EL PRINCIPE Y EL MENDIGO (segunda parte)

SI NO HAS LEIDO LA PRIMERA PARTE EMPIEZA POR EL PRINCIPIO: https://laurent-kosta.com/2020/09/18/el-principe-y-el-mendigo/

— Deja que te lo haga yo a ti…

—¿Qué es lo que quieres hacerme?

—Ahora verás — su boca envolviendo su polla…

—Oh, si… ¡Joder! — gime — ¡Espera… para!

—¿Qué pasa? ¿no te gusta?

— Si, claro que sí, pero cuidado con los dientes…

— Vale, perdona… — y continua, su boca otra vez recorriendo el tronco de su polla, Máx gime otra vez, jadea cada vez más fuerte, Enrique se crece, intenta meterla más profundamente.

— ¡Oh! ¡Hostia! — gime, y luego grita — ¡Ah, mierda…! — Máx se ríe.

—¿Te he hecho daño?

—Joder, Castellar, me has hecho sangre — aunque no deja de reír.

—Oh, mierda, lo siento…

La imagen no podía ser más cotidiana, los dos sentados entre sábanas revueltas inspeccionando los genitales magullados de Máx. A pesar de las incidencias, ríen con complicidad. El sexo queda para más tarde, pero no les preocupa, hace ya más de seis meses que el sexo se ha vuelto habitual.

Se besan. No solo se besan, se recrean entre besos, sonrisas y lenguas.

—¿Es que tengo que enseñártelo todo, Castellar?

Más risas, que se apaciguan con los besos. —¿Qué es lo que me has hecho? — pregunta Enrique — ¿es algún tipo de hechizo? Mmm... por que no puedo mmm…. dejar de besarte mmm…

Una hora más tarde Máx ha cogido sus libros y estudia, y Enrique sale de la habitación para preparar algo para cenar. Máx lo oye desde el dormitorio trastear en la cocina del apartamento de ciento ochenta metros cuadrados que comparte con otros dos compañeros. Lo oye también cuando se encuentra con uno de ellos.

—No toques mi bandeja…

—¿Te vas a comer todo eso? — pregunta Javi — ¿estás con alguien?

—No, que va. Solo estoy estudiando.

—Si, ya… ¿Con quién estás?

—Con nadie. Estoy solo estudiando.

—Vale, tío… no seas tan celoso…

Se oyen también puertas que se abren y se cierran. Máx ha dejado de estudiar. También el rechazo se ha vuelto algo habitual. Se ha dicho mil veces que no importa, pero de golpe siente que ya no sabe como seguir fingiendo que no le importa.

Cuando Enrique entra en la habitación, con una bandeja con platos de croquetas, y tortilla que ha preparado él mismo, se encuentra a Máx vestido, recogiendo sus cosas.

—¿Qué haces?

—Tengo que irme.

—¿Por qué? ¿qué ha pasado? — pero no hace falta que conteste, Enrique adivina en seguida lo que ha pasado. Deja la bandeja y se acerca a Máx — Venga, tío. El Javi es gilipollas, créeme, es mejor que no se entere… no tiene nada que ver con nosotros.

—Vale, está bien. Lo que tu digas — le da la razón, pero no deja de recoger sus cosas para marcharse. Enrique se acerca, lo rodea con los brazos, consiguiendo a su vez que se detenga, y lo besa, espera disuadirlo, convencerlo y que se quede esa noche con él como imaginaba que haría. —Tengo que irme, Castellar, me distraes demasiado. Tengo que estudiar… no puedo perder la beca, lo sabes.

—Está bien. ¿Nos vemos mañana?

Él suspira. —Estamos de exámenes, tú también deberías estudiar un poco.

—Estudiemos juntos.

—Ese era el plan hoy ¿recuerdas? —Enrique se rinde. Él ya se ha puesto la chaqueta y tiene su mochila al hombro —¿Quieres comprobar si está despejado? — dice justo antes de salir de la habitación, sin disimular el sarcasmo. Sabe que le decepcionará si sale a comprobarlo, pero si no lo hace, las consecuencias podrían ser peores.

—Tú no lo entiendes.

—Lo entiendo perfectamente — una vez más su tono es mordaz. Enrique se resiste a mirar, pero tampoco lo anima a salir. Después de un breve silencio, Máx se asoma ligeramente desde la puerta, comprueba él mismo que no haya nadie por el salón antes de salir de la casa sin despedirse, y Enrique sabe que la ha vuelto a joder.

Se deja caer sobre la cama, se le ha quitado el apetito, aunque seguramente lo recupere en un rato. Piensa que debería estudiar, pero no lo hace, se queda mirando el techo distraídamente pensando en alguna forma de compensarselo a Máx. Y acaba pensando en las cosas que le hubiese gustado hacer con él esa noche, si se hubiese quedado. Le gusta Máx. No es el tío cachas y fiestero que quizás debería gustarle. Pero le gusta, es indiscutible. Le gusta su aspecto intelectual con sus rizos despreocupados, las gafas, su cuerpo delgado, pálido, casi sin pelo. Le gusta que no le importe llevar las manos manchadas de tinta, o el jersey descosido, o que esté demasiado distraído para darse cuenta. Le gusta que siempre quiera comentarle algún libro que se está leyendo, y que le importe una mierda caerle bien al resto de los alumnos. Le gusta que sea ambicioso, que crea que el mundo puede mejorarse, que se apasione cuando discute de política, y que nunca esté de acuerdo con él. Le gusta el sexo con Máx. Solía pensar que el sexo estaba sobre valorado, y fingía que le enloquecía tanto como a sus amigos… al fin entendía a qué venía tanta historia con el sexo. No había imaginado que pudiese cambiarlo todo tanto. No dejaba de pensar en Máx, en el sexo con Máx concretamente. Lo deseaba a todas horas, en cualquier lugar o en cada momento. Y no habían pasado ni cinco minutos desde que se fuera, y ya lo echaba en falta.

****

Enrique entra en la cafetería de la facultad, y busca a Máx. Lleva toda la semana dándole largas. Contesta a sus mensajes, pero nunca tiene tiempo para él. Sí, era época de exámenes, pero no era la primera vez, y en otras ocasiones no había impedido que se vieran al menos un par de veces por semana. Lo ve en cuanto entra. Como de costumbre está comiendo a solas el menú para estudiantes con un libro abierto sobre la mesa. Enrique se acerca y se sienta en la silla vacía de enfrente, le roba una patata frita del plato, y Máx levanta la mirada de su libro algo sobresaltado con la irrupción inesperada. —¿sorprendido de verme?

—Estaba distraído…

—Y ¿puedo distraerte un poco más este fin de semana?

Máx se lo piensa, se quita las gafa un momento, Enrique le roba otra patata —tengo que estudiar… — afirma.

—Venga, solo un rato… — pero Máx sigue dudando. En el fondo sabe que no es por eso, y no sabe si arriesgar a presionarlo a decirlo. —Están bien, me rindo… Nos vemos cuando termines los exámenes, entonces… —pero él baja la mirada, y su gesto se vuelve serio, agrio incluso. No se anima a decirlo, pero puede adivinar que lo está pensando. Quizás pueda arreglarlo antes de que sea demasiado tarde. —Oye, siento lo del otro día. Sé lo que estás pensando, pero… Javi es como de la familia, sus padres son amigos de mis padres desde siempre. Si se entera, se enterarán mis padres…

—Y eso sería horrible ¿verdad?

—Es más complicado de lo que imaginas. Mi familia no es como la tuya.

—¡No sabes nada de mi familia, Castellar! — le suelta, subiendo la voz — no des por sentado lo que te conviene, como haces siempre.

Al fin estalla su enfado, aunque no es la primera vez que hablaban sobre esto, y confía en que esta vez también acabara olvidándolo. Enrique baja la mirada, y resopla. —No me presiones, Máx…

—Pues buscate a otro con quien follar por las noches.

—No quiero otro, me gustas tú.

—Necesito la beca, y no puedo arriesgarme a perderla. Especialmente si esto no va a ir a ninguna parte, como parece que será. Te divertirás un rato con la novedad y cuando te aburras, para ti no habrá cambiado nada.

Enrique se acerca un poco más, busca la privacidad — Venga, sabes que no es así, solo… necesito un poco más de tiempo. — Se miran, le sonríe, y sabe que le tiene. Está a punto de rematar la faena con algún gesto romántico cuando uno de sus colegas los interrumpe.

—¡Kike! ¡Tío! —sus manos chocan en un apretón de manos de forma casual —. El sábado fiesta en mi casa. Apúntatelo.

Por unos instantes le preocupa que su amigo Nacho haya visto más de la cuenta o saque conclusiones, y casi sin plantearselo reaparece el Kike de siempre, el juerguista derrochador e irresponsable que todos conocen. —Claro, tío. No me lo pierdo.

Espera que se vaya pronto, pero en vez de eso se gira hacia el joven sentado en su mesa —Máx, ¿verdad? — Máx asiente, y por unos instantes imagina que está a punto de invitarlo a la fiesta, e imagina que van juntos y que eso está bien. Pero no es así —Tío, ¿podrías venir, y hacer esos mojitos que te salen tan de puta madre?

—Claro.

—Genial, dime lo que necesitas… — y se enfrascan en una conversación sobre pedidos de ron, refrescos y otros licores.

Sí, Máx es muy conocido entre sus colegas, porque es el tío que los recoge cuando están demasiado borrachos para conducir, o el que trabaja sirviendo copas en sus fiestas. Tiene ganas de darle un empujón a su amigo Nacho y mandarlo a la mierda, y de gritarle a Máx. Pero no lo hace, espera a que su colega se vaya para hablar.

—¿No decías que tenías que estudiar?

—También necesito dinero.

—Te pago lo mismo si no vas.

Máx lo mira a los ojos —No siempre puede comprar a las personas, Castellar. ¿Te molesta que vaya?

—¿Estás de coña? Acaban de invitarme a esa fiesta, estará ahí toda la gente que conozco.

—Si te incomoda que esté ahí, no vayas. — Se levanta, coge sus libros y Enrique ya no dice nada—. Puedes comerte las patatas —le suelta antes de marcharse. Enrique lo observa alejarse entre alumnos que entran o salen de la cafetería en grupos de amigos, riendo, hablando, y entre todos ellos la resulta increíble que Máx pase inadvertido, sin que nadie repare en la persona tan asombrosa que es. Se desliza en la silla quedando repantigado, se acerca el plato de Máx y empieza a comerse las patatas que ha dejado.

****

Había decidido no ir. Incluso buscó un plan alternativo para no sucumbir a la tentación. Pero cerca de media noche, entraba en casa de Nacho en el momento álgido de la fiesta, cuando las chicas bailaban entre ellas y gritaban más de la cuenta, el suelo estaba pegajoso, la música a tope, los platos vaciados y los chicos se escapaban por las puertas traseras para echar un pis, o realizar alguna actividad clandestina.

Según avanza por las diferentes habitaciones de aquel chalet de barrio alto convertido en discoteca por una noche, porque los adultos responsables se encontraban fuera del país, la gente lo lo para para saludarlo — ¿dónde te habías metido, Kike? —sus amigas se lanzan a abrazarlo, le plantan besos en la mejilla, claramente algo ebrias. Hubo una época que aquello le encantaba, no imaginaba un plan mejor para su fin de semana, alcohol, música y chicas dispuestas a perderse en la oscuridad con él sin compromiso. Pero esa noche no tiene ganas de fiesta. Se siente igual que si estuviese enfermo, su propio cuerpo le resulta ajeno y lo acompaña una ligera sensación de nausea. Intenta comportarse como el antiguo Kike, hacer lo que el resto espera y no deja de sentirse como un farsante. “Kike”, de pequeño le llamaban Kike, ya no sabe si le gusta, le resulta infantil, él le llama “Castellar”, se ha acostumbrado, y le gusta cómo suena de su boca, cómo suena cuando están a solas en su cama desnudos.

Encuentra a Máx en la terraza, en la parte trasera de la casa. Ocupado tras un mesa con botellas de ron, whisky y ginebra alineadas junto a vasos de tubo, latas de refrescos, gajos de limón y otros complementos con los que prepara combinados con mano experta para los invitados reales. No Máx. Él no está ahí para pasarlo bien, desvariar y perder la cabeza, su gesto es distinto. Serio, adulto… atractivo. Quiere acercarse, pero no lo hace. Se queda en una esquina de la terraza, donde él no puede verlo, observando cómo Máx se afana en poner hielos, mezclar, batir, remover coctails para unos y otros. Tiene los ojos cansados, puede adivinar que la noche anterior se quedó hasta más tarde estudiando para compensar que esta noche no podría hacerlo. Mira al resto de sus amigos, todos se sienten tan invencibles, tan seguros de sí mismos, tan poderosos. Necios arrogantes. Pero él sabe que el chico que les prepara servicialmente sus bebidas y a quien tratan con cierta condescendencia imperialista les da mil vueltas. Le molesta verlo en esa actitud, sonriendo con humildad a los imbéciles engreídos de sus amigos. No solo es más inteligente y trabajador que ellos, es mucho mejor persona. Y, sin embargo, cualquiera de los imbéciles de sus amigos conseguirá un mejor trabajo porque sus padres se asegurarán de de ello. La vida no es justa, eso dicen siempre, pero resulta fácil decirlo cuando te ha tocado la mejor mano de la baraja.

Entonces piensa en quien es él: Enrique Castellar. Se llama igual que su padre, el gran empresario, casado con una marquesa. Él también es uno más de los imbéciles engreídos que conseguirán un buen trabajo sin esforzarse demasiado. Siempre ha creído que su nombre le viene grande, era más fácil ser Kike. En cierto modo también envidia a Máx, él solo puede ganar, haga lo que haga será mejor que lo que se esperaba de él, y no corre el riesgo de decepcionar a nadie.

Se ha distraído pensando en sus cosas, y cuando vuelve a fijarse en Máx, ve a su compañero de piso Javi con otros dos colegas hablando con él, con esa pose chulesca que reconoce: mano en el bolsillo, la otra sosteniendo su copa, balanceándose ligeramente hacia adelante, acercándose más de lo debido porque están borrachos. No puede oírlos, la música está demasiado fuerte y todo el mundo parece estar gritando, pero, por el gesto de Máx, adivina que no está cómodo. Empieza a cruzar la terraza en dirección a ellos, según se acerca consigue escuchar trozos incoherentes de la conversación —le estabas mirando el culo… mariconazo… ¿qué te crees?… no sabe estar en su lugar….

Al acercarse un poco más ve que uno de los tío vuelca deliberadamente el contenido de su vaso sobre la mesa, salpicando a Máx. Y acto seguido exige que le prepare uno nuevo —Venga, mariquita… haz tu trabajo… — los otros ríen la gracia.

Llega a la mesa y se dirige a Javi y sus dos amigos —¿Qué cojones estáis haciendo?

—Nada, tío. Estoy esperando a que éste me prepare un copa, pero parece que se le resbala… será que pierde aceite… — y todo vuelven a reír como idiotas sintiéndose muy ingeniosos.

—Por que no os vais a tomar por culo un rato — les suelta Enrique.

—Quiero mi copa.

—Prepáratela tú mismo — responde Máx

—¡Haz tu puto trabajo, para eso te pagan!

Enrique se lanza encima de aquel tío al que no había visto nunca, le agarra de la chaqueta, no es muy alto, ni muy fuerte, siempre son los tíos más débiles y cobardes los que se meten con quien saben que no está en posición de responderles. —Pídele disculpas, gilipollas, o te parto la cara.

—Cuidado, Fran, que Kike le tiene mucho aprecio al camarero. Lo tiene todo el día encerrado en su habitación para que se la chupe… ¿verdad que sí, Kike?

A Enrique le descoloca que haya soltado aquella información en mitad de la fiesta, la gente está mirando, suelta al tal Fran, y se gira hacia su compañero de piso — cierra la boca, Javi — le advierte. Aunque no sabe bien por qué.

—Igual si nos la chupa a todos nos caiga tan bien como a ti. ¿Que dices, Máx? Vamos un rato al baño y nos haces un trabajito de esos…

Y antes de que termine la frase, Enrique le ha propinando un puñetazo en la mandíbula a Javi, quien pierde el equilibrio y cae sobre la mesa de vasos y botellas llevándose unas cuantas por delante y provocando un estruendo de cristales chocando contra el suelo. La mano le duele, y sabe que está gritando algo, pero está fuera de sí y no controla lo que sale de su boca —¡cállate, cállate de una puta vez, gilipollas! — Quiere matarlo, va a lanzarse sobre él, pero alguien lo sujeta del cuello, se gira y le suelta otro puñetazo al tal Fran, y luego siente un golpe en la espalda, y al girarse otro en la oreja que le deja el rostro caliente. Y está dando empujones y puñetazos sin tener claro en qué dirección, y recibiendo golpes entre el ruido de la música que sigue sonando con su melodía machacona, indiferente al cambio de atmósfera de la fiesta, y los gritos de las personas que los rodean intentando detener la pelea.

Entre unos y otros han conseguido separarlos, y algunas de sus amigas intentan tranquilizar a Enrique, una de ellas le trae una bolsa con hielo que él se pone alternativamente sobre la oreja y el labio. Su amigo Nacho viene un rato a hablar con él también, procurando, como buen anfitrión, mediar entre sus invitados. Finalmente sale a la entrada del chalet y se sienta en uno de los dos escalones que llevan hacia la puerta principal. Después de unos minutos Máx se acerca y se queda de pie a su lado.

—¿Puedo sentarme contigo?

—Claro. ¿Estás bien?

Máx se sienta a su lado —¿me lo preguntas a mí? Eres tú el que tiene la cara hinchada.

—Ya, bueno… siento que se portaran así. Son unos gilipollas.

—No lo sientas por mi, estoy encantado. Es la primera vez que unos chicos se pelean por mí. —Enrique le ríe la gracia, y se quedan los dos mirándose a los ojos.

—¿Tengo que pelearme con alguien más para que vuelvas a hablarme?

—No, por favor. No más peleas.

Y los ojos siguen enganchados. Tiene ganas de besarlo, sabe que más de uno en la casa está pendiente de ellos dos en la entrada, y la idea de que lo vean besarlo le aterra, y al mismo tiempo resulta emocionante. Solo pensar en ello consigue que todos los poros de su cuerpo estén más alerta que nunca, demasiado consciente del momento y de lo que sabe que está a punto de ocurrir, porque los ojos de Máx se lo están diciendo: que él también lo desea.

—¿Te avergüenzas de mi? — pregunta él.

La pregunta le confunde, ¿es eso lo que ha interpretado él? —No. No me avergüenzo de ti para nada… me avergüenzo de mis amigos.

Y entonces Enrique se acerca un poco más, y lo besa. A penas un beso pequeño, y al mismo tiempo el más importante de su vida.

—Sabes que te están mirando ¿verdad? — le dice él a su boca.

—Lo sé… ¿no es eso lo que querías?

—Solo si tu lo quieres.

Y como respuesta Enrique vuelve a besarlo, está vez un beso más profundo.

—¿Nos vamos de esta mierda de fiesta?

—Venga.

Los dos se levantan. Enrique no quiere mirar atrás, no quiere saber qué está pasando o que pueden estar comentando, pero antes de que lo hagan se encuentran con Nacho que ha salido de la casa. Al verlo, Enrique tiene un momento de pánico. No sabe si está preparado para esto.

—Máx, espera… — comienza a decir, algo inquieto —tengo que pagarte. —Saca un sobre que le entrega al joven — Oye, siento mucho lo que ha pasado. No tendrían que haberte hablado así, no tenían ningún derecho. Te pido disculpas. —Se dan la mano y luego se la ofrece a Enrique también—. Tú también, perdona, Kike.

—Tío, no ha sido culpa tuya.

—No os tenéis que marchar, podéis quedaros un rato… si os apetece…

No, ese no es el plan. Se despiden, Nacho vuelve a su fiesta y quedan solos una vez más.

—Bueno, no todos tus amigos son gilipollas.

Eso ha sido raro, pero se siente mejor. —No sé si es buena idea ir a mi casa…

—Podemos ir a la mía… bueno, es solo una habitación — añade nervioso — y la cama es pequeña…

Enrique se acerca, le da un beso en la mejilla — si estás tú, es perfecto.

MUY PRONTO LA TERCERA Y ÚLTIMA PARTE DE “EL PRÍNCIPE Y EL MENDIGO”

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