“EL PRÍNCIPE Y EL MENDIGO” (tercera parte)

SI NO CONOCES LA HISTORIA, COMIENZA POR EL PRINCIPIO: https://laurent-kosta.com/2020/09/18/el-principe-y-el-mendigo/

Llegaron a la casa de Enrique del barrio de Pedralbes en Barcelona a principios del verano. Fue el verano que terminaron la carrera los dos, tenían muchos planes para el curso siguiente, planes de futuro. Pero los planes requerían un paso previo y decisivo: que la familia Castellar conociera a Máx.

Habían salido temprano desde Madrid en su Mercedes clase A plateado, y al caer la tarde, cruzaban el portón doble que habría el camino a la vía de entrada de la imponente mansión de estilo holandés de la familia Castellar de Montenegro. A Máx le empezaron a sudar las manos en cuanto se acercaron a la entrada, precedida de una pequeña rotonda de asfalto rodeada de arbustos coloreados en tonalidades de verde en la que Enrique aparcó el coche.

—Ya estamos aquí — anunció, aunque los dos sabían que no era necesario, tal vez solo intentaba calmar la inquietud que ya sabían que compartían. —Saldrá bien, ya verás —le aseguró una vez más, y al hacerlo le cogió la mano y la apretó. Nada de besos, el plan no incluía gestos de afecto en público. Al menos no de momento.

Bajaron del coche con sus maletas, y Máx no podía dejar de mirar a su alrededor. La casa era imponente, parecía un pequeño palacio con su fachada beige, los portones, columnas, ventanales de madera acristaladas, y la escalinata semicircular que ascendía hasta la puerta principal. Se preguntó por un instante cómo sería crecer en un lugar así… Les abrió la puerta una mujer sudamericana bajita, con un uniforme de servicio inmaculado a quien Enrique saludó con cariño antes de presentarle a su “amigo” Máx. Y empezaba el espectáculo, se dijo Máx.

Hacía más de dos años que ellos habían dejado de ser “amigos”. Realmente nunca lo fueron, no se movían en el mismo círculo de amistades. Se habían conocido de forma más bien fortuita, su relación había comenzado sin pretensiones, no había sido fácil al principio, sus mundos estaban en polos opuestos, eran distintos de tantas formas, y aun así, una fuerza más poderosa que cada obstáculo al que se enfrentaban les llevaba a seguir adelante. Ahora, tras dos años de altibajos, le costaba imaginar un futuro en el que no estuviese Enrique. Y a pesar de ello, era la primera vez que se presentaban juntos a su familia, decididos a darles la noticia de que se amaban y de que tenían planes de vivir juntos. La madre de Máx hacía tiempo que estaba al tanto, y adoraba a Enrique. Contárselo a la familia Castellar era un reto algo mas complejo, porque incluía la salida del armario del niño mimado de la marquesa.

Justo entonces se presentó la madre de Enrique. Mujer distinguida que parecía una extensión de su casa vestida en tonalidades claras, la melena rubia y corta perfectamente peinada, desprendiendo un aroma de perfume y altivez. Se acercó a recibir a su hijo a la puerta con un abrazo que no ocultaba el afecto maternal, preguntando por el viaje.

—Mamá, este es Máx.

La mujer se giró hacia el invitado y le estrechó la mano. —Por fin te conocemos, Máx. Enrique no deja de hablar de ti.

Los chicos pasaron, las maletas quedaron en la puerta, y en la terraza el señor Castellar también aguardaba con energía positiva para saludar a los recién llegados. —Máx — le estrechó con fuerza la mano mientras le apretaba el brazo con la otra mano —el joven que ha conseguido que Enrique se centre en los estudios.

—Encantado de conocerle, señor Castellar.

— Bienvenido, hijo.

Todo eran gestos de afecto y palabras de bienvenida, y Máx imaginó por unos instantes que daban la bienvenida al novio de su hijo y que todo era perfecto. Porque Enrique les había hablado mucho de Máx, excepto por el detalle de que se acostaba con su hijo predilecto. Enrique Castellar hijo era el chico de oro, alto, atlético, apuesto, sociable, el chico rubio carismático, simpático e inteligente que cualquier suegra quisiera añadir a la familia, y todos esperaban grandes cosas de él. La presión por estar a la altura de las expectativas lo había llevado a sucumbir al derrotismo durante unos años, el tiempo en el que su propia identidad lo tenía confundido. Pero desde que estaba con Máx las dudas se habían disipado, se había acomodado a la aceptación de su orientación sexual que al fin disfrutaba sin complejos. Aunque no libre del todo. Se preguntó cuánto cambiarían las palabras de afecto de los señores Castellar cuando se revelara la verdadera naturaleza de su relación.

Hablaron un rato más… más bien habló Enrique, y Máx respondió escuetamente a alguna pregunta superficial sobre el fin de curso. Su novio parecía distinto, como si hubiese retrocedido a la adolescencia, estaba eufórico y el resto de la casa parecía haber estado aguardando su vuelta para volver a la alegría y reír sus batallitas universitarias. Casi empezaba a odiarlo. Siempre había odiado esa versión de su chico, esa máscara de niño rico que llevaba cuando lo conoció. El Enrique con el que se acostaba era otro. Uno que era sensible y considerado, que se sentía inseguro y necesitaba siempre la opinión de Máx antes de tomar cualquier decisión.

Luego de cumplir con las formalidades, escaparon —voy a enseñarle a Máx su habitación… — dijo él de pronto. Y subieron juntos por la elegante escalera de caracol decorada con retratos a lápiz de los hijos. Y en cuanto entraron en la habitación — habitaciones separadas, por supuesto —Enrique echó el pestillo y se lanzó a besarlo, y sin soltarlo lo fue guiando hasta la cama doble que presidía la enorme habitación de invitados que contaba también con una terraza y su propio baño, aunque eso lo averiguaría Máx más tarde. Cayeron juntos sobre el colchón, Enrique encima de él, comenzó a quitarle la camiseta sin dejar de besarlo.

—¿Qué haces? — susurró Máx —¡Estate quieto! — añadió, intentando detenerlo aunque con una sonrisa en los labios.

¡Joder estoy muy cachondo…!

Máx consiguió recuperar su camiseta, pero solo porque Enrique la había olvidado para empezar a desabrocharle los pantalones. Comenzaron una pequeña guerra, Enrique metiendo su mano en sus pantalones, Máx procurando frenarlo, y los dos riendo y besándose. La batalla la perdió Máx en cuanto Enrique comenzó a masturbarlo despacio, y los besos se hicieron más profundos, su lengua invadiendo su boca, su aliento llenando sus pulmones, mientras su polla empezaba a endurecerse sin remedio, doblegándose a las caricias de su amante. Enrique desabrochó su propio pantalón con la misma ansiedad, y reclamó que la mano de Máx se ocupara también de la erección que lo desbordaba. Y así, con la ropa aun puesta, en aquella habitación desconocida, con los sonidos de fondo de la familia que deambulaba al otro lado de la puerta ignorante, saciaban con urgencia el deseo. Sus bocas ahora abiertas se respiraban mutuamente, procurando jadear sigilosos, mientras las manos, que ya conocían el ritmo el uno del otro, los acercaba al orgasmo. Un orgasmo que censuraron entre besos desconcertados, amortiguado el sonido de sus gemidos que luchaban por salir al tiempo que el semen de los dos era expulsado entre los cuerpos, procurando no delatarse.

Y tras correrse precozmente, las risas y la complicidad volvieron a dejarse escuchar. —Estás loco, Castellar…

—Creo que tenemos un problema… esto de escondernos de mis padres me pone muchísimo…

Y Máx pudo dar buena fe de ello, pues en los siguientes días se convirtió en un juego para Enrique buscar nuevas formas de dar esquinazo a la familia para satisfacer la necesidad de tocarse y besarse, que parecía dispararse por el hecho de tener que ocultar su relación el resto del día. Se besaban en las zonas ocultas del jardín, en las esquinas de los pasillos, o en las habitaciones que quedaban desocupadas. Por las noches se despedían el uno del otro como el resto, para luego volver a encontrarse cuando Enrique se escabullía de su dormitorio para meterse en la cama de Máx y hacer el amor hasta la madrugada. Siempre con cuidado de despertarse en habitaciones separadas. La clandestinidad estaba resultando un buen afrodisíaco, y todo parecía ir bien. — Mis padres te adoran — le había asegurado Enrique.

—Si, claro, espera que se enteren de que te gusta chuparme la polla.

—No hace falta darles tantos detalles…

—¿Cuándo vas a contárselo?

—Es mejor que te conozcan bien antes… será mas fácil.

Ese era el plan, y parecía ir bien pues los señores Castellar incluso parecían haber aceptado de buen agrado el origen humilde del amigo de su hijo.

—Así que hiciste prácticas con Wagner, me cuenta Enrique — tronó el señor Castellar durante una de sus primeras cenas familiares — es un buen bufete.

—Sí, mi madre trabaja allí — explicó Máx.

—¿A qué se dedica tu madre? —preguntó la señora Castellar

—Es la limpiadora… pero lleva trabajando allí muchos años, el señor Wagner la aprecia mucho.

Al señor Castellar le gustó aquel joven, del que decía que mostraba carácter, habiendo hecho dos carreras con una beca, y terminando ambas siendo el primero de su promoción. Que fuera el hijo de una inmigrante que había llegado a España viuda y con un niño pequeño solo añadía una pequeña nota de heroísmo a aquel joven tan prometedor.

Los intentos de Enrique de acercar posiciones durante los días siguientes, sin embargo, no parecían surtir efecto. —Y tiene una beca para hacer un máster en derechos humanos en la Haya después del verano… —Una noticia fabulosa parecían decir todos — Estaba pensando que podría ir con él y hacer algún máster o unas prácticas… hay algunos cursos muy interesantes…

—¿Holanda? — preguntó seria la señora Castellar — ¿para qué vas a ir a Holanda?… es una pérdida de tiempo. Ya tienes donde hacer practicas — sentenció haciendo referencia a la empresa familiar, donde todos daban por sentado que iría a trabajar.

El señor Castellar se tomó un poco más de tiempo para responder, como hace la gente de poder, acostumbrado a que todos aguarden su veredicto final.

—Hijo — y se dirigió a Máx, no a su propio hijo —Eso de los derechos humanos está muy bien, eres joven e idealista, lo entiendo. Pero sinceramente, las Naciones Unidas son un experimento fracasado. No tienes mucho futuro ahí.

—Puede ser — aceptó Más — pero, es lo que quiero hacer.

El señor Castellar le concedió el beneficio de la duda. —Acabarás dándome la razón. Los acontecimientos del mundo no se deciden en Naciones Unidos, eso es solo una pantalla de imagen. De todas formas, te vendría bien tener un poco de experiencia real en el mundo de verdad. Cuando quieras podemos sentarnos los dos y hablar un poco de qué podríamos hacer contigo, creo que podrías tener mejores opciones.

—Eso es genial, papá —se adelantó Enrique, feliz de que su padre mostrara tanto interés por su “amigo”. Pero Máx no estaba nada cómodo con el rumbo de la conversación. Su mirada se cruzó con la de Enrique, y él parecía suplicarle que no rechazara el ofrecimiento, y Máx no quiso traicionarlo.

—Por supuesto, me encantaría —se obligó a decir —Gracias, señor Castellar.

En la tercera semana de su visita, las cosas empezaron a tomar definitivamente un rumbo equivocado. La mansión fue llenándose, recibiendo a otros miembros de la familia Castellar con motivo del comienzo de las vacaciones estivales. Los hermanos de Enrique llegaron a casa, un hermano mayor con su mujer con quien el menor de los Castellar vivía enfrentado, y su hermana recién llegada de Londres donde estudiaba y trabajaba. También se incorporó la hermana de la marquesa, la oveja negra de la familia por un divorcio sumido en el escándalo, con su hija Victoria, prima de la misma edad que Enrique, a quien todos parecían empeñados en encontrar marido… Y al parecer la familia Castellar creía haber encontrado al candidato perfecto.

Victoria era una chica alegre, algo regordeta y llena de rizos alocados, no había heredado el atractivo de sus primos cercanos ni la elegancia de la marquesa, por lo mismo era menos estirada que el resto de la familia, y a Máx le cayó bien enseguida, porque era inteligente, le gustaba llevarle la contraria a su madre y a su tía, y no tenía pelos en la lengua. Le gustó encontrar una aliada en aquella joven espontánea y al parecer la familia sacó sus propias conclusiones de aquel acercamiento. Al cuarto día de su llegada, las marquesas comenzaron el día hablando de una cena benéfica, algo acerca de unas entradas ya compradas y sobre el hecho de que los señores Castellar finalmente no podrían asistir. El tema de la gala benéfica rondó las conversaciones de todos durante un par de días sin que Máx advirtiera hacia donde se encaminaba las intenciones de todos. La noche antes de la famosa cena quedó acordado, sin qué él aportara nada, que a la gala asistirían Enrique, su prima Victoria, una tal Isabel hija de unos amigos y Máx.

—¿Me puedes explicar por qué estamos haciendo esto? — le increpó Máx mientras Enrique le buscaba un esmoquin de su talla para la Gala benéfica.

—Solo es una cena.

—A la que vamos con parejas…

—Son solo mi prima y una amiga. Será divertido.

—Sería divertido si fuera contigo, no con tu prima.

—Victoria te cae bien, y yo también estaré.

—Ya… Quizás debería trabajar para tu padre y casarme con tu prima ¿no crees?

—¿Qué?

—Y tú y yo podríamos ser amantes secretos. ¿Es eso lo que quieres?

—Creo que estás exagerando.

—Vinimos para contarle nuestros planes a tus padres ¿recuerdas? Pero estás dejando que rediseñen nuestras vidas.

—Ahora si que estás exagerando… —Enrique se acercó, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó — venga, nos vamos dentro de una semana y ha ido todo muy bien, se lo contaré antes de irnos, lo prometo.

Así que fueron a esa cena de gala en la que los ricos se gastaban un dineral en trajes caros y cenaban por todo lo alto para recaudar algunos billetes para los pobres del mundo. Y por si no tenía suficiente con el despliegue de hipocresía, la tal Isabel era una chica guapa y delicada que se presentó con un vestido blanco largo ceñido al cuerpo que le quedaba espectacular, y con quien, al parecer, Enrique había tenido algún tipo de relación en el pasado.

Isabel coqueteaba con Enrique durante la cena, Victoria le daba conversación, parecían en efecto dos parejas que salían a disfrutar de la noche. Por su mesa pasaba gente que se paraba a saludar al hijo de los Castellar, se alegraban de verlo y preguntaban brevemente por sus planes al acabar la carrera, y Máx odiaba todo lo que estaba pasando, pero especialmente odiaba a su novio en ese momento. Al menos su respuestas incluían de alguna manera a “su amigo” Máx, por lo que acabaron hablando de Holanda, y Victoria aseguró que iría a visitarlos. Y entonces ocurrió el momento álgido de tensión ente los dos cuando Isabel, y luego Victoria, quisieron incluir a Máx en sus cuentas de Instagram, y Enrique saltó inmediatamente con una respuesta ridícula: —Máx no tiene Instagram.

—Sí que tiene, mira… es este ¿verdad? — replicó Victoria ojeando su teléfono — te mando una solicitud de amistad.

—Creo que aquí no hay buena cobertura… — añadió Enrique, y Máx le clavó la mirada a su novio. Conocía el origen de su inquietud, pues las redes de Máx estaban llenas de fotos de los dos que no dejaban mucho lugar a la imaginación. La última que había subido precisamente en la casa de sus padres abrazados entre las sábanas.

Una hora más tarde Enrique bailaba con Isabel y Máx comenzaba a estar harto.

—Te estás aburriendo ¿verdad? — Escuchó decir de pronto a Victoria, y fue consciente de que llevaba un rato ignorando a la chica que se esforzaba por darle conversación.

—Vaya, no… bueno, perdona… no es por ti…. Estoy cabreado con tu primo— se animó a confesar, la chica le caía bien, se merecía una explicación.

—Ya, Kike a veces puede ser un poco demasiado… — la expresión le hizo gracia, porque, aunque incongruente, era muy acertada—. Pero detrás de toda esta apariencia… es un buen tío.

Tuvo la impresión de que Victoria tenía muy bien calado a su primo, se preguntó hasta donde le conocía… y tuvo una idea: —Espera, voy a aceptar tu amistad en Instagram—. Sacó su teléfono, y ella lo imitó, un gesto cotidiano que hacían miles de chicos de su edad cada día, abrir esa ventana en la que se mostraban en una versión de sí mismos más autentica, o una que escogían cuidadosamente, o que incluso podía ocultar por completo la verdad, como hacía Enrique. En este caso lo que hizo fue romper un espejismo, revelar una realidad alternativa e inesperada.

—¡No me jodas…! ¿en serio? — y sus ojos asombrados de la chica lo interrogaban, y cuando él se lo confirmó con una sonrisa torcida, ella empezó a reír a carcajadas —¡Oh, dios mío… ! Y sus padres no lo saben, ¿verdad? — el negó con la cabeza, y el asunto parecía hacerle mucha gracia —. ¡La que se va a liar como se enteren!

—¿Tú crees?

—Jo, perdona… — siguió ella, intentando contener su regocijo. —Es que me parece genial… —Eso le alegraba, pero no acababa de comprender qué le hacía tanta gracia, y ella se explicó. —Si te soy sincera… estoy harta de que a mi madre y a mi nos traten siempre como la zona vergonzosa y friki de la familia ¿Sabes lo que supone una bomba como esta? Es mi liberación. ¡A quién le va a importar que nunca haya tenido novio si Kike es gay!

—¿Nunca has tenido un novio?

—Ya ves, la mujer más desesperada del mundo. Pero, da igual. Perdona. Supongo que no es ninguna broma para vosotros.

Y por primera vez en toda la noche comenzaron a hablar de verdad. ÉL le contó cómo se habían conocido, y hablaron del tiempo que llevaban juntos y los planes de futuro. Para cuando Enrique e Isabel volvieron a la mesa su prima tenía nuevos ojos para mirarlo, y, sin duda, era una mirada llena de afecto y complicidad que Enrique no tardó en captar algo desconcertado. Y la noche siguió con una nueva atmósfera, entre juegos de palabras que dejaban al margen a Isabel que no estaba al tanto de la broma de sus acompañantes. Y cuando salieron a bailar los cuatro, Victoria se las ingenió para acabar bailando con la otra chica y dejarlos a ellos juntos, sin que resultara del todo evidente. Y según avanzaba la noche y el alcohol actuaba como desinhibidor, los gestos de cariño entre los dos chicos afloraban de forma discreta pero innegable.

Por la mañana la marquesa exigió la presencia de su hijo en su despacho — pues en aquella mansión todos tenían más de un habitación para sus asuntos —. Hizo despertar a su hijo, y mandó llamarlo por intermediario del personal de servicio, sin darle tiempo siquiera para desperezarse la resaca. Lo pilló con la guardia baja, adormilado y demasiado aturdido para la charla que su madre tenía que soltarle. Que comenzó con una recriminación por su comportamiento vergonzoso en la gala, para continuar con un recordatorio de sus responsabilidades como miembro de la familia Castellar, su deber con el nombre y la posición de la familia. Para cuando llegó a la parte en la que hablaba de “ese chico” (yo no Máx o “tu amigo”) Enrique ya estaba demasiado derrotado para poder plantar cara a la señora marquesa. Lo que más le sorprendió fue el descubrimiento de que no habían engañado a su madre en ningún momento —¿Crees que no estoy al tanto del juego que os traéis tú y ese chico? ¿que no me he dado cuenta como so andáis escondiendo por las esquinas como dos perras en celo?… ¿Quieres divertirte con ese chico? Haz lo que te parezca, cada hombre tiene sus vicios, eso lo he sabido siempre. Pero no se te ocurra ni por un instante que vas a abochornar a esta familia… —Y continuó hablando sin parar, en ese tono estricto con el gesto reprimido de quien ha pasado toda la vida guardando las formas y escondiendo las emociones para proteger su orgullo o su honra, dejando claro su mensaje de que los trapos sucios se quedan en casa bien guardados en un cajón, y que su asuntillo con “ese chico” de origen cuestionable era sin lugar a dudas un trapo mugriento que debía quedar enterrado bajo llave. —Trabajarás para tu padre, te casarás con una chica de buena familia y lo que hagas en tus noches será asunto tuyo— sentenció ella sin dejar lugar a debate—.Y de ninguna manera se te ocurra contárselo a tu padre.

Cuando Enrique salió de la habitación de su madre no era capaz de reaccionar. Caminó de forma mecánica hasta su dormitorio, en el que estaba Máx que había pasado la noche en su cama. Y al fin consiguió reaccionar: —¿por qué tuviste que decirle nada a Victoria? — fue lo primero que salió de su boca, y que acabó de desperezar a Máx que empezaba a despertar — La hemos cagado… te lo advertí, te dije que me dejaras a mi manejar esto…

Empezó a atacarlo, y Máx aun no entendía por qué, pues desconocía el origen de su malestar, así que solo pudo enfadarse por su ataque —Eres tú el que se empeñó en jugar a las parejas cambiadas… No quería ir a esa estúpida gala y lo sabías…

Y la tensión que habían ido acumulando durante esas semanas comenzó a dispararse en todas direcciones sin control y los dos se atacaban culpándose de los errores cometidos.

—¡Mi madre lo sabe todo, joder…!

—Y ¿por qué es culpa mía? Llevo haciendo lo que tú quieres desde que llegamos…

Y entre las acusaciones Máx consiguió recabar retales que poco a poco le fueron dando una imagen más clara de lo que había ocurrido aquella mañana, y al comprender al fin de donde venía la angustia de él, desistió de su enfado y fue a rescatar al hombre que amaba antes de que fueran demasiado lejos. Le obligó a detenerse, le sujetó el rostro con sus dos manos buscando su mirada—. ¡Para! — le suplicó, y volvió a repetirlo —¡Para! ¡para! —. Y cuando él paró y dejó de gritarle al fin salió lo que ocultaba su furia. Y se derrumbó. El joven fuerte y seguro se rompió entre sus brazos, y comenzó a llorar como un niño porque su madre le había roto el corazón de forma despiadada y cruel. —Tranquilo, todo va a ir bien… nos iremos a Holanda juntos, y todo irá bien…

—No puedo…

—Claro que puedes. Yo tengo la beca, y conseguiré un trabajo. Estaremos juntos… Tus padres te quieren, lo sé. Al final lo entenderán, solo necesitan tiempo… — le aseguraba con palabras cariñosas —Todo saldrá bien. —Y se besaron y se abrazaron y Máx siguió hablándole — Estoy aquí, no voy a dejar que caigas…

Pasaron el resto del día encerrados en su habitación. Victoria, convertida en cómplice, los excusaba inventando resacas no existentes y les subía comida. Con ella también trazaron el plan de fuga.

Por la mañana, con las maletas hechas y preparadas para la huida, bajaron juntos a despedirse de la familia. Enrique habló con calma, y dijo lo que tenía que decir: que se amaban y que se marchaban juntos a Holanda, que no necesitaban nada de ellos, y que esperaban que acabaran por aceptarlo. Con la casa sumida en un silencio inusual, salieron por la puerta donde Victoria los aguardaba en su coche con las maletas para llevarlos a la estación, donde empezarían una vida nueva, una vida juntos. Pasara lo que pasara.

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5 comentarios sobre ““EL PRÍNCIPE Y EL MENDIGO” (tercera parte)

  1. Gracias una vez más por compartir esta historia, me hace ilusión que todavía tenga continuación. Te espero pronto con ella y también espero con ansia tu próxima novela, por favor, dime que no va a tardar mucho y que va a ser larga.😉☺️😉

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