SOLO A UN BESO DE TI

Primeros capítulos de mi nueva novela

Christian entró en la Taberna Os Pazos. Tenía el mismo nombre que recordaba de pequeño, cuando iba con su abuelo, que lo dejaba tomar una Coca-Cola mientras se sentaba a jugar al mus con sus amigos. Aunque había perdido por completo su aspecto de taberna de pueblo. Ahora tenía una estética cuidada, en la que aún se adivinaban pinceladas de la antigua Galicia, pero con un aire fresco de modernidad, con las paredes de un verde lima y accesorios blancos de diseño contemporáneo.

Se sentó en una mesa junto a la ventana, una de esas mesas de madera maciza que podías imaginar en un cuento de vikingos, que parecía pelearse con los mantelitos verdes. Galicia era su infancia. Tenía tantos recuerdos con su pandilla de amigos, corriendo por el campo, ensuciándose, metiéndose en el río, volviendo a casa con los zapatos llenos de barro y la camiseta empapada; y su madre echándole la bronca porque iba a enfermar y no se había puesto un abrigo ni las botas de lluvia, o porque salía a jugar al fútbol en pantalón corto cuando llovía a cántaros. Pero los niños que crecen así nunca enferman. Por aquel entonces su hermano pequeño solo era un incordio, un bebé que no hacía nada divertido. Había deseado tanto tener un hermano con el que jugar, y el resultado había sido decepcionante, porque aquel niño enclenque no podía hacer nada, y todos debían cuidarlo. Solía decirle a su madre que para qué le servía un hermano si no podía hacer nada, y en secreto lo que deseaba era que ese canijo desapareciera y se lo cambiaran por un hermano mayor, uno fuerte que le enseñara a ser el mejor jugador de fútbol de su curso.

Su hermano también había sido el motivo de que se marcharan de Galicia, a la capital, en busca de colegios que pudieran enseñar a ese niño sordo que vivía en un mundo paralelo de silencio y que lo único que hacía era mirar, con sus ojos grandes, el día entero.

Ahora que ya no estaba su hermano, ahora que no quedaba nadie más que él, sentía que quien se había sumido en un mundo de silencio era él.

Su padre se había marchado cuando su hermano tenía ocho años. Había ido a por tabaco, como solía decir su madre, para no volver a acordarse más de que tenía hijos a medio criar. Luego su madre enfermó, durante casi dos años no supieron lo que tenía, al final un pronóstico: una insuficiencia hepática que se la fue llevando lenta y dolorosamente. Cuando estaba a punto de entrar en la universidad, los planes cambiaron por completo. Fue una suerte que empezara a trabajar como modelo, el dinero llegaba a casa sin problema y, aunque tenía que viajar mucho, se las arreglaban bien.

Los siguientes quince años parecían haber ocurrido en un suspiro. Su madre había muerto hacía dos, su hermano acababa de casarse, con un hombre bastante mayor que él, con el que no le faltaría de nada, que lo amaba y cuidaría de él. Ya nadie lo necesitaba. Y esa novedad, lejos de parecerle una liberación, lo había sumido en una sensación de vértigo desconcertante.

Quizás por eso había vuelto a casa. Al hogar de su infancia, intentando recuperarse a sí mismo desde donde lo dejó todos esos años atrás. Había olvidado lo que ese niño quería hacer con su vida. Tal vez era el momento de averiguarlo.

—Hoy tenemos dorada al horno fresca y kokotxas… ¿Te traigo algo de beber mientras miras la carta?

Un camarero con acento eslavo le había dejado una carta de madera sobre la mesa y permanecía de pie esperando su respuesta. Christian levantó la mirada y al verlo se quedó mudo. A su lado un chico menudo, no demasiado alto, de piel pálida y con el pelo muy negro aguardaba con el cuerpo distendido, con el peso apoyado sobre una cadera, mirando distraídamente al pequeño cuadernito con bolígrafo que llevaba entre sus manos. Los pantalones y la camiseta negros se ceñían a su cuerpo como un guante de licra, marcando cada curva, cada músculo; solo el delantal, negro también, ocultaba con pudor algunas partes de ese cuerpo que parecía moldeado por un escultor griego. Al ver que no contestaba, el joven levantó la mirada, y entonces unos ojos intensamente verdes lo atravesaron. Tenía una boca ancha de labios rojos, lo miró con gesto despreocupado levantando las cejas, interrogante.

—¿Prefieres pensarlo un momento…? —dijo con su acento ruso, tal vez, y su voz le pareció una música deliciosa. Y entonces lo vio: un lunar al final de su mandíbula, negro como un pozo profundo, que se movía ligeramente cada vez que hablaba.

—No…, sí…, o sea, tráeme agua, o vino…

—¿Agua o vino?

No podía pensar, ese lunar lo estaba mareando al igual que esos labios rojos que se mordió por dentro mientras esperaba una respuesta, de una forma extraordinariamente sexy.

—Lo que tú prefieras…

Volvió a levantar las cejas, y sus ojos por un instante parecían decir «eres idiota».

—Te puedo traer media jarrita de albariño y un vaso de agua…

—Perfecto.

Garabateó algo en su libreta y se marchó. Sus pasos al andar tenían un ritmo propio, relajado, sonámbulo, como si flotara sin tocar el suelo. Se encaminó detrás de la barra, en busca del pedido, y Christian era incapaz de quitarle los ojos de encima.

Jamás en toda su vida había sentido algo tan fuerte por una persona solo con mirarla. Porque hablar, no habían hablado realmente. Se había enamorado de la risa de su exmujer; no de forma inmediata, fue a base de escucharla un día y otro, esa risa que era como una cascada, masculina e infantil a la vez. Se había enamorado de ella con locura. Incluso cuando ella lo dejó a los pocos meses de casarse, siguió enamorado hasta un año después. Se había acostado con hombres y con mujeres, y había descubierto que podían resultarle igualmente atractivos. Pero eso del amor a primera vista le pareció siempre un cuento, un invento de las novelas. Había que conocer a las personas para enamorarse de ellas. El amor de verdad se cocía a fuego lento, estaba convencido… hasta ese momento. Tras el impacto de ver a ese chico, del que no sabía ni el nombre, podía empezar a dudar de todo lo que había creído a lo largo de su vida. Porque de pronto se le ocurrió que aquel viaje no era casualidad, que las seis horas conduciendo en coche para llegar a esa taberna aquella noche habían sido únicamente para encontrarse con él. Un plan diseñado por el destino para llevarlo hasta allí en ese momento concreto. Pues no podía quitarse la sensación de que acababa de conocer a la persona que había estado esperando siempre, como si la hubiese reconocido al primer vistazo, tras una vida sospechando que aguardaba en alguna parte.

Justo en el instante en el que llegaba a esa conclusión, desde el otro lado de la taberna, el joven misterioso, apoyado sobre la barra del bar de una forma descuidadamente femenina, sonrió, revelando en su boca amplia unos dientes algo torcidos, que dejaban sus dos colmillos ligeramente adelantados, ligeramente más grandes. Se imaginó pasando su lengua por esos dientes de vampiro, y la sola idea le provocó una erección que estaba a punto de estallar en sus pantalones.

Esto no podía estar pasando, había huido de Madrid, de su carrera en el mundo de la moda, de todo el caos de la vida urbana para encontrarse a sí mismo, y lo que había encontrado era ¿esto? ¿Cómo era posible?

Se levantó, estaba sudando, dejó un billete de cincuenta euros sobre la mesa, y salió huyendo de aquel bar. Cerró la puerta a su espalda y se enfrentó al frío del invierno y a la noche oscura, no miró hacia atrás, porque si volvía a encontrarse con esos ojos verdes, esa sonrisa endiablada y ese lunar, no lo podría soportar.

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1

Acababa de romper su tercera copa esa noche. Vlad se miró las manos como si no fueran suyas y se hubiesen confabulado en su contra, y dejó escapar un suspiro largo de rendición antes de ir a buscar la escoba por enésima vez.

—¿Estás nervioso o es que estás colocado? —preguntó Iratxe divertida mientras se estiraba para coger un par de vasos de tubo que estaban en el bar justo detrás de él.

—Sabes que no me coloco. Solo estoy un poco distraído, supongo…

—Te entiendo, a mí también me pone nerviosa…

—¿Quién?

—Sí, tú hazte al tonto, como que no me he dado cuenta de cómo meneas el culo cada vez que te acercas a la mesa de Christian Peña.

—Yo no «meneo el culo»… —se indignó él.

Ella se apoyó en la barra a su lado, mirando con descaro en dirección al hombre atractivo que se sentaba en una de las mesas de la taberna Os Pazos junto a la ventana estudiando la carta, y dejó escapar un suspiro de gata en celo.

—Joder, está bueno de cojones…

—No es tan guapo.

—Ja, ja…, no te lo crees ni tú… ¡Dios! Es como el Hugh Jackman versión española… —Y un leve gemido de deseo acabó la frase por ella—. ¿A qué esperas? Ve a ver qué quiere comer hoy…

Y Vlad se acercó a la mesa del hombre que llevaba una semana revolucionando a las féminas de aquella pequeña ciudad gallega. Más de una se había percatado ya de la asiduidad con la que el modelo internacional asistía a la taberna a la hora de cenar, y se sentaban en corrillos de mujeres, emperifolladas y a la caza de una oportunidad para cruzar algunas palabras con el tío bueno.

—¿Sabes ya qué vas a tomar? —soltó mecánicamente y levantó la mirada de su bloc de notas justo a tiempo para encontrarse con su sonrisa de anuncio y sus ojos marrones con esas cejas pobladas que le daban a su mirada un aire salvaje. Y Vlad hizo uso de toda su voluntad para levantar las cejas en un gesto interrogante de indiferencia absoluta.

—¿Qué me recomiendas? —Y allí estaba otra vez, desafiándolo en ese juego absurdo que llevaban repitiendo toda la semana: Vlad recomendándole alguno de los platos más estrafalarios de la carta como los caracoles o la lamprea, que parecía una especie de monstruo marino asqueroso, con el único fin de resultar antipático. Algo que el tío sexy no parecía pillar, pues no solo seguía su recomendación, sino que devoraba complacido aquellos bichos repugnantes.

—Bueno, si eres carnívoro, quizás quieras probar las filloas de sangre.

—¿Por qué no iba a ser carnívoro?

—No lo sé, a los del mundo del espectáculo les da por ser veganos y esas cosas… —Mierda, acababa de meter la pata.

—Así que sabes quién soy… —dijo él con una sonrisa orgullosa de victoria.

Joder, ¿es que había alguien que no supiera quién era Christian Peña? Había sido la imagen de Calvin Klein durante años y de otras marcas por el estilo. Era imposible no encontrar una foto suya en las revistas de moda o verlo aparecer entre los anuncios de la televisión. Y en caso de que lo desconocieras, era imposible no haberse enterado de quién era aquella semana en la que el chisme favorito de la ciudad era el regreso a casa del reconocido modelo.

—Más o menos —respondió con desinterés fingido—. Sé que hay un cartel con tu foto en calzoncillos en la entrada del pueblo…

—Christian —se presentó, ofreciendo su mano.

«Mierda, mierda…».

—Vlad…

—Vlad ¿de Vladimir?

«No hables con él, no hables con él».

—Sí…

—Eres ruso, ¿verdad? He estado en Moscú unas cuantas veces. ¿De dónde…?

—Entonces ¿las filloas…? —le cortó, y el moreno se resignó a su empeño por ignorar sus intentos de flirteo.

—Filloas de sangre. ¿Por qué no?… Aunque donde haya una buena morcilla…

¡Joder! Esto tenía que parar.

—No lo sé…, yo no como carne.

—Vaya, con tus colmillos de vampiro estaba seguro de que te gustaría la sangre.

Le pilló por sorpresa que mencionara los dientes torcidos que tantas burlas le habían granjeado de pequeño, e instintivamente pasó su lengua por su dentadura como solía hacer, casi como un tic nervioso.

—No los tengo tan grandes… Los colmillos, quiero decir… —se corrigió torpemente, y al instante supo que había vuelto a meter la pata.

—Lo había pillado… —rio él.

Joder, ¿por qué todo lo que salía de su boca parecía una insinuación sexual? Por más que se esforzara en mantenerse distante, no dejaba de meter la pata.

La primera noche que lo vio huir repentinamente de la taberna, pensó por un momento que tal vez supiera algo sobre él, que de alguna forma lo hubiera descubierto y que su salida imprevista tuviese algún significado. Cuando lo vio aparecer una segunda noche se convenció de que no era casualidad y se propuso indagar qué hacía allí: le preguntó si estaba de vacaciones o por trabajo, cuánto tiempo se quedaría…, ese tipo de preguntas inocuas. No tardó en darse cuenta de que no sabía nada. Pero desde entonces el modelo había interpretado sus pesquisas como alguna forma de flirteo, y ahora no conseguía convencerlo de que no le interesaba.

—De beber ¿lo de siempre…?

—Claro… —Y al decirlo le guiñó un ojo.

Y Vlad huyó apresuradamente a la cocina sabiendo que él lo seguía con la mirada. ¿Por qué ese tío no se iba de una vez de vuelta a su vida de pasarelas y dejaba de venir a torturarlo a su taberna? Iratxe no tardó en aparecer a su lado con su exceso de energía desquiciante.

—¡Está flirteando contigo! —exclamó con un gesto entre la sorpresa y la admiración—. ¡Es descarado!

—No lo hace.

—Christian Peña quiere tu morcilla —se burló—. ¿A qué esperas para llevársela en una bandeja?

—¡Baja la voz! —le suplicó él mientras se dirigían juntos a la barra a recoger las bebidas que llevarían a las mesas—. ¡Te va a oír!

Pero Iratxe no entendía el concepto de discreción.

—¡Te está mirando…! —canturreó en un timbre de voz excesivamente alto.

—¡Para! ¡Joder! ¡No me interesa!, ¿vale?

—¿Cómo no va a interesarte?

—No es mi tipo —aseguraba mientras preparaba la bandeja lentamente para evitar romper nada más—. Es demasiado…

—¿Demasiado sexy?, ¿guapo?, ¿buenorro…?

Sí que era guapo… Moreno, alto, al menos uno noventa, le sacaba casi dos cabezas, con esa barba abundante e indómita que presagiaba que debía tener un pecho peludo de macho ibérico. Manos grandes, brazos grandes, hombros anchos, y era mejor dejar de pensar en el tamaño de sus atributos porque empezaría a actuar como una loca desquiciada. Justo el tipo de hombre por el que solía perder la cabeza, por eso era importante mantener las distancias.

—Pues todo para ti, guapa. No me interesa…

—Te aseguro que le bastaría con chasquear los dedos para tenerme encima, pero es a ti a quien no deja de mirarle el culo…

Acabó picando y no pudo evitar girarse hacia el modelo, que, efectivamente, lo observaba y le sonrió como si hubiese estado escuchando su conversación.

—Mierda, mierda, mierda… —Vlad se volvió una vez más hacia su compañera deseando hacerse invisible—. Déjalo de una vez, Iratxe —le gritó en susurros—. Vas a conseguir que crea que me interesa…

—Pues si no quieres que se monte películas, ándate con cuidado, porque te está goteando… —Vlad, espantado volvió a picar y bajó la mirada a su entrepierna para comprobar que su polla no lo estuviera dejando en evidencia. Lo que provocó la risotada odiosa de su compañera—. Joder, Vlad, necesitas echar un polvo urgentemente.

—Para tu información, puedo echar un polvo rápido y anónimo en la estación de autobuses siempre que quiera, sin complicarme la vida…

Iratxe le pasó el brazo por encima de los hombros y lo miró con seriedad.

—Vlad, me caes bien, pero eres demasiado intenso. Relájate por una vez y deja que el tío bueno te complique un poco la vida…, y luego vienes y me lo cuentas todo —le susurró al oído divertida antes de ponerse en marcha con su desparpajo natural, bandeja en mano, en dirección a su mesa.

Cómo explicarle que su vida ya era bastante complicada, y que para él era mejor mantenerse alejado de hombres como Christian Peña. Ese era un error que no volvería a cometer. Incluso había faltado al trabajo una noche para evitarlo, algo que nunca había hecho antes, pero no sirvió de nada, pues a su vuelta ahí seguía, sentándose en la misma mesa puntualmente cada noche, martirizándolo con su flirteo y sus insinuaciones. Empezaba a preocuparle su irritante insistencia. No podía dejar de preguntarse si sospechaba algo, o si había algo que se le escapaba. Tenía que deshacerse de él, dejarle claro que no iba a conseguir nada, que se aburriera y se marchara de una vez. Seguro que tenía lugares más interesantes a los que ir que aquella pequeña ciudad perdida entre montañas en Galicia.

Volvió a casa de madrugada una noche más, caminando y a solas. Puso un poco de música y encendió la estufa; el verano se estaba acabando y las noches empezaban a ser más frías. Se dio una ducha caliente y dejó la puerta del baño abierta con el fin de que el vapor calentara un poco su apartamento. Se deshizo de su ropa de trabajo y se puso un chándal gris de algodón con el que solía dormir, y se tumbó sobre la cama a leer un rato. Leía una novela romántica que no conseguía engancharlo. Cuando era más joven solía devorarlas, pero el tiempo lo había desencantado acerca del amor, o tal vez solo estaba demasiado cansado últimamente.

Tras veinte minutos intentando concentrarse en la lectura se dio por vencido y dejó caer el libro al suelo. Se sentó en su cama, que solo era un colchón encima de unos palés que había pintado él mismo, y se quedó observando su piso, que no era realmente un piso. Parecía más un almacén, vacío y frío, porque no podía permitirse dejar la calefacción encendida mientras trabajaba; y de madrugada, cuando volvía, el espacio desangelado se había quedado helado. Se permitió por un momento recordar su antiguo piso, con su terraza llena de plantas, el salón con alfombras suaves y ese sofá de seis plazas que tardaron tanto en escoger porque debía ser perfecto; el comedor con su mesa de madera que había conseguido en un rastrillo y había llevado a restaurar… Había tardado casi dos años en dejarlo perfecto, la casa de sus sueños… Y recordó, unos años atrás, una versión de sí mismo más joven e ingenua, una que estaba llena de ideas y proyectos, y tenía todas las puertas del mundo abiertas; una que no tenía que limpiar suelos y mesas, y que salía por las noches a divertirse, y se dejaba seducir por hombres guapos para acabar en algún dormitorio a media luz hablando hasta la madrugada, haciendo el amor y riendo sin miedo… Hizo un esfuerzo para no venirse abajo, batallando una noche más contra las lágrimas que no iba a dejar que lo vencieran. Y volvió a repetírselo una vez más en voz baja:

—Estás bien. Estás a salvo. Es lo único que importa.

CAPÍTULO 2

Christian había quedado con la agencia en la entrada de la casa. Llegó media hora antes de su cita, tenía ganas de estar un momento a solas en el lugar, esperando que la intimidad acallara sus escasas reticencias. Bajó del todoterreno negro, que había comprado poco antes de su viaje, en la dirección que le había marcado el GPS. Le había costado un par de días localizar la casa de sus abuelos, aquella en la que vivieron toda su vida, y en la que Christian y su hermano Lucas habían pasado los domingos y muchas tardes de su infancia. El jardín frontal estaba lleno de escombros y maleza, la fachada de cemento y piedra, enmohecida y descolorida por el paso del tiempo. Aun así, la reconoció en cuanto la vio. El viejo portón de madera, la casa de dos plantas con su tejado empinado y la pérgola que coronaba el camino de entrada, donde en el pasado había crecido una parra de la que él y su hermano solían recoger uvas y de la que ahora solo quedaban algunas ramas secas. Dio una vuelta intentando mirar hacia dentro por las ventanas, ennegrecidas por el abandono; supuso que la madera de los ventanales debía estar podrida. Fue a la parte de atrás, al terreno en el que un día sus abuelos cultivaron su propio huerto. Quedaban algunos árboles, olivos, robles y encinas que aguantaban el paso del tiempo, ya no había ni rastro del columpio de madera que construyó su padre, ni de la caseta del viejo labrador cuyo ladrido cansado volvió al instante a su memoria. A pesar del aspecto decadente de la antigua casona, no pudo evitar sonreír al verse ahí; tenía tantos recuerdos de aquel lugar, recuerdos de lo que sentía que habían sido los mejores años de su vida. Cuando su madre era joven y fuerte, su padre formaba parte de su vida y era la persona a la que más admiraba en el mundo.

—¿Hola? ¿Christian? —Una voz femenina interrumpió sus pensamientos, y se giró para descubrir a una mujer sonriente, como de su edad, menuda, de pelo largo y rubio a base de mechas, que parecía pedir permiso con la mirada—. Perdona, ¿te he hecho esperar?

—No, llegué antes, quería echar un vistazo…

—No te acuerdas de mí, ¿verdad? —Christian volvió a observarla con detenimiento intentando averiguar qué se le escapaba—. Soy Patricia Serrano, estábamos en el mismo curso, pero yo estaba en la clase paralela…

—Ah, sí… Eras la delegada de curso, ¿verdad?

—Sí… Vaya, sí que te acuerdas. Fue hace tanto tiempo… —Ella sonrió con timidez—. A ti sí que te recordamos por aquí. —Y volvió a reír nerviosa con una risa que mostraba todos sus dientes hasta las encías y que parecía querer controlar como si la avergonzara—. No tenemos muchos famosos locales…

—¿Famoso? No…, no soy famoso… —Y no lo dijo con falsa modestia, realmente nunca había encontrado su trabajo especialmente interesante, era algo fácil que dependía poco de su talento. Él era únicamente el objeto de trabajo para el ingenio creativo de los que lo rodeaban: los diseñadores, los fotógrafos, los publicistas, incluso los empresarios. Lo suyo… lo suyo era conveniente, nada más.

—¡Venga ya! —lo contradijo ella volviendo a reír con esa mezcla de pudor y descaro descontrolado—. Estás en todas partes, hay un anuncio con tu foto en una valla publicitaria en la carretera, justo antes de entrar al pueblo…

—Eso me han dicho… —Y quiso poder obviar el tema—. Bueno, ya no trabajo tanto; de hecho, me estoy retirando más o menos…, por eso quería ver la casa…

—Era de tus abuelos, ¿verdad? Lo recuerdo. Nadie se ha interesado por esta casa en mucho tiempo, está en muy mal estado…, pero supongo que si estás pensando en reformarla, es una buena inversión, es un terreno estupendo…

Y la conversación al fin continuó por el camino que él pretendía. Patricia le mostró la casa; realmente no le hacía falta verla, tenía claro que pensaba comprarla, lo que aún no sabía era qué haría con ella. Dieron una vuelta por todas las habitaciones hasta la parte de atrás, a la pequeña finca que la rodeaba.

—Christian Peña, quién lo iba a decir, con lo trasto que eras en el colegio… —Media hora más tarde salían de la casa, y Patricia volvía a sonreír nerviosa. Los dos se sintieron más cómodos desviando la conversación a ese pasado común que los unía en algún lugar efímero de la memoria.

Continuaron un rato recordando batallitas del colegio. Christian se había marchado a los trece años, cuando acababa de terminar primaria. Aún recordaba la rabia que le dio no entrar al instituto con sus compañeros de siempre.

—¿Quién sigue por aquí? —preguntó él con nostalgia de aquel pasado perdido.

—Bueno, muchos… Tú eras muy amigo de Rafa, ¿verdad? Tiene un taller de coches en la ciudad, Nieves también sigue por aquí, se casó y se fue a Vigo, pero volvió con sus hijos cuando se separó… y ¿te acuerdas de Cristina Núñez? Se casó con Santi…

—¿Con el Piñas? ¿En serio?

Y escuchar aquellos nombres de nuevo fue como un viaje extraño al pasado. Parecía todo tan lejano, como si hubiese vivido veinte vidas desde entonces, y a la vez lo recordaba de forma tan vívida. No había vuelto a ser aquel crío que hacía trastadas, que pasaba las tardes con los amigos jugando al balón o montando en bici o quedando en la parada de autobús por la noche para charlar, mangando alguna cerveza de casa de sus abuelos para sentirse más adulto, más hombre. Una época en la que no existían las preocupaciones y todos los elementos que componían su vida parecían permanentes, incorruptibles, con una certeza que no había creído posible cuestionar: sus padres juntos, sus abuelos vivos, su madre sana… Su mundo cambió por completo al llegar a Madrid y la confianza ciega en las certezas cotidianas dejaron de formar parte de su realidad. Aquel crío de pueblo tuvo que desaparecer y aprender a asumir el rol de adulto antes de tiempo. Nunca más volvió a sentirse niño.

—Oye, seguro que les encantaría verte… Si quieres puedo organizar una pequeña reunión y quedar un día…

—Sí, claro, eso me encantaría. —Y ella volvió a reír como una adolescente, y Christian se preguntó si era eso lo que buscaba, el motivo por el que había vuelto, reencontrarse con ese pasado que quedó mutilado.

CAPÍTULO 3

Christian Peña se presentó aquella noche en la taberna con un montón de amigos. No pegaban nada con él, un grupo variado de hembras y varones de treinta y tantos con aspecto de llevar vidas mediocres y predecibles, sin una pizca del glamur que desprendía el joven modelo internacional, de quien resultaba obvio que todos intentaban acaparar la atención, como moscas sobre la mierda.

Vlad se dirigió a la mesa con su bloc de notas.

—¿Os voy poniendo algo de beber? —Y en cuanto preguntó, el modelo se giró hacia él con su sonrisa seductora.

—Hola, Vlad.

No debería haberle dicho su nombre, pensó.

—¿Qué tal, Christian? —respondió con un deje de sarcasmo antes de repetir su primera pregunta.

—¿Hace cuánto que estás por aquí? Ya te conoce hasta el camarero y a nosotros ni una llamada… —protestó uno de los comensales con una complicidad teatralizada, y todos se esforzaron en exceso en encontrar gracioso el comentario.

—Bueno es que… —se excusó Christian algo cortado— mi hotel está aquí al lado, así que me pilla de paso…

Y Vlad lo odió por completo en ese momento.

Pidieron cervezas, alguno sin alcohol, otra una clara, cuando llegó el turno de Christian.

—Para ti ¿lo de siempre? —dijo con cierta malicia.

—Por supuesto —respondió él volviendo a sonreír.

—¿Y si vamos pidiendo algo de comer? —sugirió alguien.

—¿Qué nos recomiendas, Vlad? —preguntó Christian en su juego habitual clavándole la mirada

—Los percebes son frescos, de esta mañana…

—¿Te gustan los percebes?

—No los he probado.

—¿No? Pues deberías probarlos.

—Tienen un aspecto horrible… —soltó descuidadamente, y enseguida intentó arreglarlo—, aunque hay otras cosas de aspecto horrible que no me importa meterme en la boca. —Y en cuanto terminó de decirlo fue consciente de que lo había dicho en voz alta y de que su comentario dejaba poco lugar a interpretaciones. ¿Qué coño le pasaba?, se preguntó. ¡Cada vez que se acercaba a ese hombre se convertía en una máquina descontrolada de flirteo! Por suerte nadie parecía haberse dado cuenta, excepto por Christian, que se reía divertido por el descaro de la insinuación. Vlad intentó recuperar la compostura, y carraspeó ligeramente antes de volver a preguntar con naturalidad forzada—. Entonces ¿qué os traigo?

—Para mí los percebes, definitivamente —respondió el modelo con una sonrisa insinuante, como si se tratara de una broma privada entre ellos dos.

—¿Estás seguro? ¿No prefieres unas almejas?

Christian soltó una carcajada, y el resto de la mesa fue consiente de la tensión que se estaba creando.

—Puede ser —respondió el moreno—. ¿Qué tal una de cada?

—¿Alguien más? —preguntó al resto, que parecían confundidos, y de pronto sintió una necesidad imperiosa de desaparecer—. ¿Qué tal si os voy trayendo las bebidas y así os lo pensáis…?

Y se marchó sin esperar respuesta. Por el camino pudo escuchar a sus amigos comentar.

—¡Qué borde! —dijo uno.

—¿De qué iba eso? —preguntó otro.

—Nada…, solo un chiste de otro día… —explicó el tío bueno, y Vlad volvió a odiarlo.

En la barra, mientras preparaba la bandeja con los tragos, Iratxe se acercó a cotillear.

—¿Desde cuándo se ha hecho tan popular tu amigo?

—No tengo ni idea… y no es mi amigo. —Pero, aunque quisiera fingir indiferencia, en el fondo sentía la misma inclinación al chismorreo que su amiga—. Parece que ya se conocían de hace tiempo.

—Serás sus «compis» del cole…

—Son un poco mayores, ¿no crees?

Ella sacó su teléfono y empezó a buscar información.

—Uuuh, según el señor Google tu chico tiene casi cuarenta tacos…

—No es mi chico… ¿Cuarenta?, ¿en serio?

—Seguro que se ha hecho algún retoque, los de su mundillo siempre lo hacen…

—¿Sabes qué? Me da igual…, paso de andar cotilleando como hacéis todos…

—¡La hostia! —exclamó ella, aún ojeando el teléfono.

—¡¿Qué?!

—Nada que te interese… —lo fastidió ocultando la información de su pantalla.

—Pues no —se reafirmó antes de ponerse en marcha con la bandeja llena de bebidas que servir.

La mesa de Christian y sus colegas lo marearon toda la noche, pidiendo con cuentagotas tapas y platos que compartían, más cervezas y algún refresco. Entre idas y venidas escuchaba parte de sus conversaciones. Quién se había casado con quién, cuántos hijos tenían; una de las parejas tenía cuatro hijos al parecer y fue una fuente inagotable de anécdotas. Y cada tema de conversación acababa con un interrogatorio al recién llegado.

—Y ¿no has tenido hijos?

—No…

—¿Pero te gustaría?

—Sí…, solo que…, no lo sé, aún no se ha dado la oportunidad.

Y con cada evasiva que daba, Vlad lo odiaba más.

«Pero estuviste casado…, ¿verdad…? Con Valeria Cruz…», «¿Valeria Cruz? ¿La actriz? ¿En serio?». El cotilleo continuó y esta vez fue Vlad quien buscó a Iratxe.

—¿Ha estado casado? ¿Con una actriz?

Iratxe volvió a buscar en su móvil.

—Síííí…, se casó con una tía que se llama Valeria Cruz…, ni puta idea…, pero se divorciaron a los cuatro meses o algo así.

—O sea, que es de esos… Hipócrita.

—¿A qué te refieres?

—Sí, de los que quieren echarte un polvo, pero solo de puertas adentro, y luego hacen como que no te conocen.

—Bueno, eso es justo lo que te gusta, ¿no? Un «polvo rápido y anónimo» —se burló ella.

Eran algo más de las dos, y estaba algo borracho. No debería haber bebido tanto albariño, le pegaba fuerte. Pero no podía evitarlo, desde aquella noche que el ruso le sugirió tomar media botella del vino local con un vaso de agua, bebía eso cada noche. Él era más de cerveza, la verdad, pero cada vez que él decía eso de «lo de siempre», disfrutaba tanto de ese pequeño gesto de complicidad que claudicaba a su capricho. Ese chico lo estaba volviendo loco, sabía que flirteaba, a su manera, y a la vez marcaba la distancia de forma tan tajante que la contradicción lo dejaba completamente desarmado.

No había conseguido aguantar ninguna noche hasta que la taberna cerrara, seguramente de madrugada, pero aquella noche, con el reencuentro con sus antiguos compañeros de colegio, la velada se había alargado lo suficiente; y cuando regresaba hacia su hotel y cruzó por delante de la puerta de la taberna, vio a través de las ventanas a Vlad a solas terminando de limpiar. Se entretuvo observándolo inadvertido, con sus movimientos lentos y la mirada escondida en algún lugar lejano. Era así como se movía entre las mesas: como un fantasma invisible entre el ruido de conversaciones vulgares, como si intentara ocultarse en su propia piel. Christian se acercó hasta las ventanas y golpeó con los nudillos el cristal para llamar su atención. El chico miró en su dirección, sus ojos se encontraron y, en lugar de corresponder a su saludo, se dirigió decidido al ventanal y dejó caer las persianas de golpe, cubriéndolas por completo, y a Christian lo enamoró su insolencia.

A pesar del aparente rechazo, estaba solo y Christian lo suficientemente ebrio para volver a insistir.

Llamó a la puerta, que también era parcialmente acristalada, y al verlo Vlad puso un gesto de hastío que le hizo gracia, pues a pesar de su irritación no tardó en acercarse a abrirle.

—Ya hemos cerrado, Christian…

—Venga…, solo la última…

—Está cerrado, y tengo que limpiar…

—Puedo ayudarte —se ofreció.

—¿A limpiar? Es mi trabajo… Vete a dormir…

—Si vas a tener que estar ahí de todas formas, ¿qué más te da que me tome una copa?… —Y él dudaba—. Prometo irme en cuanto termines y no ponerme pesado. —Y con gesto de resignación, Vlad abrió la puerta y Christian fue feliz.

—¿Qué te pongo? ¿Un albariño…?

—Nooo… Si tomo otra copa de eso no creo que pueda volver andando al hotel, y eso que está aquí al lado. Mejor ponme una cerveza… —Sí, estaba ebrio, aunque no tanto como para no ser consciente de la presencia cercana del chico con sonrisa de vampiro, que, sin embargo, no sonreía en ese momento.

Debía admitir que le resultaba divertido, pues, a pesar de su aparente frialdad, la química entre ellos era tan evidente que se estaba permitiendo disfrutar del cortejo prolongado. Aquel juego de miradas e insinuaciones era sutil, tan leve como una caricia del viento, pero tenía la corazonada de que era el preludio de lo que podría ser.

—Entonces ¿eres o no de Moscú…? —preguntó desde la barra mientras Vlad colocaba las sillas de madera patas arriba sobre las mesas. Y el chico tardó un momento en resignarse a darle conversación.

—Vivía en Moscú, pero mi familia es de Siberia.

—Hostia, ¿eso no es como la leche de frío?…

—Eso cree todo el mundo, pero en verano hace muchísimo calor, hasta cuarenta grados… Es muy bonito, muy verde. Se parece un poco a Galicia.

—Y ¿por qué os fuisteis…?

—Mi familia sigue allí… Me fui yo, a estudiar.

—¿Qué estudiabas?

—No era la universidad… Era como una especie de colegio…, da igual.

Le gustaba verlo moverse, parecía deslizarse entre las mesas, con la cabeza erguida y esa forma distendida y armónica de estar en el espacio.

—Y ¿cómo acabaste trabajando en una taberna en una ciudad perdida de Pontevedra…?

Él no contestó de forma inmediata, como solía hacer; sus ojos se cruzaron unos instantes, pero él los apartó. Era difícil adivinar su edad, tenía un gesto adulto, incluso demasiado adulto, pero su cuerpo parecía el de un adolescente.

—Es una larga historia —concedió al fin.

—Me encantan las historias largas a las dos de la madrugada, son las mejores historias.

—Intentaba no ser antipático, pero si lo prefieres: paso de contarte mi vida.

Christian tuvo que reírse.

—¿Qué tal, entonces, si te cuento la mía?

—Prefiero que no lo hagas… —añadió con su indiferencia hiriente mientras cogía un cubo y una fregona. Siguieron un rato en silencio, Vlad limpiando el suelo con eficacia, Christian intentando que la cerveza no se agotara.

Cuando terminó y guardó los utensilios de limpieza, Vlad se acercó hasta donde estaba Christian sentado en el bar, y se recostó sobre la barra de madera frente a él.

—Hora de irse, tengo que cerrar.

—Aún no he terminado la cerveza…

—Estás borracho —dictaminó con ese acento eslavo que se comía las erres ligeramente y marcaba las eses en exceso, y que hacía que su voz resultara irresistiblemente sexy—. No deberías beber más…

—Y tú no deberías haberte acercado… porque ahora tengo ganas de besarte… —Definitivamente eso era algo que no habría dicho estando sobrio, pero no se arrepentía. Vlad no contestó, tampoco se movió. Christian se perdió por un instante en esos penetrantes ojos verdes que lo miraban evaluando la situación y en ese lunar maldito que lo mareaba.

—Es tarde, tengo que cerrar —fue el veredicto final, y Christian se dio por vencido.

—Tienes razón, perdona… —dio un último trago—. ¿Qué te debo por la cerveza?…

—Nada, a esa te invito yo…

Y encaminándose a la salida se giró para protestar.

—No, no, si tienes prisa por marcharte, vale, te la pago mañana, pero no quiero abusar de tu amabilidad…

Y antes de que pudiese terminar la frase fue Vlad quien se lanzó a sus labios, y en cuanto notó la humedad de su boca en la suya, Christian lo atrapó entre sus brazos para que no pudiese escapar, y en tan solo un par de segundos se estaban devorando con lenguas, labios y dientes. Y sentir su cuerpo menudo presionando contra el suyo lo estaba poniendo a cien. De golpe, como si el mundo hubiese optado por una versión acelerada de la noche, luchaban uno contra el otro arrancándose las capas de ropa; y la cazadora de Christian ya estaba en el suelo cuando le quitó a Vlad la estrecha camiseta negra de manga larga que parecía un neopreno, para descubrir su cuerpo, con esa piel de una cualidad casi trasparente, en la que los músculos parecían haberse dibujado a lápiz, marcando cada uno con decisión en ese torso estilizado y compacto. Vlad le quitó también a Christian la camiseta, y se lanzó a chupar sus pezones. Christian rodeó su culo con las manos, sus caderas eran tan estrechas que casi podría cubrirlo por completo. Era un culo perfecto, y estaba disfrutando, amasándolo con fuerza, empujándolo contra sus pelvis para sentir el roce de su polla con la suya. Con la misma urgencia con la que seguían buscándose con los labios, comenzaron a desabrocharse los pantalones el uno al otro.

—Joder, cómo me pones… —alcanzó a decir el modelo entre jadeos.

Y Vlad soltó un gritillo contenido dentro de su boca cuando Christian consiguió meter su mano por su estrecho pantalón y comenzó a acariciar su entrada rodeándola delicadamente con los dedos. El ruso buscó también su dureza, que era más gruesa y ruda, y durante un rato se aplacó la ansiedad para dar paso a las caricias. Mientras seguían bebiéndose de los labios, ahora con más dulzura, la sensación gloriosa de sus caricias estaba llevando a Christian demasiado rápido a la cúspide.

—Dios… —susurró entre besos—, no tienes ni idea de lo mucho que te deseo…

—Dime que tienes un preservativo…

Christian sonrió atrapado aún entre sus labios.

—Voy… —Se terminaron de desnudar mientras Christian sacaba un condón de su cartera—. No vendrá nadie, ¿verdad?

—La llave está puesta por dentro, es imposible entrar…

Cuando estaba listo, se entretuvo unos instantes contemplando la desnudez del chico ruso; tenía una belleza elegante, armónica, por su cuerpo había desperdigados otros lunares como ese que lo volvía loco en su mandíbula. Nunca había conocido a un hombre que le pareciera tan guapo, tenía un rostro perfecto, ligeramente andrógino, de rasgos proporcionados, y hermoso. Él lo guio hasta una silla, Christian se sentó, y Vlad le dio la espalda dejando su culo cerca de su cara.

—Mójalo —ordenó bruscamente.

Jamás le había hecho eso a un hombre, pero la idea de hacérselo a él le excitaba. Empezó por besar y morder sus glúteos fibrosos, buscó su orificio, y él se contoneaba sutilmente como si bailara. Se chupó el pulgar, y abriendo sus nalgas lo pasó por su agujero, volvió a chuparse y esta vez dejó que el dedo entrara delicadamente, humedeciendo la zona, y un gemido sensual lo animó a continuar. Siguió con la misma dinámica, y cuando se decidió a seguir el trabajo con su lengua, rodeando su orificio, el gemido de Vlad fue más ostentoso, y comenzó a moverse en una danza casi milimétrica y exacta, con la que buscaba el contacto con su lengua.

—Basta…, para —exigió entonces. Se alejó de su boca y se sentó sobre sus genitales dándole la espalda, y su ano pareció encontrar su glande casi sin esfuerzo. Vlad fue abriéndose sobre él, sentado como un vaquero a la inversa, el torso girado hacia Christian de forma que sus bocas se encontraban mientras su polla penetraba lentamente su estrechez, hasta que en un par de contoneos de caderas estaba dentro por completo.

Y entonces empezó a follarlo. Técnicamente era Christian quien se lo estaba follando, pero era Vlad en realidad quien controlaba la situación, moviéndose con increíble agilidad y precisión, arriba y abajo, o en círculos, saliendo casi por completo para volver a dejar entrar su polla hasta el fondo mientras su torso se retorcía, se curvaba hacia atrás, jadeaba y gemía enloquecido en un ritmo frenético, una mano en el respaldo de la silla, la otra sobre las rodillas de Christian. Y cuando el ritmo empezó a acelerar, también Christian levantaba las caderas, buscando a su vez salir y entrar, chocando con su piel, y ya los dos sudaban, gritaban y jadeaban casi al unísono. Era alucinante sentir la forma en la que su cuerpo lo envolvía, presionando de manera deliciosa, dejándolo entrar por completo, y sabía que su polla no era precisamente modesta y no siempre conseguía entrar de esa forma tan salvaje.

Para cuando el ritmo de las embestidas se volvió insoportable, ya casi estaban de pie, las piernas le empezaban a doler por la tensión, pero no podía frenarse. En un giro coordinado, Vlad acabó apoyado frente a la barra, Christian de pie tras él, y entonces las embestidas fueron cosa suya. Lo cubría por completo con su cuerpo, con sus brazos, follándoselo de forma casi animal cuando el orgasmo comenzó a amenazar.

—Voy a correrme… —consiguió avisar con voz entrecortada y entre jadeos.

—Ah… Traxni menya…! Joroshooo! —gritó él alcanzando el orgasmo, y bastaron esas palabras en ruso para que Christian también se corriera de forma brutal y abundante, y quedara luego jadeante y exhausto, apoyado en la espalda suave de Vlad, que se había dejado caer a su vez sobre la barra del bar.

—Joder… —soltó casi sin aliento—. ¡Qué polvazo…, la hostia…! Creo que me voy a desmayar… —A lo que el chico entre sus brazos respondió riendo, y era la primera vez que lo oía reír.

Tras la intimidad del sexo, sin embargo, la frialdad del joven volvió a imponerse. Christian quiso besarlo otra vez, pero él se escurrió de entre sus brazos, se vistió rápidamente y se ocupó de eliminar cualquier rastro de su escena porno en el restaurante.

—¿Qué hago con esto…? —preguntó Christian con el condón usado y bien atado entre los dedos. Él le indicó que lo tirase en una de las bolsas de basura que tenía junto a la puerta preparadas para sacarlas al contenedor. Vestidos ya los dos, Vlad se apresuraba por abandonar el local—. Trae, te ayudo con eso —aportó el modelo al verlo con las pesadas bolsas de basura.

—No, ya lo hago yo…

—Puedo acompañarte, ¿vives muy lejos…? —Ya estaban fuera de la taberna, pero no quería que la noche acabara, quería un poco más de él.

—Eso no es asunto tuyo.

—No me estaba autoinvitando, solo… ¿puedo caminar un rato contigo…?

—Tu hotel está aquí al lado…, mejor vete a dormir la mona…

Le encantaba escuchar esas expresiones tan españolas con su acento extranjero.

—Vale…, está bien, me rindo… —Pero antes de que se le escapara del todo, le sujetó la barbilla y se acercó una vez más a besarlo, solo un beso tierno de despedida—. Me gustas mucho, Vlad —confesó—. Si no te importa, mañana me pasaré a verte…

—Como quieras —respondió cortante antes de alejarse cargando con las enormes bolsas de basura.

Christian se quedó observándolo, esa forma de caminar que parecía evitar el suelo. A unos pocos metros, él se giró, y reaccionó molesto al encontrarse con sus ojos. Fue solo un instante antes de continuar su camino con gesto orgulloso. Christian sonrió, y aguardó aún un momento más antes de emprender el regreso hacia la soledad de su habitación de hotel, también con la sensación de estar flotando.

CAPÍTULO 4

El domingo era un día de mucho movimiento en la taberna. Desde que abrían a mediodía, entre el aperitivo, las comidas, el tapeo a media tarde y la cena, no paraban. Vlad no había tenido tiempo para ponerse a pensar en el encuentro sexual con el tío bueno. Además, estaba cansado. Al llegar a casa había caído rendido en la cama, pero se había vuelto a despertar sobre las seis de la mañana y se había pasado horas dando vueltas entre las sábanas, arrepintiéndose del polvo, de sí mismo, de su vida entera, sin conseguir dormirse de nuevo. Por fortuna, los domingos cerraban más temprano y tal vez consiguiera dormir un poco antes del lunes, que era su día libre. Puede que fuese por su agotamiento que la avispada Iratxe no había sido capaz de adivinar nada de lo ocurrido la noche anterior, de lo contrario habría tenido que aguantar sus bromitas e insinuaciones adolescentes el día entero.

—¡Odio los días de partido! —anunció su compañera dejando sobre la barra la bandeja metálica llena de vasos, jarras y botellas vacías.

Iratxe le caía bien, con su melena alocada de rastas, su look bohemio rural, sus rasgos exagerados, labios, ojos, todo grande como su descaro y su corazón. Ella le había enseñado cuanto necesitaba saber al comenzar a trabajar en la taberna Os Pazos hacía ya ocho meses.

El dueño de la taberna era un gallego semirretirado con aspecto de vikingo que había sido jugador profesional de petanca y que cuando rondaba la tasca era más para bromear con sus amigotes e invitarlos a cañas que por trabajar —especialmente los días de partido, que se convertían en una fiesta local, más aún si jugaba el Celta de Vigo— y al que le gustaba dejar claro que ahí mandaba él, repitiendo instrucciones que ya conocían o pidiéndoles algún favorcillo que no entraba dentro de sus obligaciones. No lo hacía de forma autoritaria, al contrario, era bastante afable y jovial; aun así, era difícil relajarse cuando el jefe estaba acechando. La taberna funcionaba mejor cuando la encargada era Rut, su hija de cuarenta y algo, que era organizada y perfeccionista, pero que también les permitía trabajar a su ritmo, lo que hacía más agradable la jornada laboral. Sobre todo, porque era la primera a la que le gustaba un buen chisme, y siempre se ponía de parte de su equipo si algún cliente se pasaba de listo. También Rut se había percatado de la insistente presencia del apuesto modelo de ropa interior, aunque, a diferencia de a Iratxe, se le escapaba cuál era el verdadero motivo de su perseverancia.

Cuando al fin se presentó aquella noche, cerca de la hora de cierre, a Vlad el estómago le hizo una pirueta complicada y estuvo a punto de dejar caer la bandeja al suelo. Aunque la taberna estaba llena por el partido, la mayoría de la gente se arremolinaba en torno a la pantalla plana de sesenta pulgadas junto a la barra, así que Christian no tuvo problemas para sentarse en alguna de las mesas que sabía que atendía el ruso.

—Iratxe, atiende hoy mi mesa, por favor, por favor, por favor…

Las súplicas de su compañero alertaron a la joven.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado…?

—Nada —mintió él—, solo te pido que le atiendas tú esta noche…

—¡Te has enrollado con él! ¡Confiesa!

—No… exactamente…

La chica lo estaba disfrutando, y justo en ese momento se les unió la jefa.

—Ahí está míster Calvin Klein, empezaba a pensar que no vendría esta noche…

—Olvídalo, camina por la otra acera… —siguió Iratxe— y adivina quién se ha enrollado con él… —Lo que provocó un gesto de admiración de su empleadora.

—No lo he hecho… —protestó el ruso.

—Y ¿a qué esperas? —preguntó divertida su jefa—. Ve a atenderlo.

—¡Perra! —fue lo último que le soltó a su compañera antes darse por vencido y encaminarse a la mesa donde Christian ya le aguardaba con una sonrisa cómplice.

Vlad estaba decidido, no iba a dejar que esto se le descontrolara. Ya no le preocupaba lo que pudiera saber sobre él, porque estaba claro que no sabía nada en absoluto. Pero una relación como la que él esperaba no le convenía, y no iba a dejarle más dudas al respecto.

—¿Sabes ya qué vas a tomar? —preguntó con la indiferencia de siempre.

—¿Qué me recomiendas? —siguió él provocándolo como solía hacer.

Pero esta vez no iba a seguirle el juego.

—No lo sé…, pide lo que te apetezca…

—¿Ya te has cansado de torturarme…?

—No, es que… estoy cansado, hoy hay mucho lío con el partido…

—Sí. Claro…, perdona.

Él ya no insistió, pidió una ensalada y una ración de pulpo, lo que seguramente hubiese preferido cenar cualquier otra noche. Vlad tomó la comanda y siguió ocupado con sus tareas, esforzándose por evitar mirar en su dirección, sin conseguirlo del todo. Él miraba el partido a ratos, y si sus ojos se cruzaban en algún momento, le sonreía, y Vlad salía huyendo. Por su cabeza no dejaban de pasar imágenes de la escena de sexo entre las mesas, y cada vez que pensaba en Christian follándoselo salvajemente contra la barra le temblaban las piernas. Una hora más tarde le llevaba el cambio de su cuenta, y respiró aliviado sabiendo que al fin se marcharía.

—Oye, si he hecho algo que te ha molestado, lo siento —comenzó a decir él—. Yo… tenía muchas ganas de verte hoy, pero he esperado porque no quería parecer ansioso…

¡Mierda! ¡Por qué tenía que ser tan jodidamente agradable, por qué no podía ser un capullo arrogante! Pero no, encima de guapo era insoportablemente encantador.

—No, no es contigo… Es que está aquí el jefe y estoy estresado… —«Cállate, cállate, cállate…», se repetía sí mismo. «No seas simpático, no bajes la guardia…».

—Hoy cerráis pronto, ¿verdad? Si quieres podemos quedar después, hacer algo…, lo que tú quieras… Si no estás muy cansado, claro…

Joder, estaba perdido, empalmado, cachondo, quería saltarle encima y follar como locos. ¡Mierda!

—Dime el número de tu habitación, y me paso luego.

Al parecer no esperaba que fuese tan directo, y el tío bueno tardó unos segundos en reaccionar.

—Valeee… Había pensado en dar un paseo, pero… eso también… está bien… —Le cogió el bolígrafo de la mano a Vlad y escribió en una servilleta—. Este es el número de mi habitación, y este el de mi móvil, por lo que sea…

Y para cuando se lo devolvió con otra de esas sonrisas de película y un casual «pues nos vemos luego», el ruso se había quedado sin aliento y estaba a punto de explosionar.

Y mientras se alejaba con el corazón ametrallándole el pecho, a Vlad se le escapó una sonrisa, muy a su pesar.

Christian pensó en pedir una botella de vino, o tal vez de cava, y algo de fruta… Y mientras lo pensaba se dio cuenta de que, en realidad, no sabía nada sobre el chico ruso. Se preguntó por qué estaba tan nervioso. Desde que había vuelto a su ciudad natal, todos lo trataban como si fuese una celebridad; no lo era en absoluto, ni siquiera era uno de los modelos más cotizados, solo uno al que no le faltaba trabajo. El único que no parecía deslumbrado por su carrera en las pasarelas era al camarero eslavo con su aspecto sobrenatural. Quizás fuese eso lo que lo desconcertaba, se comportaba con ese aire de autosuficiencia tan propio de las mujeres inaccesibles, y luego le soltaba eso de «dame tu número de habitación…». Le descolocaba por completo la contradicción entre su aire de diva ofendida y su ofrecimiento de sexo sin tapujos, y, para qué negarlo, cuanto más jugaba a resistirse, más lo deseaba.

Cerca de la media noche, cuando empezaba a sopesar la posibilidad de que le diera plantón, llamaron a la puerta. Christian se acercó a abrir, y ahí estaba él, vestido de negro, sin su delantal, lo que dejaba adivinar los músculos de ese cuerpo atlético y resaltaba la palidez de su piel. No dijo nada, se lanzó directo a sus labios, lo empujó contra la pared y antes de que pudiese articular palabra, ya se estaba quitando la camiseta negra, lanzándose otra vez a comerle la boca, su lengua penetrándolo con ansia, su cuerpo y sus manos sobándolo sin clemencia.

—Espera… —Christian quiso detenerlo, quería ir más despacio— ¿No quieres tomar algo antes…?

—¡No hables! —lo interrumpió—. ¡Fóllame!

Christian ya no discutió más el asunto.

En poco tiempo estaban los dos desnudos, ni siquiera se apartaron de la entrada. Era uno de esos hoteles viejos de tres estrellas, de los que tienen ese absurdo pasillito estrecho que te lleva hacia la habitación pasando por la puerta del baño, nada que ver con los hoteles a los que estaba acostumbrado por su trabajo. Había sido una decisión temporal, aunque se estaba alargando de forma indefinida. No tenía un plan concreto, no sabía qué haría exactamente; solo estaba improvisando, algo que no se había permitido con frecuencia en su vida, al igual que hacía con ese hombre del que apenas sabía nada, y que ahora se derretía entre sus brazos.

Esta vez él venía bien equipado, lubricante y condones de sobra. De forma desorganizada y utilitaria se fueron preparando, acariciando con labios y manos su desnudez, dando tumbos por el pasillo hasta que Vlad quedó atrapado contra la pared por el cuerpo fornido del modelo. El ruso, de un salto, se agarró a su cintura rodeándolo con las piernas. Christian lo sujetaba y con las manos fue acariciando su culo hasta dar con su orificio, y comenzó a jugar con él con los dedos mientras el cuerpo de Vlad se ensamblaba al suyo con urgencia y las lenguas seguían restregándose frenéticas entre labios, barbas incipientes y dientes. Con increíble agilidad, el chico de pelo azabache se sujetó a las paredes del pasillo como una araña, con manos y piernas, de forma que Christian pudo penetrarlo estando aún de pie, y los dos ahogaron un grito entre sus bocas al unísono al sentir el contacto de la penetración. Una vez más era alucinante cómo entraba su polla hasta el fondo, y la forma en la que él reaccionaba con un gesto de placer absoluto, contoneándose y buscando la profundidad de la penetración en cada embestida, enardecido y sin pausa, como si no tuviese nunca suficiente. Y Christian le dio más de lo que pedía su cuerpo, embistiendo duro, una y otra vez. Le dolían las piernas, todo su cuerpo temblaba en tensión por el esfuerzo, pero no podía parar ni quería hacerlo, aunque se partiera en dos. Y siguió follándoselo como él deseaba contra la pared, acelerando el ritmo, hasta que un grito agónico reveló que se estaba corriendo, entre jadeos y semen que salía expulsado a chorros entre los dos cuerpos, y Christian estalló también en un orgasmo brutal que lo dejó sin aliento e hizo que las piernas le flaquearan, y estuvo a punto de perder el equilibrio y caer al suelo.

Permanecieron después un rato largo inmóviles apoyados en la pared, intentando recuperar el aliento, hasta que Christian consiguió decir algo al fin:

—Hola…, yo también me alegro de verte.

Y Vlad empezó a desternillarse de risa. Por unos instantes toda la tensión que solía llevar a cuestas desapareció, y su rostro cobró una dimensión cuasi infantil que era preciosa. Pero entonces, comenzó a vestirse.

—Tengo que irme —dijo.

—¿Ya? No te vayas, acabas de llegar… —Christian volvió a abrazarlo y lo besó mientras él seguía batallando con su ropa—. Tengo cava y fruta, o podemos pedir lo que te apetezca…

—No puedo, necesito dormir un rato.

—Tengo una cama muy grande, no me importa compartir…

Él volvió a reír, pero no se detuvo, seguía escabulléndose de sus besos y no tardó en estar vestido de negro nuevamente, listo para marcharse.

—Es tentador, pero tengo que irme. —Y se encaminó hacia la puerta—. Nos vemos…

—Espera… —Christian no quería dejarlo escapar aún, lo agarró del brazo para evitar que saliera por la puerta.

De pronto él se giró y le clavó la mirada con un gesto cercano al pánico.

—¡Suéltame! —gritó, y como Christian tardó dos segundos en reaccionar lo repitió con más vehemencia—. ¡Suéltame!

—Claro…, perdona…

Christian lo soltó. Él aún lo miraba con gesto serio cuando huyó por la puerta cerrando con fuerza y dejando a Christian sumido en la confusión. ¿Había hecho algo mal? ¿Se había pasado? ¿Lo había agarrado demasiado fuerte? No entendía su reacción, pero se sentía terriblemente culpable de haberla provocado.

Eran las cuatro de la mañana y Vlad seguía dando vueltas en la cama. Se había tomado dos pastillas antes de acostarse, pero no estaban haciendo efecto. Se dio por vencido y se levantó, se acercó a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Había dejado de comprar alcohol, era demasiada tentación y durante unos meses fue su única vía para conseguir conciliar el sueño. Pensaba que lo había superado, hacía meses que ya no le costaba dormirse. Quería dejar de pensar, pero su cabeza iba por libre, y era justo en esos momentos de calma, cuando ya no tenía en qué ocuparse, que todos los pensamientos que procuraba mantener alejados volvían a su mente con una insistencia agotadora.

Debería haber ido a la estación de autobuses, haberse quitado las ganas como había hecho otras veces, saciar la necesidad de otro cuerpo contra el suyo con un mal polvo. No debería haber ido a su hotel. ¿Por qué había reaccionado así? Estaba a gusto, podría haberse quedado un rato…

Ahora las voces no lo dejaban tranquilo, reviviendo con insistencias las escenas que desearía olvidar de una vez por todas.

Suéltame.

No. ¿A dónde crees que vas?

No es asunto tuyo.

¿Que no es asunto mío? Tú eres asunto mío, no vas a ir a ninguna parte…

Déjame, no me toques.

¿A dónde crees que irás?… No tienes a donde ir y lo sabes… Todo esto es culpa tuya, ¿te enteras? Es culpa tuya…

Y ya estaba rumiando el veneno una vez más. Si pudiera extirparlo, cogería un cuchillo y se lo arrancaría de una vez por todas sin pensarlo dos veces. No conseguía detener las voces, dando vueltas por su loft desangelado como una rata enjaulada incapaz de encontrar la salida del laberinto… No podía bajar la guardia, necesitaba odiarlo. A fin de cuentas, se había casado, seguramente para proteger su carrera de modelo, ya conocía esa historia, había estado ahí antes. Aunque, por otro lado, le había invitado a pasar la noche, quería dar un paseo… «¡No, es solo un truco!». Sabía lo que vendría después. «No le dejes entrar, sabes muy bien cómo acabará todo…».

Necesitaba una copa… «No, no la necesitas…».

Veinte minutos después se metió en la ducha y se quedó un rato bajo el chorro de agua caliente. Luego se vistió con una camiseta y un pantalón de algodón, puso música y, aunque fuese en plena madrugada, comenzó a hacer lo único que conseguía acallar a los demonios.

¡QUIERES SEGUIR LEYENDO? LINK: Solo a un beso de ti – PREVENTA | Ediciones el Antro | Mucho más que novelas homoeróticas

15 comentarios sobre “SOLO A UN BESO DE TI

  1. Ya me he leído el libro y me ha gustado mucho. El tema del maltraro es muy complicado y creo que has sabido explicar a través de la historia de Vlad lo difícil que resulta poder pasar página y volver a confiar en tí mismo y en los demás.
    Siempre me quedo con ganas de más porque me encanta cómo escribes y todos tus libros se me hacen cortos . Me habría encantado que hubieses alargado el inicio de esa nueva relación y nos hubieses deleitado con más momentos de su nueva vida. Pero bueno aún tengo la esperanza de que nos regales algún extra.
    Felicidades por la novela.
    Espero que no tardes mucho en publicar la siguiente! Gracias!

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  2. Wow, no se por donde empezar a elogiar tan bella narrativa y los distintos desenlaces que tienen estas hermosas historias. Así como los otros 2 cuentos anteriores como el del “príncipe y el mendigo” y el de “todo o nada”, me han atrapado con entusiasmo y euforia como hacia mucho tiempo no me sucedia con ningún libro. Gracias por compartir y dejarme con ese sabor de quiero más, para ir en busca de tus libros y poder sumergirme en ese mundo de fantasía que muchas veces se asemeja a la realidad. Prefiero pensar y creer que el amor no es para mi por eso busco refugiarme en las fantasías de la literatura y puedo decir que ya tengo mi nueva autora favorita.

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  3. Hola Laurent, ¿Cómo de avanzada llevas la historia de Víctor?, ¿crees que podremos disfrutarla este año ?. Me he quedado con las ganas al leer el epílogo de esta novela, me da la sensación que puede ser una novela negra…¿me equivoco?

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    1. Vas bien encaminado… tiene fecha de publicación para junio. Ya está escrita, me pillas corrigiendo. Y te adelanto también que para navidad saldrá la última novela de la saga, que es la historia de Romeo.

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