SEDUCIENDO A FLAVIO Capítulo 3

SI NO HAS LEIDO LOS PRIMEROS CAPÍTULOS, MEJOR EMPEZAR POR EL PRINCIPIO: https://laurent-kosta.com/2022/02/12/seduciendo-a-flavio-capitulo-1/

Flavio se acercó al exhibidor del pasillo de su facultad con un nudo en el estómago. Sabía que era su momento decisivo, se lo había jugado todo a esa carta, sabía que era un error, que no todo en su vida tenía que ser blanco y negro, pero llevaba demasiado tiempo actuando así como para cambiar. Mientras caminaba por el largo pasillo de paredes ennegrecidas y suelo de granito barato se lo repetía: tú mismo te pones en esta situación. Y es que hacía un par de meses que decidió que aquellos exámenes de septiembre firmarían su destino. Blanco, te quedas en la universidad, negro, lo dejas definitivamente. Y mientras intentaba hacerse un hueco entre la aglomeración de estudiantes entorno a las hojas de notas supo que lo que deseaba de verdad era que el resultado fuese blanco.

El verano había sido una locura. Su doble vida había alcanzado cotas disparatadas. Todo había sido blanco y negro, o más bien empezó siendo blanco y rojo, y el rojo acabo convertido en negro. Por un lado, su díscola vida de estrella porno, los rodajes maratonianos, los viajes, las fiestas… sexo, drogas y rock’n’roll. Para luego volver al recodo tranquilo y apaciguante que era el apartamento de su profesor de literatura. Las largas tardes de lectura, de reflexiones sobre literatura y el mundo, de lecciones de gramática, paseos nocturnos, cenas en restaurantes elegantes, y noches de sexo… pero no de sexo, de hacer el amor y dormir entre los brazos cálidos de ese hombre que había puesto su vida patas arriba.

Blanco, blanco… que sea blanco, se decía, mientras buscaba su nombre en la larga lista de alumnos que se presentaban a la segunda convocatoria de los exámenes.

¿Qué era lo que tenía él que no tuvieran otros? A veces se reía de sí mismo, se decía que todo era fruto de un trauma freudiano. Darío era el padre que nunca había tenido, o más bien el padre que le hubiera gustado tener. Tal vez había más verdad de la que pretendía en aquella broma. Con Darío se sentía seguro, era la prueba de que podía haber otra opción para él, otra vida muy distinta a la había estado quemando sin reparo, porque el futuro no merecía la pena, porque su mantra había sido vivir rápido y morir joven. Pero ya no. Con Darío podía pensar en el futuro, uno lejano en el que había algo parecido a la esperanza, un lugar para él. Se había sentido como un agente doble aquel verano, o un esquizofrénico con dos personalidades. Había estado viviendo una doble vida, pero eso tenía que llegar a su fin.

Blanco, blanco… que sea blanco.

Encontró su primera nota: lingüística, Aprobado. Historia, aprobado… y se desesperó buscando la tercera nota, que se resistía, casi lo tenía… que sea blanco… gramática inglesa, aprobado.

Blanco.

Se quedó un rato de pie ahí mismo, entorpeciendo el paso de otros sin inmutarse, con la mirada perdida en el infinito mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios. Había aprobado. Y sintió como si un gran peso lo abandonara. Podía hacerlo, darse una oportunidad. Estaba dispuesto. Renunciaría a todo lo demás. Se acabó jugar a blanco y negro. Estaba preparado… y a la vez, un nuevo peso ocupó el lugar que acababa de ser liberado.

¿Y si él no quería?

Cogió un taxi hasta su casa, no quería perder tiempo en el metro, necesitaba saberlo cuanto antes. Cuando llamó a su puerta, él acababa de servirse el primer café del día. No esperó ni a haber cruzado el umbral de su puerta. Lo besó ahí mismo, en el rellano, y casi derraman el café.

—Deduzco que tu efusividad significa que has aprobado.

—He aprobado —repitió permitiéndose sentirse orgulloso, aunque sabía de sobra que sin la ayuda de Darío no lo habría conseguido.

—Pues eso hay que celebrarlo…

Casi no lo dejó hablar. Flavio lo empujó dentro de casa. Darío apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta y poner a salvo su taza de café, mientras Flavio comenzaba a desabrocharle el pantalón. Lo deseaba con desesperación, quería ser suyo más que nada en el mundo. —Ahora soy todo tuyo— le aseguró, justo antes de devorar con ansia su polla, dura y húmeda, deleitarse con el sabor del primer asomo de semen, y regocijarse con el sonido de sus gemidos y jadeos. Le gustaba saber que lo volvía loco, que él no consiguiera resistirse. Sabía que era por su físico, y por la fantasía erótica que habían creado sus películas, pero no le importaba, pues aquel verano se había ido creando entre ellos algo más que una fantasía. Quería pensar que se habían enamorado, que había algo más entre ellos, algo que podía ser tangible. El profesor lo agarró del pelo, tirando de sus cabellos con fuerza, para empujar su polla un poco más adentro, hasta su garganta, indicándole con su mano el tempo que deseaba. Sus gemidos se volvieron más ostentosos y rítmicos, y Flavio estrujó con gusto sus glúteos, devorándolo sin descanso.

—Para, para… vas a hacer que me corra… —suplicó él.

Y le gustaba oírlo implorar de esa forma. Pero no quería que acabara aún, así que lo soltó, y se incorporó para devorar sus labios en cambio. Y mientras sus bocas compartían líquidos abruptamente, empezaron a quitarse la ropa con urgencia. Flavio casi le arrancó la camisa al profesor. Dejando al descubierto de pecho peludo, su torso maduro, con algo de sobrepeso que no le molestaba al joven de musculatura firme y trabajada. Lo que le gustaba de él era otra cosa, su melena desaliñada, con entradas, pero rebelde que le daba ese aire de genio incomprendido. Su presencia firme, incluso arrogante, de maestro, su elocuencia, su inteligencia. Su voz grave y templada que vibraba en lo más profundo de su pecho, que recordaba a un animal salvaje, su olor fuerte de hombre curtido, el olor de la vida bien vivida, de la experiencia.

Era ahora su profesor quien se deleitaba con el sabor de su piel, deslizando su lengua por el torso delgado del más joven, que estaba ya completamente desnudo y expectante. Fue recorriendo su cuerpo con ansia, humedeciendo cada trozo de piel que se encontraba, hasta alcanzar su dureza, que comenzó a recorrer con la boca, mientras una de sus manos jugaba con sus testículos, o amagaba con ligeras penetraciones en su orificio. Pero solo eso, pues habían acordado desde el principio que no follarían, que no habría penetración. —Todos creen que soy pasivo, por las pelis…—había explicado Flavio —pero no es así, vamos me gusta que me follen, pero también me gusta hacer de activo… —Era un tema de conversación recurrente con sus amantes, uno que había ocupado horas de discusiones, pero Darío era diferente, a él le había parecido completamente irrelevante. Así que fue más lejos. Casi como un juego, o un reto. —La verdad, prefiero que no follemos—. Casi había sido una declaración de intenciones, pero Darío ni siquiera había preguntado. —Como quieras—contestó sin más. Y aquello era una novedad para alguien como Flavio, acostumbrado a que los hombres se lo disputaran como un trofeo, anhelando hacer realidad sus fantasías, pocos se preocupaban de lo que deseaba él.

Habían llegado hasta el dormitorio, Flavio tumbado al bode de la cama, Darío acomodado entre sus piernas, arrodillado sobre el suelo, ocupado con el objetivo de llevarlo hasta el orgasmo con su boca. Y Flavio se dejó llevar, con los brazos estirados sobre su cabeza, concentrado únicamente en las oleadas de placer que provocaba el movimiento oscilante de sus labios, su legua, su boca entera, recorriendo el tronco de su polla, una y otra vez, rodeando su glande, absorbiéndolo por completo, o acariciándolo con la mano. Y supo que él también se estaba masturbando, notaba la vibración de su otra mano compenetrada con el movimiento de su boca. Y ya todo eran jadeos y gemidos, y chasquidos húmedos. Y el placer su fue acumulando hasta que no pudo soportarlo más y dejó que se liberara… Se dejó llevar por completo, con un agónico gemido, una vocal abierta y gutural que escapó de su garganta mientras el torbellino eléctrico ascendía desde su pelvis, expandiéndose por el resto de su cuerpo. —Joder ¡Hostia! —Exclamó, mientras los chorros de semen llenaban generosamente la garganta del profesor de literatura.

Darío entonces se tumbó a su lado, y siguió besando su hombro, su cuello, su pezón izquierdo, mientras rumeaba un mmm… que delataba que él también se había quedado a gusto.

—Quería ser yo quien hiciera que te corras… —se quejó Flavio.

—Y lo has hecho, créeme… eres delicioso…

Eran solo las once de la mañana y volvían a estar metidos en la cama. Darío dormitaba mientras Flavio acariciaba su abdomen, jugaba con la espesura de los pelos oscuros que ocupaban su pecho, con la cabeza apoyada en su hombro. No era el hombre más fornido y sexy con el que se había acostado, pero eso no era relevante, había tenido muchos cuerpos perfectos y eran solo eso: cuerpos. Darío era mucho más. Y supo en ese momento qué era lo que buscaba en él, no era su deseo, tal vez ni siquiera su amor, era otra cosa, su respeto. Sí, era eso. Si alguien como Darío podía respetarlo, podía amarlo tal y como era, entonces, tal vez… quería pensar que se merecía a alguien como él.

Había esperado que fuera él quien lo dijera, pero si no lo hacía, tal vez podía sacar el tema. —Las clases empiezan la semana que viene… —dejó caer de forma inútil, pues los dos lo sabían, solo para dirigir la conversación.

—No me lo recuerdes —rumió él. —Estoy tan a gusto aquí contigo…

—¿Sí? —Quiso encontrar su mirada, pero él tenía los ojos cerrados. —¿Y qué va a pasar, ahora…? Quiero decir… con nosotros…

Darío levantó un poco los párpados. Le gustaban sus ojos almendrados bajo el bosque poblado de sus cejas, le otorgaban a su mirada ese gesto enloquecido tan propio de los genios.

—Espero que no me abandones ahora que no necesitas aprobar ningún examen.  

—¿No te avergüenzas de estar conmigo?

Sus cejas dibujaron un arco muy gracioso —¿Qué tontería es esa? ¿Por qué iba a avergonzarme? Debería presumir….

Flavio no pudo evitar una sonrisa infantil, el corazón le iba a estallar en el pecho. Quería oírselo decir.

Blanco, blanco, que sea blanco…

—Puedo quedarme… contigo, si quieres…

Y entonces sus cejas cobraron un gesto que no supo interpretar. —¿Te refieres a vivir juntos? —dejó que el silencio respondiera por él, pues no se atrevía a formular la pregunta —es una decisión importante… quizás algo precipitada ¿no te parece? —Flavio se giró hacia la pared, intentando ocultarse de su mirada… se había lanzado a la piscina y acababa de estrellarse contra el suelo. —¡Eh!… no he dicho que no. Pero, ese tipo de decisiones no se pueden tomar a la ligera. —Darío fue quien lo rodeó con sus brazos y buscó su mirada al notar que había herido sus sentimientos. —Mírame, Flavio —y el chico obedeció con reticencias. —Ya sé que a tu edad queréis tenerlo todo antes de ayer. Pero precipitarse no siempre es la mejor decisión. ¿Qué tal si vamos paso a paso?

—Perdona, no quería ponerte en un compromiso.

—No lo sientas… —dijo con dulzura, apartando uno de sus rizos díscolos de la frente —Me encanta tu impulsividad, y me siento muy halagado de que sientas eso por mí. Solo creo que es mejor esperar a tenerlo claro, no lo estropeemos por ir rápido. Un poco de contención te vendría bien de vez en cuando.

Flavio se esforzó por sonreír, y fingir que todo era solo una broma.

—Tienes razón… siento ser un gilipollas inmaduro.

Darío zanjó el tema con una broma y un besó —pero eres gilipollas inmaduro.  

Se besaron con cariño, y él lo miró con ternura… o tal vez no fuese eso, había cierto paternalismo condescendiente en su mirada.

Y una sensación nueva se instaló en su pecho… Gris.

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CAPITULO 4: https://laurent-kosta.com/2022/03/13/seduciendo-a-flavio-capitulo-4/

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