa desordenada sobre la silla negra, y vestido solo con su ropa interior, se tumbó en la camilla. Verlo semi desnudo ahí tumbado lo llevó sin remedio al recuerdo de ese mismo cuerpo en una habitación sofocante dos años atrás.

Esteban se acercó, se puso los guates de rigor, aunque no eran necesarios, tal vez solo por cortesía hacia él. Empezó por auscultarle con el estetoscopio que llevaba colgado al cuello, revisó la movilidad de los ojos, y comenzó luego con las diferentes pruebas de movilidad y sensibilidad táctil, para la que a veces se usaba un pequeño punzón metálico.  —Dime si lo sientes —anunció, aunque imaginaba que conocía de sobra el procedimiento. Fue moviendo el palito de metal por sus piernas, empezó con la planta de los pies, nada, los dedos, nada. Probó por el empeine, casi había llegado al gemelo cuando al fin Juan notó el punzón. Lo mismo ocurrió con la otra pierna, aunque en partes del talón aún tenía algo de sensibilidad. Otro tanto pasaba con las manos, apenas en los dedos, algo en el antebrazo, pero nada en las palmas. Tenía una pérdida de sensibilidad importante. Sentidos entumecidos y dolor. —¿Cómo es el dolor? —quiso saber, ya no como médico.

—Por dentro, sube por las rodillas como si me quemaran los pies.

—La medicación…

—Va bien —se adelantó él, sin concretar.

Entonces se lo quedó mirando, ya no como paciente, ni en el borroso recuerdo de la última noche, sino como al chico que tantas veces había visto bailar, reír, y flirtear en el bar en el que trabajaba de estudiante, del que se había enamorado en una noche memorable, que parecía tan vital, tan lleno de energía, alguien que quería comerse el mundo a bocados, y pensó que no era justo, que aún era demasiado joven para esto.

—Lo siento.

Juan no respondió. Se miraron a los ojos desde posiciones distintas, quebrando quizás un instante la separación que les confería los roles respectivos.

—Buenas… —la puerta se abrió de golpe. El doctor Cuevas se presentó como una borrasca llevándose por delante el momento de intimidad. Tomó las pruebas que acababa de hacerle, y mientras las comprobaba, comenzó a soltar preguntas al paciente, sin mirarlo. Preguntó por los dolores una vez más, si había tenido algún brote, las respuestas afirmativas de Juan no parecían sorprenderlo y solo levantó la mirada para hacerle la última pregunta —¿Y ya hemos resuelto lo del compañero de piso? —Juan se mostró esquivo, echó una mirada de reojo a Esteban —No puedes seguir viviendo solo, Juan, ya lo hemos hablado. Deberías hablar con tu padre.

—Estoy bien, en serio.

—Las cosas solo van a ir a peor desde aquí, puedes tener días buenos, pero vendrán días malos y deberías tener a alguien de confianza cerca. Puedo apuntarte en la lista para el programa de asistencia…

—No hace falta. Estoy bien. Tengo una vecina muy maja, le he dejado mi llave, y se pasa de vez en cuando… está controlado. —El doctor Cuevas, un hombre bajo de piel curtida, de nariz y dedos robustos, lo observo con desconfianza y Juan continuó asegurando con una sonrisa que todo estaba perfectamente —Prácticamente es como si viviera en mi casa, solo tengo que gritar desde mi habitación, y se escucha todo perfectamente, créame, la falta de insonorización de esos pisos ha traído más de un problema…

—¿Has venido solo?

—No, no, mi colega me espera abajo. No le gustan los hospitales.

Y la consulta se dio por terminada, hasta el próximo mes.

Cuando Esteban salía rumbo a su casa en su Renault de segunda mano, se cruzó con Juan en la distancia, caminando solo con su bastón en dirección a la parada del bus, y recordó lo convincente que sonaba cuando mentía.

La última vez que se vieron fue él quien le escribió. Entonces lo llamaba Andoni, aunque David Mendoza, el abogado que lo perseguía también, y con el que había acabado creando algún tipo de extraño lazo absurdo, lo llamaba Cristian, que era el nombre que usaba en un blog de relatos románticos bastante malos, que Esteban se había leído ya al menos tres veces en busca de alguna pista sobre su verdadera identidad. Lo cierto es que aquella noche que recordaba como perfecta, la habían pasado hablando de sus estudios de medicina, de su familia, Cristian, o sea, Juan, le preguntaba con interés por todo lo que a Esteban el interesaba, y pudo imaginarlo preguntando con el mismo entusiasmo por las leyes y los casos de David Mendoza. Tenía la habilidad de hacerte sentir el centro del mundo, sin revelar nada personal, porque, lo cierto, es que no sabía nada del chico de ojos verdes, absolutamente nada. Al menos que fuera cierto.

Fue un cinco de agosto, el cumpleaños de Andoni, o Juan, (Aunque acababa de comprobar en su ficha que eso también era mentira, y que Juan era mayor de lo que aparentaba). Llevaba meses obsesionado buscándolo por todos los garitos de la ciudad, convencido como un idiota de que era el amor de su vida. Aquella mañana lo sorprendió encontrar un mensaje suyo en su Instagram, invitándolo a una pool party, así la llamó, para festejar su cumpleaños. Le contestó que por supuesto que iría, y chatearon un rato. Y se pasó los siguientes tres días subido en una nube con la expectativa de volver a encontrarse con él, por que se hubiera molestado en buscarlo en las redes… se imaginó cientos de conversaciones posibles, y en su fantasía, todas las variantes del reencuentro acababan siempre de la misma forma, con ellos dos besándose, amándose y declarándole su amor.

El sábado por la tarde se acercó a la dirección que le había dado, era un chalet a las afueras de Madrid. Al otro lado de la puerta metálica, una treintena de hombres algunos en bañador, la mayoría desnudos, música disco, gente bailando alrededor de una piscina con forma ovalada, otros nadando, mucho alcohol y más de uno enrollándose en las hamacas. Nunca había ido a una fiesta de esas. No porque estuviera en contra, simplemente porque ser estudiante de medicina y tener que trabajar lo había dejado sin vida social. Lo cierto es que tampoco se le daba muy bien socializar, y tenía tendencia a evitar las aglomeraciones. No le costó dar con él, estaba sobre una mesa con un suspensorio que dejaba su culo expuesto y un sombrero blanco de cowboy, contoneándose con un pequeño corrillo de tíos a su alrededor. Era muy sexy, tenía esos cuerpo perfectamente armoniosos, ligeramente musculado, pero sin exagerar, totalmente lampiño excepto por la mata de rizos alocados que asomaban bajo el sombrero. Se acercó con timidez, aunque nadie parecía preguntarse quien era. En cuanto lo vio,  Juan lo saludo desde la mesa, sonriendo, moviendo los brazos efusivamente y llamándolo a gritos por encima del ruido de la música.

—¡Esteban! ¡Esteban!

Luego saltó de la mesa, se acercó hasta él dando saltitos y le planto un beso con lengua, lento y húmedo. Le pareció que aquella bienvenida era una señal inequívoca de que el tenía el mismo ansia por verlo.

—Has venido!

—Te dije que vendría.

              —¿Qué haces con tanta ropa?  Ven, te presentaré a todos.

              Hablaba interrumpiéndose a si mismo, sin esperar respuestas. Le tomó de la mano y lo arrastró entre los cuerpos semi desnudos mientras él seguía con vaqueros y camiseta asándose de calor. Ya había visto esta versión de él en el bar, la loca desenfrenada, no era su favorita, le gustaba más cuando se ponía serio y se podía mantener una conversación interesante con él.

Aquel día era Eugene. Y Eugene, la loca fiestera, le presentó a  Tomás, el anfitrión, un tipo rubio y alto muy borracho al que se le derramaban las palabras entre los labios, y que también besó a Eugene. Fue solo el comienzo de las muchas formas en las que se sintió un pringado esa noche. Para empezar, era el único que llevaban un bañador clásico, tipo short. Debería haber pensado en eso, se recriminó a si mismo, pero no tenía uno de esos bañadores italianos ceñidos, siempre la había dado vergüenza ponerse uno, y su bañador negro con piñas, se convirtió en la broma de la velada. También era el único que no se enteraba de lo que estaba pasando en aquella fiesta. Se tomó una cerveza, y luego otra, y quiso emborracharse un poco para integrarse. Se pasó las siguientes dos horas siguiendo a Eugene, moviendo las caderas, bailando, para disimular que no conocía a nadie más. Pero entonces aún tenía esperanzas. Creía que él era algo especial para el chico de los rizos cobrizos que no dejaba de repetir a todos que esperaba su regalo de cumpleaños.

A media noche Eugene y un grupo de sus amigos se dirigieron hacia la casa, para darle su regalo —Esteban me ha traído un regalo empaquetado —se buró Eugene, lo agarró del brazo y le susurró al oído —ahora espero mi regalo de verdad—. Esteban se limitó a sonreír como un idiota. Sí, aquel día fue un imbécil de campeonato. Entraron en una habitación, Eugene, Tomás, el dueño de la casa, y otros siete tipos de los que no recordaba el nombre. Eugene se tumbó en la cama, boca arriba, y se agarró las rodillas con las manos, doblándolas sobre su pecho. Se chupó los dedos y empezó a metérselos por el ano, estimulándose él solo. —Tomás primero, que es su casa— anunció con una sonrisa casual. Tomás se quitó el bañador, lo dejó caer al suelo, a los pies de la cama, empezó a masturbarse, untándose de lubricante su polla larga que empezaba estar muy dura. Y entonces se inclinó sobre Eugene y empezó a follárselo, mientras Eugene comenzaba a gemir ligeramente. El resto de los invitados, no tardaron en quedar desnudos, y mientras miraban a Tomás entrando y saliendo rítmicamente de Eugene, se masturbaban. Las embestidas de Tomás aceleraron, se podía escuchar el chasquido repetitivo de las pieles chocando. Tomás se corrió, dentro, sin condón. Esteban los miraba sin dar crédito, cuando el siguiente se dirigió a la cama y empezó a follarse a Eugene, que seguía jadeando, esta vez, con las piernas casi estiradas sobre los hombros de un tipo grande de piel oscura con una polla enorme que metía hasta el fondo y volvía a sacar una y otra vez…  —Oh, sí…  dámelo todo… —gemía Eugene. Para el siguiente se puso a cuatro patas, y otros tres tipos entraron en la habitación, charlando de sus cosas, con su copa en la mano, distraídamente aguardando su turno. Con la cabeza dándole vueltas y algo ebrio, Esteban solo acertaba a mirar con los ojos como platos, la espalda pegada a la pared, aun con su ridículo bañador de piñas puesto, aunque inevitablemente empalmado, mientras su deformación de estudiante de medicina no dejaba de repasar la lista de enfermedades venéreas  e infecciones a las que se estaba arriesgando. Tras el quinto hizo una pausa, dio una vuelta por la habitación, estaba muy borracho, apenas se tenía en pie, sobre su piel enrojecida se acumulaban los restos de semen reseco. Bebió un poco de agua, y dio algunos tragos a la copa de alguien, se tomó un par de pastillas y esnifó Popper. Se acercó entonces a Esteban, se acercó y perdió el equilibrio, apoyándose en él —¿Luego vas tú…? —preguntó mientras se acercaba a su boca para besarlo. Esteban se apartó. No fue por él, era solo que no dejaba de pensar en bacterias y virus y enfermedades y tratamientos invasivos. Pero Eugene recupero la compostura, y durante unos segundos lo observó con recelo, clavándole sus preciosos ojos verdes con un desdén algo herido, y a Esteban se le aceleró el pulso. Entonces, le dio la espalda para volver junto a sus amigos dando tumbos y continuar con su fiesta.

Esteban ya no se quedó más tiempo…

Pensaba en eso mientras lo observaba caminando lentamente con su bastón por la calle. Se preguntó si la razón por la que se comportaba de esa forma irresponsable, casi suicida, era por su enfermedad. Había mentido acerca de que le esperaba un amigo a la entrada,  ¿Habría mentido también sobre esa vecina tan maja? Se preguntó dónde estaban ahora todos esos amigos tan dispuestos a irse de fiesta con él, ¿no había uno solo de ellos que pudiese acompañarlo al hospital? ¿o era él quien los apartaba con sus mentiras? Era mejor mantenerse lejos, pensó. Ese hombre era como un veneno.

Y, sin embargo, eso no fue lo que ocurrió…

CAPITULO 3

              Puso el coche en marcha y se alejó dejando atrás a Juan con su bastón. Se detuvo en el esquina, ante el semáforo en rojo. Empezaba a chispear. Miró al cielo desde la ventanilla del conductor y se dio con los nubarrones grises. Estaba a punto de caer una tormenta. Por el retrovisor pudo ver a Juan, que estaba de pie en la parada esperando el autobús, nadie se había levantado a cederle un asiento, imaginó que él tampoco lo hubiera aceptado.

¡Mierda!

Quería no pensar en ello. Quería continuar su camino y olvidarlo… pero él no era ese tipo de persona.

Esteban cambió de sentido en la esquina, detuvo el vehículo frente a Juan en la parada y bajó la ventanilla del asiento del copiloto.

—¿Te llevo?

—Estoy bien.

—Está empezando a llover—. Juan levantó la mirada hacia el cielo, y se quedó un momento observando con gesto de fastidio, apoyado en su bastón de madera. —¡Joder! Te va a pillar la tormenta ¡Sube al coche!

Juan subió, y en cuanto se sentó empezó a dar explicaciones —la madre de mi amigo tuvo una emergencia… —se justificó. Y siguió contándole una película sobre una tubería rota en la cocina que resultaba bastante creíble, si no lo conociera. Era un pozo sin fondo de mentiras. Esteban no pudo evitar sonreír, ya no le afectaba, al contrario, le hacía gracia.

—Ya.

—¿No me crees?

—Me da igual.

—No te da igual. ¿Por eso querías que me subiera a tu coche? ¿Para poder recriminármelo?

—¡Me da igual! ¿A dónde te llevo? —Juan se limitó a mirar por la ventana —¿Tienes una dirección?

—Vista Alegre.

—Pilla lejos.

—Si no quieres llevarme, puedes dejarme en la siguiente parada.

—No he dicho eso. ¿Ibas a ir a pie hasta ahí?

—Puedo andar, ¿sabes? No soy un minusválido.

“Aún no” pensó Esteban con malicia y estuvo a punto de reírse solo. No hablaron durante un buen rato, hasta que a la altura de Aluche les pillo un atasco monumental.

—Deberías tomarte en serio lo que dice el doctor Cuevas, no deberías vivir solo. ¿No tienes ningún familiar…?

—¿Que pueda ocuparse de mí? —terminó la frase por él con un deje de hartazgo —Se arreglármelas.

—Creo que no eres consciente de lo que te está pasando…

—Vaya, y tú lo sabes mejor que yo ¿verdad?

—No quiero discutir contigo, solo digo…

—Sé muy bien lo que me pasa, —le cortó una vez más —pero lo llevo a mi manera ¿vale? Y nadie te ha pedido tu opinión.

Volvieron a quedarse en silencio hasta llegar a la puerta de su edificio. Juan le dio las gracias antes de bajar del coche, lo que parecía tomarle bastante trabajo.

—Espera, te ayudo.

—¡No! Puedo solo.

Aun así bajo del coche, lo rodeó, la lluvia había amainado, y llegó a tiempo para ayudarlo a ponerse de pie. Se movía como un anciano y Esteban volvió a sentirse mal.

—Escucha, sé que no quieres ayuda, lo entiendo. Pero —comenzó a decirle mientras buscaba en su cartera las tarjetas de visita que su madre le había enviado cuando se graduó. Y se la entregó —si tienes alguna emergencia, llámame.

—Te agradezco el viaje, pero no voy a invitarte a follar.

—No lo digo por eso…

—Ah, es verdad, soy demasiado promiscuo para ti.

Era imposible hablar con él, no dejaba de cortarle. —¡Joder! No te estoy pidiendo una cita, te estoy ofreciendo ayuda…

—No te la he pedido.

Esteban resopló, ¿por qué era tan jodidamente difícil? —Puede que ahora no, pero… yo que sé, guarda la tarjeta, si necesitas ayuda alguna vez, llama, si quieres.

Esteban lo dejó en la acera y volvió a su asiento.

—Está bien, te llamaré si tengo un “emergencia” —le gritó con sorna mientras Esteban volvía a poner el Renault en marcha.

Y volvió a llamar. Sí que lo hizo. Apenas un par de días más tarde recibió un mensaje en su teléfono a las ocho de la mañana, cuando iba de camino al hospital. “Necesito ayuda”. Esteban llamó varias veces a su móvil, pero no contestó. Así que avisó a su jefa que llegaría algo tarde y se desvió en dirección a casa de Juan. Tardó casi cuarenta minutos en llegar, aparcar y localizar la puerta de su apartamento. Cuando al fin llamó al segundo C, donde vivía Juan, éste le abrió sonriente.

—Has tardado mucho.

—Ya. Estaba casi en el hospital ¿Cuál es la urgencia?

Juan le indicó con un gesto que lo siguiera, cruzaron un pequeño salón comedor en dirección a la cocina.

—¿Podrías pasarme la caja de cereales? —Dijo señalando a un estante alto en su despensa. Esteban estiró el brazo, tomó la caja y la puso sobre la mesa.  —Y ya que estás, si no te importa ,me pasas también el cola cao.

Esteban le clavó la mirada un instante antes de estirar el brazo una vez más para bajar el bote y lo dejarlo sobre la mesa con cierta mala leche —¿Eso es todo?

—Sí. Eres un sol.

Esteban lo miraba mientras se sentaba a desayunar tranquilamente —¿Me has hecho venir solo para eso? Voy a llegar tarde a trabajar.

—Dijiste que te llamara si necesitaba ayuda.

—Me refería a una emergencia.

—¿No te lo parece? ¡¡no podía desayunar!!

—Está bien. Déjalo —Sabía lo que intentaba, y no iba a darle esa satisfacción. —Me alegra haber sido de ayuda.

Y se despidió dejándolo con sus cereales.

Pasó algo más de una semana antes de que volviera a mandar otro mensaje  a la una de la mañana: “Tengo una urgencia” escribió. Esteban le contestó “¿Una de verdad?”. “Si, pero si no te viene bien, no hace falta que vengas”.

Por supuesto, fue.

—Hay una cucaracha en mi baño.

—¿Una cucaracha?

—Me dan un asco horrible —aseguró en ese tonillo aniñado que resultaba tan irritante—. Podría caerme del susto…

Con sueño y reprimiendo las ganas de mandarlo a la mierda, Esteban entró en el baño, donde efectivamente había una cucaracha dada la vuelta moviendo las patas en el aire. Aplastó la cucaracha y la tiró al retrete. Y salió del baño con una sonrisa cargada de sarcasmo.

—Eso es todo, imagino.

—No es culpa mía, si pudiera limpiar mejor, no tendría tantas cucarachas.

Fue entonces cuando se fijó en lo desordenado y sucio que estaba el piso. Tal vez era demasiado orgulloso para pedir ayuda, pero era indudable que la necesitaba.

—Bueno, ya que me he levantado y he venido hasta aquí, puedo echarte una mano con esto.

—No, no hace falta. En serio.

Esteban se puso a limpiar. Recogió la ropa del suelo, pasó la escoba, limpió los platos acumulados en la cocina. No le tomó demasiado tiempo, pues el apartamento era pequeño, solo el salón, una cocina diminuta y un dormitorio al que prefirió no entrar. Juan había sacado una bolsa de patatas fritas mientras lo miraba terminar de limpiar. Justo en el momento en el que Esteban guardó la escoba y el recogedor, Juan abrió la bolsa con demasiada fuerza, la bolsa se rompió y las patatas se desparramaron por el suelo.

—Oh, mierda. ¡Qué torpe soy! —dijo sin disimular su cinismo. Esteban le clavo una mirada de reproche —Es una putada no tener sensibilidad en las manos… nuca sé lo que hago —y su sonrisa bobalicona era exasperante.

Esteban se giró en busca de la escoba. —¿Nunca te han contado el cuento de “Pedro y el lobo”?

—No te molestes —dijo al verlo con la escoba en la mano —mañana viene la señora de la limpieza…

—¡¿Qué?! —Esa puñalada no se la había esperado —Me has dejado limpiar tu casa a las dos de la madrugada teniendo alguien que te la limpia?

—Te dije que no hacía falta.

Esteban se lo quedó mirando una vez más y tuvo ganas de borrarle la sonrisa de una hostia. —Está bien. Tú ganas—. Dejó la escoba en su sitio y fue a buscar su abrigo para marcharse. —Apáñate solo, si eso es lo que quieres.

—Entonces, ¿Ya no quieres que te llame si tengo una emergencia?

—No. Puedes pudrirte aquí tú solo.

Y tras decirlo, cerró de un portazo y se largó.

CAPITULO 4

Estaba decidido a olvidarlo. Aun así, y muy a pesar suyo, no podía evitar revisar su expediente médico de vez en cuando. Fue así como unos meses más tarde se enteró de que Juan no se había presentado a su revisión mensual.

—Bea ¿Sabes por qué no ha venido Juan Fernández?

—No ha dicho nada.

Esteban llamó a su móvil un par de veces sin obtener respuesta. Era posible que no quisiera contestar a su llamada, pensó, e hizo un esfuerzo por olvidarlo y centrarse en su trabajo. Sin embargo, a última hora de la tarde, volvió a intentarlo. Sin respuesta. Y ya había vuelto a caer en la trampa, porque ahora que sabía que algo podía ir mal, le resultaba imposible ignorarlo.

Al terminar su turno, condujo en su utilitario hasta la casa de Juan. Llamó al timbre con insistencia sin obtener respuesta. Aquello no pintaba bien. Aprovechó que entraba una vecina para acceder al edificio, y ya en el segundo piso volvió a llamar a la puerta.

—¿Juan? ¡Juan!… Solo quiero saber si va todo bien. Tenías cita hoy en la clínica… —sin respuesta. Probó a llamar a su móvil y entonces escuchó claramente el teléfono sonando dentro de la casa. No era una buena señal.

Llamó a las puertas de sus vecinos, y le alegró comprobar que era cierto que su vecina maja tenía una llave.

Entró en la casa, que estaba completamente a oscuras, y lo primero que notó fue el fuerte olor pestilente.

—¡Lárgate! ¡Fuera! —Los gritos desesperados de Juan le llegaron en cuanto cruzó el umbral—. ¡No te quiero en mi casa!—. No le costó encontrar a Juan, tirado en el suelo al lado de su cama, sobre un charco de pis y mierda. —¡Joder! ¡vete, vete, vete…!—. Juan le gritaba y se tapaba el rostro. Esteban se acercó hasta él, lloraba y temblaba.

—Tranquilo… No pasa nada.

—Por favor… vete… —repitió algo más suave, demasiado avergonzado como para mirarlo. —Se me pasará… ¿vale? Solo… vete, por favor…

A pesar de que él se resistía, Esteban empezó a ocuparse entre palabras de consuelo. Le ayudó a levantarse, y casi tuvo que cargar con él hasta el baño, le preparó la bañera, lo ayudó a desnudarse, se ocupó de las sábanas y la habitación. Durante todo el tiempo Juan seguía insistiendo que podía hacerlo él, que se le pasaría. Los brotes podían ser muy virulentos, perder el control del cuerpo y sus funciones.

—¿Y tus pastillas?

—No he podido ir a comprarlas….

Más tarde averiguaría que llevaba dos días sin poder moverse, arrastrándose como podía por la habitación, sin tomar la medicación, aguardando a que se le pasara, recuperar la movilidad. —Se me pasará… —le repetía con insistencia. Y era cierto que los brotes podían ir y venir, y que no era la primera vez que le pasaba. Pero debería haber pedido ayuda.

Al día siguiente se tomó la tarde libre, era una suerte que le debieran días de vacaciones porque nunca tenía nada que hacer, así que prefería ir a trabajar. Se acercó a su casa con una silla de ruedas que tomó prestada del hospital.

—¿Qué haces con eso? No la necesito.

—Es solo hasta que te recuperes. Necesitas que te de el sol.

—No pienso salir en eso.

Era miedo, más bien pánico, a aceptar lo inevitable. Podía verlo en sus ojos. Echaba a todos de su lado, no porque rechazara la ayuda, sino porque le aterraba la idea de necesitarla. Pero ahora que veía claramente que todas sus mentiras eran solo un ardid para escapar de la verdad, Esteban no pensaba abandonarlo, por muy difícil que se pusiera.

—Vamos a salir a dar un paseo ¿Vale? —le indicó sin demasiada severidad.

Le ayudó a vestirse y subir a la silla, y durante todo el proceso Juan no dejó de protestar, y echarlo de su casa. Cuando ya estaba sentado en la silla y Esteban la empujaba para salir lo detuvo —Espera—. Se acercó empujándose  torpemente hasta el armario de la entrada, cogió unas gafas de sol enormes, una gorra y una bufanda, y se las puso para ocultarse tras ellas. Malhumorado y cabizbajo, al fin logró sacarlo de casa.

Pasearon en silencio, el sol empezaba a desvanecerse pero el día era caluroso, demasiado para una bufanda, aunque eso no lo convenció de quitársela. Llegaron a un parque de arena, en el que jugaban algunos niños subiéndose a un tobogán y unos columpios desconchados que sin duda vieron tiempos mejores. Esteban se sentó a una de las mesas de un pequeño bar con una terraza que daba al parque infantil. Quitó una de las sillas metálicas para acomodar la de ruedas.

—¿Te apetece una cerveza? —Juan no contestó. Miraba apático a los niños escalando los juegos con esa agilidad que él ya no tenía. Aun así Esteban pidió unas cañas, y algo de picar, y pasaron la tarde ahí sentados, Esteban contándole anécdotas del hospital por las que Juan no se interesaba, solo para regalarle un poco de normalidad.

Para cuando llegó el verano se había convertido en rutina que Esteban pasara parte de su tiempo libre en casa de Juan. Le ayudaba a hacer la compra, salían a tomar cañas al parque o se quedaban sobre el sofá viendo series de televisión. Había vuelto a caminar, pero la silla de ruedas seguía en un rincón de su casa, y en ocasiones, cuando tenía mucho dolor, la usaba para moverse por su piso.

Aquella noche Juan estaba animado y quería salir. Hacía tiempo que no lo veía tan enérgico.

—Te acompaño— se ofreció. Estaba cansado (bueno, siempre estaba cansado) pero no le parecía buena idea que saliera por la ciudad él solo.

—No quiero que vengas… Quiero salir a follar, y no puedo ir contigo…

—No voy a entrometerme.

—¿Es que no tienes vida propia? 

—Hace mucho que no salgo… es un buen plan. No me importaría echar un polvo. No contigo —añadió, para dejar claras sus intenciones.

Juan se quedó un momento evaluando la situación antes de acceder.

—Juntos, pero no revueltos.

—Hecho.

 Así que salieron esa noche.

              El agotamiento de la semana se disipó en cuanto la música y el ambiente festivo le entraron por los poros. No solía arreglarse mucho para salir, pero Juan se había pasado más de una hora sacando ropa del armario, peinándose, maquillándose y perfumándose, así que, casi por aburrimiento, había acabado claudicando a hacerse algunos retoques, por indicación de Juan, por supuesto. Lo cierto es que había resultado divertido, y tenía ganas de marcha.

              En cuanto entraron al local cada uno se fue por su lado. Juan había venido con muletas, pero se le daba bien fingir que el motivo era un esguince, al menos no intentaría bailar. Se quedó sentado junto a la barra, y no tardó mucho en estar acompañado, era como un imán para los hombres, era algo que tenía su sonrisa, que era una invitación a acercarse. Estaba muy guapo, con su camisa verde, y sus rizos cayéndole sobre la frente. Esteban algo más tímido, se quedó un rato deambulando a solas, se pidió un ron con cola, se acercó a la pista de baile… Vio que a juan se le caía el vaso de cristal de la mano, estuvo a punto de correr a socorrerlo, pero ya tenía a dos tíos haciendo el trabajo por él. Sí que sabía apañárselas. Una hora y un par de copas después Esteban bailaba con un venezolano muy sexy, muy pegados y se estaba poniendo muy cachondo. Su nuevo amigo sugirió que se sentaran un rato, y todo parecía fluir… fue entonces cuando se percató de que Juan ya no estaba en la barra. Recorrió el local con la mirada detenidamente, no lo veía por ningún lado. —¿Qué se te perdió? —preguntó su nuevo amigo, Norberto.

              —Busco a mi amigo.

              —Se estará divirtiendo por ahí.

              Y, sí, esa era la idea. Así que intentó no preocuparse y se sentó con el venezolano, que le empezó a contar su vida, y le hablaba de Hugo Chávez y el desastre de Venezuela, que era un tema que podía interesarle, pero Esteban estaba distraído buscando con la mirada a Juan. Pasada media hora las palabras habían sucumbido a los besos, pero Juan seguía sin aparecer, y Esteban empezaba a inquietarse.  Decidió ir a buscarlo, lo que irritó mucho a su ligue.

Cruzó el local, bajó por las escaleras que iban al sótano, a lo que pretendía ser un cuarto oscuro algo improvisado. Era difícil bajar por la escalera oscura y abarrotada de hombres. Había algunos fumando, otros permanecían sentados o apoyados en la pared en actitud de espera, y otros se besaban y se metían mano. Ni rastro de Juan por ahí. Preguntó en la barra, pero no supieron decirle, y finalmente probó en el baño, y ahí estaba. Sentado en el suelo al fondo del baño de azulejos con su luz blanquecina que le daba aspecto a hospital, junto a los lavabos, las muletas tiradas a su lado, la mirada perdida en el suelo.

Esteban se acercó y se sentó a su lado.

—¿No ha ido bien?

—No es eso… —y soltó un suspiro largo antes de añadir —no se me ha puesto dura.

—Eso puede pasarle a cualquiera.

—A mí no me había pasado… así no… —entonces miró a Esteban —¿Ya no te parezco atractivo?

—¿A qué viene eso?

—No querías follar conmigo.

—Eras tú el que no quería salir conmigo—. Esteban se rio, quitándole importancia al comentario.

—¿Y si no vuelvo a tener un orgasmo nunca más?

—Ya sabes que esto es así. Va y viene.

Parecía tan triste, le hubiera gustado saber qué decir para animarlo, pero no pensaba mentir, ni crearle falsas esperanzas. Porque desde el día en el que fue a socorrerlo, el día en el que superaron la humillación, habían zanjado el tema de las mentiras.

—Cuando lo cuento, la gente nunca sabe que decir… —la mirada volvía a perderse en el infinito —No les gusta que no pueden hacer nada para arreglarlo. No pueden decirte, toma esto, y te pondrás bien, haz esto otro… ya verás como mejoras… Les molesta que no tenga solución. No saben que hacer conmigo.

A esas alturas ya sabía que su padre cubría sus gastos, el piso, la limpiadora, sus gastos básicos… se hacía cargo, pero en la distancia. Sabía que su madre había muerto de cáncer cuando él tenía nueve años, y que el padre no se quedó para cuidar de ella, aunque siguió haciéndose cargo de los gastos. Rehízo su vida lejos de su familia, pagando por la libertad de no tener que enfrentarse al lastre de la enfermedad y el deterioro. Eran verdades que habían ido desenterrando poco a poco, sin dramatismo, porque Juan no soportaba la victimización.

—¿Nos vamos a ver una peli?

—¿Y tu ligue? No quiero estropearte la noche.

—La verdad es que empezaba a aburrirme un poco—. Bueno, quizás alguna mentira si se podía permitir. —Además, me iré con el chico más guapo…

—Ajjj… —le cortó —Ahórrame tu condescendencia.

Lo ayudo a levantarse y se fueron juntos, cada vez le resultaba más difícil caminar, o moverse solo. Ya en casa de Juan, les tomó otra media hora elegir película, porque a Juan solo le gustaban las comedias tontas que a Esteban lo sacaban de quicio, aunque estaba tan agotado que no llegó a ver ni diez minutos de película antes de quedarse dormido. Amaneció en el sofá de Juan, sin zapatos ni pantalones, con una almohada bajo la cabeza y una manta encima, lo que debió costarle un trabajo descomunal a Juan. Al abrir los ojos lo encontró a su lado, con un café, mirando los catálogos de sillas motorizadas que Esteban le había traído hacía semanas y que había ignorado con insistencia hasta ese momento.  Pero no pensaba comentar nada.

—No sé porqué te pones tan pesado con las películas, —dijo él, al verlo despierto —nunca ves más de quince minutos…

—Pero esos quince minutos quiero que valgan la pena. —Se levantó, dobló la manta y fue a la cocina a servirse un café. Luego se sentó en el reposabrazos a su lado a ver las sillas. —Esa mola—dijo, indicando una que tenía aspecto de triciclo motorizado.

—Son todas horribles.

Esteban le rodeo el cuello con el brazo y le dio un beso cariñoso en la cabeza, un gesto más de amistad que de alguna pretensión romántica,  pero pudo notar que se tensaba y se ruborizaba ligeramente, y que se esforzó por ocultarlo.

Se quedó pensando en aquella reacción el resto del día.

Había dado por sentado que Juan no quería saber nada de él, no en ese plan. Había sido Esteban quien había acabado por imponer su presencia, esforzándose por asegurarle que no había segundas intenciones, y lo cierto es que había descartado la posibilidad de una relación, convencido de que no estaría interesado. Pero aquel día no dejaba de repasar esa noche, cada gesto, cada palabra que había dicho… “¿Ya no te parezco atractivo?” había preguntado. Claro que le parecía atractivo. Era guapo, y divertido, rebosaba carisma e ingenio, tenía unos ojos verdes preciosos y un cuerpo menudo que era irresistible, y la mejor sonrisa del mundo. No iba a su casa solo porque se preocupaba por él, le gustaba su compañía, y prefería estar ahí que en su piso semi vacío a solas, porque Esteban tampoco tenía a quien ir a ver un sábado por la noche, ni siquiera algún colega del trabajo o un compañero de universidad con los que cada vez se veía menos, porque estaban todos demasiado ocupados, o cansados. Y siguió dándole vueltas a esa reacción involuntaria de Juan, ese ligero rubor que delataba que algo más había y que tal vez malinterpretaba su animadversión. Quizás detrás de su fingida irritación por su insistente presencia, había inseguridad. Era posible que creyera que nadie podría quererle de verdad, que necesitaba una mentira para resultar atractivo. Que al igual que su padre abandonó a su madre enferma, nadie se quedaría a su lado conociendo su discapacidad.

CAPITULO 5

              —¿Tú otra vez? ¿en serio? —Juan recibió a Esteban con un mohín de desprecio en la sala de espera del hospital.  

              —No mientas, lo estabas deseando —respondió sonriendo.

              Juan puso los ojos en blanco y se puso en marcha con su silla nueva, con la que aún iba llevándose por delante las esquinas, en dirección a la consulta, seguido de Esteban. En cuanto entraron cerró la puerta con llave sin que él se diera cuenta.

              —Bien, señor Fernández, ¿Cómo ha ido la semana? —preguntó, y Juan lo observó extrañado, pero le siguió el juego

              —Otra semana de mierda como siempre, doctor Aguilar.

              Tras las preguntas habituales lo ayudó a tumbarse en la camilla. —Deje que le ayude a quitarse esto… —añadió dirigiendo las manos a la cremallera de sus pantalones.

              —¿Va a desnudarme Doctor Aguilar? —bromeó él, pero Esteban no respondió con sorna, y lo miró con intención mientras comenzaba a desabrochar los botones de su pantalón muy despacio. —¿Qué haces…? —amagó una vez más con devolver el encuentro al terreno del humor, pero el médico persistió en su silencio. Juan tragó saliva cuando las manos de Esteban rozaron su polla sobre la tela de sus calzoncillo. Luego tiró de los pantalones hacia abajo, dejando sus frágiles piernas al descubierto, y se tomó su tiempo en acomodarlas en posición sobre la camilla.

              —La camiseta… —dijo, antes de acercarse una vez más, y tirar con suavidad de la camiseta hacia arriba, dejando su torso al descubierto. Permaneció unos instantes a su lado deleitándose con el paisaje de su cuerpo semi desnudo, y pudo notar que la respiración de Juan se aceleraba ligeramente. —Bien, señor Fernández, comencemos—. Sin perderlo de vista, se puso los guantes de goma, se colocó entre sus piernas—. Dígame si siente esto… —dijo al tiempo que empezaba  a recorrer su pierna derecha con los dedos. —¿Nada? —Juan negó con la cabeza sin decir nada. Esteban siguió subiendo, ahora las dos manos por su pierna derecha —¿y ahora? —y subió un poco más, casi llegando al muslo. —¿Sientes algo aquí? —susurró, y Juan asintió lentamente. Esteban entonces deslizó un dedo por el muslo de su pierna izquierda, y Juan ahogó un gemido casi imperceptible. Esteban se apartó, y sin perderlo de vista, rodeó la camilla colocándose a su lado, entonces se quitó los guantes de un tirón, provocando un chasquido sonoro de la goma al estirarse y contraerse de golpe. Los dejó caer al suelo y volvió a recorrer sus piernas por la zona sensible con las manos. El contacto con su piel volvió a provocar que se le acelerara la respiración. —¿Puede sentir esto… señor Fernández? —y la mención de su nombre provocó otro gemido de Juan. —¿Y qué hay de esto…? —uno de sus dedos recorrió la cara interna del muslo hasta la ingle, y lo dejó deslizarse ligeramente por el bode del calzoncillo.

              —¡Joder…! —gimió Juan cerrando los ojos, y tensando el cuerpo entero sobre la camilla.

              —¿Eso es un sí… Señor Fernández?

              —¡Joder, sí…!

              Empezaba a tener una erección, y Esteban se mordió el labio sonriendo de satisfacción al ver que lo tenía donde quería. Así que dejó que sus dedos se colaran por debajo de la tela de su ropa interior, y buscó la entrada de su orificio, acariciando ligeramente sus testículos, para luego rodear con la yema de los dedos su entrada. Mientras su otra mando empezaba a bajar por su torso, desde el pecho, por el camino de su línea alba, apenas dibujada, en dirección a su glande, que ya endurecido, amagaba con escapar de la tela blanca que aún lo cubría.

              —¡Dios…! ¡Joder…! —volvió a gemir Juan.

              —¿Cree que puede correrse para mí, señor Fernández? —preguntó justo antes de empezar a recorrer con los dedos su polla dura, haciendo un ligero masaje circular por su glande rosado que soltaba unas gotas de líquido preseminal, y luego bajando ligeramente la tela del calzoncillo.

              —Estás loco…  joder…—gimió girando la mirada hacia la puerta, consciente de golpe de que alguien pudiera entrar y descubrirlos.

              —Concéntrese, por favor, necesito hacer esta prueba—. Se metió los dedos en la boca para humedecerlos antes de empezar a hacerle una paja con una mano, mientras los dedos de al otra atacaban su entrada ligeramente —¿Siente esto? ¿eh? ¿qué es lo que siente señor Fernández? —Y también Esteban empezaba a estar muy duro viendo su pecho subir y bajar con la respiración agitada, sus músculos tensarse con la contención del placer que lo invadía. El plan había sido que fuera solo para él, pero de pronto Esteban sintió una necesidad imperiosa de que lo tocara, necesitaba correrse. Soltó a Juan con urgencia para bajarse los pantalones, agarró la mano de Juan y la dirigió a su polla, obligándolo a envolverlo —Me temo que debo hacerle una prueba de movilidad, señor Fernández. Va a tener que mover la mano todo lo rápido que pueda…. — Juan sonrió y empezó a mover la mano, aunque sabía que hacía tiempo que no tenía sensibilidad en los dedos, aun conseguía controlarlos.

              —¿Así está bien… doctor?

              —Un poco más rápido… sí así… no pare…

              Esteban se chupo los dedos antes de volver a introduciéndoselos en su agujero, esta vez los metió hasta el fondo, y Juan gimió girando el rostro hacia atrás. Y los dos se masturbaban el uno al otro, frenéticamente, y ya no consiguió decir nada más porque estaba demasiado concentrado en correrse. Los dos gimiendo, censurando el sonido de sus jadeos entre el chasquido húmedo de sus manos pajeándose aceleradamente. Y Esteban alcanzó el orgasmo unos segundos antes de que Juan se corriera con un gesto en la mirada entre alucinado y extasiado. Y se quedó un momento después respirando con dificultad, su polla aun expulsando algo de semen en pequeños espasmos mientras Esteban seguía recorriéndola con la mano, sintiendo como iba perdiendo su tamaño, restregando el líquido blanquecino por su piel. Y luego, rescató las gotas de semen que quedaban por su abdomen y se lamió la mano, chupándose todo lo que era de él mientras Juan lo miraba embelesado.

              Esteban se acercó a su oído —¿Querías saber si aún me gustas? Sí, siempre me has gustado, aunque ahora creo que te quiero un poco.

Antes de que Juan pudiera responder los interrumpió el sonido del forcejeo de la puerta. Esteban se colocó el pantalón rápidamente, y pasó una toallita húmeda para limpiar las pruebas del delito con rapidez antes de lanzarse a abrir la puerta.

              —¿Qué pasa con la puerta? —preguntó extrañado el doctor Cuevas.

              —No lo sé, se ha quedado trabada —mintió—. Haré que la miren.

              La consulta continuó como de costumbre, aunque Juan no dejaba de lanzarle miraditas interrogantes a Esteban que se mantenía imperturbable. El doctor Cuevas volvió a preguntar por la situación en su casa.

              —Sí, todo controlado… tengo una amigo que prácticamente vive en mi casa… bueno, de hecho estamos buscando un piso más grande, para mudarnos, el mío es demasiado chico para la silla, no dejo de atascarme en todas las esquinas… —y siguió hablando de la silla con el doctor. Esteban se había quedado congelado con las cejas levantadas. Se preguntaba si ese asunto de ir a vivir juntos era algo que acababa de improvisar o si llevaba tiempo dándole vueltas. Quería una respuesta, pero Juan evitaba mirarlo. De pronto pensó que aquella idea tenía sentido. Juan necesitaba un espacio acondicionado a su discapacidad para vivir, y, sin duda, que estuviese más cerca del hospital. Y se descubrió fantaseando con la idea de un piso, baños adaptados, repisas bajas, pasillos anchos, podían empezar en con habitaciones separadas, e ir viendo como les va… pero, quería eso. No quería seguir volviendo de noche a un piso vacío en el que nadie le preguntara cómo había ido su día, planificando listas de compra para uno, que casi no merecía la pena hacer, perdiendo las horas delante del televisor aguardando tan solo a que empezara una nueva jornada laboral. Pero era más que eso, quería escuchar su risa, y su verborrea imparable, su forma de mofarse de todo, incluso de sí mismo. Juan era como un huracán, una revolución constante, era divertido e ingenioso, y hacía brillar sus días.

              El doctor Cuevas terminó su consulta y se marchó, siempre acelerado y con exceso de trabajo, dejando que Esteban se ocupara del paciente.

              —Me ha gustado la idea del piso —dijo, mientras ayudaba a Juan a volver a su silla. —¿Iba en serio?

—Ya sabes que yo siempre hablo de más… igual es un síntoma de la parálisis —Respondió Juan intentando desviar la conversación.

—Pues a mí me gustaría.

Se miraron a los ojos unos instantes, Juan desde la silla, con ese gesto de pavor que ya había aprendido a descifrar—. Esto no te conviene… —le aseguró —soy como una condena de por vida ¿Quién querría algo así? Al final te hartarás, créeme, no tiene sentido… yo no querría vivir conmigo… —Esteban lo escuchaba, pero sabía que quien hablaba era su miedo. —Eres un chico muy majo, y joder, estás un rato bueno, no lo voy a negar… y te agradezco todo lo que haces por mí, pero no funcionaría y lo sabes tan bien como yo, al final solo nos haremos daño…

              Esteban se agachó hasta mirarlo a la cara, apoyado en su silla—. Anda, cállate y bésame.

              Y entonces lo besó. Se besaron. Y Juan cedió ante sus reparos, y sucumbió al beso… olvidándose de todo los demás. Deleitándose en el contacto de sus labios y sus lenguas, borrando las dudas con cada caricia húmeda de sus bocas, como si el tiempo se hubiera detenido.

              Y cuando acabó el beso, se miraron a los ojos durante un largo rato, en los de Esteban había determinación, en los de Juan, el miedo se iba disipando.

              —Vas es serio ¿verdad?

              —Sí.

              Y su respiración era tan tensa que podía escucharse.

              —Creo que yo también te quiero un poco… —confesó al fin.

              Esteban sonrió, y se acercó a besarlo una vez más.

              —¿Quieres que juguemos a los médicos esta noche? —preguntó Esteban, aun enredado entre sus labios. Y le encantó escuchar la risa de Juan.

Un relato de Laurent Kosta.

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